Fabián Casas
Fabián Casas

En los últimos años, los únicos textos de Alberto Fuguet que parecen valer la pena son aquellos en los que hace recomendaciones. Hay uno, llamado Tránsitos, en el que se despacha 450 de sus 500 páginas únicamente alimentando su megalomanía. Pero en las restantes 50 habla válidamente de su interés por Joan Didion, por ejemplo, o de su pasión consabida por Richard Ford y los pormenores de cuando llegó a conocerlo, y eso se agradece. Así, leyendo Tránsitos, en 2013, me enteré de que existía un tal Fabián Casas y que estaba rompiéndola en Sudamérica. Fuguet no hablaba tanto de las novelas de Casas y menos de su poesía, sino que hacía un elogio genuino a Ensayos bonsái, un libro escrito en un tono familiar, espontáneo, y que reseñaba con la misma naturalidad a Spinetta y Led Zeppelin que a Faulkner, Salinger, Derrida y Saussure. En el primer ensayo, por ejemplo, Casas hablaba de Cortázar y del modo en que el corazón le bombeó más rápido viéndolo una madrugada por la tele: “Sí, sí, digo, mientras empino el quinto whisky, Cortázar tiene razón. Quiero que vuelva. Que volvamos a tener escritores como él: certeros, comprometidos, hermosos, siempre jóvenes, cultos, generosos, bocones. No esta vulgar indiferencia, esta pasión por la banalidad, esta ficcionalización con todos los tics de la peor TV de la tarde, los talk shows de Moria, y toda esa mierda. Al octavo whisky lo llamo a mi amigo Santiago y le digo, medio llorando, medio exaltado: Che, Aira nos cagó, la literatura argentina cayó en la trampa de Aira, ¡es un agente de la CIA!”

“Posmoderno”, pensé. Pero luego me corregí: es cierto que la posmodernidad nos mandó al barranco como si fuéramos lemmings, pero la posmodernidad nos salvó la vida también, con su red protectora ahí abajo.

Viva la posmodernidad.

En esas pesquisas por librerías españolas que he contado en otras entradas de esta columna, encontré Todos los ensayos bonsái, una cuidada edición de Random House para un cuidado escritor. Lo empecé en un cuarto diminuto del Hotel Renasa, de Valencia, mientras veía doblado un capítulo de Friends. Esa tarde iba a salir a beber orujo y comer paella con unos amigos, pero cancelé: no podía soltar el libro de Casas. Como antes de regresar a México pararía en Madrid, fui corriendo a la Casa del Libro y conseguí Ocio, Veteranos del pánico y Los lemmings y otros. Los leí todos en el vuelo de regreso, de un tirón, con una avidez inusual, obnubilado por su prosa tan “depurada de ripios”, para usar un término de Horacio Quiroga. Casas decía admirar a Roberto Arlt, a Louis-Ferdinand Céline y, sobre todo, a Rodolfo Fogwill, pero no escribía como ninguno de ellos. Lo que aparecía brillando en sus textos era algo que los escritores persiguen toda su vida, a veces sin hallarlo: una voz propia y, a la vez, extraña. El tono con el que narraba el periplo de un hombre y sus dos hijos tras perder a la madre, en Ocio, o las patoaventuras de su alter ego, Andrés Stella, y sus amigos por las calles del barrio de Boedo, en Los lemmings, me parecía una epifanía. “No tengo imaginación. Me gusta laburar como un soldador. Soy un mestizo, les robo a todos”, declaró una vez en una entrevista. Por lo tanto el trabajo de escritor no consistía, para él, tanto en fabular o diseñar mundos posibles que se impusieran a este, sino en darle a este una arquitectura, una casa para siempre.

En la contraportada de Los lemmings y otros, Juan Terranova asegura que en Casas “es la anécdota la que funciona, y adentro de su universo, por supuesto, la oralidad cumple un rol importante. El poder de la anécdota, su velocidad, su convicción, su peso variable, liviano para entrar y salir pero contundente al momento de noquear, es lo que define su manera de narrar”. Se equivoca totalmente. No es la anécdota lo que importa en Casas –que, a la fin, es la misma cada vez: el chico de Boedo, fan de San Lorenzo, que llega a ser periodista y que se blinda de lo mierdera que es la vida con los amigos y con discos, libros y películas–, sino la forma en que lo cuenta. El poder, la velocidad, la convicción, el peso variable, liviano para entrar y salir pero contundente al momento de noquear (me gustan los términos de Terranova, no su hipótesis); no lo da la anécdota, sino el armazón literario.

