La Segunda Guerra Mundial… las batallas en el Frente Oriental… los nazis… el Holocausto… los judíos: miles, quizás decenas de miles de libros se han escrito sobre el tema y no parece que la avalancha vaya a cesar en un futuro cercano. Como es natural, muchos de los libros escritos por los historiadores profesionales son modelos de rigor y erudición pero… ¿qué pasa con las innumerables obras literarias sobre el tema? No me refiero aquí a las memorias y testimonios de los sobrevivientes (un género aparte que ha producido un puñado de obras maestras[1]), sino a las novelas y relatos que una y otra vez reciclan el tema de la destrucción de los judíos europeos, a menudo con pretensiones excesivas que se vuelven francamente grotescas por lo ampuloso del estilo, la emisión indiscriminada de juicios moralizantes y la inopia conceptual generalizada que informa los textos[2]. Aunque resulta comprensible el deseo de abordar lo que muchos consideran un gran tema, eso no significa que todo esté permitido: es necesaria una jerarquía, un Canon que ponga un poco de orden en este caos. ¿Cuáles son los libros que importan, las novelas y cuentos que no se reducen a un incesante y estéril parloteo sobre “la insondable maldad nazi” y “la oscura esencia indecible del Holocausto” (Elie Wiesel: un tipo con talento para el melodrama), sino que realmente logran decir algo, transmitir algo de todo ese horror? Los dedos de las manos nos sobran para contarlos: las novelas de Imre Kertesz (Sin destino, Fiasco, Kaddisch por el hijo no nacido, Liquidación), algunos pasajes de Vida y destino de Vasili Grossmann, ciertos cuentos de un escritor polaco de cuyo nombre no consigo acordarme, Europa Central de William Vollmann y la más ambiciosa (y lograda) de las novelas sobre el genocidio nacional-socialista: Las benévolas, de Jonathan Littell.

En una de sus cartas Kafka exigía libros extremos, devastadores, “esos libros que se precipitan sobre nosotros como la mala suerte y que nos perturban profundamente, como la muerte de alguien a quien amamos más que a nosotros mismos, como el suicidio. Un libro debe ser como un pico de hielo que rompa el mar congelado que tenemos dentro.” Las benévolas es uno de esos libros: asumiendo un riesgo inaudito, desdeñoso de las buenas maneras y los lugares comunes que por tanto tiempo han lastrado las obras sobre el Holocausto, Jonathan Littell asume la perspectiva de un verdugo de las SS y nos guía en un viaje sin retorno al verdadero corazón de las tinieblas del nazismo. Treinta años después del fin de la guerra, el antiguo oficial del SD Max Aue escribe sus memorias “para pasar el rato y también, es posible, para aclarar uno o dos puntos confusos, para ustedes, quizá, y para mí mismo”. Tan ajeno a la piedad como al remordimiento, el único objetivo de este narrador es explicarnos (y explicarse) cómo sucedieron las cosas y sobre todo cómo fue posible que sucedieran. Para lograrlo no se detiene ante nada y aplica su extrema, criminal lucidez al análisis de la maquinaria de exterminio nazi. De los campos ucranianos ensangrentados a las chimeneas de Auschwitz, de Babi Yar al claustrofóbico búnker donde Hitler, maligno y delirante, contempla el hundimiento de su Reich Milenario, el narrador, con un tono monocorde y desapasionado que contrasta con la enormidad de lo contado, describe las incesantes matanzas perpetradas por el régimen nacional-socialista durante los seis años de guerra y disecciona, hasta sus últimas y desagradables consecuencias, los motivos y el mecanismo de la masacre, mostrando la perversa racionalidad que, desde el punto de vista nazi, fundamentaba estos crímenes. Se trata, en efecto, de una sistemática demolición de los clichés que han rodeado durante décadas la cuestión de la génesis del Holocausto, de un ataque demoledor a la sospechosa mística de lo indecible que ha inficionado el discurso de los sobrevivientes (con algunas honrosas excepciones que ya he mencionado) e incluso el de algunos historiadores. Para sintetizar el punto de vista del narrador sobre sus crímenes y los del régimen no hay nada mejor que la conocida frase de Tucídides en su Historia de la guerra del Peloponeso: “Los hombres y los dioses imperan siempre, en virtud de su inmutable naturaleza, sobre aquellos a quienes superan en poder”. Muy bien, parece decir Max Aue, pero en una época sin dioses el Estado es la única deidad posible y sus razones, por despiadadas que resulten, el único código ético que puede guiar a los hombres… y si hablamos del estado nacional-socialista, con su rabioso antisemitismo y su agresividad casi demencial, ¿qué tiene de raro que los nazis invadieran Polonia, la Unión Soviética y otra docena de países?, ¿qué tiene de raro que exterminaran a seis millones de judíos, a un millón de gitanos y a diez o doce millones de civiles soviéticos? Lo raro sería, nos dice el narrador, que no lo hubiesen hecho. Se trata de una tesis que combina y lleva al límite la idea de Hannah Arendt sobre la banalidad del Mal y las conocidas hipótesis funcionalistas[3] sobre la génesis del Holocausto. Básicamente, para Aue (aunque no necesariamente para Littell, como ya se verá) el Estado Totalitario es ese Behemoth, esa bestia infernal que, por su propia naturaleza, no deja ni puede dejar escapar a nadie: convierte en humo y jabón a sus víctimas (los así llamados enemigos del Estado) y en máquinas de matar como el propio Aue a sus ciudadanos. El libro sostiene esta visión de principio a fin con una intensidad casi insoportable y sólo por esto merecería figurar entre las mejores obras sobre el tema. Pero hay algo más: porque Aue no es un ciudadano común y corriente, un tipo normal, un average man convertido en verdugo por la fuerza irresistible de la maquinaria, sino algo mucho más raro y siniestro: un homosexual sadomasoquista, incestuoso y matricida. Evidentemente, no se trata de una acumulación efectista y estéril de perversidades: desde el mismo título el relato anuncia su diálogo con uno de los libros esenciales de la tradición clásica, un libro a su manera tan cruel como el de Littell, que articula un incesante contrapunto subterráneo con el sentido aparente, superficial de la novela: La Orestíada de Esquilo. Aue es un diligente exterminador de judíos y otros “enemigos’’ del régimen nazi, pero también es un monstruo absoluto que desea a su hermana gemela y mata a su madre, a la que ha odiado desde que volvió a casarse tras la muerte de su padre en la Primera Guerra Mundial. Y aquí el relato se hunde bruscamente en el territorio del Mito. De las maldiciones ancestrales y la violencia predestinada. De la guerra civil familiar y los númenes inscritos en piedra. De Agamenón degollando a Ifigenia en Áulide y Clitemnestra destazando con su hacha a Agamenón en Micenas. De Orestes matando a Clitemnestra en Micenas y Max Aue matando a su madre en el sur de Francia. De las Furias que persiguen a Orestes por toda Grecia y lo perdonan. De las Furias que persiguen a Max Aue por toda Europa sin perdonarlo jamás. De lo Irracional. De lo Sagrado.

