Integrantes de la Familia Manson en el Spahn Ranch, circa 1970, Michael Haering, Los Angeles Public Library

En Érase una vez en Hollywood, Quentin Tarantino cabalga en su viejo Coupe de Ville en pos de un crepúsculo acaramelado. Atrás van quedando las blancas planicies de Wyoming, el París incendiario de la ocupación neonazi y las plantaciones del Mississippi confederado –el gambito marca el fin de una era.

Abandonar las fórmulas consagradas para ir a probar suerte a un Lalaland a punto de fenecer por tercera o cuarta vez es una proeza digna de Cliff Booth (Brad Pitt), el stuntman y doble de Rick Dalton (Leonardo DiCaprio) en Once Upon a Time in Hollywood, un filme taquillero que inaugura un nuevo revisionismo.

Rizarle el bucle a Sunset Boulevard (1950) resulta peligroso en nuestra edad de sexismo sovietizante. Preferimos olvidar que la mujer moderna sólo estuvo lista para su close-up la noche en que Gloria Swanson le entró a balazos a William Holden en su piscina de Hancock Park, y no la temporada en que Sofía Vergara se unió al elenco de Modern Family. Las divas insolentes del cine clásico legaron al mundo el parangón del igualitarismo y la liberalidad.

En la narrativa socialista, esos años de redención –entre los cuarenta y los cincuenta– son descartados como una época de terror y cacerías de brujas. Felizmente, el gran Billy Wilder, que no se andaba con militancias baratas, nos dejó dicho que “de los Diez [de Hollywood], solamente dos tenían talento, y el resto era sencillamente intratable”, y su frase conserva el timbre de sinceridad en estos tiempos de desubicación histórica.

Ni es casualidad que el prototipo de la federada (o “apparat-chick“) debute en el primer guion americano de Wilder, ni exagerado afirmar que el feminismo militante es la prole de la camarada Ninotchka (1939). Tarantino, lo mismo que Wilder, es un hombre de su época, y si viaja al pasado es para hablar del futuro; Tarantino es también un engendro de Hollywood, y si regresa a su patria es como salvador –o lo que es igual: como sanador.

El nuevo giro tarantinesco implica un cambio de paradigma en la representación del Mal. No se trata de blancos negreros encapuchados, o de sádicos coroneles de las SS, o de Bill, el Encantador de Serpientes y cabecilla del Deadly Viper Assasination Squad, ni de la embaucadora Daisy Domergue, de The Hateful Eight. Estamos ante una pintoresca asamblea de feminazis congregadas alrededor de un líder carismático. Las villanas de Érase una vez en Hollywood integran una secta de putas asesinas que se entromete, con un acto de violencia genérica, en el curso de la Historia.

Tarantino se tropieza con Nuel Belnap*

Además de doble y stuntman, Cliff Booth es el paje y cachanchán de Rick Dalton. Booth es un tipo cheo y confiable –con pitbull de mascota y Karmann Ghia de bactavia– que vive al fondo de un autocine y ocupa el segundo plano sólo por emular a su patrón precisamente en aquellas virtudes por las que el público los identifica en pantalla: lealtad, hombría y una suerte de resignado patrioterismo. Booth –el doble– es el ente real, mientras que Dalton, la estrella, es la falsificación.

La pareja Booth/Dalton encarna la coincidencia de opuestos, un binomio dramático del tipo Starsky & Hutch y un dúo cómico a lo Beavis & Butthead, algo que pudiera afirmarse igualmente de la época en cuestión si la contrastáramos con lo que vino después. Nuestro egocentrismo nos hace creer que aquellos años afortunados fueron el tanteo de lo que somos hoy, que la Edad de Oro es el avance de nosotros, los creadores del selfie. De más está decir que, en ese punto, como en tantos otros, estamos rotundamente equivocados.

Tampoco es gratuito que Booth tenga nombre de actor y magnicida; y, si en Once Upon a Time in Hollywood, el stuntman le arrebata el protagonismo a su empleador e irrumpe contrafactualmente en el teatro de los hechos, es a fin de erradicar, con un golpe de realismo mágico, al maligno arquetipo de la contracultura sesentista: la fucking hippie. Esa Ninotchka adoctrinada destruyó la inocencia de una bella época, y sólo un macho alfa del tipo Booth podrá derrotarla.

