Sin título, Josef Sudek, circa 1960

I

He visto la película El dolor (2017) (también conocida como Marguerite Duras. París 1944). Robert Antelme regresa de los campos de concentración casi a punto de morir. Antelme, marido de Duras y autor de La especie humana. Leo ahora En torno a un esfuerzo de memoria. Sobre una carta de Robert Antelme, de Dionys Mascolo, el amigo de Antelme que fue también amante de Duras y padre de su único hijo, relación central en la película de Emmanuel Finkiel.

Este libro trata de la amistad entre ellos. Comienza con una carta que Mascolo descifra (entre escritura y oralidad), escrita por Antelme a su regreso de los campos de concentración. Una carta que aparece al principio y final del libro; una carta repetida allí, de cuando nada es explicable ya sobre lo sucedido. Cuando el dolor es la síntesis misma del horror vivido y no es reproducible, aunque se hable, se hable sin parar, y se masculle sobre él –más que en una cinta o en un libro transformándolo en otra cosa que sólo el arte intenta recuperar.

El dolor es también un libro que Duras escribe con fragmentos de sus diarios sobre el regreso de Antelme, y no tiene mucha relación con la película que sólo lleva su nombre y corta al sesgo esta historia por su parte más personal, enfocando su reflector sobre la figura de Duras: la relación de los amantes y la amistad entre los tres. El tejido del filme trata de tres personas unidas por el dolor del querer en los límites de la amistad en una Francia devastada por la guerra. También el libro de Moscolo –más que en las anécdotas que aparecen en los cuadernos de Durás– se regodea sobre la parte conceptual de esta propuesta de convivencia donde la amistad es el asunto central: “¿Y si la amistad fuera precisamente la posibilidad del reparto del pensamiento, a partir de y hasta en una común desconfianza con respecto al pensamiento?”

Al final del libro, Mascolo –intentando suplir la vergüenza que siente al publicar la carta de Antelme; sus dudas en lucha con un deber ser, y la del propio Antelme– pone las cartas cruzadas con Maurice Blanchot y con Gilles Deleuze de los años 1986 y 1987. En ellas les consulta sobre si ha obrado bien o no al publicarla, si era posible obviar el deseo de un hombre de rehacer su vida siendo otro al regreso del horror.

También está la duda sobre los compromisos políticos que adquirieron juntos a lo largo de la juventud, y la renuncia de lo que pensaron era su utopía comunista, convertida en un horror más –y sólo les dejó la deriva que los llevó a un estilo de vida diferente–, y de eso trata este esfuerzo de memoria: de las conversiones. Mascolo nos sitúa frente a una época donde todavía la amistad era un valor del pensamiento, y una necesidad más allá de los planos cambiantes de la existencia, cuando la propia existencia era una convención más: ya no. Como afirma en su libro, “tal trastorno de la sensibilidad general no puede dejar de conducir a nuevas disposiciones de pensamiento” Por ahí, está la grieta por la que quisiera penetrar. ¿Cuáles serían esas nuevas disposiciones de pensamiento si acaso las hallara? o ¿en qué se convirtieron durante el reto de vivirlas en una época desierta de valores?

En una de las cartas cruzadas con Mascolo, Gilles Deleuze recuerda las maneras de algunos autores de introducir situaciones concretas en el pensamiento. Por ejemplo, dice: “En Kierkegaard, es el noviazgo; en Klossowski (y tal vez de otra forma en Sastre), es la pareja; en Proust, es el amor celoso”. En Mascolo –pienso– es, a la vez, el triángulo que une noviazgo, pareja, y amor celoso, que lo llevan más allá de los estereotipos hacia la búsqueda, a partir de lo que sucedió entre ellos, del principio para una filosofía de la amistad.

No era cualquier personaje femenino la figura de Duras inmersa en aquel conjunto; no era aquello un triángulo amoroso cualquiera. Los unía una situación terrible: haber estado en los campos de concentración uno de ellos; seguir en la desesperación los otros dos, al no tener noticias durante un año o más del primero. Incluso, ya terminada la guerra, ella camina entre la gente. No quiere detenerse frente a los estanquillos ni ver las listas: “Todos estos nombres que añado, nombres de prisioneros de guerra. Ninguno es el suyo […] ¿Dónde, dónde está? ¿Dónde se encuentra? […] Pero, en nombre de Dios, ¿dónde? Los últimos días los alemanes fusilan […]. En la segunda página del Front National se anuncia que mil deportados han sido quemados vivos en una granja”

