Fotografía Leandro Feal. Imagen de cubierta de ‘Travelling’, de Reina María Rodríguez (Rialta Ediciones, 2018)

…me debato entre la histeria necesaria para escribir y lo imaginario, que vigila, amanera, purifica, banaliza, codifica, corrige, impone la mira (y la visión) de una comunicación social. Por un lado quiero que me deseen y por el otro que no me deseen: histérico y obsesivo al mismo tiempo.
Roland Barthes

Una escritura se estira a lo largo del suelo, sin subidas, y el ojo solitario avanza fijo en la acción de cada travelling. Todo a nivel de suelo, como si una mano apretara la mirada contra la tierra, donde las letras minúsculas en fila, una tras otra, fueran separadas por puntos y comas que vienen a ser pequeños huecos, baches que son puentes para que las oraciones permanezcan estiradas y aun unidas sobre un paisaje sin diferencias.

En ese llano, ¿qué se viene a señalar? En una planicie siempre se sospecha la pérdida de alguna colina y se busca en el terreno liso, sólo para saber qué restos han quedado de aquello que fue, aunque se perciba que al final de las palabras dispersas ya no interese tanto esa carencia y ese olvido con alguna explicación, sino descargar la furia de decirlas, de gritarlas, aunque nadie escuche.

Las piezas sueltas que avanzan y quedan ocultas bajo la hojarasca son fragmentos de memoria, piltrafas de un pasado disgregado, y… ¿para qué sirve este paneo? Las palabras se mueven como una cámara que ayuda a ver en un acoso constante y meticuloso un fluido, siempre buscando entre las huellas que han quedado a ras de suelo, a poca altura. Porque es allí, debajo de ellas, donde se encuentran las posibles respuestas, marcas que raras veces sobresalen en la piel y que se hunden bajo los poros como surcos extensos y hondos que desde afuera no se hacen notar.

El sinsentido de todo lo que se ha sido es repasado en cada travelling, en la insulsez de todo lo que se revive: los amores, los amigos, la familia, todo visto como un hecho absurdo. Y lo que no lo es, ahora, mirado ese paisaje, a través de este lente de fría cámara, se convierte en llaneza, en estructura para decir tamaño despropósito de vida, falta de verdad en las palabras, miserable estado de las cosas.

Cada travelling nos muestra que estos actos revisados han caído en el silencio, porque siempre pasaron por la promesa de las palabras. Y cada lado es hoy el desierto de un suelo liso, y la promesa terminó ella misma siendo una aplanadora, causante de que ahora se esté mirando hoy este paisaje. El presente de aquellas palabras muestra un amor trocado en abandono, una amistad en desolación; toda pequeña elevación ha terminado en tierra baldía.

Cubierta Travelling, de Reina María Rodríguez
Travelling’, de Reina María Rodríguez (Rialta Ediciones, 2018)

Este largo travelling, construido con varias piezas, se sostiene visualmente en las ruinas que han quedado, que pasan ante la vista como en aquella escena de Stalker en que los tres personajes van en busca de La Zona. Como allí, lo olvidado es un campo donde la hierba lo ha ocupado todo sin detenerse, sin piedad, penetrando y borrando el paisaje para sólo dejar su verdor. En este travelling de un stalker que viaja a su pasado (Reina María Rodríguez) quedan restos de palabras que se han desperdigado por los huecos de la memoria, donde sólo queda el silencio de alguna vez haberlas dicho.

Y está el travelling Roland Barthes, que mejor no tocar mucho por su obviedad, o más bien de ese texto tan travelling como es Roland Barthes por Roland Barthes. Porque para un determinado paneo se apoya en Barthes y en su texto como en un bastón para chequear la imagen del suelo. Se crea así un dialogo-homenaje con el escritor francés, y se explora con la punta de ese bastón (bastón-Barthes) cada frase que trastea en las fotografías buscando una respuesta a la imagen que propusieron.

El viaje de este stalker, cuyo travelling avanza a través de las palabras dichas, escribe en “flor de invernadero, made in…”: “yo no tengo estructura, sólo el guion”. Pero el peso de esta estructura aplasta mucho más que el guion, tal como ocurre en la película de Andréi Tarkovski. Ese fluido de imágenes constantes donde mueren las ideas, los sentimientos del pasado con sus desilusiones, los amigos, los amores y los familiares, hace que el relato se sienta tan abandonado como las cosas mismas que pasan. Lo único que importa es ese delirio de una estructura que avanza como una aplanadora, un travelling que es puro ejercicio que tira de la mirada hacia una verdad que nos quiere mostrar que toda revisión de viejos empeños bajo estos presupuestos es el signo irrevocable de la liquidación de una vida dejada atrás para siempre.

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