Dos proustianas

Detalle del retrato de Proust pintado por J. E. Blanche

En The Paris Review la poeta Elisa Gabbert confiesa que lee por primera vez la Recherche… y, en Le Nouvel Observateur, el periodista Fabrice Pliskin descubre que Marcel Proust es un maestro antiguo…

Gabbert comparte la experiencia de su primera lectura de Proust, y la confronta con el efecto salvífico que procuró al escritor polaco Józef Czapski durante su confinamiento en un campo de prisioneros soviético; mientras que Pliskin diserta sobre la seducción que, pese a todo, siguen suscitando las zonas más reaccionarias de la cosmovisión proustiana.

Escribe Gabbert:

Una reciente tarde de lunes, pasé revista al librero en busca de un clásico no leído […], entonces pensé en En busca del tiempo perdido, otra novela que la gente (especialmente los escritores) alardean de no haber leído, aunque admitir que no has leído a Proust sugiere que has leído todo lo demás. Extraje Por el camino de Swann del estante, leí el primer párrafo y quedé estupefacta. Su obsesiva atención a la memoria, al tiempo, y a las minucias de la experiencia según se despliegan en el pensamiento […] era algo que superaba cualquier medida ordinaria de calidad.

Escribe Pliskin:

Proust blasfema, casi en cada página, contra la sagrada maleabilidad de nuestras filosofías modernas: a nuestras mejores voluntades mutantes, a nuestra biotecnología de almas, a nuestras construcciones sociales más babilónicas, Proust, padre flagelante y gran inquisidor, opone las identidades milenarias que no nos agradan, que no son cosa nuestra. […] Él detiene al lector moderno, ese nómade, y le exige que le muestre los papeles. A nuestra flexibilidad creadora y enamorada de sí misma, este ministro del interior del antiguo régimen opone la discriminación, los estereotipos, los retratos robots, una antropometría de las esencias eternas.

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