El Oasis de Nelva: una ventana al dúo Atemporal

Noslen Porrúa y Jessica Zequeira en Crêperie Oasis Nelva

El viernes 4 de octubre, de 7:00 a 9:00 p.m., en la Crêperie Oasis Nelva, sita en #314 de la calle Muralla, entre Habana y Compostela, en el casco histórico de la capital de Cuba, se dieron cita algunos de los fanes del dúo de Noslen Porrúa y Jessica Zequeira. En El Oasis, un espacio dedicado a la trova, que se suele inundar muchos viernes con la música del cantautor Ariel Díaz, y que ha tenido invitados como Marta Campos, Ángel Quintero, el pianista José V. Gavilondo, Jazzy Dúo, pudimos escuchar temas conocidos y algunos estrenos de esa pareja de Bejucal que se une a cada rato como trío con el matancero Carlo Fidel Taboada Petersson. Este próximo viernes 1ro de noviembre estarán con Ariel las guitarras de Heidi Igualada y de la Campos, que le gustó y repite.

El Oasis de Nelva lo conozco de mis correrías por la Habana Vieja, cuando aún era solamente esa esquina donde hoy siguen esperándonos jardines para llevar y, por añadido, bonsáis. Nelva era la madre de Carmen Monteagudo, el alma de la Crêperie. Carmen está sentada como una chiquilla en la escalera, disfrutando de la música cuando hago mi entrada en el establecimiento, recién comenzado el primer tema. La mano de Nelva era buena para gozar cosas, como las de sus herederos, que han fundado este lugar que Trip Advisor calificó como uno de los mejores de la zona turística, y que ha sido soñado con materiales reciclados, desde los muebles hasta la decoración.

En la carta de ofertas del establecimiento, entre los alimentos orgánicos venidos de Finca Marta (esa leyenda ecológica, de cuya abundancia nos siguen llegando noticias, allá por Pinar del Río, y que puedo ver en la exposición fotográfica La cosecha es nueva, de Anaís Triana), y también en el encanto de las bebidas, se transpira ese deseo de comunión con lo natural, con la frescura. Como la mezcla de especias aromáticas que enamora a Jessica, quien sonríe iluminada por la limonada con limón real que ella y Noslen se eligieron para comenzar la noche.

Me siento en la escalera con Carmen, que todavía no sé quién es. Encantada de la panorámica que tengo desde la escalera. A diferencia de la Casa de la Bombilla Verde, donde he pretendido echarme en el suelo para escuchar mi concierto, nadie me regaña. La delgada camarera va y viene sorteándome de un piso al otro, donde imagino que está el reservado. Incluso, alguien más se desliza de las escaleras al baño y me espeta, medio achispado: “¡Yo te conozco!, ¿tú no eres la autora del libro sobre Sarduy?” Con una carcajada diluyo su confusión y le digo: “No, no… yo soy la viuda de Calvert Casey”. Y seguimos, cada uno a lo suyo. Así que soy totalmente feliz allí, con el oleaje de la música sobresaltándome el pecho: “perdiendo” el tiempo…, como les gusta a ellos, que me susurran: “Si vas al tiempo que te han impuesto, serás esclavo./ Sólo hay un tiempo, tu propio tiempo, tu propio canto”.

Cuando recupero el hilo, de contra está sonando un tema sobre alguien que Casey observó –desde un ángulo como siempre inusitado, sentado tras el prisma de un bote al cruzar la bahía habanera– en Memorias de una isla, camino al Cristo. Allí, al encontrarse de bruces con uno de los soldados jovencísimos que vigilaba la comandancia del Che, un muchacho silencioso como un gato montés, bajado evidentemente de la Sierra, que lucía todavía collares y un pelo largo sujeto por una peineta de carey, Calvert –tan iluminado esos días por la Revolución como Jessica con su limonada verde perejil– vio no a Cristo, no al Che, sino su saoco, su cubalibre: el “hombre nuevo”. Uno desinteresado de las exigencias de los estancos genéricos, con cuya imagen él, desprejuiciado como de costumbre –entre inocente y perverso–, combinó en palimpsesto otra, fúlgida, que lo perseguía: la de su primera prostituta en la primera versión de su primer cuento de El regreso, “The Walk”, ese texto escrito inicialmente en inglés, donde se asoma la misma cola de caballo que lucía este soldadito de la efervescencia revolucionaria.

