Fotografías del californiano James Abbe en Cuba, 90 años después

Playa de Miramar, 1929 ©James Abbe Archive 2019

El viernes 4 de octubre se presentó en La Habana, noventa años después de que fueran tomadas, la colección de fotografías del periodista estadunidense James Abbe (1883-1973), famoso por haber sabido pescar a los protagonistas de sus encuadres en el momento justo –como fue su divisa–. Ese día, entre las 4 y las 6 de la tarde en ArteHotel (#210A, entre Línea y 11, El Vedado), aconteció la proyección comentada del trabajo en Cuba de James Abbe en 1929, ofrecida por Jenny Abbe, quien es escritora, editora, artista visual, productora y dirige el archivo de su abuelo. James Abbe Archive labora desde 2013 en la conservación y la difusión de la obra de este artista que nació en Alfred, Maine, aunque dijo siempre sentirse californiano, y que ha trascendido por haber fijado, entre muchísimas otras, e incluso controvertidamente, las imágenes de Hitler y Chaplin, Stalin y Anna Pavlova, Mussolini y Josephine Baker.

En ArteHotel se han expuesto también obras del escultor Rafael San Juan y se inaugurará próximamente una muestra del artista visual Ernesto Rancaño. El primer viernes de octubre Jenny Abbe intervino allí a partir de una serie de diapositivas de fotografías de su abuelo, tiradas no solamente en La Habana, esa delightful city –al decir del propio James Abbe– que lo detuvo en 1929 más de lo que solían atraparlo otras tierras a donde llegaba para irse.

En ArteHotel el día de la presentación de ‘James Abbe, Cuba, 1929’

Se cuenta que Abbe pasó por la capital cubana de camino a América del Norte, desde su residencia en París –donde se había establecido a principios de la década–, con el propósito de cubrir los estertores de la Revolución mexicana para London Magazine, si bien lo (a)trajeron también aquí las pesquisas acerca de la influencia estadunidense en Cuba. No más aterrizar, desanduvo La Habana en pos de figuras locales de fama ya internacional, como el as del ajedrez José Raúl Capablanca, inclinado sobre el tablero, o el narrador Carlos Montenegro, autor de la tan cacareada y reditada novela Hombres sin mujer, a quien retrató justamente firmando ejemplares de un volumen de cuentos en la prisión de El Príncipe.

Lugares que su lente tocó fueron el mármol del Paseo del Prado, el majestuoso Centro Asturiano (actual Museo de Arte Universal), los resoles de la Playa de Miramar, el mar impetuoso rompiendo contra el Morro, y otros páramos extintos, como el Hotel Trotcha y aquel Havana Jockey Club donde los estadunidenses podían acceder a dos placeres que por entonces les estaban vedados, por ilegales, en su tierra: el alcohol y las apuestas.

Cautivado, como tantos otros, por los cubanos y por su cultura, Abbe captó en su álbum habanero desde la ciudad colonial (de fastuosa arquitectura y encajes de rejas) hasta la huella estadunidense, visible ya en un lugar con auges de contemporaneidad (desde construcciones en madera y otras inversiones más vistosas, como el Capitolio, hasta la retahíla de autos de época, y la liberalidad y la gracia de sus habitantes). El artista vino buscando cambios en el paisaje de un país que había (per)mutado de manos españolas a estadunidenses. Ese mismo país que, vuelto a mirar desde hoy, a través de lo que queda de esas fotos, también nos deja atisbar una Cuba que se fue (junto a sus lugares insignes, junto a las sucesivas oleadas de exiliados) y constatar la presencia de esa otra en que La Habana se viene transmigrando.

Como fotorreportero, Abbe apareció en publicaciones de Europa y los Estados Unidos, tales como Vanity Fair, Vogue, Ladies’ Home Journal. Su versatilidad comprendió retratos de estudio de celebridades, trabajos en el ámbito de la filmografía y de la producción teatral e incursiones, por ejemplo, en hechos como la Guerra Civil Española o la revolución del sonido en Hollywood.

En la presentación del día 4, además de adentrarnos en la trayectoria del ojo de James Abbe por las realidades habaneras de esos años, fuimos tentados a visualizar fotografías de su carrera en general. Charlie Chaplin, en The Pilgrim, de la que Abbe fue fotógrafo. Escritores, músicos, actores, bailarines y directores de la era del jazz y el cine mudo. Así: Mary Pickford, Lillian y Dorothy Gish, Rodolfo Valentino, Eugene O’Neill, Sergei Eisenstein, Stanislavsky, entre muchos otros.