Como puede apreciarse, estamos ante una relectura contemporánea de Esquilo en una tesitura extremadamente perversa (con Aue como un Orestes educado por Sade y Genet), pero no gratuita: lo que sucede aquí es que el relato destruye sistemáticamente las certezas que el lector parecía haber adquirido y lo lleva una y otra vez a un callejón sin salida: la imposibilidad de decidir entre la explicación estructural, racionalista e históricamente fundamentada de los asesinatos y la que se hunde en el cenagoso abismo de la conciencia de Aue y de miles de alemanes tan monstruosos como él. No se trata de una supuesta imposibilidad de explicar sino de la proliferación indetenible y a veces contradictoria de explicaciones. No lo indecible sino lo indecidible. Esta tensión jamás resuelta atraviesa la novela, mejor, es la novela, convirtiendo este libro extraño y monstruoso en uno de los pocos que miran el Horror de frente e intentan responder, de alguna manera, a lo que un guardia le dijo en Auschwitz a Primo Levi: Hier ist kein warum. Aquí no hay ningún porqué. Y leyéndolo, siguiendo el rastro de Aue a través de esas tierras de sangre surge, con una intensidad rara vez conseguida por la literatura, ese extraño sentimiento del que todos hablan pero que tan pocos han experimentado en la Historia: compasión. Por toda esa gente exterminada. Por toda esa gente exterminada que ahora ni siquiera es polvo. Por toda esa gente exterminada que desapareció como si nunca hubiese existido. Por los judíos exterminados. Por los gitanos exterminados. Por los minusválidos exterminados. Por los judíos, los gitanos y los minusválidos. Por los muertos.

Notas:

[1] La Trilogía de Auschwitz de Primo Levi (Si esto es un hombre, La tregua, Los hundidos y los salvados), La especie humana de Robert Antelme y Más allá de la culpa y la expiación de Jean Amèry son los libros esenciales para una intelección del Universo Concentracionario desde la mirada del Testigo.

[2] El nivel intelectual de algunos de estos libros es tan deprimentemente bajo que ha provocado la ira del muy riguroso y respetado historiador del Holocausto Raul Hilberg: “Si bien las tramas poco respetuosas de los hechos son bastante frecuentes, el estilo pretencioso hace estragos con notable exuberancia… desde que estos filisteos invadieron mi disciplina me rodean lugares comunes, mediocres, clichés’’.

[3] La tendencia Funcionalista en los estudios históricos sobre el genocidio nazi postula que las causas de la aniquilación de los judíos deben buscarse en la estructura del régimen nacional socialista y en la radicalización de este al comenzar la guerra contra la Unión Soviética. Según esta teoría, el exterminio de los judíos no sería la concreción de una idea concebida por Hitler ya en 1920 sino que fue el resultado de decisiones que se fueron tomando sobre la marcha, condicionadas por el curso de la guerra y el deseo de deshacerse de los judíos de una forma o de otra. Aunque esto no disminuye la criminalidad inherente a lo sucedido, en principio parece más plausible que la teoría postulada por los intencionalistas, que hace recaer sobre un solo hombre la responsabilidad última del Holocausto.

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