Un texto sobre el libro Diálogos, de Ramón Hondal, me enfrenta otra vez a la pregunta sobre qué cosa es “lo literario”. Pensando en eso: en lo literario, y en si habrá conversaciones literarias, gestos literarios… ¿Decimos acaso algo sobre aquello que parece ser “lo literario”? Siempre algo colgante, como un adorno, como un fin. ¡Pero, no es eso! Ramón y yo llevamos muchos años conversando, siempre o casi siempre por teléfono, donde saliendo de la frase de una conversación viene ese silencio largo suyo al que yo llamo monosilábico. “Ramón, estás monosilábico”, le digo. Y esos silencios lo acompañan también en los textos, como los silencios de la música cuando hay un calderón.

Tal vez por eso nos llamamos “Fantasmas I y II”, porque esos somos en la línea: fantasmas que no tienen cuerpos, con silencios que pretendemos rellenar con palabras luego. De la manera de cómo poner en función del lenguaje esos silencios se trata este libro. Pero tampoco podré hacer un texto si no veo (o indago) a través de lo que no está dicho en Diálogos, ¿su problemática?: incapacidad para la comunicación, al menos, la comunicación en la que pensamos cuando convertimos una frase en algo que quiere acercase al otro, tocar o retener: sólo existir en un cuerpo o en una voz casi siempre mental.

La pregunta que se hace el autor, a través de este libro es si podemos leer una voz, y esta pregunta me recuerda Compañía de Samuel Beckett, donde el libro es pretexto en sí mismo para la existencia de una voz. La voz como personaje. El poder de una voz; la capacidad de un tono para entrar en nosotros y convertirlo todo en algo. “Acerca de qué” es una línea que se repite en Diálogos, porque nunca es precisamente acerca de algo, sino del conocimiento sobre el sinsentido de una voz, la apropiación de esa diferencia o el deseo de transgredir la voz engañosa: “tritura la voz” dice, “la Pública”, ordena, pero sólo tenemos los gestos y la persecución. La paranoia. Todo lo que ocurre en Diálogos se separa del cuerpo y se convierte en una acción que a su vez se ha quedado silente: “la cortina rueda sale/ Seca la piel…” El sujeto se ha convertido en sus gestos y esos gestos son objetivos, cortantes, fríos, no tienen posesión más que de un mínimo espacio de recorrido entre la calle y la cama.

Adentro. Afuera. “El hueco acorrala”. En ese hueco, la imposibilidad de decir. “¿Sin lengua? ¿Sin voz? ¿Cómo?” Volvemos a Beckett, a su Cómo es. Al deseo de saber cómo “uno/ camina/ con movimiento de acompañado” por la imposibilidad de la compañía y de la palabra: porque “la palabra silenciada y la palabra dicha ocupan el mismo lugar”, dice. Entonces, la duda: “creen que se encuentran”, pero sabe de la imposibilidad del encuentro. Ironiza con lo que su cuerpo (sin tener cuerpo) y su voz sin tener el tono preciso para llamar la atención sobre algo, vuelve de ese horror donde no hay posibilidad ni esperanza. Por eso solo quedan la aceptación o la renuncia y la pregunta colgando de aquella carta de Artaud: “¿Por qué mentir, por qué tratar de poner en el plano literario algo que es grito mismo de la vida, por qué dar apariencias de ficción a algo que está hecho con la sustancia indesarraigable del alma, que es como un plañido de la realidad?”

Tal vez, porque Hondal es heredero del trabajo de autores como Nathalie Sarraute, Alain Robbe-Grillet, Marguerite Duras, Maurice Blanchot, Roland Barthes y el propio Artaud, que pusieron una estructura (una sintaxis) diferente a ese grito, y lo despojaron de todo compromiso que no fuera el del propio lenguaje. Intentaron producir el espacio salvador donde el cuerpo y la voz estén protegidos de ese “algo” que no es acerca de nada –mucho menos de la realidad–, sino del efecto del lenguaje que se aproxima a la tragedia o a las cosas, y sugiere, hinca, penetra, para detentar de qué se trata lo que sentimos más que de lo que significa, sin demostrar, sin explicar, solo sucediendo a raíz de un acontecimiento siempre anterior e interior.

Por eso, Diálogos nos trae a una geografía diferente a  la de nuestro contexto, casi cinematográfica, donde lo que no está es lo que sentimos durante el recorrido de una cámara que observa minuciosamente nuestros cambios minúsculos (como en aquella película que ahora recuerdo al leerlo, El año pasado en Marienbad, donde unos techos, el jardín y un vestido negro tirado sobre una cama dicen de todo el drama que no necesita contarse, porque es el drama de un cuerpo que no está, de una historia que todos hemos vivido en su ausencia).

