Roberto González Echevarría

A sus 76 años, el catedrático cubano Roberto González Echevarría (Sagua la Grande, 1943) es una de las voces de referencia de la crítica y la teoría literarias en el continente. Es miembro de la Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias y Sterling Professor de literatura hispanoamericana y comparada en la Universidad de Yale. Entre 1971 y 1977 impartió cátedra en Cornell, donde fue uno de los primeros editores de la revista Diacritics. Ha dictado conferencias en Estados Unidos, Canadá, Hispanoamérica y Europa, y fue el primer hispanista en dirigir un seminario en la School for Criticism and Theory. Entre sus libros destacan Alejo Carpentier: The Pilgrim at Home (1977), Isla a su vuelo fugitiva: ensayos críticos sobre literatura hispanoamericana (1983), La ruta de Severo Sarduy (1986) y Myth and Archive: A Theory of Latin American Narrative (1990). En 2004 la revista Encuentro de la Cultura Cubana (Madrid) le dedicó un homenaje. En marzo del 2011, el presidente Barack Obama le otorgó, en la Casa Blanca, la Medalla Nacional de las Artes y las Humanidades. Ha recibido becas de la Guggenheim Foundation, la National Endowment for the Humanities, el Social Science Research Council y la Fundación Rockefeller. Su trabajo ha sido publicado en español, inglés, francés, alemán, portugués, polaco, italiano, árabe, persa y chino.

El nombre de Roberto González Echevarría llegó a mí por primera vez en las aulas de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana. De él nada había leído hasta que durante un curso monográfico sobre la obra de Carpentier di con un ejemplar de El peregrino en su patria, que entonces me pareció extraordinario. Por esos días leíamos a Barthes, De Man, Bloom, Blanchot, y el libro de González Echevarría lo incorporé como una muestra de lo mejor que la crítica literaria implicaba y exigía en el ámbito hispanoamericano. Un libro que conservo aún y al que he vuelto varias veces, más allá de mi mayor o menor interés por la obra de Carpentier –que ha declinado desde entonces–. Más tarde, su nombre se hizo recurrente a raíz de las polémicas renovadas en torno al canon cubano que tomaron fuerza desde el homenaje que le preparara la revista Encuentro, una revista que entonces circulaba clandestinamente y leíamos con el fervor de quien participa de un culto o recibe una revelación.

Roberto González Echevarría era una especie de leyenda sobre la que circulaban rumores de todo género. Había logrado algo raro, casi rebelde: siendo emigrante y cubano, llegó a la cúspide del circuito académico estadounidense y, lo más importante, tenía una obra. Una obra tan erudita como difundida (su Mito y archivo va hoy por la sexta edición y su antología Oxford Book of Latin American Short Stories ha vendido más de 35 mil ejemplares), una obra sólida, lúcida, discutida, plural, estructurada como las facetas del cuarzo. RGE era (sigue siendo) lo más parecido a un rock star de la academia.

Pero RGE es, sobre todo, un gran lector.

Cuando un lector alterna y yuxtapone constantemente los rigores profesorales, los conciertos y transacciones de lo académico, y los placeres de la percepción estética, derivados de un ejercicio de lectura que actúa para el dominio del yo, es raro que el placer acabe dominando; sin embargo, eso es lo que ocurre aquí. Antes que catedrático, diría que Roberto González Echevarría ha sido un lector extremo. Y eso me parece admirable.

A raíz de la edición de su correspondencia con Severo Sarduy, que publicaremos próximamente en Rialta, he tenido la oportunidad de platicar con él sobre varios temas: en esta entrevista hablamos de sus libros, de su amistad con Sarduy, de las políticas culturales del régimen, del canon y sus derivas, de sus lecturas y proyectos de trabajo, de la enseñanza de la literatura, de la pandemia… y, sobre todo, de la finquita natal.

