Historia de un supercederista o Übermensch

Nos falta el gran hombre sintético, capaz de someter sus fuerzas dispares bajo un mismo yugo; lo que tenemos es el hombre múltiple, el hombre débil y múltiple.

F. Nietzsche

I

La capa de Roldán ondeó majestuosa aquella noche en la azotea del almacén de electrodomésticos. Al menos así evocaba Reinaldo Alegría aquella aventura que compartió junto a su amigo Roldán Travieso, el vigilante insomne del barrio, el verdadero guardián de los bienes del pueblo, el único supercederista que alguna vez existió en la comunidad; un mártir moderno y urbano, cuyo origen obrero y su revolucionaria formación lo llevaron a enfrentar el mal y las ilegalidades con una pasión para muchos irracional y rabiosa.

Recién habían entregado a la policía al corrupto Manolo de la Caridad, el presidente del Poder Popular de esa circunscripción con las pruebas de un desfalco de miles de pesos, cuando Reinaldo lo vio así, con su silueta recortada por la luz de la Luna, magnífica, estremecedora.

—¡Te vamos a joder, loco de mierda! –recordaba Reinaldo que gritó el despreciable Manolo, mientras lo metían a la fuerza en el patrullero.

Roldán no le respondió. Con un acrobático salto desapareció de la azotea y su oscura capa de superhombre se fundió con las tinieblas. Lejos estaba Reinaldo de imaginar que esa sería su última salida victoriosa junto al valiente Roldán para enfrentar el hampa de aquella ciudad devorada y devoradora.

II

Varios meses antes, otros hechos se juntaron de manera misteriosa, casi casual, para crear al único titán que tuvo el exiguo panteón de héroes del barrio.

Ocurrió una noche en que Roldán estaba de guardia en una esquina de su cuadra y le contaba a Manolo de la Caridad sobre su trabajo como acróbata en el circo. Trataba de explicarle la complejidad de un nuevo número que estaba montando junto a los payasos, cuando se escuchó el estruendo.

Parecía venir de la bodega y hacia allí encaminaron sus pasos. Manolo le ordenó a una vecina que llamara a la policía y le pidió a Roldán que esperaran afuera su llegada. Este ya había aceptado el juicioso consejo de no inmiscuirse, cuando vieron salir una sombra sigilosa por un pasillo del costado.

—¡Párate ahí, tú! –gritó Roldán con gallardía.

El caco fingió no escuchar sus palabras, se encaramó a un muro elevado y se alejó. Roldán se dio cuenta de que en unos segundos lo perderían y se lanzó tras él con la férrea decisión de impedir su huida.

El caco, que no era otro que Yulieski Dupont, pertenecía a una familia de rancio abolengo en el mundo de los ladrones de bodegas y arrebatadores de cadenas, por lo que no iba a entregarse fácilmente.

Luego de pasar por el muro en equilibrio, Yulieski y Roldán se enzarzaron en un duelo de acrobáticas dimensiones por las azoteas de la cuadra. Saltaron peligrosas alturas, esquivaron antenas deshechas, bordearon enrevesados campos de tendederas de ropa, y si finalmente Roldán no hubiera tropezado con una lata de pintura seca que se había usado para pintar un gran letrero que conmemoraba un aniversario de los CDR, podríamos especular que estaba a punto de atrapar a Yulieski. La lata descansaba a escasos centímetros del borde de la azotea, y Roldán trastabilló en esa dirección. Trató de agarrarse desesperadamente del alero mientras se precipitaba al vacío, consciente de que habría más de siete metros de altura. Su mano izquierda consiguió un agarre, pero la violencia del frenazo al concentrar todo su peso en el brazo, hizo que sufriera una lesión. Como Roldán era un gimnasta insuperable, logró cambiar de mano en un instante. Y allí quedó, colgando de su derecha, sin poder hacer la suficiente fuerza para volver a subir.

—¡Ayúdame, que me caigo! –le gritó suplicante a Yulieski.

El ladrón lo miró sorprendido, sin saber si ayudarlo o aprovechar la ventaja que las circunstancias le daban para huir.

