Fotograma de ‘Vértigo’, largometraje de Alfred Hitchcock

Según Ricardo Piglia, que no solía carecer de opiniones contundentes, “el cine nos ha enseñado a mirar la realidad”. Aunque su afirmación es enigmática y probablemente excesiva, sugiere la apasionada intensidad con que muchos escritores veneran este arte. Y algo de ese fervor atraviesa un libro como Lupa del tiempo, del poeta cubano Francisco Díaz Solar.

El texto se divide en cinco secciones que abordan diferentes clásicos del así llamado cine de autor. La segunda, “Flashback”, dedica sus tres poemas a ciertos realizadores esenciales de la era silente (Mélies, Chaplin) y nos permite comprender que los procedimientos fundamentales utilizados por Díaz Solar son la intertextualidad, la reflexión metapoética, y una forma especial de la écfrasis. En efecto, todo el libro es un dilatado homenaje a las películas predilectas de un poeta que es, además, un gran fanático del cine, un tipo que, afortunadamente, no está interesado en comunicarnos sus sentimientos sino en articular varias meditaciones sobre la naturaleza del arte cinematográfico (y de la poesía misma) en textos que despliegan una notoria pasión por el conocimiento.

Así, en un poema como “Tratado de los volúmenes vulnerables”, discurre con agudeza sobre esa espléndida alucinación que es el cine (un prodigioso artificio que consigue simular la realidad), mientras que en “Después del carrusel, otra clase de vértigo” (incluido en la sección “Serie negra”) realiza un perceptivo examen de la película más famosa de Hitchcock, análisis que despliega una minuciosa atención a los detalles y consigue decir algo ingenioso sobre este filme tan conocido. Ahora bien, si se tratara de un ensayo, de una pieza de crítica cinematográfica, esto resultaría ya un logro considerable, pero lo interesante aquí es que el autor se atreva a inscribir su exégesis en la urdimbre del poema.

Evidentemente, nos encontramos ante un tipo que conoce su oficio, alguien que sabe introducir el discurso teórico en los textos poéticos sin incurrir jamás en la pedantería o el hermetismo injustificado. De hecho, resulta ostensible la destreza con que maneja el verso libre: los poemas fluyen sin estridencias y las numerosas alusiones al cine, las consideraciones filosóficas y los juegos intertextuales (hay un inteligente diálogo con la novela Underworld de Don Delillo) forman un auténtico tejido inconsútil.

Lo mejor, sin embargo, es la audacia con que aborda el comentario de las películas: en diversos poemas el autor se concentra en algunas escenas muy famosas (precisamente esas que ya parecían inaccesibles al análisis) y, como en el caso de Vértigo, intenta destilar un sentido nuevo, realizando observaciones que no carecen de sutileza. Por lo demás, sería un error pensar que sólo le interesa el cine: varios poemas permiten conjeturar que las películas pueden ser también pretextos (o quizá máscaras en el sentido de Pound): elementos de una poderosa mitología que utiliza para reflexionar sobre la esencia del azar y otras perplejidades metafísicas.

En cualquier caso, el momento más alto de esta poesía de la inteligencia se alcanza en “Lupa del tiempo”: utilizando la así llamada enumeración caótica (que ya se sabe, nunca lo es tanto), el autor elabora un complejo artefacto verbal, una inspirada disquisición sobre el uso de la cámara lenta en el cine[1] y las consecuencias de aplicar un procedimiento análogo en la creación literaria. El lenguaje es denso, preciso; las imágenes resultan inesperadas; algunos versos son memorables: armoniosa combinación de la literatura,
el cine y la teoría en el mejor poema de este singular volumen.


Notas:

[1] Como él mismo aclara, Zeitlupe (lupa del tiempo) significa cámara lenta en alemán.

avatar