Carlos Aníbal Alonso

Me interesa explorar cómo funciona para ti la autoconciencia del pasado, ese pasado cubano visto como un relato sin cerrar…

Tengo una memoria precisa y preciosa de mi niñez y adolescencia en Cuba. Salí de Cuba muy temprano, en 1959; nos mudamos a Tampa, donde teníamos familia desde los años treinta. Tenía 16 años y no me podía adaptar a la vida norteamericana, que en Tampa tenía mucho de Cuba de todos modos. En más de un sentido nunca me he podido adaptar y por eso me sigo considerando cubano, no cubanoamericano. Mi interés por la literatura ha sido un esfuerzo por preservar esa cubanía. Añoro las calles de Santos Suárez, en La Habana, donde viví tres años, y sobre todo añoro mi Sagua la Grande natal. Ese es el centro de mi nostalgia.

Yo me fui de Cuba hace más de cinco años y cuando pienso en esa época creo que en realidad me fui mucho antes de haberme subido al avión. Desde entonces he ido a la isla cada año, con una extrañeza mayor, como que esa distancia se reafirma, se hace más indiscutible. Cómo has negociado tú con la condición de no estar.

He ido muchas veces a Cuba, pero no desde 1999, cuando salió mi libro sobre la pelota cubana. También he ido muchas veces a España, donde me siento en mi casa, sobre todo en Madrid y Salamanca, y también a muchos países latinoamericanos: Argentina, Brasil, México, Puerto Rico, Chile, etc. No son Cuba, pero se parecen.

Tenía entendido que no regresabas a Cuba desde el 78, en los días de los “diálogos” propiciados por el grupo Areíto y la brigada Antonio Maceo en La Habana. ¿Cómo fueron esas jornadas? ¿Qué sensaciones te genera esa experiencia?

No, durante los noventa, cuando investigaba para escribir mi historia de la pelota cubana, fui muchas veces a Cuba, dos veces al año. En el 78 fui dos veces para lo del “Diálogo”. Los de Areíto éramos unos ilusos a los que el régimen usó descaradamente. Algunos creíamos entonces que el régimen derivaba hacia la democracia. Nunca tuve nada que ver con la Brigada Antonio Maceo.

¿Por qué no has vuelto desde entonces? ¿Regresarías hoy?

No vuelvo, como dije, desde 1999. No me han negado la visa, simplemente no me la han dado. Cuando publicaron Lecturas y relecturas traté de ir, y luego cuando le dieron al libro el premio de la crítica. En ambos casos no respondieron a mi petición. Yo pienso, pero estas son cosas imponderables tratándose de un régimen totalitario del que sabemos lo que ellos quieren, que les irritó que mi libro fuera tan crítico del gobierno revolucionario. En Cuba me abrieron todas las puertas cuando yo iba a investigar, parece que con la esperanza de que yo escribiera un panegírico del deporte “revolucionario”. Cuando no fue así y el libro alcanzó una gran difusión, incluso en la televisión y publicaciones como The New York Times y The New Yorker, me cerraron las puertas. En los noventa, por mediación de Ana Cairo (que en paz descanse), le hablé a la Cátedra Alejo Carpentier y di una conferencia pública en la Universidad sobre Severo Sarduy. Hablé a “calzón pelao”, sin restricciones, y con muy buena acogida.

Claro que regresaría hoy, por volver a ver Cuba y sentirme dentro de su luz, pero nunca para darle mi aval al régimen. Sé que ir y gastar dinero allí ayuda al régimen, pero yo gasto muy poco.

En 2013 se publicó en Santa Clara el volumen Lectura y relecturas, una recopilación de ensayos que representan de algún modo un resumen de tu trayectoria crítica. Creo que fue la primera, y única, vez que se publicó un libro tuyo en la isla (a pesar de que habías publicado algo en algunas revistas). ¿Cómo se propició esta posibilidad? ¿Cuál ha sido tu relación con las instituciones, funcionarios y comisarios culturales cubanos?