—¡Ayúdame, cojones! –retumbó su voz, desesperada.

No se sabe si Yulieski se demoró adrede o si simplemente Roldán no resistió. Lo cierto es que Roldán recorrió los siete metros en la dirección de la gravedad de la tierra a una velocidad suficiente para quebrar más de un hueso.

Antes de perder el conocimiento, su mirada vidriosa se quedó fija en el emblema del cederista con escudo que estaba en una pared. Y aunque es una figura deshumanizada, sin rostro alguno… a Roldán le pareció que la figura le hablaba con una voz grave casi incomprensible:

—Cederista… Cederista.

III

—¡Mentira! –se levantó de golpe Yulieski, al enterarse en casa de su primo Yosienki–. ¡Eso es imposible!

Por alguna fuerza divina, o simplemente gracias a una constitución física envidiable, a Roldán no se lo llevó la muerte ese día, y la noticia estaba recorriendo el barrio. Su estado era grave y los médicos temían que algún daño irreparable hubiera afectado su cabeza, rota en dos lugares por el impacto.

A su mujer, la bella María Eduarda de la Cruz, le advirtieron que su comportamiento podría verse afectado con arranques de ira incontrolable o cambios en su apetito sexual. Pero de las muchas otras posibilidades que se barajaron, ninguna previó el nuevo Roldán que iba a surgir.

De hecho, a todos resultó raro que en su entrevista con el jefe de sector de la policía, Roldán apabullara al infeliz teniente con infinidad de preguntas sobre delitos de su zona.

Muy pronto se logró identificar al cuatrero Yulieski y más fácil aun fue capturarlo en la casa de Yeslandi, otro de sus diecisiete primos. Pero a todos sorprendió la extraña actitud de Roldán, quien lejos de querer darle una paliza o algo por el estilo, se sentó con él durante dos horas, explicándole lo nocivo de su comportamiento para sí mismo, sus vecinos y la sociedad en general. Yulieski hubiera preferido la paliza.

María Eduarda también notó que Roldán no la tocaba y la trataba con un respeto incómodo. Pedía permiso para entrar al cuarto y jamás entraba al baño mientras ella se duchaba. Pero se dijo a sí misma que era una de las posibles consecuencias temporales y que si amaba a su esposo debía ser paciente.

Nada más ocurrió y parecía que aquel episodio poco a poco se cubriría con el polvo del olvido. Entonces, un pequeño homenaje que le hicieron los vecinos a Roldán por la valiente actitud demostrada desató el torrente de hechos que luego cambiaría la vida de muchos para siempre. Todo comenzó por un simple pulóver, un pulóver rojo que tenía el emblema cederista con su escudo y una frase que rezaba: Yo soy cederista.

Más tarde, en su casa, Roldán se miró orgulloso en el espejo. A su atuendo le añadió una malla de lycra negra como pantalón y una pequeña capa negra donde guardó cuerdas, ganchos y unas correas plásticas que servirían de esposas. Asintió satisfecho, aunque estaba consciente de que tanta ropa oscura lo hacía lucir más pequeño.

IV

A Reinaldo Alegría lo conoció Roldán la noche en que atrapó a la temible pareja de ladrones de bicicletas Los Forever. Resulta que estos, tras amenazar a Reinaldo con un machete, le acababan de robar su montañesa, comprada con mucho esfuerzo. Él perseguía sin esperanzas a los ladrones, viendo cómo se alejaban, cuando Roldán surgió de un pasillo como una tromba y se les tiró encima, tumbándolos de las bicicletas.

Salió a relucir el machete en manos de Tomás y un cuchillo en manos de Lorenzo. Pero eso no amilanó a Roldán, que se enzarzó en desigual combate.

Este fue rápido y casi no dio tiempo a que hubiera espectadores, ni a descubrir si era aikido, kung fu o un número circense lo que fracturó la muñeca de Tomás y partió una clavícula de Lorenzo. Roldán apenas recibió un pequeño corte en el antebrazo izquierdo y Los Forever debieron soportar una infinidad de golpes que luego le propinaron Reinaldo y algunos vecinos, cuando ya la pareja de atracadores se batía en franca retirada.

