Libro en prosa que nos convida a acercarnos a las reflexiones de Kozer sobre su hacer cotidiano que no es sino su hacer poético, su crítica, algunas lecturas favoritas y algunas anécdotas. Pero cuidado. No se mal entienda cuando digo que es libro en prosa y algún incauto crea que el poeta cubano se despoja de su expresión poética para cavilar sobre la procedencia de la escritura o sobre la literatura escrita por otros. Una y otra vez surgirá su interés por el lenguaje, por la escritura, por las palabras.

Así, la primera de las dos secciones que conforman Cartas de Hallandale consta de dos partes principales que se entreveran. Los textos titulados “De donde son los poemas” se entretejen con los de “Autobiografía”. Hay momentos en que Kozer recurre a imágenes para hablarnos de lo que él concibe como poesía. Así, los poemas son “combustión de moscas en perpetuo movimiento eslabonado” (p. 18), e identifica su autobiografía con una abeja, o describe en una maravillosa sinécdoque:

Esa mano saca de la escritura una tajada: creo que entonces reconoce el espacio de la prosa. Sin embargo, si en lugar de una tajada, la mano siente escozor, salpicaduras de fuego, chispazos que la hacen retirarse y a la vez desear permanecer, entonces la mano se sabe dentro del espacio (en verdad, abisal) de la poesía (pp. 20-21).

Kozer concibe la escritura como espacio. La comprende como el espacio que implica su deseo, voluntad y elección de sólo hacer poemas. Asienta: “Es decir, que no deseo hacer sino poemas todo el tiempo, día y noche, despierto o dormido, vivo o muerto.” (p. 21) Reconociéndose en la actitud de Kafka, afirma que la monstruosidad estaría no en haber escrito ya diez mil novecientos cincuenta poemas, que son los que hasta ese momento había escrito, sino en no escribir. Kozer se propone plantear sobriamente el porqué de su manera excesiva de ser, por qué es un grafómano. Y concluye en forma sentenciosa: “Mejor hacer poemas que mirar el ojo insustancial de la Muerte. Mejor una voluntad de vida, ebria, que es una voluntad enfermiza, mórbida, de muerte” (p. 24).

Como hay palabras previas, poemas, literatura previa, a cualquier nueva escritura, Kozer nos cuenta de sus lecturas iniciales y de las que han sido sus favoritas. La mirada del poeta lector nos guía para acercarnos a otros escritores, para ver algunos de sus criterios de análisis y también para conocer algo de su poética, que se asoma en los comentarios que vierte.

Quiero destacar su reconocimiento por la importancia de la lectura para un escritor porque en años recientes he oído a algunos escritores jóvenes decir que la lectura de otros implica un riesgo de contaminación o a algunos otros por allí que afirman que no siguen ninguna tradición. ¡Pura falta de bibliografía, me parece!

Para que se aprecie más la posibilidad de dedicarse a la lectura el poeta cubano dice que es “un lujo al que ni los reyes tenían acceso” y nos describe lo maravilloso de estar sentado frente a una mesa bien abastecida de escritos, que así presentada no puede sino llegar con los ecos de la bien abastada mesa de Fray Luis de León. Y como lector que es no podría no reconocer la importancia de la tradición y de varias tradiciones entre las que ha escogido las que mejor le van para su propia escritura.

Al tratar de recobrar el momento de la escritura de su primer poema imagina: “Sin duda alguna, en un día determinado, en la ciudad de La Habana, en algún momento de ocio y de aburrimiento, hice mi primer poema: me imagino feliz y feraz, dueño del mundo, capaz; tenía ahora a qué aspirar” (p. 35).

La parte más extensa de Cartas de Hallandale es la segunda, la sección homónima. En la que confirma y afirma: “Leer es acceder al palimpsesto de toda una civilización, acceder al palimpsesto de una vida” (p.54). Está conformada por textos breves en los que nos habla de sus lecturas preciadas, de anécdotas de vida, de ocasiones especiales y, también, de sus intolerancias.

