Mi existencia se ha reducido a una dimensión: una trocha y delante de ella un barco.

Werner Herzog

para AJP

En la página cuarenta y cinco de la edición que tengo del diario Conquista de lo inútil, escrito veinticuatro años después de filmar Fitzcarraldo, Werner Herzog habla de la muerte de Larisa Shepitko, directora ucraniana y gran amiga suya. Él está en San Francisco, en medio de la preparación para la filmación. Recuerda la última vez que se vieron en Mannheim y cómo ella supo, aquella madrugada, que era la última vez que se verían. No hay mención alguna sobre lo que conversaron, sólo que abrieron una botella de champagne cuando eran ya las cuatro de la madrugada.

En el camino que hace a pie, a través de Múnich hasta París, a los treinta y cuatro años, en el 1974, para “mantener con vida” –dice– a otra gran amiga, Lotte Eisner, historiadora y crítica de cine, cree que ella mejorará de una enfermedad que la mantiene al borde de la muerte, si él logra recorrerlo y llegar, no hay vacilaciones: la recompensa es encontrarla viva, y así sucede. Pero no debería adelantar este final que se mantiene en suspenso durante todo el diario a través de los campos por donde camina día y noche con las manos rotas por el frío y los pies hinchados dentro de las botas congeladas, saltando por las ventanas de casas desconocidas en las noches y llenando el camino –y el libro que escribe después– con recuerdos de su travesía a través de los bosques.

En una conferencia que impartió en La Habana, en el antiguo cine 23 y 12, en el Vedado, en marzo del 2017 –estuve sentada en la primera fila de una hilera de viejas butacas de madera, y llevé sus libros para que los firmara–, pude preguntarle si aún, tantos años después, haría el mismo recorrido para llegar hasta una amiga enferma, que si todavía cree que el amor salva. Me respondió que volvería a hacerlo. No creo que con mi nerviosismo haya formulado bien la pregunta, ni que haya comprendido bien su respuesta, pero supe que la entendió con un sentido –si es que lo hay– más allá de lo literal, convencido de que su amiga sobrevivió gracias al trayecto que hizo, y que volvería a hacerlo por la misma causa, sin lugar a dudas: de eso estaba seguro.

Cuando hace varios años, un gran amigo me hablo de este viaje de Herzog sólo quería conseguir: Caminar sobre el hielo, como se titula en la edición que tengo al castellano. No sé si tengo la mejor edición con la mejor traducción, pero sé que es uno de los mejores escritos que haya leído en mi vida y los dos, el diario de la película y el diario del camino, me los regaló alguien que ha probado, a través del tiempo, el valor de su fidelidad conmigo.

Es un libro pequeño, fácil de cargar, difícil de sostener por su argumento, y por la inverosimilitud que tiene un recorrido así en la actualidad, cuando se camina sólo para llegar a una meta, no hasta quien nos necesita para socorrerlo con la incondicionalidad de un abrazo –que es la medicina que más necesitamos–. Pero, lo real, lo que sucedió, antecediendo a sus palabras, es que Herzog lo vivió primero hasta escribirlo después; la puesta en práctica de un destino que vemos en todas sus películas, y en sus libros, se convierte en un hecho que parte de una metáfora: la metáfora de una pasión por la amistad.

Me entero, por una descripción ríspida, de cómo murió Larisa Shepitko: viajaba en una furgoneta camino a un rodaje y chocó contra un camión “cargado de inmensos pedazos de hormigón”. Murieron seis personas más junto con ella, en el momento en que Herzog había regresado a San Francisco, desde aquel pueblo perdido donde preparaba la infraestructura para Fitzcarraldo con un itinerario largo entre varios vuelos más: Iquitos, Lima, hasta Los Ángeles, el 17-18 de julio de 1979. Al saber la noticia, se puso a hojear los pocos libros que llevaba consigo en los que no halló consuelo –dice–: ni en la Historia de Roma, ni en Chatwin en la Patagonia ni en la Biblia ni en la gramática española ni en Joseph Roth ni en Livio ni en La Segunda Guerra Púnica. Después de esta página no aparece nada más sobre la muerte de Larisa.

Sólo varios días después de vacío, silencio y soledad escribe por fin sobre cómo los libros no mitigaron su dolor tampoco: porque, la existencia está por encima de todo. La experiencia por encima de cualquier deducción, frase o imagen: vivir una vida que no es literaria es su propósito. Ni siquiera con el dolor suyo, al caminar sobre el hielo en aquel viaje para salvar a alguien, remeda este. La amistad es ese recorrido que hacemos desde un lugar a otro; de un deseo a otro, para perseverar por encima de los obstáculos, y la distancia: la necesidad de subir la montaña de la novela Mount analogue de René Daumal como el mayor propósito, llegar juntos a la cima.

