Reunión del comité de colaboración de la revista ‘Casa de las Américas’. De izquierda a derecha: Roberto Fernández Retamar, Genoveva Daniel (secretaria), Mariano Rodríguez (subdirector), David Viñas, René Depestre, Graziella Pogolotti, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Ambrosio Fornet, Umberto Peña (diseñador), Ramón López (secretario de redacción), Edmundo Desnoes, Manuel Galich y Mario Benedetti.

La periodización de los sesenta con que David Viñas interpretaba la muerte de Ernesto Che Guevara en Bolivia abre la posibilidad de preguntarse por otros momentos que tensionaron las redes intelectuales latinoamericanas ante el evento de la Revolución cubana.[1] Es llamativa la postura de un intelectual como David Viñas, referente central en la nueva izquierda argentina y fundador del grupo Contorno, ante el llamado “caso Padilla”. ¿Por qué David Viñas, miembro del comité de colaboración de Casa de las Américas, no logró situar a Padilla como punto de ruptura en las diplomacias culturales de la nueva izquierda ante un proceso irreversible de burocratización soviética en la isla?[2]

La respuesta no admite muchas especulaciones, y la podemos encontrar en una carta abierta que el autor argentino le envía a Roberto Fernández Retamar en el mismo año 1971. Desconozco si dicha carta fue publicada en su momento en Cuba. Y hasta donde sé sólo se ha dado a conocer en un libro editado por Marcela Croce y hace unos años en un dossier sobre Viñas y la Revolución cubana que preparé para La Habana Elegante.[3] La carta no parece haberse publicado ni en Cuadernos de Marcha, ni en la mítica revista Los Libros, ni en Casa de las Américas, tres de las publicaciones que acogieron a las polémicas intelectuales alrededor de la censura del poeta cubano.

Lo revelador de esta brevísima carta es el posicionamiento singular de Viñas frente al asunto de una censura que claramente fracturó el campo letrado latinoamericano. Viñas intentó jugar un fino póker: a saber, intentó situarse en las filigranas de un “tercer espacio” entre el compromiso sartreano de un humanismo “materialista” por un lado, y la toma de distancia ante un nuevo verticalismo hegemónico estatal, por otro. Le decía Viñas a Retamar en la carta que reproducimos a continuación: “Y para dar un paso más adelante: discrepo, mi querido Roberto, con las apreciaciones de «estalinismo» que hacen los hombres que desde Europa le mandaron una carta a Fidel. Pero también discrepo con quienes, desde la vertiente opuesta, califican de «europeizantes» a aquellos para descalificarlos de sus juicios.”

Esa distancia enturbia la postura crítica y deja una mancha anquilosada al interior de la maquinación militante. A diferencia de Gelman o Walsh o Retamar, Viñas deja entrever su postura sólo como trazo en negativo. Se desliza aquí, sin duda, la vieja dialéctica de la mirada bicéfala que había puesto en práctica en su lectura de José Mármol en Literatura argentina y realidad política (1964), pero también en novelas como Dar la cara (1962) o Cuerpo a cuerpo (1979). O al menos ese era su “propósito”. Viñas repudiaba tanto los ataques de cierta postura “arielista”, como la retórica cloacal (“ratas”, “europeizantes”) que venía del puño de los nuevos indóciles burócratas policiales de la administración cultural. Pero hay una falta en Viñas, o un silencio notable: el nombre Padilla. Heberto Padilla quien, para volver a la fotografía, tampoco figura entre los que aparecen en la mesa de colaboradores de Casa de las Américas. Llamar las cosas por su nombre no es poca cosa. Decir un nombre mitifica y redime ante la experiencia homogénea de la historia. Un silencio que se pasaría por alto si no fuese porque esa misma escritura que desfigura había puesto en un primer plano la tesis de un “existencialismo corporal” como razón trascendente de las “Causas”. Pero quizás esa haya sido la trampa.

Si la carta tiene algún valor es el de un documento que vuelve visible la imposible des-articulación del aparato hegemónico letrado durante la larga Guerra Fría, como ha sido rigurosamente estudiado por el historiador Patrick Iber a partir de una doble articulación entre los principios de la “libertad” y la “paz”.[4] Medio siglo después podemos decir que Viñas no estaba en condiciones de encontrar la fisura para retirarse de esa matriz de una politicidad que se quería absoluta. En este sentido, la carta es el trazo imposible de la hegemonía de un campo letrado cuya militancia quedaba atorada en un horizonte de historicidad avalado por la promesa monoteísta de la transculturación. Las polémicas intelectuales y aquellas lenguas del ultraje configuraron la gramática de un ámbito epocal criollo que hoy ya hemos dejado atrás. Mientras revisamos los ruidos de esos archivos, sabemos que la tarea hoy exige otro recomienzo.

Carta pública de David Viñas a Roberto Fernández Retamar (1971)

Empiezo diciéndote que discrepo por igual con interpretaciones fundamentales, polarizadas, antagónicas, que se han dado hasta ahora del asunto Padilla. Y discrepo con la misma mesura, pero con idéntico tono categórico al que en enero de 71 utilicé para insistirte en que la palabra “discrepancia” debía aparecer en el documento realizado por el Comité de la revista Casa.

Y para dar un paso más adelante: discrepo, mi estimado Roberto, con las apreciaciones de “estalinismo” que hacen los hombres que desde Europa le mandaron una carta a Fidel. Pero también discrepo con quienes, desde vertiente opuesta, califican de “europeizantes” a aquellos para descalificarlos de sus juicios.

Para no abundar, lo de “estalinismo” me resulta, por lo menos, irrelevante por anacrónico en tanto saca de su marco histórico la designación de un proceso para aplicárselo mecánicamente a otro. Y la de “europeizante” me parece abstracta porque desconoce las situaciones particulares y concretas –no las genéricas– en que viven escritores que de ninguna manera hacen de París o Roma privilegios ni absolutos.

Al “ratas” que se inflige desde un lado, se le convierte en correlativo el “tortura” que viene desde el otro. A la inversa, el movimiento es simétrico. Y no. De alguna manera. Porque al fin de cuentas, insultar así es cambiar de conversación. Y esas exposiciones sólo distorsionan el problema sacándolo del eje real donde debería situarse: es que bien visto, agravios de este tipo apenas si resultan anécdotas del discurso.

Notas

[1] Cfr. David Viñas: “Che Guevara: ese argentino heterodoxo”, Les Temps Modernes: Argentine: entre Populisme et Militarisme, n.os 420-421, julio-agosto, 1981.
[2] Ver la foto que acompaña esta nota que hace algún tiempo rescaté de los archivos de la Latin American Library de la Universidad de Florida. Viñas y Retamar aparecen en la izquierda.
[3] Cfr. Marcela Croce: Polémicas intelectuales en América Latina: del “meridiano intelectual” al caso Padilla (1927-1971), Ediciones Simurg, Buenos Aires, 2006, pp. 271-272; y Gerardo Muñoz: “Gloria y Revolución en un cuento de David Viñas”, Archivo de la Revolución Cubana, La Habana Elegante, mayo, 2012.
[4] Cfr. Patrick Iber: Neither Peace nor Freedom: The Cultural Cold War in Latin America, Harvard University Press, Cambridge, 2015.

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