Un grupo de Santa Clara, yo soy villaclareño, se puso en contacto conmigo para publicar el libro. Tuvimos a bien no incluir mi ensayo sobre “El canon cubano” para no provocar a los comisarios que se pasan por escritores en la isla que yo dejaba fuera y que podían impedir la publicación del libro. No es este, ni con mucho, una síntesis de mi labor crítica, por dos razones. La primera es que la mitad de esa labor, por lo menos, está en inglés. La segunda porque no incluye mis trabajos sobre literatura española del Siglo de Oro: Calderón, Cervantes, Lope, Tirso, Rojas, etc. Después de Lecturas y relecturas publicaron una nueva edición de mi Mito y archivo, la sexta contando la original inglesa, dos paperbacks, y dos en español del Fondo de Cultura Económica. De ninguno de los dos libros vi reseñas, pero tal vez se me escaparon. Sin embargo, tengo lectores cubanos que me escriben.

¿Cómo ha sido tu vínculo con las distintas generaciones de emigrados cubanos? Este año se cumplen cuarenta años del Mariel. ¿Cómo viviste esos años?

He tenido muy poco vínculo con los emigrados cubanos, excepto por mis grandes amigos Pedro Yanes y Manuel García, de Miami (sagüeros), y entre los escritores Severo Sarduy y Antonio Benítez Rojo. Cuando lo de Areíto la derecha cubana del exilio me amenazaba de muerte, y aunque he hablado en Miami alguna que otra vez, no he tenido mucho que ver con el exilio. Me repele la chusmería política de Miami (la “chusma diligente” diría Gertrudis) que no le hace el menor daño a la dictadura y que se reduce a peleas entre sí para ver quién es más radical en su oposición. Los que se toman el trabajo de leerme, que no sé si son muchos, saben lo que yo pienso sobre el régimen, que de “revolucionario” no tiene nada. Es esencialmente fascista, como dije en el Miami Herald cuando la “primavera negra”.

¿Has pensado alguna vez en escribir algo así como una historia de la literatura cubana? ¿Cómo organizarías ese corpus? ¿Cuáles son los libros que no has escrito (y te gustaría escribir)?

No, no me atraen las historias de las literaturas nacionales. He escrito, sí, una Latin American Literature: A Very Short Introduction, para la Oxford. Ha circulado mucho, acaba de salir en árabe y pronto en chino (espero que sin virus). Junto con el tomo paralelo de mi querida y admirada colega Rolena Adorno, Pío Serrano publicó en Verbum (Madrid) una Breve historia de la literatura latinoamericana, que espero se lea en Cuba. Tengo en marcha ahora un libro sobre la narrativa latinoamericana y el derecho, del cual ya han salido anticipos sobre Gallegos, García Márquez, y otros. Me gustaría hacer una edición crítica del magnífico libro de Manuel Gayol Teoría literaria, y de tener tiempo y recursos escribir la biografía de algún pelotero cubano que no llegó a las Ligas Mayores, pero que tuvo una gran carrera en Cuba y América Latina: por ejemplo, Agapito Mayor y Pedro Formental.

Me gustaría volver a tu polémico canon cubano de 2004, si me permites, para indagar por tres autores que me parecen fundamentales en mi idea de la literatura cubana: Lorenzo García Vega, Gastón Baquero y José Kozer. Y aquí apelo sobre todo a los placeres del lector antes que a los juicios del crítico…

Borges dijo que no “había merecido” la obra de Ortega y Gasset. Yo tengo que confesar que no he merecido ni a García Vega ni a Kozer. Baquero fue un poeta mayor, y así lo he dicho por escrito en una reseña de su obra publicada en Madrid. De García Vega he leído y aprovechado Los años de Orígenes, que es una referencia útil, pero no una gran obra, y lo demás me deja frío. El tipo de poesía que publica Kozer no me parece poesía.

¿Tiene sentido hablar de canon en un contexto como el cubano? ¿Revisarías ese canon hoy en el sentido de ampliarlo?

