Patricia Pérez (izquierda) y Heidi Hassan en el Festival de Cine Documental de Ámsterdam (FOTO Carlos Quintela / DDC)

A media voz me pareció, desde que vi la película por primera vez, una pieza sumamente arriesgada en términos cinematográficos, y de una composición temática poliédrica. Poder dialogar con Heidi Hassan y Patricia Pérez era la oportunidad de indagar más en los resortes y en el pensamiento que hicieron posible este documental. Era tentador, además, interrogar a dos cineastas que con más de quince años en el exilio compartían códigos estéticos, rasgos comunes, preocupaciones intelectuales, con los que producen ahora mismo en la Isla. Así, la entrevista debía, además de profundizar en los procesos que circundaron la creación del filme y en las aristas de lecturas que pone a debate, abrir la discusión a un terreno más amplio.

Para cuando les envié el cuestionario, yo había publicado un texto en el que intenté exponer las razones que, para mí, hacían de A media voz un documental particularmente importante, resistente a la crítica, valioso como propuesta fílmica. Muchas de las preguntas tratan de continuar ideas que allí manejo, otras son un intento por llenar vacíos o comprender determinadas sensaciones, interrogantes, preocupaciones que la propia cinta me provocó.

Como sucede en ocasiones en A media voz, aquí se juntan, o mejor, se funden las voces de Patricia y Heidi en un texto único. Ellas mismas me escribieron al enviar las respuestas: “en este documento te respondemos las dos indistintamente sin precisar cuándo se trata de una o de la otra (salvo en algún momento preciso en que se trata de algo muy personal)”.

Ángel Pérez

Qué les parece si comienzan comentando cómo surge la idea del documental, o sea, en qué circunstancias nace el proyecto.

A Media Voz nace del deseo de dirigir una película juntas. Teníamos cerca de cuarenta años y nos interesaba explorar en qué punto de la vida estaba cada una. La primera idea que nos pasó por la cabeza fue hacer una correspondencia audiovisual. Nos sentíamos muy seguras en ese terreno, nos parecía que íbamos a crear con más libertad, con menos autocensura si la otra era el destinatario principal. Desde que emigramos, hace más de 15 años, escribirnos se había convertido en nuestra tabla salvadora, fue la única manera de sentirnos cerca y de no perder el norte. Convertir a la otra en espectadora de su vida, era al mismo tiempo una manera de canalizar las emociones y preocupaciones del cotidiano, así como también el impulso creativo que hasta entonces no conseguíamos encausar.

A media voz está siendo ampliamente celebrado por la eficacia de su repertorio expresivo y las ambiciones de su discurso. Sin embargo, estoy seguro de que detrás del filme pesa un complejo proceso de producción, una actividad fundamental de la que no siempre se habla lo suficiente. Me gustaría que abordaran los pormenores de la producción.

Digamos que lo más complicado fue encontrar productores primero y financiación después. A la mayoría de productores a los que escribíamos, el proyecto les parecía interesante pero muy frágil, así que preferían no apostar por él. Con los fondos pasaba un poco lo mismo, nos preseleccionaban, pero luego cambiaban de opinión. Nos llevó tiempo encontrar las palabras exactas para explicar por qué una película como esta necesitaba ser financiada, pero al final lo conseguimos. Este proceso nos tomó cerca de cuatros años, así que en nuestro caso creemos que lo más importante a resaltar es la perseverancia. Es muy común, en estos casos, ir desistiendo por el camino.

