Entregan premios del XVII Concurso Literario Viña Joven, de la Arquidiócesis de Santiago de Cuba

Vista exterior de la Catedral de Santiago de Cuba

¿Que tienen en común un premio de literatura auspiciado por una institución católica y La Voz Kid? Más allá de que se trate de una competencia y todos quieren ganar, claro. Se los digo: en ambos casos, los competidores pueden pensar en algunos trucos para mejorar su ranking. En el primero, enviando obras de tema religioso. En el segundo, cantando una canción compuesta por algunos de los jurados. No es una idea del todo errada. Las bases dicen “tema libre”, y los amables jurados aclaran, con mucha ternura, que no habrá preferencias. Pero supongo que al más duro de los jueces se le enternezca el corazoncito cuando se escucha a sí mismo en la voz de un niño, o que, entre cuentos de igual calidad, la elección de un tema pueda ser decisiva para fallar por un ganador.

No se alarmen. Tampoco es que haya que ser un militante de Cristo o se exija el certificado de bautizo. El XVII Concurso Literario Viña Joven así lo demostró. En el patio del majestuoso y relativamente sobrio edificio que alberga al Centro Cultural de Animación Misionera San Antonio María Claret, adjunto a la parroquia de la Santísima Trinidad (Trinidad #601, entre Moncada y Calvario, Santiago de Cuba), se dieron a conocer los resultados en la tarde noche del jueves 24 de octubre (precisamente el día de la fiesta del canonizado clérigo catalán, quien fuera arzobispo de Santiago de Cuba).

En esta edición, tres finalistas, dos menciones y una primera mención, además de los tres premios reglamentarios, fueron reconocidos entre las 86 obras presentadas. El jurado estuvo compuesto por Aida Bahr, Reinaldo Cedeño Pineda y José Orpí Galí, aunque, para fortuna de todos, sólo el último estuvo presente en la ceremonia. Y no es que sea despreciable la presencia de Aida, traductora de lujo y una de las voces narrativas más importantes del país, o de Cedeño, multipremiado y acucioso periodista y poeta, pero difícilmente alguno de ellos pudiera competir como showman con Orpí. Quien haya compartido como jurado con este escritor para niños (aún no se seca la tinta de El mundo de los asombros, publicado por Ediciones Caserón, el sello de la UNEAC en Santiago) sabe que nadie como él para hacer un señalamiento con sensatez y amabilidad, o para resolver un contratiempo con buen humor. Es el tipo de persona que, cuando el ambiente se torna candente o aburrido, es capaz de empezar a cantar rancheras.

Pero antes de que él comenzara su performance oral, que de otra manera no puede llamarse a la manera en que anunció los resultados, Mirta Clavería, directora de la revista Viña Joven, coordinadora del premio y una autoridad de la enseñanza del latín en Cuba (alguna vez escuché que gracias a ella se mantuvo la asignatura de Latín Vulgar en el programa de Letras de la Universidad de Oriente) dio la bienvenida a los participantes y agradeció a las instituciones que entregaron reconocimientos colaterales.

Repasemos rápidamente algunos de los autores y obras distinguidos. Dos crónicas en las menciones: “Un siglo en cuatro o cinco minutos”, de la chilena Gladys Mesa Romero (pues la convocatoria, sumamente democrática, admite a todas las personas residentes en Cuba o en el extranjero) recibió además el premio de la Comisión de Comunicación de la Arquidiócesis de Santiago de Cuba. “Crónica de una amistad truncada por la muerte”, del neurocirujano, investigador y escritor santiaguero Ricardo Hodelín Tablada, dedicada al prematuramente fallecido Ado Sanz, presentador y director de programas de radio y televisión, ganó el premio del Centro Cultural y de Información Biblioteca Mons. Pedro Claro Meurice Estiú.

Por otra parte la primera mención fue a las manos de Humberto Santana García, de Campechuela, Granma, por el cuento “El reflejo del mar”, una historia de soledad, traición y dolor, galardonado también por Ediciones Caserón. Los premios principales volvieron a privilegiar mayoritariamente a la crónica. “Cuando vivir en el lugar llamado Humanidad no basta”, del holguinero Erián Peña Pupo se hizo con el tercero y el reconocimiento del Centro Loyola, mientras que otro holguinero en los papeles (nació en Cueto y se autodefine como santiaguero, por experiencia vital, o como oriental, en razón de la antigua división político administrativa), el profesor, crítico y gran conversador, Lino Ernesto Verdecia Calunga,  obtuvo el segundo premio y el del Instituto Pastoral Enrique Pérez Serantes, con “La culpa es de Flora”, obra que remite al paso del legendario ciclón con  nombre tierno que en 1963 asoló a Cuba.

Sin embargo, fue un cuento de Delis Gamboa el que se llevó el más preciado de los galardones. “Insurrección” recrea, con notable corrección estilística, el ¿hipotético? arribo a una casa de campo cubana de los integrantes de la expedición que desembarcó por Playitas de Cajobabo en 1895, entre ellos, Máximo Gómez y José Martí, las figuras más importantes de la última guerra por la independencia de Cuba. El jiguanisero Gamboa ganó, además del primer premio, el otorgado por la Comisión de Cultura de la Arquidiócesis de Santiago de Cuba.

Terminado el momento cumbre, aflojadas las tensiones, la noche tenía para más. El declamador Elio Salas se movió entre textos de Jesús Cos Causse, Félix B. Caignet y Federico García Lorca, y el padre Miguel Fernández Fariñas C.M.F. dio lectura a la convocatoria del próximo año que, por primera vez, se dedica a la literatura infantil (hasta el momento había alternado entre ensayo-crítica, poesía y narrativa).

Para el cierre, José Armando Garzón y su Ronda Lírica, más que amenizar, brindaron un concierto de música cubana. En algún momento habrá que hablar más de este cantante, no sólo por su excelente voz o por lo curioso del formato que dirige (se presentó esta vez con teclado, percusión, contrabajo eléctrico y dos violines), sino por los nombres, más curiosos todavía, que asumen sus proyectos (el anterior, si mal no recuerdo, se llamaba José Armando Garzón y El Peso de la Ley).

Pero eso quedará para más adelante. Ahora sólo queda escribir y agradecer el disfrute de aquella tarde noche vagamente lluviosa, húmeda, con una temperatura muy fresca y agradable en este Santiago de Cuba que hace tiempo no hace caso del calendario ni de la hora del día, para hacer gala de su calor sofocante.

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