Sí, tiene sentido, hay que poner en su lugar a tanto comisario que se quiere hacer pasar por escritor, o crítico. Hay algunos, como Zoé Valdés y Leonardo Padura, que son prolíficos pero radicalmente mediocres –en el mejor de los casos–. Padura, con quien comparto la enfermedad de la pelota y que alguna vez me entrevistó para La Gaceta de Cuba, es un novelista aburrido, sin imaginación propia ni prosa. Zoé Valdés es vulgar en todo nivel. Escribe muy mal. Hoy ampliaría el canon cubano para incluir los excelentes críticos de fuera, como Gustavo Pérez Firmat, Eduardo González, René Prieto, Enrico Mario Santí, Rafael Rojas, y algún otro que se me escapa. No hay nadie en Cuba, que yo sepa, que se les aproxime, pero, por supuesto, ocupan puestos en la jerarquía cultural. Son gente sin cultura y sin obra.

¿Cómo surge tu amistad con Miguel Barnet? ¿Perdura esa amistad?

Escribí un ensayo sobre Biografía de un cimarrón, libro que admiro (casi) todo; y en 1978, cuando el Diálogo, me encontré con Miguel en una recepción de la UNEAC, de la cual todavía no era presidente. Nos llevamos bien y a él le encantaba mi ensayo. Él era, además, amigo de Lourdes Casal y algunos otros de Areíto. Miguel era entonces el escritor díscolo, atrevido, marginal, que había sobrevivido una década de ostracismo, en parte por ser homosexual. Resultaba atractivo en medio de la solemnidad de otros, como Roberto Fernández Retamar, cuya obra me pareció siempre insignificante (él se daba cuenta y yo lo traté siempre con alguna ironía). Miguel me citaba en Cuba, cosa que sólo Rogelio Rodríguez Coronel también hacía, y conocía a Severo Sarduy. En los noventa, cuando yo iba a Cuba para trabajar el libro de pelota, Miguel me hospedaba en el mismo edificio donde él vivía, al cruzar la calle de lo que había sido la CMQ y del Hilton, y consiguió que me dieran acceso a todo, incluso al Palmar del Junco, en Matanzas, el terreno donde la mitología nacional dice que se jugó el primer juego de béisbol en Cuba. En la Biblioteca Nacional siempre tuve a Araceli García Carranza, a quien adoro y que es el mejor bibliotecario y bibliógrafo que ha dado Cuba. Me di banquete con las publicaciones de la segunda mitad del siglo XIX, donde descubrí que la pelota y la literatura se desarrollaron juntas en la isla.

Esa amistad con Miguel perduró hasta que salió mi libro sobre la pelota en 1999. Desde entonces no nos vemos y él se convirtió en un muy visible adepto del régimen. Salía en fotografías con Raúl Castro. Lo hicieron presidente de la UNEAC y hacía declaraciones oficiosas. Yo creo que llegué a conocer bien a Miguel y pienso que todo eso era de la boca para afuera, que a él sólo le interesa la política por lo que pueda darle. Hace unos pocos años me escribió diciéndome que tenía en la mano visas para mí e Isabel, mi mujer. Isabel había salido de Cuba a fines de los cuarenta y tenía una foto suya, de niña, sentada en el muro del malecón. Yo le había dicho a Miguel que quería llevarla allí y sacarle una foto. Pero el trato era que yo permitiera que mi ensayo sobre Biografía figurara como prólogo a unas obras completas suyas que la editorial Ayacucho de Venezuela iba a sacar. En seguida me escribió la editora venezolana pidiéndome el permiso y una breve biografía y bibliografía de Miguel. Le contesté que no lo iba a hacer, y a Miguel le expliqué que, aunque amigos, había grandes diferencias políticas entre nosotros. Lo que no le dije es que yo no le podía dar mi aval a toda su obra. De lo de las visas nunca supe más.

Tu libro sobre Sarduy siempre me ha parecido una rareza dentro de tu trabajo, un libro más personal, osado, literario… ¿Será que el objeto impone un estilo? ¿Cómo fue tu relación con Sarduy?