Una vez que obtuvimos la financiación total, lo que siguió, la fase realmente creativa, nos llevó cerca de un año. Nosotras teníamos muy claro cómo queríamos que fuera ese proceso y los productores respetaron y aprobaron el plan de trabajo que les propusimos. Una primera fase de unos nueve meses más o menos consistió en realizar en tiempo real la correspondencia audiovisual. Durante todo este tiempo cada una iba filmando y editando con sus propios medios una carta para la otra. Teníamos una escaleta, intuíamos hacia donde debían ir los personajes, pero no sabíamos con qué imágenes, con qué palabras se iban a comunicar. Esto lo fuimos descubriendo en ese proceso. Cuando ya teníamos casi tres horas de correspondencia audiovisual (unas 20 cartas), trabajamos ese material con la guionista Xenia Rivery –que ha acompañado la película desde que era un embrión– y la montadora Diana Toucedo. Entre todas decidimos qué otras escenas había que filmar y luego se organizaron pequeños rodajes en Galicia, Ginebra y La Habana. Con todo este material regresamos un mes más al montaje, esta vez nosotras dos junto con Diana y terminamos el engranaje de la película. Dedicamos casi un mes y medio más al diseño de sonido y la grabación de los offs definitivos, para lo cual fue fundamental contar con Sergio Fernández Borrás. Él, además de ser un amante del sonido, es actor, y nos ayudó a encontrar el tono adecuado mientras grabábamos las voces en off.

Todo esto lo estuvimos soñando durante mucho tiempo y poco a poco, con bastante paciencia, terminamos por alcanzarlo.

A media voz opera con un amasijo amplio de abordajes audiovisuales: dramatizaciones, uso de materiales de archivo, collage de fotografía… Todo ello habla de la complejidad del proceso de realización. Supongo que el trabajo de dirección fue arduo para poder lograr tanta cohesión y coherencia. Coméntenme al respecto.

Fue un trabajo hermoso y muy vivo; un proceso que difícilmente podamos repetir alguna vez. Cada una trabajaba sola, pero contaba a la vez con el ojo crítico de la otra. Lo que nos permite crear juntas no es únicamente una afinidad estética sino un entendimiento en todos los niveles, y sobre todo un respeto y una confianza absoluta en el trabajo y la opinión de la otra.

Mientras íbamos avanzando en el proceso de la correspondencia audiovisual, se iba afianzando el lenguaje de cada una, íbamos entendiendo los recursos expresivos que iban a distinguir unas cartas de las otras. Al principio, uno de nuestros principales temores era que el espectador no entendiera cuándo acababa una carta y empezaba la otra, temíamos que nuestros estilos, de tanto crear y crecer juntas, se parecieran demasiado. Pero rápidamente entendimos que tanto el lenguaje formal como el verbal de la dos era muy diferente, así que el trabajo de coherencia consistió en ser fieles a esa diversidad, o sea, a lo que caracterizaba a cada una.

Patricia hablaba desde el pasado.

Heidi desde el presente.

Patricia como una narradora de cuentos.

Heidi como una poeta.

Patricia principalmente con imágenes de su archivo personal.

Heidi con fotografías propias.

El reto principal de Patricia fue la síntesis y el desapego. Para cada carta partía de casi dos horas de material de archivo bruto. Las primeras versiones de sus cartas podían ser de hasta 20 minutos, lo cual nos angustiaba bastante porque sabíamos que era inviable. Aquí fue muy importante el trabajo posterior con Diana Toucedo, su mirada desapegada nos ayudó a condensar las cartas hasta los 5 minutos más o menos. De este archivo nos preocupaba también su calidad, son principalmente imágenes en Hi8 y teníamos dudas si sería posible hacerlas coexistir con imágenes HD sin que fuera muy brusco el salto entre unas y otras. Pero esto se resolvió haciendo que la narración nos condujera orgánicamente del presente al pasado y viceversa, creando puentes que sirvieran de transición entre un momento y otro.

En el caso de Heidi la dificultad consistía en hacer convivir las imágenes en movimiento con la foto fija. Heidi por lo general suele “recoger” su vida más a través de imágenes fijas que de videos. Casi siempre hace series, lo que le da a la imagen fija una ilusión de movimiento. Heidi lleva mucho tiempo archivando (registrando, cristalizando) sus diferentes estados emocionales a través de autorretratos, en su carrera artística ha cabalgado entre las artes plásticas y el cine. Esta película ha sido la posibilidad de combinar ambas cosas, o dicho de otro modo, la libertad expresiva que nos hemos otorgado en esta película le ha permitido que el resultado sea un reflejo bastante fiel de su relación con la creación.