Reinaldo no cabía en sí de la alegría, y como era un tipo expresivo, cubrió a Roldán de excesivos abrazos e incómodos halagos, con la firme convicción de que había ganado un nuevo amigo.

Esa noche, en la azotea de Reinaldo, Roldán le explicó la misión policial y de justicia que había recibido por encargo divino… o sea, del pueblo. Reinaldo se emocionó al saber que alguien podía tener aún tan nobles ideales y tan altruista empeño. Se dijo a sí mismo que no seguiría robando harina y leche en polvo de la dulcería donde trabajaba y le ofreció su modesta ayuda a Roldán para combatir el crimen. Así surgió esta pareja de héroes como Don Quijote y Sancho Panza, como Batman y Robin o como Juan Quinquín y Hachero, de las ruinas de una sociedad en crisis.

—Los Forever son solo el comienzo –aclaró Roldán.

—Llegaremos hasta donde haga falta.

Reinaldo asintió, rencoroso, mientras recordaba una bofetada recibida dos años atrás:

—Hay que coger al rubio Azori. Le ha robado a muchas viejitas del barrio.

Roldán se levantó, con impaciente ímpetu.

—Hay que atrapar a todo el mundo. No dejaremos a nadie delinquir impunemente.

Y dicho esto, Roldán le palmeó el hombro a Reinaldo. Corrió hacia el borde de la azotea y saltó. Reinaldo se quedó pensando en sus palabras, mientras contemplaba maravillado la distancia que había cubierto con ese salto. Era imposible atrapar a todo el mundo.

V

—¿Crees que estoy jugando?

Roldán miró la bayoneta que le agitaba frente al rostro el rubio Azori.

—Por tu propio bien, espero que sí –respondió Roldán–. Portar arma blanca es un delito que agrava el intento de robo.

Azori, que no temía a nada ni a nadie, fue a darle una cuchillada, cuando sintió que algo aguantaba su brazo. Se volteó a ver de qué se trataba. Era Reinaldo, que un segundo después le descargó la rabia guardada por años con un formidable pescozón que lo desmayó.

Cuando la policía se fue de casa de Cándida Hurtado, la viejita a la que Azori quería robar, Roldán y Reinaldo se dirigieron a la azotea para analizar los resultados de la acción.

—Tremendo escarmiento que le dimos a ese cabrón –se ufanó Reinaldo–. Ese más nunca vuelve a robarle a nadie.

Muy serio, Roldán no lo miraba. Desorientado, Reinaldo continuó:

—Aunque la vieja esa es una camajana que se la pasa en el trapicheo de joyas y de obras de arte.

Roldán siguió sin responderle.

—¡Sin contar que la tipa fue querida de Fulgencio Batista! Di tú… ¡y nosotros que a lo mejor le salvamos la vida!

Reinaldo se calló al ver que Roldán respiraba hondo y se paraba:

—Lo siento mucho, Reinaldo, pero es la última vez que sales conmigo.

Aquel ni siquiera le respondió, frío de la sorpresa, aunque en el fondo intuía el motivo.

—Te agradezco la información que nos permitió atrapar a este delincuente, pero creo que estamos en esto por cosas muy distintas y no puede ser.

Roldán se dirigió despacio hacia el borde de la azotea por donde siempre desaparecía de un salto y Reinaldo lo detuvo:

—Discúlpame, Roldán. Te prometo que no volverá a ocurrir. Es que…

Roldán se dio vuelta y lo miró a los ojos:

—A ese tipo no hacía falta que lo dejaras medio sordo del golpe. Lo que yo hago no es por venganza ni por odio. Solo estoy haciendo lo correcto. Piénsalo bien.

Fue la única vez que discutieron. Reinaldo lo pensó bien y al día siguiente Roldán lo perdonó.

A Cándida Hurtado la capturaron ellos mismos diez días después, mientras le vendía al director de una de las tantas fundaciones amigas del país un cuadro robado de Portocarrero.