“Él, que está contenido en miles de otros, él, para mi sola en el mundo diferenciado de miles de otros, completamente aislado de miles de otros.” Esto es lo que la hace diferente: su forma de hallarlo entre el tumulto –al involucrarnos en su forma de rescatarlo a través de lo que siente–, de saber cómo aislarlo del resto de hombres idénticos y convertirlo en suyo, único, y, a la vez, nuestro. En ese alguien que llega. “Si tocara el timbre: «¿Quién es?» «Soy yo, Robert». Lo único que podría hacer sería abrir y después morirme. Si vuelve nos iremos al mar […] a mí me bastaría con mirar que mira al mar […] puesto que él ve el mar, yo también lo veo.”

De izquierda a derecha, Mascolo, Duras y Antelme

Ver por lo que el otro ve –esa ranura– es una manera de querer que deposita, ante todo, su confianza en el tú: soy porque eres, porque, “el amigo es otro nosotros mismos” –dice Derrida en Políticas de la amistad–, y luego “se saben amantes, se saben que aman, a quienes aman, pero aceptan no ser ni conocidas ni amadas a su vez”–dice, sobre las mujeres de la Andrómaca de Antifonte.

No puedo comer el pan que no has comido, era su máxima: “en aquellos primeros tiempos no perdía ni una miga de pan”–escribe Duras– sobre el regreso de Antelme. “Pesaba treinta y ocho kilos y yo lo cogía en brazos y lo ponía a hacer pis y caca, cuando tenía cuarenta y uno de fiebre y en el sitio del coxis se le veían las vértebras […]. Si busco bien, creo que nada en el ámbito de la belleza y de la fuerza me han transformado como ver a Robert comer por primera vez tres semanas después de su regreso”.

La fórmula infalible contra el egoísmo: involucrarse hasta tal punto en su comer –hasta en su mierda–, que uno se vuelve el otro: lo que el otro come, lo que el otro siente y necesita. Solo así, se está completo. Solo así, ocurre una verdadera transformación de uno en el otro: “hay que haber comido todo un «medimno de sal» con alguien –dice el proverbio–, antes de poder darle confianza. Aunque Duras diga en su Cuaderno beige, ante la muerte del hijo recién nacido: “mido todo el horror de la posibilidad de semejante amor”.

El tema del horror de semejante amor es tratado desde la imposibilidad; desde la dejación, sin la espera de ninguna reciprocidad; desde el odio, desde la entrega de lo más despiadado hasta lo más impune. Ella se regodea en esta comprensión, bajo la idea de que esa sabiduría del querer los salvará. No sólo a ella, sino al mundo. Además, los une todavía esa idea equivocada de que la sociedad podía cambiar para mejorarse. De que, de aquellas utopías muertas, saldrían rutas para hallar nuevos propósitos a través de ellas. Los une la esperanza y la decepción por la que habían luchado.

Esto los ata: a Duras, a Antelme, y a Mascolo, en un modelo de convivencia en el que afianzan sus ideales tanto como sus vidas. Ese modelo arbitrario les permitió sobrevivir en tiempos imposibles, como los del fascismo, cuando sostuvieron una idea de convivencia que fue, ante todo, política. “La figura del amigo parece que forma parte espontáneamente de una configuración familiar, fraternalista y, en consecuencia, androcentrada de lo político” (J. Derrida).

II

¿Qué pasó con nuestro sueño de construir una casa para todos? ¿Por qué discutíamos si la cocina estaría debajo o encima? o ¿dónde pondríamos las ventanas? Las conversaciones de rutina sobre estos tópicos no nos llevaron a nada, y todo el que pudo escapó antes o después del país. Sólo quedó la disolución prematura de cualquier idea de una forma de comunidad en el futuro. Vivimos en la impotencia de sabernos individuos incapaces de construir algo. De lo que se desprende, que la imaginación con sus deseos no plausibles, nos traicionó.

Sobre lo que no cabe duda, es sobre la mediocridad con la que envolvimos nuestras necesidades para sustituir los afectos y todo lo demás. Mediocridad proviene del latín (medio, común, ordinario). El peñasco escarpado (ocris) quedó sin escalar por los que pretendíamos llegar a la cúspide. Aunque leyéramos por aquella época La montaña análoga, de René Daumal, proponiéndonos una subida con otros, ese promontorio de la amistad y de los sentimientos, se petrificó en nuestras narices.