“Yo quiero ser como aquel árbol que de mi casa se ve, ser como un cometa, como un remolino, pero nunca como el Che” –cantan Noslen y Jessica, y el arco de tiempo desde aquella década hasta hoy ha cumplido su función–. No es de política este concierto, ¡qué va! Ni es del hombre nuevo, ¡por mis diosas! Es del yo (y el tú, y el otro); es de la naturaleza, de las casas (del mundo y del corazón). El dúo Atemporal, como Casey también, a su manera, habla de la vida y de la muerte con dulzura y desparpajo. Habla muy bien de amor. Así, me van llegando sus nanas y sus espejismos, las despedidas y los encuentros, las aguas del río viejo, sus voces… en fin, haciéndole el amor a la vida –como dice uno de sus temas más pegajosos.

Jessica Zequeira (Bejucal, 1984) es vocalista. Se unió con el guitarrista Noslen Porrúa (Bejucal, 1985), desde 2008, tras sus primeros pininos en Enfusión. Juntos han grabado, entre otras piezas y a ratos con invitados, los CD No hay seguridad (de producción independiente, salido en 2017), las canciones del concierto en vivo Atemporal, de A guitarra limpia (en el usual espacio del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau) y los poemas musicalizados de Jorge Mederos y Níger Madrigal, que fueron lanzados en la Feria del Libro en México. Jessica también acompañó como arreglista al trovador Frank Mitchel en 2018, en la grabación del concierto Cuerpos de agua para el CD homónimo.

Noslen fundó y dirigió Enfusión de 2007 a 2015. Grabó en 2009, durante un concierto en el Centro Hispanoamericano de la Cultura, su primer álbum en directo, Barrio abrázame, de la serie Verdadero complot. Y en 2014, con Bis Music y la producción de Emilio Vega, el CD Bendita indisciplina. Además de su trayectoria junto a Jessica, realizó la gira Nuestra voz para vos, en la que convergió en varias ciudades de Argentina con otros músicos cubanos y del Sur, como Peteco Carvajal, Liliana Herrero, el Dúo Karma y, especialmente y para quedarse, con Carlo Fidel Taboada, en Atemporal Trío.

En medio del concierto, aunque cortando la energía que había ya reconcentrado el dúo, Carmen propone hacer un alto para presentar otra sorpresa –de las que suele ofrecer la casa–, y que no puedo negar que da glamour a la noche. Una delicatessen del bartender John Gerald Márquez. Este mulato más que típico, que sonríe a lo Bola de Nieve, pero más alegre aún, a su novia italiana, sentada junto a la puerta, muestra los molleros henchidos cuando remueve la coctelera y prepara el nuevo trago, del que se ofrece al público una probada gratuita en pequeños shooters. Su arte no es sólo de barman, más bien de showman: hay mucho de circense, de malabarismo, en su habilidad para lanzar la botella o las copas, y hacer circunvoluciones alrededor de la propuesta, como si danzara alrededor de su poción. Embruja su arte, por supuesto, y más con el toque de que el trago que acaba de crear para la velada lleva el nombre de la dueña de su corazón.

¿Noche típica de comida ecológica al centro de una Habana Vieja desvencijada: el retoño en la palangana oxidada; cancioncitas melosas y tragos de mulatos enamoraos? ¡Na, qué va! Aunque hermoso y pro, nada aquí se parece a los retratos ni es de cera; no se dejen engañar. Unos, se mueven entre los estereotipos para atraer a los que llegan hasta los bares con una guía en la mano, y aprovechan entonces para mostrarse en lo que hacen y son, como lo creen, como lo viven. Hay carne en estos actores, y de la música, qué decir. Los acordes y sus rupturas, el llamado del lazo que nos tienden, con puentes, umbrales y peligrosos brocales de pozo donde una se hunde a filosofar de la existencia…, lo dice mejor que yo.

Los títulos interpretados, esa vez u otras, por Jessica y Noslen (“Se moja”, “Pásame la lengua”, “Si desapareces”, “Bolero al amanecer”, “Canto de un gato a la luna”), nos llevan a versos generalmente breves, ambiguos y, por tanto, multívocos. Sutileza, sensualidad apenas insinuada o epigrama de dulceamargo punzón, para explorar el misterio de las pasiones, que “mejor no” o “mejor sí” crecen en nosotros, mientras nos resistimos hecha-agua-la boca a tocarlas, con ganas de mantener ardiendo por más tiempo su llama, dentro, ahí donde “Hay un lugar” al que se llega casi solo.