El 21 de julio, aparece en su diario la noticia de que se ha hecho un tatuaje: “una calavera cantante” y se ha desmayado mientras se lo hacían. Creo que esta fue su respuesta a la muerte de Larisa Shepitko y al hecho de ser un superviviente por un tiempo más. Días después, está preocupado por las noticias que llegan desde Cenepa donde podía ocurrir en cualquier momento una guerra con Ecuador “justo en el escenario de la película” –dice–. La acción como única manera de continuar y terminar un sueño, realizándolo.

En la cárcel de San Quintín ha firmado una declaración aceptando “que en caso de que se tomara como rehén no se negociaría su liberación”. Con urgencia vuela de nuevo hasta Iquitos donde hay una situación muy tensa por los conflictos regionales, y sin dinero aún para producir la película. Amanece en un pequeño cobertizo donde duerme junto a las gallinas y donde las ratas caminan por encima del zinc: “a los mosquitos me voy acostumbrando lentamente cada vez que vuelvo”. Nunca se queja. De eso habló también en la conferencia de La Habana: no pedir nada, no quejarse, buscarlo: hacerlo.

Mientras dos barcos gemelos se construyen para Fitzcarraldo: el Huallaga y el Narinhu, en el río Urubamba, siente que lo ha invadido tal paz, que ha creído reencontrar algo que había desaparecido de su vida. Muchas veces, a lo largo del diario menciona esta paz que recibe, mientras que algunos actores y trabajadores que se reúnen para la producción de Fitzcarraldo, huyen por miedo a morir en la selva. No son pocas las enfermedades ni los muertos que, a su alrededor, caen como barajitas. Un día, en doce horas, hubo dos. Le importa correr el riesgo, no pensarlo.

Crece o disminuye el agua del río junto a los afluentes del Amazonas durante la filmación. En la riñonera lleva cosas para escribir: “la libretica, el reloj, una navaja, a veces la Minox o la brújula”. Las mismas provisiones que llevara durante el viaje hasta París: “cogí una chaqueta, una brújula y una bolsa de lona con lo imprescindible. Mis botas eran tan sólidas y nuevas que confiaba en ellas. Tome el camino más directo a Paris, firmemente convencido de que, si iba a verla a pie, ella seguiría con vida.” Fiebre y soledad en medio de la selva cinco años después de aquel viaje por los bosques helados; recuerdos de su hijo, de su madre, de su abuela, y animales desconocidos que se suben a su mosquitera.

La falta de agua suficiente para que un barco pueda pasar por encima de una montaña es la idea capital que persigue: su metáfora. Con la clavícula rota y los pies nuevamente descalzos enterrados en el barro descubre todo eso que ama y, a la vez, lo desintegra; todo eso que va perdiendo durante su búsqueda por comprender que los volcanes o las selvas son indiferentes a lo que el fuego o el agua puedan darle o quitarle al hombre. Lucha así, contra la equivocación humana de creernos parte esencial de este conjunto sin serlo –en la misma medida, en que nos conduce hasta la comprensión de nuestra pequeñez exaltada por el ego–, lo que puede representarse sólo con imágenes: por ejemplo, la de aquel canino que va junto a su dueño corriendo durante un día y más, kilómetros de nieve y noche, hambriento –en su documental sobre los tramperos: Happy People: a Year in the Taiga–; el amo no lo protege, sólo lo alimenta –como la naturaleza tampoco protege al hombre–, sólo lo alimenta–, demostrándonos que esa indiferencia de la naturaleza ante nuestro dolor nos vuelve más humanos o nos empuja, ante nuestra soledad, a serlo.

Podemos decir que Herzog es un eterno caminante que sabe ver, escuchar y descifrar el crepitar de la candela entre la lava y el ruido de los témpanos en las heladas; las voces de los muertos enterrados en el río hasta hallar el cadáver de un pescador que aún sostiene su vara. Porque el trabajo no termina con la muerte. El trabajo enlaza una cadena infinita. Los tramperos en la Taiga ven la vida como una forma de hacer trampas mortales para encontrar armiños, pasando por primaveras, veranos e inviernos a menos cincuenta grados. Darán un paso tras otro hasta robarle algo a esa intemperie silenciosa, sostenida, afuera; mientras diluyen su tiempo en un tiempo universal que transcurre en su propio sentido, indiferente, sin juzgarlos.