Muchas veces me he referido a ella, la impotencia de no poder llegar con alguno al borde rocoso y apreciar, sobre el abismo, el recorrido de nuestra vida: no como un paisaje casual de acantilados y nubes que surgen cuando nos acompañamos. Los puntos de apoyo, la confianza. Apunta Derrida: “Ninguna amistad sin confianza […] y ninguna confianza que no se mida con alguna cronología […] con la prueba de una duración sensible en el tiempo”.

Y me viene a la mente Confianza, de István Szabó, donde se cuenta el amor de una pareja de espías dentro de la opresión y devastación de la Segunda Guerra Mundial: ese amor como salvación en un mundo colmado de delatores, de hipocresía, y de infelicidad. Nuestro minimalismo aplastado por un poder que nos acosó, y aún, nos acosa.

Por la ventana veo figuras que intentan escalar la pared y caen al vacío, una y otra vez. Parecen muñecos de cuerda, no seres humanos. Las sonrisas se han vuelto secas, despiadadas. Los observo y me observo a mí misma, cargando con el saco vacío y la nostalgia de lo que hubiera podido ser. Dudando también de este “hubiera podido ser”, salvo que lo que ha sido es lo que pudo ser (incompleto) paralizado en su ambición, cuando la amistad nos parecía un don preciado y, a pesar de la carencia de pensamiento sistemático al que nos llevó la ideología como único poder, creíamos poder salvar esta falla con nuevas disposiciones de pensamientos, lo que no fue posible. “No cabe democracia sin respeto a la singularidad o a la alteridad irreductible, no cabe democracia sin la “comunidad de amigos” (Derrida).

La literatura no crea pensamiento, las acciones sí. Faltos de accionar cualquier sentido que nos hiciera saltar desde el lenguaje y provocar una erosión, la mediocridad asumió sus roles y nos detuvo en la carencia de pensamiento y de soluciones para contrarrestarla. Sobrevivir era sólo una herramienta más, y la usábamos abusando de la imaginación, pero la imaginación también fracasó, embrutecida, falseada por los simulacros: de ser, de sentir, de hacer.

Hoy no tengo nada que recordar que me parezca intenso; nada de lo que perdí –como si la pérdida radicara dentro del mismo vacío donde todo se ralentiza, su hueco oscuro, que no alcanza algún extremo ni nos sorprende ya–. Hago una maqueta con las cartas que me quedaron del naufragio, pero no siento nada al releerlas, y me quedo perpleja pensando que fuera yo misma quien las escribió alguna vez: yo, esa hormiga que viajaba dentro de las frases alguna vez. Y eso me perturba: que nada haya sido satisfactorio, suficiente, que todo se haya quedado por hacer, por tener, por sentir. Siempre dudé de las palabras que no se sostuvieran con acciones, pero todavía más de las que no se sostienen con sentimientos.

Siento pena por lo que no fuimos, aunque un amigo me diga que todo el mundo ve la mierda en la pata de su pantalón creyendo que no es mierda, y que es tal vez un dibujo –una mancha solar–, y vuelve a meter la pata en la porquería. Así seguimos huyendo, entre una ilusión tras otra, entretenidos. Uno puede medir su grado de impaciencia al representar cada rol malamente, arrepentidos, pero sin arrepentimiento. Sólo los muertos ilustres se burlan desde los anaqueles.

III

“Tristeza de este fin. Algo roto en la vergüenza, en la cólera, en la alegría”.

Hay un texto central en los cuadernos de Duras donde habla de la portera: la señora F, que cada día saca los cubos de basura de los inquilinos, y que protesta siempre por lo abandonados que son, por la responsabilidad que tiene, y porque no soporta más cargar la basura de los otros. “Es cualquier mujer vieja que arrastra un cubo de basura a las seis de la mañana, maldiciente, amargada, terrible, inclina sobre ese cubo de basura un rostro arrugado, indignado, salvaje […] es portera por la noche, por el día, cada minuto de su vida”

Este texto no es sólo sobre un cubo de basura, sucede cada día con todo. “El horror. La viscosidad almibarada de la pesadilla”, de la que no se puede salir. Es también el cubo del agua que carga Marina Tsvietáieva hasta el suicidio. Un cubo que hay que arrastrar siempre con aguas congeladas, o con basura de los demás. Y, aunque durante años nos quejamos de esta faena, seguimos haciéndola a la misma hora, puntualmente, toda la vida. “Porque sin el cubo ¡no se puede vivir!” –gritó Marina, como gritó también, la encargada del edificio de Duras.

