Ibrahim Hernández Oramas: poemas

    Anotación entre dos pueblos

    A Linet Cums

    Al estribo del camión soviético…
    Esto arranca y nadie viene a querer desplegar los pañuelos.
    La cabina injertada: de corrido, cinta del litoral.
    El sol que se retira parece prender de un fuego líquido
    riscos arborescentes, copas en plato de las uvas caletas,
    picaduras del mar de leva en tonos naranja intenso.
    Sostenidas carburaciones como de mantra mecánico.
    Me entretiene prever las formas en que el agua escupida
    regresará al agua a través de sus respiraderos.
    Luz inflamable hacia el final de la tarde.
    Conciencia de una felicidad que me perturba.

    Río San Juan: visión nocturna

    Alcohol: conciencia aguda de la circulación en sangre.
    Te sumerges leve en la euforia como en un lodo frecuentado.
    Dejándote caer por la calle en pendiente llegar al río es un abrirse de venas.
    Que supieras las herrumbres varadas y los restos vegetales,
    que comienzan su viaje (conjeturas) cerca del nacimiento, siempre han estado ahí.
    Y la misma luz amarilla (la luz de todas tus noches de provincia) en serpentinas desbrozando
    la niebla cae de los focos sobre el agua salobre en movimiento.
    A la vista del margen opuesto, sedimentos de una consistencia olvidada
    los almacenes de azúcar aparentan cascarones rellenos de maleza.
    Está la intuición (nada te hace saber a ciencia cierta) que aquí también
    hubo su amanecer de lanchas de carga, usureros y plataformas giratorias. Por lo que ahora
    a tus espaldas, en procesión continua cabizbaja, los que abandonan el estadio, centro de luz,
    por el pasaje de Embarcadero, se figuran últimos actores de un culto decadente.
    Sosteniendo la lata casi vacía se sube al muro de contención,
    simulacro o replicante de mujeres pasadas, mientras piensas: esta ha sido tu única porción
    de río conocido, tu elemento (unos cientos de metros antes de la desembocadura). Comienzas
    a hablar y te parece percibir bajo los pies el tejido del lecho viscoso.
    Compruebas tu cerveza, para luego, como quien hace ofrenda a una deidad menor, vaciar
    hacia el agua el contenido. Todo termina a fin de cuentas por integrarse a la materia
    del cauce (conjuras para adentro), por aplacarse. El recuerdo de otras noches
    (citas sin importancia) se confunde con este, y tus parlamentos
    te parecen en igual medida idénticos y huecos.
    Apenas discernible (en ascendente orientación al mar), superpuesto
    el avistamiento de los puentes, como si de estratos de eras geológicas se tratara,
    termina por resultar otro énfasis opaco en el transcurrir de las generaciones de los hombres.
    Por fortuna, cuando te crees a punto de sacar algo en claro de todo esto, te roza
    la entrepierna con su mano. Conoces los pasos del ceremonial: las horas restantes de la noche
    (en la forma invariable que serán) proyecta tu mente. Luego el mañana, vuelta la realidad,
    acariciar sin sospechas el continuo, entrar (paciente consternado) a la resaca.

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