VI

Nietzsche dijo que Dios había muerto, y con él, la moral de su época. Solo los valores nuevos de un superhombre podían rencauzar aquel desastre. Así sintetizó Roldán las ideas de un libro que comentaba la obra del genio alemán.

Übermensch”, leyó, admirado. Y no pudo evitar la comparación con su propia realidad.

—Un superhombre no es aquel que tiene superpoderes… sino una supermoral… y voluntad para cumplirla –le comentó entusiasmado a su mujer.

A María Eduarda de la Cruz le preocupaban esos arranques de su esposo.

—¿Y cuándo vas a usar esa voluntad para traer un poco de dinero a esta casa?

Roldán meneó la cabeza, sintiéndose incomprendido.

—Voy a casa de Reinaldo.

María Eduarda tiró molesta el arroz sucio a la olla:

—¡Sí! ¡Y dile que se deje de tanta bobería y que te consiga harina y leche en polvo en su trabajo!

Al escuchar la puerta cerrarse, María Eduarda se quedó unos instantes tratando de contener la tristeza que la embargaba. No sabía si era por las abrumadoras carencias materiales o por la peligrosa honestidad de Roldán, que ya le ganaba muchos enemigos, o tal vez, por el tiempo que llevaban sin tener sexo, pero María Eduarda derramó un par de lágrimas sobre el agua sucia de la olla. Y habló sola:

—A ver cómo se le puede hacer un dulce decente a mi madre sin leche ni harina.

VII

Los episodios y anécdotas heroicas que siguieron en los días siguientes fueron innumerables. Roldán, secundado por Reinaldo e inspirado en la ideología del Übermensch, comenzó a vaciar de delitos y delincuentes su barrio.

A Los Forever, el rubio Azori y la anciana Cándida le siguieron el Pepino, que era un famoso exhibicionista; la familia de Los Muchos, que cometían toda clase de delitos de poca monta; Toqui el pederasta; todo el gremio de carteristas, el de las jineteras, el de los bugarrones. Sin contar las advertencias que hicieron a los vendedores ilegales de comida, los buzos que viraban la basura y las viejitas que vendían maní sin licencia. Incluso a Pepe Hierro, el presidente de su CDR, lo sorprendieron con cinco cajas de cerveza y una banda de puerco, todos desviados de una actividad local.

Este último caso sorprendió negativamente a Roldán. Con los ojos llenos de lágrimas, le recordó que había sido él quien le entregara su pulóver rojo de cederista.

—¿Cómo pudiste hacerlo, Pepe? ¿Cómo?

A Roldán le pareció que la expresión de Pepe ni siquiera era de odio o vergüenza. Era de lástima.

Esa noche, Roldán estaba leyendo recostado en su cama Así habló Zaratustra, cuando su mujer entró desnuda a la habitación.

—Rolo… –le dijo queda.

La primera reacción de Roldán al alzar la vista fue cubrirse los ojos con el libro.

—Por dios, mujer…

Esperó una explosión de ira de su esposa, pero en su lugar se hizo un silencio incómodo. Cuando volvió a mirar, descubrió a María Eduarda sentada en una esquina de la cama, llorando.

Dejó el libro a un lado y se le acercó, conciliador:

—Verdad que a ti se te ocurre cada cosa…

—Las cosas… que se le ocurren… a una mujer cuando su marido… no le hace caso –respondió entre hipidos de llanto.

—Pero yo sí te hago caso… ¡Y con lo bonita que tú eres! Lo que ocurre es que…

María Eduarda esperó unos segundos más, ansiosa por escuchar una respuesta que la consolara.

Aquella noche Roldán hubiera querido mentir, pero entonces ya no sería quien era. Así que se quedó en silencio, hasta que María Eduarda, abrumada, se vistió y salió de la habitación.

Diez minutos después se quedó dormido, con la conciencia tranquila, satisfecho de no haber traicionado sus principios. Echa un ovillo en la pequeña cama del cuarto que habían estado preparando para el futuro niño, María Eduarda no pegó un ojo hasta el amanecer.

VIII

Quien conociera el barrio antes de que Roldán asumiera su rol de supercederista no creería posible el cambio que había tenido lugar unos meses después.