Los dos recursos anteriores son, por así decirlo, el alfabeto básico de cada una. Con ellos nos sentimos bastante cómodas para empezar a explorar. Lo más difícil fueron las imágenes reconstruidas. Su presencia era indispensable para contar ciertos momentos de la historia, pero nos costaba trabajo tener la distancia suficiente para saber si funcionaban. Heidi está un poco más familiarizada con ponerse ella misma en escena, pero aun así estos momentos fueron los únicos que nos hicieron tener alguna duda. Aquí la distancia que tenían Xenia Rivery y Diana Toucedo fue muy importante para salir de la encrucijada en la que entrábamos cada vez que nos confrontábamos con este tipo de material. Y sí, como arañas fuimos construyendo el entramado donde hacer cohabitar distintos tipos de recursos visuales y sonoros hasta que cada uno encontró su lugar: funcionar en sí mismo y estar al servicio de los otros.

Siendo A media voz una obra con un mundo dramático tan elaborado, especulo que implicó una compleja planificación morfológica y estructural. El guion es, quizás, uno de los motivos que mayores discusiones genera en el terreno del cine documental, pues muchos especialistas opinan que este es un “género” que se materializa durante el proceso montaje. ¿Utilizaron un guion en el sentido corriente? ¿Cómo funcionó este aspecto de la creación? ¿De qué forma resolvieron una dinámica tan coherente entre la variedad de abordajes y de temáticas?

Para acceder a cualquier tipo de financiación se necesita mostrar un guion. Posiblemente poco quede de ese guion en un montaje final, pero es necesario hacerlo primeramente porque es la única manera que tienen los que financian el proyecto de hacerse una idea de lo que desearías hacer (aunque no necesariamente de lo que consigas hacer…) y, por otra parte, te ayuda a poner las ideas en papel, darles forma e ir entendiendo mejor qué esperas del proyecto y cómo conseguir que se materialice.

Con A media voz había una dificultad particular y es que en muchos casos nos costaba trabajo encontrar las palabras con las que describir algo que nos era mucho más fácil de transmitir combinando imágenes, textos y sonidos. Por ejemplo, la poesía o las atmósferas que tienen algunas escenas de la película en papel no se sienten igual y eso hizo que fuera difícil para las personas que leían el guion imaginar qué tono tendría. El proceso de escritura para la búsqueda de financiación fue tan largo que sentimos que el proyecto se crecía, por un lado, pero por el otro se fosilizaba. Algo muy frustrante que tiene el cine autobiográfico es que el guion está siempre desactualizado porque tu presente no deja de cambiar. En nuestro caso, era una amenaza constante, pero también fue lo que nos permitió estar seguras de que ese guion era transitorio, una herramienta para explicar la película, pero no la película en sí.

Para nosotras lo principal era experimentar el intercambio audiovisual y esto no era posible a través de ideas preconcebidas o de textos archiconocidos para nosotras, porque si no, ¿dónde quedaba la espontaneidad y la sorpresa inherentes a cualquier correspondencia? Así que a la hora de realizar por fin la película, fuimos capaces de quedarnos únicamente con la nervadura de ese guion –que nos daba un poco más de seguridad sobre la orientación del intercambio– y de crear libremente. Digamos que delineamos muy bien el arco de los personajes y qué tema abordar en cada carta, y con ese esqueleto empezamos la correspondencia audiovisual.

Algo fundamental fue que Patricia revisó por primera vez sus imágenes de archivo en ese momento, lo que le permitió trabajar con la sorpresa y con las emociones que le producía tal descubrimiento.

Después del primer entramado de toda la película hicimos una nueva escaleta con Xenia y Diana, acentuamos las diferencias entre los dos personajes, clarificamos el conflicto de cada uno y dosificamos la aparición y el desarrollo los diferentes temas que aparecen en la película. Contar con ellas nos permitió salir un poco de la emoción y de la espontaneidad para trabajar con el conjunto del material de manera más objetiva y analítica.