Taladra así, con un mínimo de cambios y de palabras, la ausencia: zonas del encuentro y de la ausencia, con esa desesperación por hallar “al otro” en ese recorrido donde el paisaje también es el mismo: “El banco. Un árbol. La sombra”. Hay una búsqueda minimalista, lisa, sin ornamentos, sin metáforas, sin consuelo. “Esto es todo”, como ha dicho en su último libro Duras: esas frases que se encabalgan intentando sustituir un cuerpo desgastado por tanto esfuerzo de lidiar con la realidad, saben del vacío del cual penden aquellos fragmentos que saltan frente a nosotros sugiriéndonos –en esos cubos, en esos bloques de sensaciones– que entremos en ese juego entre un vacío y otro, entre un banco y un alma. No hay construcción de una sabiduría, sino deconstrucción del objeto en su deambular insípido entre las cosas. El objeto se vuelve también sonido, rutina, banco, alma. Un vagabundo más por el texto, y la mutación a la que asistimos está en esa trabazón, en ese intercambio de matices que van pintando un cuerpo que falta, una palabra que no puede seducir por la imposibilidad del discurso para lograr un diálogo o por la carencia misma o descreimiento de la palabra en su desconfianza.

Acepto que es difícil, para quien no pretende saber “cómo es”, penetrar la poética de los “diálogos” de Ramón Hondal, su mundo esquizoide, sus delirios y reiteraciones entre sitios tumultuarios donde todo se ha vuelto explícito, evidente, cuando su poética de rompeolas parapeta un impulso a contracorriente y pide “la excripción de nuestro cuerpo… una puesta fuera del texto… el texto mismo abandonado” –como dijera el filósofo francés Jean-Luc Nancy. Hurgar entre los cuerpos un pensamiento –¿existe?– o la llegada de una voz casual o de una voz permanente –¿se escucha? –: es la voz del dolor, pero también ya el tránsito de la indiferencia al dolor; de la incomprensión y del olvido de alguna comprensión sobre ese dolor; una voz en el límite de su contradicción, por esos avatares donde otros autores rumiaron definirla: esa voz de la existencia literaria para vivir “lo literario” que han pretendido sostener primero, y luego separar del lenguaje para sumergirla después otra vez en él, porque el lenguaje es cuanto nos va quedando. Sube y baja, entra y sale, sobrevive y sucumbe, se detiene, perseguida por el deseo de alcanzarla. Pero la voz también se cansa, como advierte el autor en uno de sus textos.

Esa voz que tras ligeros matices, sobresaltos o sugestiones del sentido, se vuelve  diferente cada vez, en cada vuelta de un lugar que no es preciso,  porque –y aquí está el asunto–, hay quebradas, giros y aparentes limitaciones en sus diálogos cortados a tajazos (como en los músculos de la expresión de un rostro), delineando otro concepto de escritura, una economía, extraña, que  nos petrifica, porque no estamos abundantes de nada: ni de símbolos, ni de mecanismos de defensa contra la carencia de sentido. Ese es el argumento: ¿Con qué vamos a llegar al otro si no tenemos más que gestos repetitivos que nos cansan, como nos cansa cada día y cada noche la voz del silencio con su rutina? ¿Somos esos gestos? ¿Ese silencio? ¿Qué hacer con ellos? ¿Por qué nos abandonaron también al dejar al cuerpo colgando de ese abismo entre la palabra y la situación? Entonces, las palabras no obtienen una significación directa con esa naturalidad básica de su significado: son solo provocaciones en el vacío de su propio volumen, de su aspereza, de su no sentir, pegadas a la raya que las delimita, de lo que podrían ser si pudiéramos decirlo, explicarlo y desmontarlo a la vez, con precisión geométrica. La imposibilidad y el vacío de una voz que quiere insistir en la pregunta y en el dolor de un ¿cómo es?

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REINA MARÍA RODRÍGUEZ
Reina María Rodríguez (La Habana, 1952) es una de las voces más importantes de la poesía cubana contemporánea. Entre sus libros de prosa y poesía publicados en Cuba y editoriales de Europa y América se encuentran: Para un cordero blanco (1984), En la arena de Padua (1992), Páramos (1995), Te daré de comer como a los pájaros (2000), Variedades de Galiano (2007) y el más reciente Otras mitologías (Letras Cubanas, 2012). Tiene en preparación un volumen de su prosa reunida con el nombre “La caja de Bagdad” y el poemario “Mazorcas”. Ha recibido en dos ocasiones el Premio Casa de las Américas, en varias el Premio de la Crítica literaria cubana, la Orden de Artes y Letras de Francia con grado de Caballero (1999), el Premio Nacional de Literatura de Cuba (2013) y, un año después, el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda. Dirige en La Habana el prestigioso espacio de promoción de la literatura y proyecto editorial Torre de Letras.