En realidad, ella cuenta la historia de la portera, pero va más allá en el relato cuando nos deja entrever la imagen de lo que cada uno arrastra: es un ejemplo de la carga que llevamos a cuesta, y del poder de sometimiento que nos envolverá de por vida.

Volviendo ahora al puente que tiende El dolor hasta nosotros: ella –la escritora– busca apoyo en Mascolo, sabe la diferencia entre él y Antelme. “Se lo que va a decir Dionys, que he leído demasiado a Hemingway […] y me dejará totalmente desesperada […] por otra parte, la historia del cubo de la basura […] me pertenece […] llegará un día en que responderé a Dionys con una frase definitiva. Hace cuatro años que la busco, pero no la he encontrado. Es siempre él quien tiene la frase definitiva sobre mí.” Su preocupación por el valor de lo que escribe le hace poner a su amigo, su amante y padre de su hijo, como juez.

A diferencia de Dionys, “Robert tiene en la vida, tanto en sus pensamientos profundos como en su manera de andar por la calle, una armonía tal que, inevitablemente, indagamos su secreto. El otro día dije que Robert actuaba por tropismos”. Y, con este punto de retorno, lo trae de vuelta convertido en otro, a partir de algún descubrimiento positivo o no, por insignificante que sea.

Así ocurren constantes mutaciones en él –a través de ella– que siempre la sorprenden. Robert Antelme no se convierte en juez de sus escritos ni de sus actos, sino en el que encuentra algo que traerle a su vida: en el proveedor. Aquí, de nuevo, vemos como “lo fiable de la amistad supone una reinvención, como señalara Derrida.

Mientras que ella es la vieja que arrastra cada día el cubo de la basura, y es la vieja de las alcachofas de su relato, la pobre vieja Bisque –en la que me veo también retratada–. La que le permite reconstruir cada día un tiempo de escritura por donde pasa “el tiempo a través del tiempo” necesario para que se cree el nudo: “se había vuelto tan pequeña, al final de su vida, que apenas sobrepasaba las alcachofas”.

Esta vieja contiene todo el dolor de las pérdidas que también va sufriendo ella. Igual que Jean, el personaje de “Eda o las hojas”, detenido en mirar las hojas de un castaño como si fueran cuerpos, con los sentimientos pecaminosos que tiene hacia ellas, tan inocentes y nuevas, en el propio tiempo en el que ocurre en el cuarto contiguo la muerte de Eva, su mujer, la del cuerpo real: “Había olvidado que solo estaba mirando hojas”.

Estos personajes, al igual que Robert, están detenidos en el descubrimiento: de las alcachofas, el cubo, las hojas, como pretextos para minimizar el drama de la existencia que viven bajo “el efecto de yugo”, al que Derrida se refiere cuando dice: “no es posible conocer el espíritu de un hombre o de una mujer antes de haber hecho la prueba como para un bestia de carga”.

Esta bestia de carga que Duras les arranca a cada uno hasta convertirlos, a través de la amistad, en sobrevivientes de uno mismo: “de un sobrevivir que va a ser aquí uno de nuestros temas, porque la amistad procura muchas ventajas, señala Cicerón, pero ninguna de ellas se puede comparar a esa esperanza sin igual, a ese éxtasis hacia un porvenir que superará a la muerte. Nos da una esperanza que no tiene nada en común, excepto el nombre, con cualquier otra esperanza” (Derrida).

REINA MARÍA RODRÍGUEZ
Reina María Rodríguez (La Habana, 1952). Poeta. Entre sus libros destacan: Para un cordero blanco (1984), En la arena de Padua (1992), Páramos (1995), Te daré de comer como a los pájaros (2000), Variedades de Galiano (2007), Otras mitologías (2012) y Travelling (Rialta Ediciones, 2018). Ha recibido en dos ocasiones el Premio Casa de las Américas, así como el Premio de la Crítica en Cuba, la Orden de Artes y Letras de Francia con grado de Caballero (1999), el Premio Nacional de Literatura de Cuba (2013) y el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda (2014). Dirige en La Habana el prestigioso espacio de promoción de la literatura Torre de Letras.
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