Percibo una zona sumamente lograda en la abierta condición performativa de A media voz, en el propósito de utilizar los recursos expresivos como resortes para indagar en determinado estado emocional, para repasar la memoria personal, para hacer un examen de conciencia, y desde ahí trazar una parábola mayor que abarca un perfil definitivo de Cuba. Creo que la aproximación somática al sujeto no se debe al carácter autobiográfico solamente, sino a la intención de conseguir determinado involucramiento del espectador que lo lleve a trascender el plano de lo individual. ¿Cómo fue concebido y materializado ese registro que aprehende un estado existencial tan íntimo y es capaz de referir un estado cultural? Qué me pueden decir sobre la concepción de esa relación compleja entre la recuperación de una amistad y la Historia de un país que se palpa en el documental.

A Media voz es el resultado de llevar a un espacio de creación muchas necesidades: la de escudriñarnos a nosotras mismas (indagar en quiénes somos actualmente siguiendo la travesía que nos ha traído hasta este punto), la de compartir cuestionamientos sobre nuestra manera de estar en el mundo, de necesitar a la otra y a nuestros amigos, las ganas de hacer existir un cine con el que nos sintamos identificadas y, por supuesto, la urgencia como creadoras de hablar de nuestro país. Nuestra historia tiene muchos destellos de autenticidad, pero no es única. Es también la historia de amig@s muy cercanos y es la historia de millones de cubanos. La emigración y, por ende, las separaciones, el desarraigo, las ausencias, las soledades de los cubanos son como una enfermedad colectiva, que, aunque en cada cual se manifieste con síntomas específicos, prácticamente tod@s y cada un@ de nosotr@s la padece, por eso sabe perfectamente de lo que se trata. El intercambio entre nosotras es extensible a cualquier otra persona que necesite sanar una herida, una secuela de la emigración propia o de la ajena. O incluso cualquiera a quien sencillamente le duela el estado actual de nuestro país.

No creo que hayamos trabajado conscientemente para conseguir una mayor involucración del espectador. Lo que sí hemos hecho ha sido desnudarnos para la otra y pienso que este nivel de intimidad y proximidad el espectador lo agradece.

Esta es una película en donde la buena voluntad opera para que el cariño prime sobre el engaño, la traición y las diferencias. En la historia la separación es principalmente un recurso para que el diálogo tenga lugar. Sin embargo, la reconciliación es ante todo la metáfora de un deseo común para con nuestro país. Recuerdo una vez que me habían enviado desde Cuba un DVD con las siete películas cubanas de los últimos años. Empecé a ver la primera y antes de 5 minutos ya había gente gritándose. La quité. Puse la segunda y sucedió algo similar. Así hasta la séptima. ¿Por qué en el cine cubano la gente está siempre discutiendo? ¿Porque es un reflejo de la realidad? Esto puede ser cierto en gran medida, pero no es la generalidad y en cualquier caso ¿no puede el cine proponer otras maneras de relacionarnos? Sí, en la reconciliación nuestra hay efectivamente una propuesta, un llamado al entendimiento, a tener curiosidad por el otro, a querernos un poco más.

En relación a los temas que emergen en el documental, tengo interés en que comenten más, al menos, de dos que me resultan esenciales. Se sabe que la emigración constituye un asunto determinante para Cuba, dada su decisiva repercusión en la sensibilidad nacional, por sobre sus causas o consecuencias. Es impactante la fuerza con que A media voz alcanza a compendiar un perfil no precisamente feliz de la emigración o el exilio, en un momento en que ello se propaga como el centro de las expectativas de futuro de muchos cubanos. Pero lo que encuentro más relevante es la dinámica entre los factores que las impulsaron a ustedes a salir del país y el grado de responsabilidad personal con que asumen el recorrido existencial descrito. No veo remordimiento, pena, culpa en la atmósfera de A media voz, lo cual me parece de una lucidez emocional increíble, aun cuando me resulta una obra violenta, emocionalmente violenta… ¿Es difícil exponer públicamente algo que en lo personal puede ser tan corrosivo?