Herzog comparte con ellos la soledad de su tragedia y de su dicha mientras que, con voz cadente, narra también cómo viven los chamanes de tribus casi desaparecidas; o vive con los alpinistas sobre las montañas de gigantes picos nevados, o con los reos que esperan la muerte en On Death Row (2012), o con los arqueólogos que hallan fragmentos de huesos de un homínido en África en su documental sobre los volcanes Into the Inferno (2016). No hay obstáculos ni lugar, por salvaje o peligroso que este sea, que lo detengan: ni al final del corredor de la muerte ni al borde de un cráter ni frente a las imágenes de una pareja devorada por los osos en Grizzly Man (2005), porque ve: lo que nos mira. Y ese peligro sin redes de protección ante el conocimiento está dentro de él como un páramo, un desierto, un río, un océano o una selva.

El creador del internet de su documental Lo and Behold: Reveries of the Connected World (2016) mece sus manos en el río. Las manos le tiemblan y se electrizan por la corriente cuando se hunden en el agua. Sabe entonces que ha descubierto las redes, esas redes que cambiaran el mundo hacia otra era: la era digital. Sólo ese gesto delata una inocencia, y un porqué.  No importa cómo serán después las formas en las que se manifiesten estos descubrimientos, sino ese instante único captado por la cámara donde se muestra una pequeña, pero lúcida sensación de progreso.

Así sucede con los dedos de los cazadores en las cuevas de Lascaux en Cave of Forgotten Dreams (2010), realizada en tercera dimensión, y mediante la cual, gracias a la prueba del carbono catorce sobre las pinturas, podemos conocer, a miles de años, los detalles de su concepción: con cuál dedo pintaron los animales, si les faltaba alguno, o cómo sostenían los instrumentos con los que dibujaron o hicieron relieves en las piedras aquellos grandes artistas anónimos prehistóricos. Qué importa quienes fueron. Lo importante para Herzog es el cómo es, el cómo fue. El deseo de marcar la roca o dejar una constancia, una huella, más esencial en la cadena para llegar “al individuo” que el individuo en sí. El acontecimiento por encima de lo que nos nombra, nos iguala nos diferencia o nos identifica temporalmente: un gesto, un hecho, una palabra, en el sueño de un anonimato que nos confirma esta realidad –como totalidad de la existencia–, dentro de esa larga suma de procesos desde un mínimo fragmento de ella: una esquirla, una gota que rueda y llega al presente desde nosotros, hasta lo inalcanzable.

Me acuerdo de haber experimentado una turbación parecida cuando, de niño, […] encontré un pedazo de plástico desgastado, de un color azul luminoso, que había caído en la cascada y había quedado atrapado entre las ramas de un arbusto. Nunca había visto algo así y lo guarde en secreto durante semanas […] No fue hasta unas semanas más tarde cuando ya lo había poseído hasta el hartazgo, que se lo mostré a alguien más. Till y yo descubrimos que se derretía si le acercábamos una cerilla […]; echaba un humo prieto y no olía bien, pero era algo que nunca habíamos visto, proveniente del mundo lejano, de más allá en las montañas, donde el arroyo se perdía entre los desfiladeros y no había más seres humanos. De donde venía entonces. No lo sabía, pero le puse nombre, ya no recuerdo cuál […] desde entonces muchas veces me he roto la cabeza intentando acordarme de ese nombre, esa palabra. Daría mucho por saberlo, pero ya no lo sé, y tampoco tengo ya el suave pedazo de plástico envejecido, y que ninguna de las dos cosas esté a mi alcance me hace hoy más pobre de lo que era de pequeño.

Este párrafo de Conquista de lo inútil describe la poética de Herzog. La pérdida de algo tan común, “su fatal extrañeza” al poseerlo y, mucho peor aún: la pérdida de la palabra que convoca al objeto perdido después de la infancia lo convierte “en un miserable” –dice–. Y, lo importante es que no era algo de valor; de un valor general o común, sino algo distinto, único para él. Para hallar esos fragmentos de pasado –fósiles–, que no provienen de un lugar definido, pero que estuvieron escondidos en su imaginario, y arrastrarlos hasta compartirlos con nosotros, ha hecho su obra.

Igual que los arqueólogos buscan las señales ocultas de los antepasados en suelos corrompidos ya por el desgaste del tiempo y del agua; igual que la abeja viaja kilómetros y kilómetros en busca del árbol específico que necesita para libar su mejor néctar, o el trampero prepara su trampa para cazar el próximo invierno –toda la existencia se vuelve una preparación sistemática para la llegada de ese momento–, Herzog busca la insignificancia de ese algo, desde cualquier rincón del planeta, para depositarla en nuestra conciencia: un paisaje, una mirada, una amistad.