Históricamente conflictivo, el barrio era ahora un lugar muy tranquilo, donde ni siquiera se ponía la música alta los sábados por la tarde. No se veían borrachos en las calles, ni mendigos. La policía solo se aparecía para tomar caldosa en las actividades del CDR y hasta los perros sarnosos habían desaparecido.

Las estadísticas eran muy elocuentes. La cantidad de delitos había descendido en un noventa y nueve por ciento. Pero al desaparecer de la ilegalidad los alquileres de casas y de taxis, así como la amplia oferta que siempre hubo de todo tipo de productos gracias a la bolsa negra, el barrio comenzó a decaer. Algunos incluso comenzaron a llamarle a esa oscura etapa “el estanco de Roldán”, en alusión al histórico autobloqueo económico que significó el Estanco del Tabaco.

Y ya hubiera querido la Corona Española tener el éxito policial y represivo de Roldán contra las punibles actividades económicas de sus súbditos. Roldán surgía, aparecía, desaparecía, saltaba, brotaba, reptaba, corría, nadaba, rompía y algunos aseguraban que hasta volaba para castigar a quienes, según él, merecían el “choque cederista”.

Roldán ya era una leyenda. En otros barrios surgieron imitadores, pero con escasa relevancia. Casos como el del Cederista Brujo, el Pitirre Vigilante o el Silbador, intentaron seguir sus pasos, aunque en su desempeño simplemente pintoresco o hasta oportunista y corrupto, demostraron que supercederista había uno solo.

Muchos fueron a prisión gracias a su celo justiciero; otros perdieron autos, casas y fortunas. Y si alguien se lo recordaba, Roldán respondía:

—Cuando ellos robaban, yo era la víctima. Es justo que de vez en cuando paguen ellos ¿no?

A veces, un osado insistía:

—Pero, Roldán… si el tipo le estaba robando al Estado. ¿A ti qué más te da? ¿Acaso el Estado no te roba cuando te paga un salario ridículo?

Entonces Roldán hacía una mueca de contrariedad:

—El Estado me da lo que me puede dar. Yo combato a quienes quieren más de lo que toca a todos por igual.

La mayoría de los interlocutores no seguía más allá, pues sabía lo circulares y envenenadas que podían tornarse esas conversaciones.

Así fue inevitable que arribáramos al día en que caería estrepitosamente Manolo de la Caridad. El mismo día en que Roldán Travieso selló su destino trágico de héroe.

IX

Primero tendríamos que explicar brevemente quién era este hombre que, como presidente del Poder Popular de esa circunscripción, gobernaba de manera efectiva el barrio donde vivía y actuaba Roldán.

Los padres de Manolo de la Caridad no eran obreros o campesinos, ni tampoco ricos propietarios. Eran profesionales instruidos y, como tales, le habían dado a su hijo una esmerada educación. Manolo fue de esas personas inteligentes que en algún momento creyó que su capacidad y su talento serían suficientes para triunfar, hasta que un día se dio cuenta de que había perdido miserablemente la mitad de su vida luchando contra una corriente invisible, pero infranqueable, de mezquindad. Entonces decidió que para sobrevivir a esa corriente nunca más sería honesto. En su lugar sería al menos un poco justo consigo mismo, y con aquellos que como él sufrían las promesas incumplidas y las retóricas vacías de la oficialidad.

Así que se hizo político profesional, un político que realizó oscuros propósitos de misteriosas maneras. Pero también fue un político que usó su influencia para hacer prosperar a su comunidad, permitiéndole trabajar y generar riqueza. Prosperidad que Roldán combatió con éxito y que al final hizo desaparecer.

Aun así, Manolo de la Caridad sentía aprecio por Roldán. Casi podía comprender su cruzada contra el crimen y su insaciable afán de justicia. Veía en él a un valiente, quizás un poco loco, pero envidiaba su determinación para hacer cumplir aquello en lo que creía. En secreto se decía a sí mismo que de haber tenido ese mismo valor hace años hubiera enfrentado frontalmente y sin tapujos la corriente de mezquindad que eclipsó su vida y le borró sus ilusiones.