Cuando un Gobierno infantiliza a sus ciudadanos despojándolos de la posibilidad de hacer valer sus capacidades individuales, y los ciudadanos a su vez hacen responsable al Gobierno de todas y cada una de sus desgracias, con los años se pierde algo fundamental: la capacidad de crítica personal, y más aún, la voluntad de crecerse. Puede que mucha gente piense que a suficientes sesiones de “autocrítica” estuvimos ya sometidos en el pasado, es cierto, pero creo que ese es precisamente uno de nuestros principales problemas; que nos han saturado tanto que muchas veces no somos capaces de reapropiarnos de las cosas, de sobreponernos al asco y al aburrimiento y darnos cuenta de que hay palabras y acciones que han sido secuestradas por el lenguaje oficial (autocrítica, revolucionario, compañero, militancia, etc.). Son palabras muy hermosas en realidad, pero para verlo tenemos que reapropiarnos de ellas, hacerlas nuestras a nuestra manera. Cuando digo ser críticos con nosotros mismos no es para machacarnos más de lo que estamos, para nada, más bien lo contrario. Es para tomar nuestra vida en mano. Uno no puede muchas veces escoger la vida que tiene, pero sí puede escoger cómo quiere vivirla. Por supuesto que nosotras estamos en una posición privilegiada, hay muchas más cosas que podemos escoger estando fuera, somos conscientes de ello. Pero justamente, mientras menos posibilidades tenga uno, más debe defender ese otro espacio de libertad personal sobre el que sí tiene el control y para hacerlo es necesario hacernos responsables de nosotros mismos, al menos de la pequeña parcela simbólica (y siempre existe esta pequeña parcela) que cada persona puede cuidar y cultivar a su modo. Lo que estoy diciendo no es conformismo, no es minimizar las cosas e intentar ver el lado positivo. Me refiero a intentar dar lo mejor de sí en cada situación, no porque una emulación nos lo exige ni para ganarnos un estímulo, hacerlo por nosotros mismos, porque es el mejor regalo que podemos hacernos. Esto es algo que nosotras hemos ido aprendiendo con los años. No creo que nunca antes lo hayamos verbalizado tan claramente, pero cada una a su manera lo ha ido aplicando y seguramente se siente en la película.

Sobre lo de exponernos públicamente, creo que mientras hicimos la película pensamos muy poco en cómo se nos iba a ver. De hecho, estamos muy sorprendidas de la empatía que generan los personajes. Para nosotras lo importante estaba siendo el proceso creativo, lo que eso nos estaba haciendo ver, entender de cada una, así que de algún modo ha sido una expiación bastante más sanadora que dolorosa.

Por favor, háblenme sobre algo que, aunque parece una temática lateral, pesa muchísimo en la dimensión del discurso de esta obra: cómo la condición de mujer afecta no sólo la experiencia cinematográfica, sino la experiencia misma del exilio. Ese momento de A media voz en que ambas confiesan el deseo y la imposibilidad de ser madre es de una fuerza invaluable. En tu caso, Heidi, hay varias escenas donde puntualizas las dificultades a que te somete el ser “mujer”. Hay algo de denuncia ahí… En lo personal, me interesa leer la película, también, desde una perspectiva de género. ¿Cómo asumen el feminismo? Soy partidario de las militancias, de las militancias inteligentes, rigurosas…

Heidi Hassan. Siempre he sentido una gran admiración por la gente que milita y lucha con el puño o la palabra en alto por lo que cree. Yo sin embargo soy mucho más discreta, más tímida. Y desde una posición un tanto retirada suelo contemplar admirativa a esa gente que es capaz de decir sin titubear eso que a mí me cuesta tanto trabajo defender sin dudar, sin relativizar, poniéndome, aunque sea un instante en la posición del otro, dejando casi siempre el beneficio de la duda. Es algo que me ha conflictuado bastante, hasta que hace unos días me di cuenta de algo que me alivió enormemente: y es que yo, más que militante, soy poeta, y por lo tanto mis recursos son otros.

