Atomic model of liquid, 1958. BIRKBECK, UNIVERSITY OF LONDON

Fue mi profesor de Matemáticas en el preuniversitario. Su hermano gemelo también enseñaba Matemáticas en la misma institución; lo hacían ambos mientras estudiaban Medicina. Lo hicieron hasta que tuvieron que iniciar la residencia en una sala de Emergencia en un barrio marginal de Nueva York. La madre también era profesora de Matemáticas allí a tiempo completo. Se diría que son gemelos monocigóticos porque Elijah Simonova, que nació segundo, dos minutos después que su hermano, es exactamente igual a él: trigueños achinados, los rasgos mongoles típicos de los ucranianos del Mar Negro, clones naturales con aparente idéntica dotación genética. Sólo en algo fundamental se diferencian: Elijah tiene una mano deformada. Empezando por el pulgar, a partir del índice, le faltan las mitades de los tres dedos restantes. Calculo que le faltan seis falanges —si acaso hay 21 huesos en su mano izquierda—. En apariencia Elijah y su hermano comparten el 100 % de los genes, y sin embargo él presenta esta diferencia. Supongo que esto es común que suceda en algunos hermanos gemelos, que uno salga con alguna deformidad. Hay 27 huesos en la mano, pero no en la de Elijah; los cuento, han de haber 21 huesos porque le faltan seis falanges. Los ojos se me van hacia allí mientras enseña y ya no puedo pensar en otra cosa que no sea esa mano afilada: el pulgar es distinto en cuanto al ensanchamiento de la uña, el índice algo torcido, algo como una uña surgiendo del anular al que le falta un nudillo, y la manera machucada de uno de esos dedos, el meñique, unido al anular desde donde nace, racimo deformado de su mano izquierda. No sé lo que enseña, no sigo sus explicaciones porque, sentada en primera fila, me paso toda la clase distraída en su persona y he sacado muy mala calificación en el examen intermedio. Acudo al Laboratorio de Matemáticas tres veces a la semana, incluyendo los sábados, cuando él está repasando a ciertas horas asignadas, para que me ayude a comprender los problemas matemáticos, el Álgebra básica —mi educación fundamental fue muy accidentada.

Está a punto de contraer matrimonio con una rusa rubia. Me muestra la fotografía de una muchacha desarreglada; pero nada de nuestras vidas puede interferir en lo que manejamos Elijah y yo. Y estoy a punto de casarme también —pero aún no lo sé—. Como mi tara no es visible, él no sabe a ciencia cierta qué es lo que le atrae de mí de este modo instintivo. O simplemente se siente proclive —soy recóndita y atractiva, eso sé de mí—. Además, él se siente atraído a mí debido al hecho de que yo esté tan interesada en él, y esto crea una densidad de emociones casi material, efervescente, que manejamos en la proximidad de nuestros cuerpos mientras él se inclina sobre el cuaderno y me explica una y otra vez lo que no entiendo, lo que no tiene explicación posible. Nos rozamos los brazos, nos olfateamos, la mano lastimada queda a veces debajo del pesado libro de Álgebra que él inclina hacia mí. Y apunta. Y yo aparto el peso y la descubro y la miro. Él me observa mirar su mano disforme. A él le gusta que se la mire así —siempre lo supe—. Me la acerco a la cara, a los ojos, la estudio, la cubro con mi cabello rubio encrespado y con una mezcla de perfume y mis emanaciones. Sigo el curso a la cicatriz con los dedos de mi mano. Dice que le han operado la mano doce veces ya para corregir ciertas averías de fábrica. Pero no sonrío. De hecho, su especialidad, me ha dicho, son las manos. Se va a ocupar de los que nacen con seis dedos, de las manos enfermas, deformadas, accidentadas, aplastadas, amputadas, injertadas, trituradas, gangrenadas, quemadas, etc. Creo que a esta deformidad le dicen mano de langosta, o tal vez no aplique en el caso de Elijah porque la anomalía en su mano es terrible pero no es tan llamativa, dado que el resto de su cuerpo es uniforme. Quiero verte desnudo (para constatarlo), digo a su oído.

A ver, es como si no le hubiera alcanzado el tiempo de gestación, es casi como si se hubiera lesionado, como si hubiera sufrido un accidente automovilístico, como si le hubiera embestido un automóvil por el lado izquierdo del auto mientras conducía con la mano fuera. La deformidad de Elijah es hermosa, le ilumina el rostro, es la chispa en el carácter que por ejemplo, su hermano —a todas vistas perfecto— no tiene en lo absoluto. Elijah tiene una seguridad al conducirse que lo hace muy atrayente. Una autosuficiencia que me da caza. Y todo eso proviene de su mano deformada. Utiliza su mano como si fuera normal y las miradas van allí. Y a él esto le vigoriza —lo sé—. Hemos hablado de ese lugar remoto de donde proviene. ¿Qué hay en su nombre? Y de cómo sus aguas por ser menos salinas dan lugar a la concentración de microalgas que lo oscurecen —de ahí el nombre de Mar Negro—. Me ha alcanzado el globo terráqueo que hay aquí en el laboratorio de Matemáticas y me muestra este mar que más bien parece un lago enorme. Dice que su padre es de Eupatoria y yo me encojo de hombros; entonces escribe Eupatoria en una esquina del cuaderno. Dice que de muy pequeños se fueron a la ciudad de su madre, Odesa. Y escribe Odesa en la misma esquina del cuaderno. Es zurdo, por lo que escribe con su mano deformada acomodando el lapicero con absoluta indolencia y esa confianza en sí mismo que lo hace tan atractivo.

