Coetzee

Los lectores de Coetzee (y me cuento entre ellos) somos pacientes, sabemos lo que es la espera. No nos apura el mercado, la velocidad de la internet, la información ni el cosquilleo de las redes sociales. Nos hemos acostumbrados a esperar. Casi diría que la lectura de sus novelas exige, perversamente, la ocurrencia del tiempo suspendido de la espera: una trama inmóvil, hecha de ecos y detalles cotidianos sobre un fondo de inminencia catastrófica pero nunca tangible, acumula pruebas y evidencias de algo que no puede si no precipitarse violentamente, ya lejos de la vista del lector. Así ocurre desde Esperando a los bárbaros, la novela con que Coetzee salió del ámbito de lectura sudafricano para incorporarse, desde 1980, al mercado internacional de las traducciones. La espera es paradójica porque al interior de ella sucede de todo: la dispersión domina a los personajes que se desplazan en un tiempo que los suspende en un diferimiento permanente de su libertad de elegir. En Vida y época de Michael K. (1983), un hombre con deformidad física y sin recursos recorre los campos de un país devastado por la guerra civil, llevando las cenizas de su madre hacia una tierra de origen impreciso. A medida que la narración prospera, la desrealización de toda la empresa de regreso al hogar se hace más y más patente, desdibujándose hasta que sólo la aparición de una vertiente de agua en un terreno desolado logra garantizar la subsistencia de Michael K. En la última línea del relato, K., como lo llama el narrador en una entrada lateral al castillo kafkiano, reflexiona sobre la necesidad de recoger y retener un poco de agua para seguir adelante: sólo así, dice, “one can live”.

La espera es un tiempo catastrófico porque se hunde en el desplazamiento de una trama que, siendo lineal, hace de esa trama una fatalidad que se construye en la suspensión. Como si se tratara de un laboratorista fotográfico encerrado en su cuarto oscuro, Coetzee amplía el grano de sus personajes hasta hacerlos implosionar por efecto de esta detención patológica que les impide moverse en una dirección autónoma. La libertad no sirve para nada, en parte porque depende de la aceptación de los otros. Y ya que el tiempo de la narración es siempre el presente, un presente constante que nunca es igual para todos, el malentendido entre unos y otros está garantizado. Así sucede en Desgracia (1999) y Hombre lento (2005), dos de los puntos más altos de esta ética de la ficción, porque en el fondo se trata de eso: interrumpir el flujo frenético de los ritmos de vida (y lectura) para pausear el relato en procura de una relocalización del conflicto, haciendo de la espera una reflexión sobre los modos de percibir y construir la realidad.

El precio a pagar por este trabajo en vertical sobre el tiempo es un debilitamiento progresivo de la capacidad de dominio y control sobre las cosas y los entornos inmediatos que nos sirven de apoyo. Un virus de desposesión y abandono suele arrasar con la determinación inicial que moviliza la trama de estas novelas, y lo anterior es tanto más ostensible en los personajes masculinos. De hecho, desde antes de la aparición de Elizabeth Costello (2003), su alter ego intelectual, ya las ficciones de Coetzee mostraban a los hombres como pálidos espectros de sí mismos, cediendo la iniciativa a caracteres femeninos fuertes y capaces de hacer frente de mejor forma a esta espera que los devora a todos por igual. Es lo que sucede en Verano (2009), donde el recuerdo fantasmático de un autor muerto que es y no es a la vez John Maxwell Coetzee, es recobrado en las memorias de las mujeres que lo trataron en vida. Lo que podría haber sido un ejercicio de vanidad suprema en un escritor infatuado de autoficción transforma la imaginaria anécdota de la muerte de Coetzee en un crimen perfecto para sepultar el deseo masculino en la sofisticada escucha de las voces femeninas. La muerte del autor sirve así de pretexto para discutir los prestigios de la posteridad, develando de paso la impropiedad de las construcciones autobiográficas.