Nelson Rodríquez de Arrellano, Paul Abbe Moyer, Jenny Abbe, Ene y Julio Larramendi, en ArteHotel

Aunque el Archivo James Abbe lleva pocos años desplegando sus labores, ya ha organizado exposiciones por Estados Unidos, Inglaterra, Alemania, Bélgica, los Países Bajos, China…, de acuerdo con lo que se puede constatar en detalle en su sitio web. Aquí se hallan muestras y reseñas de retrospectivas de su quehacer como fotógrafo del cine y de los escenarios, como aquella de la National Portrait Gallery (1995-1996), que impresiona por lo abarcadora; de su exposición 1920s Jazz Age: Fashion and Photographs, sobre “modas salvajes” (wild fashion) de los años veinte; de sus retratos del actor de Tiempos modernos; hasta llegar a la antichambre de las maravillas del Museo Diva belga, donde desde septiembre de este año los diseñadores Wouters y Hendrix han hecho converger, en un mundo surrealista, de visos posmodernos, obras de arte, joyas, objetos e imágenes de diversas procedencias, entre las que brillan The Kuba Ballroom (pendientes, 2009) y Toi & Moi (anillo, 2007) junto a la afamada foto The Dolly Sisters (1923), de Abbe, y a unos Scorpion Broches (c. 1880).

Los herederos del patrimonio y del talento de Abbe se ramifican en varias familias. El padre de Jenny fue Richard Abbe, del segundo matrimonio del fotógrafo. Según los amables testimonios de Jenny, Polly Shorrock Abbe, su abuela, fue actriz en Nueva York y conoció al creador en una sesión publicitaria. Huyeron juntos a Italia en 1922 (dejando atrás otra familia de tres niños), y emprendieron una película muda con Lillian Gish y Ronald Colman. Regresaron a los Estados Unidos en 1934, y en 1936 Richard y los dos tíos más cercanos de Jenny publicaron un libro sobre sus viajes en la infancia: La vuelta al mundo en once años. Este y otro par de volúmenes de aquel trío precoz, uno de ellos sobre Hollywood y otro sobre la Segunda Guerra Mundial en Europa, fueron bestsellers. Después James se casó una tercera vez y se dedicó por entero al periodismo. Tuvo un programa radial y fue columnista del periódico Oakland Tribune. Cuando murió en San Francisco a los 90 años, las tres familias eran amigas, y han continuado entrelazadas bajo su halo.

En diciembre de 2020, el Archivo James Abbe regresará a Cuba para exponer en grande aquí. Por supuesto, entre lo que saldrá de sus arcas están las fotos de esa Habana de hace noventa años, y así también habrá retratos de artistas y de los pioneros del cine, un imaginario que abarcará los Estados Unidos y países de Europa como Rusia. Recorrer los posts de Facebook del Abbe Archive también es un viaje al pasado que atraviesa en blanco y negro –y de vez en cuando en más colores– el siglo XX, si no de punta a cabo, en un buen tramo, a flashazos estremecedor. Leer allí, como en la web del artista, emanando de las poses de los retratados, los aires de épocas remotas, las ensoñaciones, los ritmos vitales, el habitus y algunos gestos perdidos, como vestigios de arquitecturas, más que físicas mentales, deja en el dedo que se desliza un peligroso ritornelo de quien busca más.

Gracias a la rendija abierta por ArteHotel para empezar a conocer la vasta obra de este fotógrafo icónico, se contagia una con una curiosidad muy a lo James Abbe, un ansia que casi nos exige ir hacia él y venir de esos pasados con respuestas: signos que se desvanecen apenas tocados –presentidos–, como se pierde la luz en las películas, para emerger en el cuarto de los revelados. Eso tiene acaso la buena fotografía, que repite en quien la explora el proceso de captura y eclosión de realidades, impresas en la retina y en el claroscuro de las (ante)cámaras del corazón.

 

JMR
Jamila Medina Ríos en poesía: Huecos de araña (Premio David, 2008), Primaveras cortadas (México D. F., 2011), Del corazón de la col y otras mentiras (La Habana, 2013), Anémona (Santa Clara, 2013; Madrid, 2016), País de la Siguaraya (Premio Nicolás Guillén, 2017), y las antologías Traffic Jam (San Juan, 2015), Para empinar un papalote (San José, 2015) y JamSession (Querétaro, 2017). Jamila Medina en narrativa: Ratas en la alta noche (México D.F., 2011) y Escritos en servilletas de papel (Holguín, 2011). Jamila M. Ríos (Holguín, 1981) en ensayo: Diseminaciones de Calvert Casey (Premio Alejo Carpentier, 2012), cuyos títulos ha reditado, compilado y prologado para Cuba y Argentina. J. Medina Ríos como editora y JMR para Rialta Magazine. Máster en Lingüística Aplicada con un estudio sobre la retórica revolucionaria en la obra de Nara Mansur; proyecta su doctorado sobre el ideario mambí en las artes y las letras cubanas. Nadadora, filóloga, ciclista, cometa viajera; aunque se preferiría paracaidista o espeleóloga. Integra el staff del proyecto Rialta.
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