Sin embargo, Manolo era consciente de que en algún momento su camino tendría que cruzarse con el de Roldán y entonces sería inevitable un enfrentamiento. Durante meses realizó sus negocios y maquinaciones de manera perfecta, burlando la vigilancia de Roldán y Reinaldo. Pero Roldán aprendía de sus errores y con paciencia iba descifrando los distintos modus operandi, haciéndole las cosas cada vez más difíciles a Manolo. Hasta que algunos cómplices suyos comenzaron a caer, y el nombre de Manolo salió a relucir.

Roldán recordó de golpe cómo Manolo había abogado por algunos de los que él había capturado y de cómo había tratado de desanimarlo en varias iniciativas policiales. Tuvo entonces la certeza de que detrás de su figura serena y conciliadora se escondía el cerebro de una organización criminal. Con el dolor de su alma, pero endurecido por tanto que había visto, Roldán decidió que a Manolo de la Caridad le había llegado su día.

X

Ese día comenzó cuando María Eduarda de la Cruz le pidió el divorcio a su marido, mientras este se probaba otro pulóver con el escudo cederista que ahora le había regalado en persona el presidente de la Asociación Nacional de los CDR. Roldán le respondió a su esposa con frío paternalismo que lo pensara mejor, y ella, hastiada, le deseó éxitos en su guardia. Justo antes de irse le aclaró a su marido que esa noche no dormiría allí. Roldán meneó la cabeza con sabia resignación y la dejó ir sin decir nada más.

Serían las dos de la madrugada cuando Manolo de la Caridad entró al enorme depósito donde se guardaban los nuevos equipos electrodomésticos que se repartirían entre la población. Iba acompañado por Yesenki, otro de los primos de Yulieski, y por un delincuente desconocido.

Roldán, que llevaba vigilándolo varias noches, le hizo una seña a Reinaldo y ambos se separaron. Reinaldo se fue a la parte trasera del edificio a escudriñar los pasos de Manolo. Roldán lanzó una soga con gancho hacia el techo y trepó como una araña. Allí buscó un viejo respiradero y, tras quitar algunos listones podridos, intentó arrancar una reja oxidada. Parecía fácil. Pero la reja se resistió y tuvo que aplicarle toda su fuerza, hasta que el hierro se partió con estrépito de tablas y piedras caídas.

—¡Ño! –se censuró a sí mismo nuestro héroe.

Manolo y los dos compinches miraron en su dirección. No lo veían, pero de alguna forma sabían que él estaba allí. Y como en este país todo se sabe, Roldán también supo al instante, sin saber por qué lo sabía, que ellos sabían que era él. Y supo lo que tenía que hacer, sin saber si tendría éxito o no. Eso lo sabría más tarde.

Se lanzó hacia un contenedor que estaba a tres metros de su posición, de allí saltó como un felino al piso y quedó frente a los tres hombres.

—Eres un mierda, Manolo. Y eres peor que ellos… por hipócrita –le espetó.

—Tú eres peor que yo… por chivatón –le respondió Manolo, frase que luego completó Yesenki.

—Chivatón… y de gratis.

Luego sacó el machetín que llevaba oculto en el pantalón.

—Esto es por mi primo.

Se le echó encima dispuesto a tasajearlo, pero Reinaldo salió de la oscuridad y se le interpuso, portando un estupendo ejemplar de tubería de acero de pulgada y media de diámetro:

—¡No vas a hacer ni timbales, o te rajo el güiro aquí mismo!

Yesenki dudó un segundo y Reinaldo le revoleó el tubo, retador, mientras completaba su idea con un odio visceral:

—¡Para que lo sepas, yo me cago en ti y en todos tus primos!

El delincuente recordó entonces a un escuálido y lloroso Reinaldo, que vestido de estudiante de secundaria varios años atrás, huía cubierto de escupidas por el mismo Yesenki y sus primos.

