El primer número de la Nueva Revista Cubana aparece a mediados de 1959. Promete ser de frecuencia trimestral, pero su última salida consignará un carácter bianual que delata el largo periodo de ausencia. Tiene la prestancia de una publicación madura, pero apenas llegará a lanzar un total de cinco números. En su editorial inaugural asegura que se trata de una revista “completamente ajena al absurdo concepto de cultura «oficial»”; sin embargo, no oculta que deriva de un acuerdo levantado en una “Declaración de intelectuales y artistas” −a las claras, el acta firmada de una de esas primeras reuniones entre el poder y la intelligentsia nacional−; tampoco que está auspiciada y encomendada por la nueva Dirección de Cultura del Ministerio de Educación, instancia que regresa luego de haber sido sustituida por otra con el gobierno de Batista; y mucho menos, que pretende resucitar la Revista Cubana, obra insignia del esplendor cultural del siglo XIX, que había sido fundada por Enrique José Varona, y reanudada por una republicana Dirección de Cultura, en 1935, en épocas de ser su secretario José María Chacón y Calvo.

Cubierta del primer número de la ‘Nueva Revista Cubana’ (1959-1962)

La Nueva Revista Cubana es dirigida primero por Cintio Vitier, y luego por Roberto Fernández Retamar −un enroque funcionarial que hallaremos más tarde a propósito del Centro de Estudios Martianos de La Habana−. En su carta de presentación se alternan tanto como se confunden la retórica misionera de dicha “Declaración” y la ampulosidad teleológica de una prosa atribuible a Vitier, cargada de eternidades y “futuridades”, de hados martianos que hermanan cuerpo y espíritu, de comuniones algo retorcidas entre el ministerio de la Historia y unos presuntos signos de libertad. Al llamado gubernamental, anverso de un reclutamiento y pase de lista marcial, el grupo de “consejeros”, casi todos académicos, responde con la mejor de las voluntades para atender las demandas pornográficas de la Revolución triunfante, a la estrategia de exhibir al mundo, para atraerlo, la disposición de los intelectuales (los mismos que pronto serán estigmatizados con la causa del “pecado original”), a unirse al nuevo régimen.

Damos inicio, pues, a esta Nueva Revista Cubana –nueva en el fervor y en el impulso− guiados por un propósito fundamental: servir de vehículo a las fuerzas expresivas de la Nación, cualesquiera que sean sus credos y sus orientaciones […]. No puede ser de otro modo tratándose de un órgano de concurrencia nacional, ante cuya función es forzoso deponer los criterios estrictamente personales. Pero esta aparente falta de criterio en el fondo esconde un punto de vista muy definido, en consonancia con los rasgos de la nueva época cubana. Este punto de vista puede resumirse así: más allá de las diferencias generacionales e ideológicas, estamos urgidos de una profunda integración espiritual.

Y en efecto, de seguro con una altivez mejor disimulada que Lunes de Revolución (ambas, no se olvide, fantaseaban con convertirse en la Revista de Occidente), la Nueva Revista vendría a constituirse en uno de los espacios donde se empezaba a fraguar el proceso de institucionalización de la cultura desde las cámaras del Estado, pero también del Gobierno. Para ello debían, por un lado, generar concurrencias, tratar de disipar, o al menos solapar, las rencillas generacionales e ideológicas; por el otro, alimentar el espejismo de “la revolución culta” y propiciar un paisaje de fertilidad intelectual con lo cual ostentar otra victoria frente al ancien régime derrocado.

Tal es así que en sus distintas secciones pareciera contraer las funciones editoriales de muchas otras revistas que para entonces andaban cesantes o desaparecidas. El segmento “Pensamiento y Crítica” ambiciona cubrir la reflexión cultural y filosófica que acaso no consiguieran en vida (ni conseguirían) Universidad de La Habana y la Revista de la Biblioteca Nacional. En las notas, comentarios y reseñas sobre libros, se retoma la atención del ensayo filológico y el interés por la literatura española de la agonizante Revista de la Academia Cubana de la Lengua. “Problemas Cubanos” responde a las demandas de ventilar las bravuconerías diplomáticas en la ONU y proveer documentos, informes, estadísticas, que justificasen las campañas de expropiación y reformación sociales y económicas. Por último, el segmento “Imaginación y Poesía” concedía atención privilegiada a la creación y el pensamiento poéticos. En él se van a concitar textos de buena variedad de autores, desde vanguardista y folcloristas hasta historiadores y novelistas, pero, en especial, se dará asilo y techo a muchos de las miembros del atomizado grupo Orígenes, cuyas firmas se mueven con libertad a lo largo de las entregas (Vitier gratias).

Uno de los primeros en interpelar públicamente la publicación, con la vis cómica que le sabemos, simulando una coriza incontenible, y acusándola de borbónica o, lo que es lo mismo, de republicana y conservadora, de origenista y empaquetada, es Virgilio Piñera. Primero, con un texto donde excluye expresamente a la antigua Revista Cubana de Chacón y Calvo de la lista de títulos que habrían insuflado vida al ambiente cultural de los últimos veinte años, precisamente, por su carácter institucional. Luego, justo una semana después, con una diatriba que ridiculizaba la ostentada juventud del proyecto por considerarlo una prolongación origenista, en unos tiempos en que, para él (por entonces en modo de entusiasta contribuyente de la épica del verde olivo), era de rigor mirar y cantar la realidad sin las escaramuzas de la alta cultura.