Esta poética rastreada en muchos horizontes es su destino de cazador; y en ella, está la confirmación de un método que ha seguido día tras día, a través de una larga lista de largometrajes y documentales para componer una imagen del mundo que está al borde de perderse para siempre, si se siguen extinguiendo esos momentos de luz y oscuridad que perdemos sin recolectarlos ni comprenderlos. No son finalidad, sino procesos: sus Signos de vida –como el título de la película que hizo muy joven.

Su magistralidad está en relacionarlos dentro del conjunto de similitudes y diferencias que encuentra en el camino: paisajes, modos de habitar, de convivir, desiertos. Como en Fata Morgana (1971), donde las transfiguraciones que ocurren en el Sahara a través de una secuencia corrida –también como un caminar de la cámara sobre la luz– dan el encontronazo de lo efímero con lo eterno; de la música indescriptible que acompaña la poética de estas imágenes mientras que el desierto lo devora todo: hombres, animales, carrocerías, y lo que le toca al hombre como recolector, poeta, hechicero, es elevarlas a su máximo nivel estético, que está en el lenguaje con el que carga en su viaje por las montañas, los ríos, las sombras que nos sobrepasan como especie y que nos avisan, advirtiéndonos, de cosas que todavía no queremos ver: esos aviones que aterrizan uno tras otro en la arena, desbastándola.

A estos dibujos, desde tantas perspectivas, los llaman sombras: para los que bailan y hacen recovecos con sus cuerpos; para los que pintan las olas sin tener un mar; para los que cazan –y traspasan– la agonía de la soledad contra el sonido de unos árboles al chocar con los animales que caen en las trampas; para aquel sobreviviente en la isla de Creta que ya no tiene palabras y toca la lira en su documental Letzte Worte (1968), mientras que los otros repiten y repiten frases explicativas sobre su hallazgo. Herzog “ha sombreado” puntos divergentes de un camino infinito de imágenes para darnos sus contornos: los contornos de una misma realidad oculta en múltiples variaciones –y vericuetos–, subidas, caídas. Igual que el niño campanero, al que siempre me refiero, en la película de Tarkovsky, Andrei Rublev, no sabía cómo fundir una campana y lo logra, fundiéndola, repiqueteando contra el bronce un sonido que se convierte en arpegio: no hay otra manera de navegar hacia el misterio que haciéndolo.

Sólo es posible acercarnos, cautelosamente, al tiempo “de las golondrinas blancas”; al tiempo de arrestar algún escarabajo: “hoy no he arrestado a ningún escarabajo” –dice, en el diario–, al tiempo de responder la afirmación implícita por imposible en la pregunta: “alguien ha oído suspirar a las piedras”. Y de esa impotencia crear la máxima potencia de un desvelo sistemático que nos llevara al encuentro con lo subestimado: ese oro enterrado en el fango de un río que es también, un pedazo de plástico que refulge de su opacidad cual si fuera un rico metal.

Navegar con la idea de que, no hay justicia en el desierto ni sobre los océanos ni en la selva ni en las cumbres donde están los hielos perennes, sólo nuestra capacidad para hallar, cueste lo que cueste, estén donde estén, una ruta que nos lleve a ellos –que es la única posibilidad que tenemos de encontrar algo–. Así hacen los nueve científicos del documental The Most Unknown (2018) al buscar en los laboratorios más avanzados del mundo la materia oscura, o la conciencia con la que el hombre ha intentado comprender por qué ha llegado a ser lo que es, a sabiendas de que, todo puede ser sólo hipótesis, deseos que justifican una labor constante por develar ese misterio milenario encontrado en “la tristeza de los cartones ablandados desde hace muchos días” que Herzog ve dentro del agua, y en los que intuye, una gran metáfora: esa metáfora por descifrar la existencia que se convierte en la pérdida más simple y, a la vez, en su fuerza.

 

Miami, 5 de septiembre 2018 (cumpleaños de W. H.).

REINA MARÍA RODRÍGUEZ
Reina María Rodríguez (La Habana, 1952) es una de las voces más importantes de la poesía cubana contemporánea. Entre sus libros de prosa y poesía publicados en Cuba y editoriales de Europa y América se encuentran: Para un cordero blanco (1984), En la arena de Padua (1992), Páramos (1995), Te daré de comer como a los pájaros (2000), Variedades de Galiano (2007) y el más reciente Otras mitologías (Letras Cubanas, 2012). Tiene en preparación un volumen de su prosa reunida con el nombre “La caja de Bagdad” y el poemario “Mazorcas”. Ha recibido en dos ocasiones el Premio Casa de las Américas, en varias el Premio de la Crítica literaria cubana, la Orden de Artes y Letras de Francia con grado de Caballero (1999), el Premio Nacional de Literatura de Cuba (2013) y, un año después, el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda. Dirige en La Habana el prestigioso espacio de promoción de la literatura y proyecto editorial Torre de Letras.