Junto a la brevedad y a ráfagas de humor, con el encanto natural de una música que combina gracejo y aire guajiro con ritmos latinoamericanos, filin o jazz; sorprendidos otras veces por la complejidad de arpegios y arreglos, desautomatiza nuestra recepción igualmente la imagen: el juego de la abstracción que escapa de lo directo y de lo figurativo, como una de las claves de lo que el dúo propone. Así en “Se moja”, donde el erotismo toca no el cuerpo de la mujer nerviosa y anhelante, sino las nervaduras de otra cosa: “Al fin una hoja que acepta el rocío de una vez”. O en esa donde el motivo de las compatibilidades, que trabajó en poesía, por ejemplo, Dulce María Loynaz, y el motivo de la espera que desespera, que versificó Juana de Ibarbourou, regresan coquetos: “Pásame la lengua como gato/ y ya nos iremos conociendo./ Si te queda estrecho mi zapato,/ no hay ampolla que no cure el tiempo”; “Pásame la lengua despacito./ Servido voy como tu helado favorito./ No me dejes para otro momento,/ que me derrito, te lo repito, que me derrito”.

No sé con qué canción se identificará quien a través de estos hilos llegue a alguno de sus videos, colgado online, como Espejismo o Aire frío. O quien termine subido a algún camión para llegar a su peña en Bejucal, allí donde vinculan habitualmente muchas artes, como en el Encuentro de Poetas y Cantores. Entre las que me han impresionado a mí, y puedo tararear by heart, está esa brevísima melodía donde se abre y se cierra una puerta: “Si desapareces,/ una luz se irá./ Seguiré mi viaje,/ pero a la mitad…” Y está ese ritmo tremendo, de monte y luna llena, que vibra cuando los imagino viviendo intensamente, donde sea que estén plantados: “Voy a construirte una casa/ para cuando seamos viejitos,/ con paredes fuertes de roble/ y ventanas de azul clarito.// Voy a construirte una choza/ para cuando nadie nos quiera. Que tenga una vista preciosa/ y no haya que subir escaleras” –me parece que se cantan el uno al otro.

Me entra una risa pícara cuando recuerdo ese viernes, porque el Oasis de Nelva me parece perfecto escenario para una pareja que lucha por cocinarse sano y colorido, riéndose de cualquier disyuntiva. Y más cuando termina y me los imagino otra vez: detenidos en un recodo del tiempo, ese fin de semana, ensimismados en su solo de amor, en un apartamento prestado con vista a Centro Habana y a la bahía, no precisamente límpida de la capital. Es un edificio alto, pero no les importa. No hay comida en el refri, pero ya saldrán a buscarla. Tuvieron que subir escaleras para llegar a este palomar, pero si algo tiene esta generación es la falta de axiomas absolutos. Porque la vista sigue siendo de muerte y nada, pero nada casualmente, la ventana por la que asoman su canto está pintada de azul.

JMR
Jamila Medina Ríos en poesía: Huecos de araña (Premio David, 2008), Primaveras cortadas (México D. F., 2011), Del corazón de la col y otras mentiras (La Habana, 2013), Anémona (Santa Clara, 2013; Madrid, 2016), País de la Siguaraya (Premio Nicolás Guillén, 2017), y las antologías Traffic Jam (San Juan, 2015), Para empinar un papalote (San José, 2015) y JamSession (Querétaro, 2017). Jamila Medina en narrativa: Ratas en la alta noche (México D.F., 2011) y Escritos en servilletas de papel (Holguín, 2011). Jamila M. Ríos (Holguín, 1981) en ensayo: Diseminaciones de Calvert Casey (Premio Alejo Carpentier, 2012), cuyos títulos ha reditado, compilado y prologado para Cuba y Argentina. J. Medina Ríos como editora y JMR para Rialta Magazine. Máster en Lingüística Aplicada con un estudio sobre la retórica revolucionaria en la obra de Nara Mansur; proyecta su doctorado sobre el ideario mambí en las artes y las letras cubanas. Nadadora, filóloga, ciclista, cometa viajera; aunque se preferiría paracaidista o espeleóloga. Integra el staff del proyecto Rialta.
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