Sin el tombée hacia la comandancia, pero en un frente que cierra filas con Piñera bajo los signos de la sociedad nucleada alrededor del suplemento Lunes de Revolución, llegará el comentario de José Baragaño. En él, por sobre las diferencias ideoestéticas, el poeta atacará directamente la idea misma que sostiene el proyecto, a saber, la de conciliar la diversidad. A la boutade de gusto origenista que hablaba de una “profunda integración espiritual”, Baragaño opone una vehemente “olla podrida” que toma en préstamo de Antonin Artaud. Jamás, asegura, podrá percibirse en una nómina tan heterogénea en contenidos y firmantes una identidad auténtica, al menos no una lo suficientemente poderosa como para impactar de un golpe el medio cultural.

Las réplicas a estas posiciones vendrán menos de parte de un tímido Roberto Fernández Retamar, quien no logrará transcender las fruslerías, el careo y la pantomima de la lengua de Piñera en aras de echar la pelea, que de un texto a todas luces pensado para ser definitivo, yo diría, pretendidamente apodíctico. Será Alfredo Guevara, una figura empoderada del gobierno, uno de los pocos funcionarios que sobrevivirá a todas las removidas ideológicas del campo intelectual cubano a lo largo de décadas de vaivenes y zarpazos, quien podría haber inaugurado con su “Las catedrales de paja” esa hoy reconocible tradición retórica y pragmática del oficialismo que embaraja el discurso prescriptivo y programático del poder en un aparente enfrentamiento cívico y personal.

Para el investigador Pablo Argüelles Acosta, quizá el único que se encargue hoy de estudiar, desde el rigor teórico y la exhaustividad del archivo, las polémicas culturales cubanas, “el corpus de la polémica estaría constituido por un dominio de textos que entran en conflicto, cognoscitivo sin dudas (como contraposición de ideas), pero también pragmático (como contraposición de programas y agencias), pues señala, ostensiblemente a veces, la instancia de sus autores”.

En este que hoy proponemos a la distancia de los sesenta años, no es difícil detectar las agendas ideológicas y estéticas de los actores tras las firmas: la concepción de la cultura que trae Alfredo Guevara de la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, la aportación erudita de un solícito grupo Orígenes que gestiona Vitier, las medias tintas de un Retamar que había jugado en uno y otro de estos dos bandos, o la furiosa irreverencia de Piñera y Baragaño que, conscientes o no, portaban simbólicamente, como todos, sus propias divisas, pero también, los discursos del medio de prensa por excelencia del nuevo régimen, el periódico Revolución, dirigido por Carlos Franqui.

En un país que en breve echaría por tierra un sistema institucional por otro mucho más centralizado y totalitario, aquellas palabras de El Consejo de la Nueva Revista Cubana que la bautizaban no en tanto “órgano oficial del Estado, sino una publicación al servicio de nuestra cultura, que el Estado edita y distribuye”, nos alcanzan a estas alturas como tintineos animosos que jugaron ya a favor de la candidez ya del oportunismo. En cualquier caso, apelaban a la existencia de valores y presupuestos políticos bajo los cuales es posible afianzarse para accionar y sostener una intervención cívica, procurarse un margen propio de legitimidad. Casi la totalidad de los artículos que convocamos aquí buscaba defender entonces, a su modo, la autonomía de una república letrada que aún celebraba una oportuna linealidad de la Historia, sin sospechar del todo que en unos años le sobrevendría también su reverso.

DOCUMENTOS | Una polémica a propósito de la ‘Nueva Revista Cubana’ (1959-1962)

  1. [Declaración del Consejo de Redacción Nueva Revista Cubana] (Nueva Revista Cubana, año 1, núm. 1, abril-junio, 1959, pp. 3-4.)
  2. Virgilio Piñera: “Espejismo de revistas” (Revolución, 20 de junio, 1959, p. 2)
  3. Virgilio Piñera: “La Nueva Revista Cubana” (Revolución, 27 de junio, 1959, p. 2.)
  4. Diario de La Marina: “La Nueva Revista Cubana es un éxito” (Diario de la Marina, 5 de julio, 1959, p. 7.)
  5. José Baragaño: “Sobre las revistas literarias” (Revolución, 13 de julio, 1959, p. 17.)
  6. Virgilio Piñera [El Escriba]: “Miscelánea” (Revolución, 5 de octubre, 1959, p. 18.)
  7. Roberto Fernández Retamar: “Leyendo a los colegas” [fragmentos] (Revolución, 13 de octubre, 1959.)
  8. Virgilio Piñera [El Escriba], “Más miscelánea” (Revolución, 16 de octubre, 1959, p. 2.)
  9. Marcelo Pogolotti: “La Nueva Revista Cubana” (El Mundo, 17 de enero, 1960, p. 7.)
  10. Virgilio Piñera: “Pasado y presente de nuestra cultura” (Lunes de Revolución, 18 de enero, 1960, p. 43.)
  11. Alfredo Guevara: “Las catedrales de paja” (Nueva Revista Cubana, año 2, núm. 1, enero-marzo, 1960, pp. 47-52.)

Expediente coordinado por Roberto Rodríguez Reyes

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