Este descentramiento cultural, que parece irrumpir crecientemente en el trabajo de Coetzee, adopta en la trilogía de Jesús un aspecto explosivo: ni el pueblo de Novilla, donde transcurre La infancia de Jesús (2012), ni su réplica disminuida, Estrella, donde se sitúa la historia de Los días de Jesús en la escuela (2016), pueden postularse como ficciones verosímiles a pesar del marco narrativo que las encaja. Se trata más bien de parábolas, esquemas, acaso trazos de guión para una novela gráfica de corte distópico y futurista, pero hay poco o nada en ellas que recuerde el cuidado formal y la elegancia estilística que hicieron del escritor un visitante permanente de los premios Booker en lengua inglesa. En las dos entregas rendidas hasta ahora sobre el personaje histórico de Jesús, no sólo es difícil reconocer al Jesús de los evangelios en el niño déspota y malcriado de las novelas, sino que también se hace arduo reconocer novelas en las toscas fábulas que simbólicamente lo representan. Ambientadas ambas en territorios donde se habla el español, los pueblos de Novilla y Estrella no son exactamente América Latina, sino más bien aquello que Alain Rouqué alguna vez llamó “el extremo occidente”, queriendo designar acaso un no-lugar, un paraje liminar de tierra sin suelo, que decía Lihn, donde las aguas de los océanos han quedado vacías de mar, y donde los habitantes de las ciudades llevan nombres que no remiten a ningún pasado familiar, mientras se conforman con trabajar y ser felices sin deseo, religión ni pasiones mayores en un mundo desprovisto de entusiasmo. Ambas novelas pueden ser leídas como despojos de la novela realista del diecinueve, o bien como saldos impasibles de las vanguardias del veinte; en cualquier caso, el lector de Coetzee reconoce los rasgos de su espera en el modo en que la ilusión, cualquier ilusión, es extirpada del horizonte de lectura tanto como de la trama de los personajes. No hay nada que esperar de este mundo casual y arbitrario donde Simón cuida de David como si fuese su hijo y se preocupa de incorporar a Inés como madre sustituta, articulando una familia de tres desconocidos unidos por la extrañeza, la fuga, y el loco propósito de darse un sentido a través de la mutua compañía. En su comentario a La infancia de Jesús, la escritora norteamericana Joyce Carol Oates escribió en el NY Review of Books que su territorio es el de un limbo, una anti-utopía socialista, pagana y secular, donde el niño David llega en bote junto a los demás sólo para descubrir que la realidad no se ajusta a sus demandas, y entonces proclama la verdad de su voluntad.

En un mundo sin memoria del pasado ni atributos en el presente, esa verdad en particular reviste un peligro a futuro. Entonces Simón e Inés deciden abandonar Novilla y refugiase en Estrella, a distancia de las miradas ajenas. Allí el niño decide seguir clases de ballet en una escuela especial. Si la vida en Novilla transcurría sin propósito, a la espera de algo que revelara lo perdido en el traslado a este mundo nuevo, en Estrella el exilio es el espacio de la espera que acompaña la peripecia siempre inmóvil de los personajes. Hacia el final del texto –y digo texto pensando que Coetzee ha dado el paso de barrer al costado su propia preocupación formal–, Simón decide tomar él también clases de ballet. Mercedes, hermana del director de la escuela, quiere saber qué piensa del hecho de que David haya suspendido sus clases, a lo que Simón responde: “Yo no pienso, Mercedes. En nuestra familia, yo soy el tonto, el ciego, el que no baila. Inés manda. David manda. El perro manda. Yo voy dando tumbos detrás de ellos, confiando en que llegue el día en que se me abran los ojos y pueda contemplar el mundo tal como es realmente, incluyendo los números en toda su gloria, el Dos, el Tres y los demás. Usted me ofreció lecciones de danza y yo las rechacé. ¿Puedo cambiar de opinión?”

No se trata de una confesión sino de un reconocimiento. En medio de ninguna parte, y de la exasperante inmovilidad de la espera, otra lengua comienza a tomar forma en el presente de la narración. El paso de Jesús por la escuela termina con Simón aprendiendo a trazar un círculo con los pies y los brazos elevados al cielo. Baila, solo, a la salida del exilio. No es casualidad que entre este último libro y el fin de la trilogía Coetzee haya insertado este año 2018 la publicación de un volumen de relatos, Siete cuentos morales, ni que decidiera editarlo primero en castellano con una alianza entre la multinacional Penguin Random House y la independiente El Hilo de Ariadna, ni tampoco que en uno de esos relatos Elizabeth Costello reaparezca más viva y terca que nunca. Nada de eso debería asombrar a los lectores de Coetzee. La lengua inglesa tendrá que esperar todavía unos meses para coger el libro como Michael K. hacía con el agua, y nosotros quizá cuánto más para cerrar el ciclo de este Jesús catastrófico y salvaje que ni siquiera sabe rezar.

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