Diego Velázquez, ‘Vieja friendo huevos’ (detalle), circa 1618

Conversamos sobre el enigma que una vez representa algo
(al parecer) o recibir
al nacer un nombre
que identifica qué:
nos íbamos a
caminar todas las
tardes por las afueras
de otro país, él habló
una vez más de una
pequeña ciudad de
provincias donde
crecen una cierta
flor y un cierto árbol,
habló de pasada
sobre la literatura
de Madame de Staël
y que qué opinaba yo
sobre el movimiento
enciclopedista, más
que nada Diderot:
hablé al llegarme el
turno de unos poemas
de Izumi Shikibu, época
Heian, y él recalcaba
(disminuyendo el paso)
por enésima vez que
no tragaba la poesía
ni la literatura oriental.
¿Ni Mishima? Ni
Mishima, refunfuñaba.

Recordábamos de regreso a nuestras respectivas
madres (progenitora,
decía) a la hora del
almuerzo, para
chincharlo (incordiar,
decía mi mujer) en
vez de potaje de
frijoles negros
serviríamos miso,
nada de mariquitas
ni yuca con mojo y
bistec, en su lugar
habría sashimi de
tilapia y pargo, una
menestra de verdura
encurtida, teriyaki de
pollo en salsa dulce
(no muy dulce, había
que respetar su
diabetes) mochi.
Comía en silencio,
masticaba despacio
(según prescripciones
encontradas en los
diarios de Kafka)
entornaba los ojos
y por último admitía
el buen gusto de la
comida japonesa
(no sólo dada su
presentación) por
saludable: y de
paso que la poesía
de Izumi Shikibu
no estaba mal del
todo (no andaba
desencaminada,
así su veredicto).

A nadie cogió de sorpresa su muerte, lógica, dada su edad,
el avanzado estado de
la diabetes (Libertella
y él reían a carcajadas
proponiendo suicidarse
consumiendo cada uno
un kilo, kilo y medio de
azúcar refino de sopetón)
añádase la innegable
existencia de la Muerte
(toda una razón de ser
exclamaba cualquiera
de los dos) aun en el
otro país (sus afueras)
con la idea del progreso
interminable, ciertas
manipulaciones de la
tecnología actual que
auguraban mínimo vivir
en adelante su buen
par de siglos, y quién
quita erradicar (revocar)
el despropósito de la
Muerte (hecho inminente).
Murió rodeado de familiares
y amigos, algún conocido
(colado) a todos nos
sorprendieron sus
últimas palabras (para
nada entrecortadas)
que Brod era un traidor,
que no tenía derecho
a desobedecer la última
voluntad de Kafka, quemar
aquella obra de zarandajas
y humor negro hubiera
sido un bien universal.
Pidió que en su caso la
obra se conservara,
Aguilera Chang se
hiciera cargo (era su
modo de admitir que
la sabiduría china
cuenta para algo) y
que Góngora era un
pesado (sospecho
tratarse de un ataque
velado al gordo del
tabaco) que Pascal
tenía razón y por si
las moscas mejor
llamar al cura
(sacerdote, dijo):
vimos (creímos ver)
que la primera gota
de aceite de
extremaunción le
recordó la cazuela
de barro con dos
huevos fritos del
cuadro de Velázquez
que a él como a mí
nos encandilaba,
oyó entre brumas
del ego te absolvo
sólo la palabra ego,
ahí quedaba la frase
ritual (final) cortada
como la propia obra
incompleta.

JOSÉ KOZER
José Kozer (La Habana, 1940). Es uno de los poetas más prolíficos del mundo contemporáneo. El conjunto de su obra suma cerca del centenar de libros de los cuales el más reciente, Nulla dies sine línea (2016), intenta recogerla en su integridad. Ha ejercido la docencia en algunas universidades y traducido al español a poetas de las tradiciones inglesa y japonesa. A la par de un indiscriminado ejercicio de la lectura, ha llevado una reflexión crítica sobre antiguos y modernos, canónicos y emergentes, de la que dan fe los fragmentos de sus diarios, las entrevistas concedidas y los ejercicios en prosa en parte concitados en volúmenes como La voracidad grafómana: José Kozer (2002) y De donde son los poemas (2007). En 2013 fue galardonado con el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda.
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