Sí, claramente hay dos escenas en mis cartas donde expongo situaciones discriminatorias. Creo que todo el que me conoce bien sabe que no las pondría de no haberme sucedido situaciones similares decenas de veces (con esto no estoy exhortando a nadie a que piense dos veces antes de denunciar una injusticia, estoy explicando cómo funciono yo). Sería incapaz de decir que la experiencia del exilio para una mujer es más difícil que para un hombre, lo que sí pienso es que las experiencias femeninas en general, contadas por una mujer, son muchísimo menos comunes y por eso necesitamos tanto estas narraciones que crean conciencia y visibilizan la experiencia femenina. Estamos viviendo una época genial, si deseara vivir doscientos o trescientos años sería para ver a dónde nos conduce el empoderamiento femenino, los cambios que este aportaría a la sociedad. En ese momento me encantaría poder conversar con una joven para saber cuáles de las que fueron mis ataduras ya no existen para ella. Luego me gustaría entrar en su cabeza para sentir cuáles de las que fueron mis autocensuras le son ajenas. Ahora mismo estamos en un período bisagra, es todo aún muy incipiente y es por ello que hay que estar vigilante, pero espero con ansias que llegue el momento en que la igualdad deje de ser un combate cotidiano para que la energía pueda concentrarse más en construir, en mirarse dentro y compartir la mirada. Proponer maneras que nos sean propias. Cuando se está a la defensiva es más fácil reaccionar apropiándose de referencias que ser una misma. Pero creo que me he ido de la película.

Patricia Pérez. Yo coincido con Heidi en que nuestro territorio es el cine y que es muy importante que no desistamos de hacerlo. No sólo las mujeres necesitamos ver en la pantalla la mirada femenina. La película se ha puesto de momento en Cuba y en Holanda, y es increíble la cantidad de hombres que se acercan para decirnos que no dejemos de hacer cine. Esto me parece tremendamente revelador. Estamos viviendo un momento muy importante en el que –me gusta pensar– tanto los hombres como las mujeres somos conscientes de que hay un universo femenino que ha sido silenciado durante siglos pero que tiene mucho que expresar. Yo estoy de acuerdo con la igualdad de géneros en cuanto a oportunidades se refiere, pero no creo para nada que seamos iguales en cuanto a sensibilidad, necesidades, percepciones.

Retomo la película comentando aquello que decías sobre cómo nuestra condición de mujer afectó nuestra experiencia cinematográfica y nuestra experiencia de emigrantes. Cuando empezamos a pensar A Media Voz teníamos cerca de 40 años, nuestro futuro profesional era bastante incierto y no habíamos conseguido ser madres. No sólo no lo habíamos conseguido, sino que sabíamos que estábamos ante una encrucijada, que estábamos teniendo que elegir entre el cine o la maternidad. Y no se trataba de una elección metafísica sino puramente orgánica. Nuestro reloj biológico nos estaba gritando que se trataba de un ahora o nunca. Esta película no hubiera nacido jamás de la necesidad de un hombre.

Cartel de ‘A media voz’, de Patricia Pérez y Heidi Hassan

El Premio Coral recibido en la recién concluida edición 41 del Festival de Cine de La Habana, fue parte de un grupo más amplio de reconocimientos al cine cubano “independiente”, o sea, en este caso el que no está producido directamente por el ICAIC. Heidi, por tus palabras en el discurso de aceptación del premio, creo que te interesa reconocerte –supongo que a Patricia también– como parte de ese cine “independiente”. ¿Cuáles son sus relaciones con esa zona del audiovisual cubano? ¿Qué criterios les merece la política productiva independiente cubana?