“Yo cuando escribo me siento como un niño encerrado con un solo juguete”, le dijo el escritor a Cristina Mucci en Los siete locos, “lo doy vuelta y lo doy vuelta, siempre lo mismo”. Ahí está contenida toda una revelación. Si hay algo difícil de volver literatura son las anécdotas personales: todo el mundo, hasta los escritores, tienen anécdotas personales, pero no todos son capaces de hacer literatura con eso. ¿Y bueno, qué es hacer literatura? Como siento que nunca podré reproducirlo con más exactitud que en una novela inédita que escribí en 2015, voy a hacer un spoiler de este relato mío, donde un escritor piensa en su propio arte y dice:

De eso estaban ungidos sus libros: de una corriente interna, de una electricidad que lograba conectar sensiblemente con otro –aunque ese otro nunca estuviera en su círculo inmediato, sino siempre más allá–. En otra casa, en otro país, en otro continente, leyéndolo, releyendo […]. Sus libros vibraban, estaban humanizados, eran manos que acariciaban y abofeteaban y tocaban a los otros con impudicia. Por eso al comenzar en serio su carrera, recién a los sesenta años, se había alejado de esos libros de estructura perfecta; libros escritos con mano diestra y arquitectura barroca, carentes de los temores y temblores, de las inseguridades, de las pasiones de quienes los habían escrito. Por eso se había alejado, desde el principio, de los libros de Carlos Fuentes, planificados, inmejorables, extraordinariamente bien escritos, pero donde él sentía que no había ningún arrebato que mostrara al hombre detrás de la portada. La literatura tenía que ser algo más que eso, tenía que desbordarse de las páginas del libro, desmadrarse, irse cuesta abajo por el barranco o subir como un proyectil cielo arriba.

Eso se siente en los libros de Cortázar, por ejemplo. Y en los de Faulkner, Salinger, Murakami y Fabián Casas, sin duda.

Casas ha logrado modelar tan intensamente ese edificio literario que todos sus lectores entramos ahí para quedarnos. Por ejemplo, el 7 de marzo de este año tuve una gripe mortal, con escalofríos y fiebre. Mientras me ponía el pijama para hibernar en la cama, recordé un momento de Ocio, donde el narrador describe como nadie el modo de pasarse un resfrío: envuelto en una manta, sudando a mares, con dos cafiaspirinas en el cuerpo, bebiendo café, leyendo Viaje al fin de la noche, de Céline, y oyendo a Frank Zappa. Justo eso hice, a pesar de la risa socarrona de mi mujer, y mientras lo hacía pensaba que los buenos libros llegan a influirnos hasta en eso. Son manos que acarician y abofetean y tocan a los otros con impudicia.

He releído muchísimas veces el final de Los lemmings y otros que, como Titanes del cocos, del 2015, tiene la virtud de conectar un texto con otro, eso que Pepe Sánchez Carbó llama “colección de relatos integrados”. Ese final es demoledor, otra lección literaria y existencial: “Tu madre dice que cada persona tendría que construir, al final de su vida, su propio pensamiento y vivir en él. Que esto es más necesario que casa y comida.” Le he dado muchas vueltas a esa frase final, hasta aprendérmela de memoria. Construir un pensamiento propio y vivir en él. Es una buena enseñanza para cuando mis hijos sean adolescentes y acepten, si quieren, algún consejo de su padre enfermo del mal de Montano.

Fabián Casas me mostró que, independiente de si se trata de una novela, un ensayo, un libro de filosofía o una biografía, los textos se tienen que, para decirlo en sus términos, metabolizar. De nada sirve comerte entero a George Steiner o a Borges si no te ayuda a ponerle nombre a las cosas o a enfocar mejor aquello que en la vida no entiendes. Fabián Casas me ayudó, también, a despojarme de los insufribles tics de la escritura académica para hablar de aquel material cultural que nos hace vibrar en medio de la existencia anodina.

Creo que son argumentos suficientes. Presionen a sus libreros de confianza, para que sus libros, sobre todo de narrativa, por fin lleguen a México.

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