Si bien Kafka es un autor que suele mencionar y le dedica su atención en cuatro textos compilados, el único artículo extenso es el que dedica a Poeta en Nueva York y lo divide en catorce partes. Aunque aprecia el tema, la marginalidad y el dolor en una metrópolis capitalista de fines de los años veinte; Kozer está interesado en destacar el logro formal de García Lorca. Por ejemplo, desde la mirada de poeta, lector y conocedor de la tradición poética comenta sobre “El rey de Harlem” lo siguiente:

Lorca sabe que una gran incomunicación requiere una gran reorganización lenguaje poético: de ahí la fuerte dosis de dificultad, incluso de enrevesamiento poético, a la que somete al lector. Ante el horror de la marginación y el horror del abismo sin sentido, no queda más remedio que reorganizar el lenguaje (p. 114).

Por supuesto que no falta un texto que se refiera a Lezama. Es en él en el que habla de sus intolerancias. Así empieza: “Leo poesía desde una intolerancia” (p. 127). Y así desde un listado de lo que no tolera define un tanto su propia manera de escribir y entender la poesía:

¿Qué es lo que no tolero? La efusión sentimental, la expresión banalizadora            lacrimógena, la falta de entereza a la hora de cerrar un poema, dejándose llevar por la más falaz retórica hecha para salir del paso (p.127).

En la poesía de Lezama, Kozer distingue los valores poéticos que él aprecia:

Lezama no tiene verdad, en sentido ideológico o retórico, lo que Lezama tiene el peso específico de los momentos sistemáticamente logrados, intuidos y trabajados desde el amor respetuoso a la escritura, que reconoce sagrada por misteriosa, luminosa por oscura y dificultosa.

En este texto es en el que nos dice sus preferencias, con quién o con qué se queda, a saber: con Góngora, con parte de Vallejo, Gerardo Deniz. Y con toda sinceridad comenta: “cada vez creo más en momentos poéticos dentro del poema que leo. Pienso en que se debe enjuiciar la poesía desde esa experiencia concreta, reaccionando ante la belleza, la inteligencia luminosa, entre sombras y penumbras, del texto, sin considerar quién lo escribe” (p. 130).

Y así, comparados con Lezama, ve que Neruda desbarra, que Paz a veces trivializa y que Vallejo cae en efusiones sentimentales y políticas. No es de extrañar que el texto dedicado a Lezama le permita trazar parte de su poética por el lado negativo y el lado positivo. Describe lo barroco así:

La maraña barroca siempre es ininteligible; lo que me resulta ininteligible es que poetas de altura caigan una y otra vez en la lamentación personal, social, metafísica, que reitera el rizo rizado, el trillo trillado, aburriendo (p.131).

Para avanzar en la enumeración sucinta de los textos contenidos, mencionaré que se incluyen textos dedicados a Víctor Sosa, Ezra Pound, a José Martí, a la novela polaca Puertas del paraíso, a Adolfo Castañón, a Néstor Perlongher, entre otros.

Un comentario más antes de finalizar. No puedo resistirme a decirles que se fijen en el ritmo de su prosa. Hay algunos de estos textos breves que son poemas en prosa o en los que vemos características de su poesía en verso. Ritmo, repetición de palabras, aliteraciones, imágenes, que seguramente no escaparán a su atento oído de lectores. Doy un ejemplo para cerrar:

Almorzar. ¿Qué es pan con timba? ¿Qué majarete? ¿Voz nueva la palabra jaba? Mira a la madre que regresa de la compra (sudada): oye el golpe de la jaba repleta contra la encimera: dos latas leche condensada, lata café, dos latas bonito, lata frijoles negros, par de libras boniato, plátanos para fufú. De la calle llega el fotutazo. Inenarrable picotear de la bijirita en el cristal de la ventana. (p. 206)

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CARMEN DOLORES CARRILLO JUÁREZ
Carmen Dolores Carrillo Juárez es investigadora y profesora de literatura. Doctora en Literatura Hispánica por El Colegio de México. Actualmente se desempeña como jefa Investigación y Posgrado de la Facultad de Lenguas y Letras de la Universidad Autónoma de Querétaro, México. Es autora y coordinadora, respectivamente, de los libros El mar de la noche: intertextualidad y apropiación en la poesía de José Emilio Pacheco (Ediciones Eón, México D. F., 2009) y Traducción y tradición literaria (Anthropos/ Universidad Autónoma de Querétaro, Barcelona, 2015).