La felicidad venía primeramente de que el Festival reconociese y premiase el cine independiente cubano en general, no solamente a nuestra película. Las palabras del discurso reivindicaban algo que de tan básico es vergonzoso: no era que se nos reconociese como parte de ese cine independiente, sino como cineastas cubanas pese a vivir fuera de la isla. Suena muy raro, pero por experiencias que hemos tenido en el pasado este reconocimiento ha sido un paso enorme en ese sentido, no sólo hacia nosotras sino también hacia todos los artistas cubanos que residen fuera del país.

Nuestra colaboración con Claudia Calviño, de Producciones de la 5ta. Avenida, ha sido nuestra primera experiencia como cineastas con alguna productora en Cuba. Es importante decir que ella fue la primera productora que se interesó en A media voz. Claudia es una profesional excelente que ha entendido y apoyado nuestra película desde el inicio. Sabía que era una película difícil de financiar y que las posibilidades desde Cuba eran casi nulas, pero le parecía una película necesaria. Esto fue un gran estímulo para nosotras. Trabajar con ella y su equipo ha sido fundamental y muy enriquecedor.

Anteriormente conocíamos el trabajo que están realizando los cineastas y productores independientes solamente como espectadoras, así que es desde ahí es desde donde más podemos hablar. Hay de todo evidentemente, pero se están haciendo películas interesantes, arriesgadas y necesarias.

Yo tengo relaciones muy encontradas con eso que denominamos “independencia”, sobre todo porque hay, inevitablemente, una dimensión política muy fuerte en ese sector. La independencia es más que la elaboración de un lenguaje distinguible de los lenguajes instituidos, es más que la toma de distancia de una entidad con una ideología precisa… Lo que me importa del cine independiente es la mirada que tiende sobre el mundo, su diálogo con la realidad. La independencia habla de la singularidad artística y del valor y alcance de las ideas que la sostienen. En este sentido, me hacen muy infeliz algunos de los productos independientes que circulan.

Es difícil contestarte sin saber exactamente a cuáles productos te refieres. Nosotras llevamos mucho tiempo fuera de Cuba, así que no nos sentimos en la posición de opinar al respecto, pero creemos que cine independiente cubano no se refiere únicamente a una estética cinematográfica, sino también a la posibilidad de producir cine de manera legal e independiente del ICAIC. Lo que nos parece importante al defender el llamado cine independiente es defender la pluralidad, el riesgo, la libertad de expresión, abrirse al siglo XXI (y te lo decimos nosotras que muchas veces bromeando nos autoproclamamos las abuelas del cine). No puede existir una única manera de producción ni de creación. Dices que para ti “la independencia habla de la singularidad artística y del valor y el alcance de las ideas que la sostienen”, a veces la independencia es inteligente, coherente o genuina, otras sencillamente clama su necesidad de serlo y quizás ya es mérito suficiente. Imagina el patio de una casa, hay una palma erguida, un rosal de los que tienen espinas, arbustos despeluzados, un perro gordo que descansa tranquilamente en la caseta de la cisterna del agua mientras un gato arrabalero y tuerto camina sobre el muro. Hay hierba, tierra y estiércol que la hace fértil. Un velocípedo oxidado y una abuela dándose sillón. ¿Tiene sentido elegir? ¿No es hermoso que todos puedan coexistir?

Bueno, sumemos otra capa a ese problema, ¿qué relación perciben entre los “independientes” y el legado fílmico del ICAIC que surge en 1959? ¿Qué vínculos sostienen ustedes con ese legado cinematográfico?

Patricia Pérez. Hago un esfuerzo por responderte, pero la realidad es que es una pregunta en la que no sentimos que tengamos mucho que aportar.

Nosotras hacemos cine desde nuestras obsesiones, apenas trabajamos con referentes audiovisuales, y si ellos emergen es desde el inconsciente. O sea, no tenemos un vínculo consciente con el legado cinematográfico cubano, lo cual no quiere decir que no disfrutemos del cine que se hace y se ha hecho en Cuba, pero a la hora de crear todos esos referentes desaparecen porque partimos de nosotras mismas. Quizás es más fácil para los espectadores o los críticos de cine encontrar esos vínculos, del mismo modo en que es mucho más fácil que un tercero reconozca los parecidos entre dos primos. Lo que sí nos gustaría es que así como yo –después de 15 años viviendo en España– llego a cualquier sitio y con sólo abrir la boca ya identifican que soy de Cuba, pues nos gustaría que con la película pasara un poco lo mismo, que la reconocieran cubana.