Envalentonado, le tiró un primer sajazo que Reinaldo esquivó fácilmente. Luego lanzó un segundo golpe directo a la cara, que el otro solo pudo detener con el tubo. Y hubiera sido más certero con el siguiente, pero Reinaldo le atinó primero en la mejilla con su hierro. Trató de disimular su mareo con un par de mandobles al aire y Reinaldo volvió a golpearlo, esta vez en la frente y con más fuerza. Cuando Yesenki se tocó la cabeza y vio su mano manchada de un rojo familiar, dijo amenazador:

—Ahora sí te jodiste, so mari…

Sus ojos se pusieron en blanco y se desplomó allí mismo, como un saco de malangas tiernas, impresionado a la vista de su propia sangre.

Todos lo contemplaron unos segundos en silencio. Luego Reinaldo dio un paso hacia los otros y ordenó, eufórico, con afán de protagonismo:

—¡Pónganse de rodillas!

El desconocido dio un paso hacia él y Reinaldo le amagó con el tubo. El desconocido se acercó más y Reinaldo trató de golpearlo. El delincuente se quitó de la trayectoria del hierro y lo sostuvo con ecuanimidad, casi con armonía, para darle una patada en los testículos un segundo después. Luego le quitó el tubo y lo lanzó lejos.

Roldán avanzó para proteger al indefenso Reinaldo. El desconocido se movió con rapidez, le pegó un puñetazo en la nuca a Reinaldo y le pegó una patada en el pecho a Roldán. Reinaldo se desplomó cerca de Yesenki, y Roldán, que casi se cae, asumió una pose defensiva.

—No lo mates –le pidió Manolo al desconocido–. Pero dale como para que no joda más.

Enumerar las patadas, piñazos y estrellones le daría a la historia un atractivo toque de violencia urbana, pero a la vez la convertiría en una larga, predecible y falsamente emotiva narración. Solo es necesario aclarar que antes de vencer casi milagrosamente al desconocido, Roldán recibió varios golpes en la cabeza que lo dejaron muy mal parado.

XI

Lo cierto es que esa noche no había viento. Es por eso que muchos vecinos se cuestionaron después aquel idílico recuerdo de Reinaldo Alegría, en el que la capa de Roldán ondeaba majestuosa en la azotea del almacén de electrodomésticos. Sobre todo porque a Reinaldo se lo llevaron doblado del dolor en una camilla con un testículo reventado y no podía fijarse en detalle alguno. Y aunque Roldán contempló desde la azotea cómo se llevaban a los tres maleantes, lo hizo sentado, pues un incómodo mareo le impedía estar de pie. Tampoco Manolo le lanzó ofensa alguna a Roldán desde la patrulla como asegurara Reinaldo. Manolo se limitó a cerrar los ojos y fruncir la boca en un profundo gesto de resignación.

Cuando la policía se fue, Roldán bajó del techo y cruzó entre el grupo de vecinos que se había reunido en el lugar. Entonces de la multitud salió un grito no muy alto y lleno de espontáneo rencor:

—¡Chivatón!

Roldán se dio vuelta, buscando al autor de tamaña ofensa.

—¿Quién fue?

Una pared de hosca indiferencia surgió entre los vecinos.

—¡Roldán, corneta! –dijo otra voz desconocida.

—¡Trompetón! –espetó otro desde la anónima muralla.

Roldán buscó en vano un culpable, dando vueltas como un león enjaulado en el lugar, hasta que un torrente de ofensas se liberó:

—¡Informante!

—¡Esbirro!

—¡Roldán, chiva!

Como si se pusieran de acuerdo, todos comenzaron a corear:

—¡Beeehhh! ¡Beeeeehhhh!

Cada vez más alto, cada vez más agresivos, resonando en su cabeza como un látigo, los vecinos del barrio le gritaron aquel monosílabo que parecía infinito, y lo repitieron hasta que Roldán se desmayó. Entonces lo miraron con desprecio y se marcharon lentamente, dejándolo tirado en el asfalto del callejón. Así estuvo durante un día entero, sin que nadie avisara a ningún lado. Lo orinaron los perros, lo secó el aire, lo lavó la lluvia, lo volvió a secar el sol y hubiera seguido ignorado por todos, como un indigente borracho hasta la muerte; sin embargo, una pareja de turistas alemanes lo vio y dio parte a la policía. Aunque es un detalle irrelevante, casualmente eran de apellido Nietzsche.