Le digo que se parece al niño rudo del Mar Negro que adoptó una pareja de lesbianas que conozco. Los rasgos mongoles Elijah los recibe por parte del padre; el nombre le llega de la herencia judía de su madre rubia. Un niño oscuro y trigueño que les ha costado mucho dinero a mis amigas lesbianas, digo. Fueron a buscarlo allí a orillas del Mar Negro y tiene los mismos rasgos mongoles de Elijah. Pietro se llama y nació bizco. Ellas, ambas abogadas de éxito, lo fueron a buscar precisamente porque estaba mal nutrido, enfermo y bizco. Para operarlo y proveerlo con todas las curas, lo adoptaron. Pietro orina sentado y sus madres andan preocupadas por ello. La operación del ojo ha sido ejecutada por los mejores especialistas y ha costado una fortuna. Ahora Pietro —corregido el error—, bajo los espejuelos, mira con los ojillos achinados derechos. La mirada extrañada de los raros, empeora. Pero ¿error de quién? Le digo a Elijah, nació bizco y ahora mira derecho. Hablamos a dos niveles, están el Álgebra y está ese diálogo entre nuestras extrañezas con el mundo; porque siempre en nuestros repasos estamos diciéndonos algo más que no pronunciamos, algo más cierto, más tangible y elocuente que no llega a pronunciarse y que flamea entre nuestras conversaciones y las reticencias matemáticas.

Le he tomado la mano izquierda y me la he colocado entre los muslos, y esta mano singular hurga subrepticia, mientras con la mano derecha indica sobre la página del libro simulando explicar un problema algebraico. Entonces vuelven todas las luces frías y todos los flashes, todos los lentes de cámara y todas las voracidades a la emoción íntima. Y así a dos tiempos hemos improvisado un momento público salvaje. A espaldas nuestra, en otra mesa de trabajo, discuten, conversan y ríen unos muchachos que no se percatan de lo que hacemos. Su mirada de oso hormiguero es negra y gentil, se confunde, fulgura en lo absoluto del encuentro con mi sexo mojado cuando me toca ahí. Disimulamos. Es muy hábil con la mano deformada. La uña pincha. La excitación proviene de su mano izquierda y de todo lo que esta mano le ha traído de aplomo a su carácter. Releemos el problema dos o tres veces accidentadamente porque nos sofoca la intimidad, hasta que suena la campana de la una y la avalancha de alumnos que salen por el pasillo nos regresa sin piedad al mundo de las personas corrientes que se agitan en el ruido. Elijah dice tengo que irme ya, y se encierra en la oficina; tenemos unos cinco minutos. Sin embargo nos hemos quedado el uno en el otro. Quedo sentada allí con el libro de Álgebra abierto y me he babeado algo sobre la página estrujada con algunos borradores, mirando la puerta de su oficina que cerró tras sí.

Hoy es el examen final y si no paso Álgebra no me gradúo. Son cinco minutos entre una clase y otra. A los tres minutos Elijah sale con esa seguridad que lo hace tan perturbador y que nos hace impunes —casi axioma, esa seguridad que lo resguarda, lo inmuniza, esa firmeza que hubo de forjar por encima de las burlas en el colegio, los linchamientos, los reparos, el paternalismo bienintencionado, las vivisecciones en consultas médicas, las terapias físicas, las miradas indiscretas, los terrores ajenos a uno, serenidad con la que espanta toda la lástima del mundo—. Sale buscándome con sus ojos negros rasgados porque sabe que no me he movido de ahí, y me entrega disimuladamente un papel que trae doblado en cuatro en la mano derecha, con todas las respuestas del examen final.

ROSIE INGUANZO
Rosie Inguanzo (La Habana, 1966). Escritora, actriz, profesora. Ha publicado la novela La Habana sentimental (Bokeh, Leiden, 2018), y los libros de poesía La vida de la vida (Hypermedia, South Carolina, 2018) y Deseo de donde se era (Nos y Otros Editores, Madrid, 2001). En Miami, donde reside desde 1985, ha cultivado una trayectoria en el teatro. Es doctora en español y literatura iberoamericana por la Universidad Internacional de la Florida. A Rosie puede vérsele caracterizando a su alter ego, Eslinda Cifuentes, en los performances que realiza junto al violinista y compositor Alfredo Triff.
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