Severo y yo tuvimos una gran amistad. Yo iba muy a menudo a París, el francés es una de mis lenguas, por mi interés en la nouvelle critique. Vivía en su casa, una vez con Isabel y nuestros tres hijos. De esa amistad quedan más de cien cartas suyas que ahora están depositadas en la biblioteca de Princeton y que tú vas a publicar en forma de libro. La ruta tiene ese sesgo personal y literario que mencionas, pero también otros libros míos como Alejo Carpentier: The Pilgrim at Home, sólo que escrito en inglés; es algo tal vez no tan visible en las traducciones. Lo mismo ocurre con Cuban Fiestas, también en inglés. Yo me temo que tú no me has leído en inglés, que no es mi segunda lengua, sino otra primera lengua y en la cual también tengo un estilo propio. He publicado en inglés en las más prestigiosas editoriales: Oxford, Cambridge, Yale, etc., y las más reconocidas revistas literarias. The Pride of Havana: A History of Cuban Baseball tiene una factura literaria, una vez más, en inglés, no sé si en la versión española.

Hace más de quince años, afirmabas una convicción según la cual la crítica literaria regresaría a una axiología, a una teoría y práctica del valor basada en el sujeto crítico, en detrimento de la exaltación de la abstracción de algún método de pretensiones científicas que a la postre cancela la autoridad del crítico, anula el juicio de valor. ¿Se sostiene hoy esa convicción? ¿Cómo evalúas la crítica literaria y la enseñanza de la literatura en la actualidad?

Sigo pensando igual. Después de tanta teoría, Harold Bloom tenía razón, uno es su propia teoría. Yo pasé por el estructuralismo y el post-estructuralismo, y la deconstrucción, pero creo que me he creado un estilo de crítica que es sólo mío. Entre los críticos y teóricos hay grandes escritores, como Roland Barthes, cierto Derrida, y por supuesto Bloom, pero es lo literario en ellos lo que va a quedar, no sus teorías. Hay literatos y muchos que no llegan a serlo.

¿Cuál es el lugar de la ficción en la literatura actual? Me da la impresión de que la pregunta por la veracidad parece funcionar como condición de lectura, que la noción de representación de lo real es insuficiente hoy… en la literatura, en el cine, en el arte. ¿En qué consiste el hecho estético?

El hecho estético sigue siendo imposible de definir. A alguien le preguntaron en qué consistía la pornografía, y dijo “cuando la veas vas a saber lo que es”. Así pasa con lo estético. Cuando leí Nocturno de Chile o La virgen de los sicarios me pareció en seguida que estas eran dos novelas valiosas, al nivel de las escritas por las estrellas del Boom. No es lo real, sino la disposición de los acontecimientos, la prosa, la idea central…

Siguiendo con la pregunta anterior, ¿cómo entiendes la relación entre literatura y nación, entre estética, geografía y política? ¿A dónde remite esa inscripción de lugar llamada Cuba?

Hay una condición, una tradición cubana, hecha de referencias, alusiones, relatos, cierto tono, que es ineludible, y que está presente en un escritor tan enraizado en ella como Sarduy, así como en otro que no lo parecería, como Carpentier. Sarduy vuelve a lo cubano en su obra tardía, hasta al choteo de Mañach. Carpentier está profundamente inmerso en lo cubano, tanto en El acoso como en El siglo de las luces. Pero ambos trascienden esa condición para alcanzar lo universal.

Hace pocos días recibiste el Premio Nacional de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. ¿Qué significa para ti este reconocimiento?

Todo reconocimiento da alguna satisfacción, pero todo intelectual que se precie de serlo sabe que él (o ella) es su más severo crítico. Estoy muy consciente de mis fallas y de las lagunas (océanos) en mis conocimientos.

Para terminar, ¿cómo sobrellevas la pandemia?

Encerrado, como todo el mundo. Pero nosotros tenemos la literatura para pasar el tiempo. Me he releído de cabo a rabo la Odisea en la magnífica traducción de mi admirado amigo Carlos García Gual. Lo he hecho en parte para volver sobre el Ulises de Joyce. Me intriga el costumbrismo de Joyce, que él logró elevar en esa novela. He estado en Irlanda, en Galway y Dublín, dando unas conferencias, y buscando ingenuamente las huellas de Joyce.

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