XII

Roldán quedó en coma. A los cuatro meses, Reinaldo dejó de visitarlo, pues creyó su caso perdido. Tenía un solo testículo y, moralmente agotado, de nuevo tuvo que robar harina y leche en polvo para sobrevivir. Temía que alguno de los delincuentes que Roldán y él enviaran a la cárcel tomara venganza cuando cumpliera su condena. Ese miedo constante lo convirtió en un hombre nervioso. Para superar esa crisis buscó amparo en una religión de las tantas que pululaban en el país, pero la abandonó rápidamente, pues dicha religión prometía el castigo divino para los que se dedicaban a robar. Y como Dios nunca pudo resolverle una onza de leche…

Casi un año después, el día menos esperado por los médicos, Roldán volvió en sí. Era un esqueleto que nada recordaba al hombre fuerte y atlético de antaño. Se enteró de que su mujer no fue nunca a verlo y que se había casado con un payaso de su mismo circo. También le contaron que Manolo y los otros dos delincuentes jamás llegaron a la cárcel, pues a unas cuadras del almacén, los dos hijos de Manolo y cuatro primos de Yesenki asaltaron espectacularmente la patrulla con pistolas y machetes, para luego abordar una lancha e irse todos del país.

Luego del largo y penoso proceso de fisioterapia, Roldán pudo valerse por sí mismo. Así que un día se llegó hasta su antigua casa y le dio la sorpresa a su mujer. María Eduarda, que según sus palabras no le guardaba ningún rencor, acordó devolverle una habitación, un baño destartalado del fondo de la casa y una porción del patio. Además, le dio la noticia de que esperaba un bebé del payaso por lo que no podía tener sobresaltos y mucho menos discusiones sobre la propiedad de la casa, la relación o cualquier otro tema. Roldán aceptó.

En el barrio nadie le dirigía la palabra, pero él lo asumió como algo lógico después de lo que había pasado. El único que se alegró de verlo fue Reinaldo, que con su estilo expresivo de siempre lo cubrió de abrazos y halagos por su excelente recuperación. Luego de conversar por largas horas, Roldán tuvo la certeza de que seguían siendo amigos. Cuando Reinaldo le reconoció con la voz rajada que había vuelto a robar harina y leche en polvo, Roldán le pidió con desenfado que le resolviera a buen precio diez libras de cada una para quedar bien con su exmujer.

La vida volvió más o menos a la normalidad y Roldán se dio cuenta un buen día de que no extrañaba para nada su existencia de superhéroe. No se permitió siquiera pensar en las personas que había destruido. No se permitió llorar. Y mientras miraba la ventanita rota de su baño, se dijo que volvería a construirse una vida que valiera la pena vivir. Costara la que costara.

La Habana era la misma ciudad de siempre. Una ciudad donde se robaba, contrabandeaba, desviaba, traficaba, negociaba, especulaba, vendía, compraba, revendía y recompraba de todo. Una ciudad que para paliar su ruina necesitaba de muchas cosas, de tantas como pudieran pensarse… menos del regreso de un supercederista.

SERGUEI SVOBODA VERDAGUER
Serguei Svoboda Verdaguer (La Habana, 1976). Licenciado en Dramaturgia Teatral en el ISA y Graduado de guión en la EICTV. Ha publicado dos libros de cuentos y dibujos: Las plazas de La Habana vieja y El viejo Vedado, ambos en colaboración con la pintora y dibujante Maritza Verdaguer. Ganador del Premio de Dramaturgia Teatral José Jacinto Milanés con la obra Una isla para el señor capitán. Fue uno de los ganadores del Premio Cinergia con el que realizó el cortometraje Por amor al arte. Coguionista del multipremiado cortometraje El último vagón y de tres telenovelas: Historias de fuego, En tiempos de amar y El rostro de los días. Ganador por Cuba del Premio DOCTV VI con el documental La rosa y la espina.
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Rosa Coppola
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Fabuloso! Lo he disfrutado! Muy orgullosa de tu hijo! Saludos
Rosa E Coppola