Tengo un amigo –pongámosle Tristán– cuya esposa –pongámosle Isolda– pensó durante un tiempo que su esposo era cocainómano: mientras Isolda lidiaba en casa con la comida y con niños llorones, Tristán se encerraba de cuarenta minutos a una hora en el baño. Cuando salía, parecía demasiado feliz. Un día le abrió la puerta de golpe, y lo que Isolda descubrió fue a Tristán con los audífonos del iPod bien metidos en los oídos y un libro abierto por la mitad.

Yo he hecho lo mismo, muchísimas veces, aunque por menos tiempo debido al miedo a las almorranas. Pero sí, he mentido con reuniones de trabajo que no existen, con colas fantasma que se alargan en el supermercado, con encuentros con amigos que no tengo, sólo para poder quedarme un rato solo y así leer unas páginas más antes de cumplir, y bien cumplidas, las responsabilidades laborales y familiares.

El engaño, la mentira, el embuste, la suplantación, cruzan nuestras vidas. Si no existieran, creo que desmoronaríamos nuestra identidad por completo. Pessoa también fingía trabajar mientras inventaba heterónimos imposibles y así escribir poesía. Igual William Carlos Williams y Conan Doyle, quienes entre paciente y paciente en sus consultorios rascaban tiempo para garabatear algún papel.

A mediados del siglo XIX, Nathaniel Hawthorne leyó en el periódico la historia de Wakefield, un hombre que, una noche, salió de su casa señalándole a su esposa que haría un viaje de negocios de apenas tres días. Pasó una semana, dos semanas, un año, veinte años completos sin volver. Dado por muerto, la mujer supo guardar viudez. Hasta que un día, Wakefield, así como salió, entró a su casa: había pasado todo ese tiempo viviendo en el edificio de enfrente, espiando a su esposa y al hueco que había dejado en la otra acera. “No seguiremos a nuestro amigo a través del umbral”, acaba diciendo Hawthorne al final, sin duda la mejor parte del relato. “Nos ha dejado ya bastante sustento para la reflexión, una porción del cual puede prestar su sabiduría para una moraleja y tomar la forma de una imagen.” (Desobedientes a esta advertencia, hay temerarios que han querido hacer ucronías o apéndices a este cuento perfecto. Ahí están los varios fracasos cinematográficos; ahí está Fabienne Bradu, que fabula en insufrible clave feminista sobre el destino de la señora Wakefield; ahí está una novela llamada, justamente, La mujer de Wakefield, de Eduardo Berti, que dejé a la mitad porque el bostezo ya era universal.) La moraleja, o forma de una imagen, como marca Hawthorne, no está en los antecedentes y consecuencias de los personajes, sino en hallar el núcleo mismo del engaño cuando este se produce. ¿Qué motivaciones tiene Wakefield para, como el personaje Karol Karol, en Blanc, de Kieślowski, salirse de su propia vida y contemplar el agujero que allí ha quedado? Allí hay una sutileza de engaño, la permutación de un sujeto por su propio fantasma, que acaso Borges haya sido el único que supo leerlo correctamente (sobre todo en esa parte que dice: “Hawthorne había leído en un diario, o simuló por fines literarios haber leído en un diario, el caso de un señor inglés…”; otro modo de reafirmar el verso de Pessoa, “el poeta es un fingidor”).

Sí, hay series como Lie to Me y webs como Adult Friend Finder abriendo otras aristas del tema de la mentira, pero en esos casos los cuestionamientos a la verdad no parecen tan pronunciados. Y es que hay engaños brutales. A mediados de los setenta, Jean-Claude Romand, supuesto médico francés, convenció a sus familiares y amigos de haber obtenido un trabajo como investigador en la Organización Mundial de la Salud. Cada mañana besaba a su esposa y a sus hijos, y salía de su casa. Pero en lugar de conducir hasta el recinto médico, se perdía en los bosques del macizo del Jura y en varios estacionamientos públicos, con todo el día a su disposición. ¿Qué hacía con ese tiempo? Leía. Pensaba. Inhalaba y exhalaba, sentado en un tronco podrido del bosque. Cuando caía la tarde, regresaba al hogar. Probablemente, cenando con su familia, contaba algunos pormenores inventados de un trabajo inventado. Hasta había convencido a los suyos de que se avizoraba un ascenso. ¿Por qué dudar de él, más aún si cada quincena había un pago, que salía de las múltiples estafas que hacía a varios incautos, entre ellos a su amante y a su propio suegro?

Así estuvo Romand por dieciocho años, hasta que el 9 de enero de 1993, acorralado por sus prestamistas, asesinó in cold blood a sus padres ancianos, a su mujer y a sus dos hijos que, en ese momento, tenían la edad que tienen ahora los míos (cinco y tres años). Estaba tocado, qué duda cabe, pero la declaración que dio en el juicio no pudo ser más razonable: “Mi familia no aceptaría la verdad.”

El verso de Serrat, “nunca es triste la verdad/ lo que no tiene es remedio”, se puede fácilmente voltear aquí. ¿Qué seremos capaces de hacer para que una verdad no agreda? Este es el núcleo de la novela El adversario, de Emmanuel Carrère, tremendo escritor francés, ganador del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances en 2017. Leyendo ese libro, pequeño, pero demoledor, el sentimiento es aún más pronunciado: ¿por qué se miente?, ¿no es suficiente, acaso, con la verdad para mantener estable una situación laboral, familiar, conyugal?, ¿hasta dónde estamos dispuestos a mentir por temor a desencajar, a que toda esa estructura pesada que arrastramos a diario en lo social no se desmorone, mientras por debajo hacemos lo que realmente deseamos?

A Juan Forn fue al primero a quien le oí esta anécdota sobre John Cheever. En un tiempo, Cheever, al igual que Romand, se despedía de su esposa en la puerta de su departamento y bajaba las escaleras. Pasaba el piso dos, el piso uno, el lobby del edificio y continuaba aún más abajo, hasta el cuarto de lavado. Ahí, entre las secadoras y las pilas de ropa sucia, guardaba una máquina de escribir. De ocho a seis aporreaba las teclas. En esas jornadas laborales en el cuarto de lavandería surgieron, probablemente, “El día que el cerdo se cayó al pozo”, “La Navidad es triste para los pobres”, “Tiempo de divorcio” u otros de sus cuentos maravillosos. No sé, la verdad, de dónde salía la quincena alternativa que Cheever le llevaba a su esposa, pero la simulación es notable, y yo –lo confieso– quise hacer lo mismo en una etapa de mi vida, aunque con resultados paupérrimos. He optado, al final, por el método de William Carlos Williams: entre una clase y otra, entre una cambiada de pañal y otra, usar los cinco minutos para garabatear algo que, luego, pueda volverse literatura.

La suplantación, creo, deviene en un acto nobilísimo cuando la causa es vivir en segundo plano una vocación. Al final, para hacerle frente a la aplastante máscara de lo social, se miente con el fin de ganar algo de tiempo y así vivir esa parte de la vida que se considera más verdadera.

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