A propósito de la transvaloración tarantinesca de valores, ¿no se nos pide, acaso, que suspendamos nuestro veredicto, aunque sólo sea provisionalmente, con tal de otorgarle a la Edad de Oro un voto de confianza nacido de la pura corazonada? ¿No deberíamos revisitar aquella época feliz y reimaginarla como el punto de giro del gran libreto imperial? Y miradas las cosas desde la perspectiva feminista, ¿no fue la modernidad una época abortada?

¿Por qué negamos con tanta vehemencia algo que los antiguos tomaban por una perogrullada: que el pasado es el mejor de los mundos posibles? ¿Por qué no abordar el crimen de los soixante-huitards desde la teoría de las ramificaciones temporales, siguiendo los pasos evaporados del doctor Nuel Belnap? Pues, aunque le cueste entenderlo al que traga Doritos en la última luneta, de los mundos posibles trata justamente Érase una vez en Hollywood.

Hollywood foutu par ses féministes, même

El asesinato de Sharon Tate es un feminicidio perpetrado por las feministas mismas. Se mata a la idiota rubita fotogénica, también llamada klutz (“torpe”) en la película tonta del tarambana Dean Martin, pero existe la posibilidad de que aquella tontería fuera más profunda que las perversiones políticas alternas.

Mientras tanto, las brujas de Charlie Manson secuestraron al Old Hollywood, encarnado en la figura trágica de George Spahn (Bruce Dern), dueño del legendario Spahn Ranch, donde solían filmarse clásicas películas del Oeste en los años cincuenta, y que ha caído ahora en manos de las okupa. El antiguo Hollywood es sexualizado de una manera más canallesca que cuando se usaba el sexo para conseguir un papelito secundario en alguna película morronguera.

El viejo Hollywood, drogado y consuetudinariamente violado por las hippies asesinas, es víctima de un sexismo aberrante y políticamente inducido, algo que el patriota Cliff Booth considera inaceptable. Es en esta coyuntura que Rick Dalton, el actor pusilánime, se decide a tomar acción y apuntar su poderoso lanzallamas hacia las brujas que han salido de cacería de celebridades.

Por si todo esto no fuera bastante controversial, un estereotípico Bruce Lee recibe una ignominiosa paliza a manos de Booth, que tampoco se anda con miramientos multiculturales. Antes del fálico lanzallamas, hubo un polémico fusil de pesca submarina que al parecer se disparó accidentalmente, y la mujer de Cliff (bocona, irritante y abusable) era el blanco fácil. Cliff Booth no es sólo el gracioso símbolo sexual y agent provocateur de la toxicidad machista, es un criminal suelto y absuelto por Tarantino.

Once Upon a Time in Hollywood ha provocado enconados debates en la prensa unipartidista, que no tiene escrúpulos en acusar al director de añoranza y reivindicación culpable de una época sometida a crítica y despachada como insuficiente (a pesar de que nos dio los medios, y hasta las fórmulas, con que nos engañamos hoy). Sin dudas, se trata de una obra reaccionaria, en el sentido de que reacciona de manera sintomática contra la ideología imperante. Su brutalidad da la medida de qué lejos han llegado las cosas.

Por mi parte, creo que Érase una vez en Hollywood es el selfie de una ciudad que se contempla a sí misma en cada una de sus creaciones. El tema de Hollywood es y será siempre Hollywood, pues, como he dicho en otra parte, el cine hollywoodense es cine extranjero en cualquier región que caiga fuera de su sagrado perímetro.

La película de Tarantino es la apoteosis de esa Gestalt recursiva. Porque Hollywood es mucho más que una adorable mentira y una factoría de sueños: es la patria de aquellos que la sufrimos y la reinventamos a diario. Es un país universal, y dolorosamente real, con su historia y sus leyendas, sus héroes y sus villanos, y su propia variante del jingoísmo.