Sobre la relación entre el cine independiente y el legado fílmico del ICAIC, me arriesgo a decir que Titón, Nicolás Landrián y Sara Gómez son los cineastas con los que más se identifican los realizadores actuales, pero quizás esto es sólo una proyección de mi gusto personal.

Es justamente en el documental donde yo localizo los hallazgos más sobresalientes de ese cine “independiente” cubano. No es que no encuentre cosas de interés en la ficción, sino que el documental me parece el mejor estructurado, el más sistemático, en cuanto a grosor comunicativo y estético. A media voz tiene mucho en común con ese documental del que hablo, sobre todo en esa tendencia a subjetivar las formas y destacar el yo personal responsable del discurso. ¿Están al tanto de otros documentalistas y del trabajo que realizan?

Heidi Hassan. Lamentablemente no estamos tan al tanto como nos gustaría. Conozco el trabajo por ejemplo (y no el más reciente) de Ariagna Fajardo. O recuerdo la impresión que me causó cuando descubrí hace años Reconstruyendo al héroe, de Javier Castro, Buscándote Habana, de Alina Rodríguez, De buzos, leones y tanqueros, de Daniel Vera, o Las camas solas, de Sandra Gómez. Me sacudieron, me hicieron sentir cobarde. Luego me llamó la atención Extravío, de Dianiellis Hernández, porque me hizo sentir que apostábamos por el mismo cine. Me interesa también el trabajo de Damián Sainz y me atrae la inteligencia y la sutileza de Luis Alejandro Yero. Esta noche casualmente tengo previsto ver La música de las esferas, de Marcel Beltrán.

Para cerrar quiero volver sobre el exilio, para abrir un poco más el asunto, y porque creo que complementará un poco la respuesta anterior. ¿Se reconocen ustedes como parte de una comunidad, como mínimo de cineastas, en la diáspora cubana, parte de un grupo con intereses comunes? Cada vez los cubanos en el exilio consuman estrategias más efectivas de intervención en el campo cultural cubano; o mejor, ya los límites geográficos, comienzan a ser menos determinantes.

Es a la investigadora Zaira Zarza a quien le debemos nuestros primeros pasos en la consciencia de la pertenencia a la diáspora artística cubana. Ella con su proyecto Raíces y Rutas ha ido haciendo un trabajo súper importante de legitimación de los cineastas que no vivimos en la isla.

Nosotras junto con los cineastas Carlos Quintela, Yimit Ramírez y Sergio Fernández Borrás estamos creando una productora. Ya te contaremos mejor más adelante, por ahora sólo adelantarte que llevará el nombre Tree Hundred Media y que estamos seguras que de ahí saldrán muchos proyectos porque le tenemos muchas ganas.

ÁNGEL PÉREZ
Ángel Pérez (San Germán, Holguín, Cuba, 1991). Licenciado en Historia del Arte. Artículos y ensayos suyos aparecen en libros, antologías y publicaciones periódicas nacionales e internacionales. Compiló y prologó con Javier L. Mora, Long Playing Poetry. Cuba: Generación Años Cero (Editorial Casa Vacía. Richmond, Virginia, 2017) y con Jamila Medina, Pasaporte. Cuba: poesía de los Años Cero (Editorial Catafixia, Guatemala, 2019). Ha obtenido los Premio Caracol de crítica y ensayo cinematográficos de la UNEAC (2017 y 2019), el Premio Internacional de Ensayo de la revista Temas (2019), además de la Beca de Creación Dador (2018) y el Premio Pinos Nuevos de Ensayo (2020), ambos otorgados por el Instituto Cubano del Libro. Es programador del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Integra el staff de Rialta.
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