Consideraciones intempestivas sobre el hippismo cubano

No cuento el final de Once Upon a Time in Hollywood porque su desenlace es una declaración filosófica y una proposición lógica en la cuerda de David Lewis, y de ese final depende el destino del pluriverso.

Sólo quiero añadir que el fucking hippie de Tarantino aparece de manera contraintuitiva para aquellos que en la Cuba de los primeros setenta imitábamos las modas y las consignas de unos campesinos del Medio Oeste que arribaron al distrito de Haight-Ashbury armados de un bagaje cultural agropecuario que poco o nada tenía que ver con nuestro conflicto local totalitario.

Al cabo de una vida malograda, puedo decir que los castristas tuvieron razón en reprimirnos, y que nosotros, los patéticos aspirantes a hippies, estábamos equivocados. En nuestra defensa arguyo que no entendíamos las letras de la música exótica que producía tan deliciosa intoxicación, y que sólo años más tarde, al comprender la lírica y dominar el dialecto de Credence Clearwater Revival y Deep Purple, caímos en cuenta, no sin cierto estupor, de que esos dioses tampoco tenían relación con nosotros, pues hablaban de otra patria remota y ajena. Distante y extraña, pero patria al fin.

¡Las veces que aterricé en la estación de Zanja por escuchar, en un radio portátil sintonizado clandestinamente, los gloriosos galimatías de “In-A-Gadda-Da-Vida”! Cincuenta años más tarde, el cuerpo carbonizado de una fucking hippie que flota en una piscina –el reverso ideológico de William Holden en Sunset Boulevard– me revela la oscuridad lasciva de aquel idealismo.

*Nota al pie: Gafas 3D para un futurible

Parafraseando al Aristóteles de Sobre la interpretación: “Mañana pudiera ocurrir el asesinato de una estrella de cine en su casa de Cielo Drive, o pudiera no suceder, y nada decide todavía esas posibilidades futuras”.

Las ramificaciones hacia el occamismo y otras construcciones lógicas deberán ser atendidas, a su debido tiempo, por el espectador curioso. Me limito a colgarlas aquí de trasfondo, como el papel de pared de un museo futurible hollywoodense.

De cualquier manera, las posibilidades futuras incluyen el hecho de que el actor Rick Dalton sea el vecino de los Polanski dentro de un filme que examina, retroactivamente, los acontecimientos de la noche fatídica en que Sharon Tate, con ocho meses y medio de embarazo, fue apuñalada, balaceada y destripada por una cofradía de putas homicidas.

Tres ramales conducen a otras tantas historias paralelas: Sharon Tate entra a un cine de Westwood para admirarse en pantalla –en The Wrecking Crew, con Dean Martin–. Sharon lleva la semilla de un mundo posible en su vientre. La escena sangrienta de Cielo Drive recrea el alumbramiento del Anticristo en el edificio Dakota, la semilla del diablo de Rosemary’s Baby (1968). Satán es el hijo de Polanski, y aparece en el vientre de la Rosa de Sarón por un acto reverso de transmigración mesiánica.

En este punto de bifurcación pudo haber nacido el Krishna Narayana o el engendro engreído de la Corrección Política, y ya sabemos cuál fue el desenlace. En la mente de Charlie Mason coinciden la revolución y la cinematografía. Basta mirar, a través de unos lentes polarizados, al Che de Korda y al mugshot de Charlie: se requieren espejuelitos 3D para obtener la imagen total de los sesenta.

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Néstor Díaz de Villegas (Cumanayagua, Cuba, 1956). Poeta, editor y ensayista. Fue estudiante de arte, pasó por la cárcel en Cuba, y emigró en 1979 a los Estados Unidos. Ha publicado varios volúmenes de poesía, recogidos todos en Buscar la lengua (2015). Fue el fundador de Cubista Magazine (2004-2006). Su más reciente libro, De donde son los gusanos: Crónica de un regreso a Cuba luego de 37 años de exilio (2019), ha sido publicado por Vintage Español.  Reside en Los Ángeles, California.
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