Claudia Donoso y Enrique Lihn. Fotografía de Inés Paulino

Tuvieron que pasar casi cuarenta años para que la periodista Claudia Donoso decidiera desempolvar de sus archivos la extensa entrevista que realizara a Enrique Lihn en 1981. Por entonces ella era una joven de 26 años que se iniciaba en el periodismo cultural, esposa y madre de dos hijos, mientras que el poeta Enrique Lihn, a sus 52 años, venía ya de vuelta de su época dorada de reconocimientos y premios, y parecía estar en una lucha inganable contra su propio olvido y el discurso refundacional que impulsaba e imponía públicamente el régimen de Pinochet.

Lihn viajaría pronto a Nueva York en respuesta a una invitación como profesor visitante, y luego de las primeras conversaciones (la entrevista a Lihn iba a formar parte de un proyecto del crítico Martín Cerda sobre escritores chilenos) Donoso decidió renunciar al encargo. No se sentía preparada; no había leído suficientemente a Lihn ni conocía en detalle los contextos que jalonaban su obra; tampoco deseaba presumir como interlocutora de alguien que excedía sus posibilidades de argumentar y contrapreguntar. Pero Lihn no se dejó impresionar y convenció a Donoso para seguir adelante y trabajar juntos, a razón de una sesión semanal, en lo que serían al final seis horas de grabación, las que fueron transcritas y editadas a dúo para su eventual publicación. Para entonces, sin embargo, ya la pradera ardía e incendiaba las vidas y los cuerpos de la joven periodista aventajada y el envejecido poeta disidente.

“Ahora, al cumplirse noventa años del nacimiento de Lihn, me decidí a concluir y publicar íntegramente, de una vez por todas, el trabajo a cuatro manos que emprendimos, del que sólo habían aparecido algunos párrafos en la revista Foro 2000, en 1991”, informa Donoso en la “Nota preliminar” de En la cornisa, el volumen que las Ediciones UDP acaba de publicar con el texto íntegro de ese trabajo archivado hace casi cuarenta años. La pasión no es cosa de un día, aunque se consuma en pocas horas. Por lo mismo, el libro En la cornisa excede con mucho el género periodístico: fotos, citas, poemas, confesiones, seducción y abismo asoman en un volumen que sacude las cenizas de una atracción que nació hablando de lo prohibido: el deseo y la literatura bajo la dictadura en Chile. Una fotografía de Lihn, capturada por la propia entrevistadora, lo muestra sonriente y casi locuaz en las primeras páginas del libro, dando la bienvenida a lo que es sin duda un texto asombroso, feliz en su consumación diferida a través de los años y las reconstituciones de escena a las que se obliga por cortesía al lector. Es lo que sucede con el poema inédito “Escrito en François Villon”, incluido en el volumen por su importancia situacional y precedencia en el poemario Al bello aparecer de este lucero (1983), que Lihn escribiera y dedicara a Donoso al año siguiente de la entrevista en cuestión.

Tal como dice la autora en la nota de marras, en el poema “Lihn da cuenta de los intersticios de la entrevista y de las considerables consecuencias personales que –para él y para mí– derivaron de ella”. Como si se tratara del informe de un crimen, el poema reconstituye en efecto la escena original con la minucia y autoconciencia de un hablante que se declara enloquecido de amor por el amor de esa doncella, y no excluye ni evita las consecuencias de su acción. Tampoco el escándalo que estalló, hiriente, alrededor de la pareja, y al cual Lihn responde con la ironía de unos versos que riman su aventura en una copla de estrofa extendida, poco antes de salir hacia Nueva York en enero de 1982:

Dejo este amor –que ojalá no perezca–
a buen recaudo pero solitario
todavía tan débil hasta que crezca
como un exemplum de mi extravagario
enamorado más que lobo estepario
He sido un azote de la gente-gente
que fundada en su orgullo hereditario
se decreta buena, bonita y valiente.

En la cornisa abunda en momentos gloriosos, y no sólo para los lectores de Lihn. Es también un paseo por la literatura bajo estado de emergencia, que es la situación común de hoy en día, y de donde se desprende la sorprendente actualidad del texto. “La escritura para mí es una actuación”, declara Lihn en un momento de la entrevista, extendiéndose sobre la condición farsesca y artificiosa de su propia obra, en especial en la narrativa y en aquella donde el personaje de Pompier adquiere los rasgos de un esperpento tan necesario como indomable. “Ocurrió que, en cierto momento que podría fechar, se me hizo patente la vaciedad de cualquier palabra y la ilegitimidad de todo. ¿Qué habría sido del autor de Los mejores poemas de Enrique Linh para recitar si lo hubieran hecho cantar?”, se pregunta Lihn retóricamente para hacer valer su argumento. Y responde de inmediato: “Ese sujeto al que yo asumía como si hubiese sido mi cara dejó de parecerme real. Entonces busqué en el cachureo las piezas con las que armar algo que no fuera nadie: un esperpento.” Pregunta Donoso: “O sea, Pompier es una criatura del terror”. Y luego la respuesta de Lihn, que acaso haría palidecer a los héroes literarios de ese período: “Es un escondite, digamos. Se trata de la censura incorporada, un lenguaje mimético que se cree posible dentro de esa censura.”

Toda la estrategia discursiva de Lihn sobre la situación de opresión en Chile, y los modos de enfrentarla desde la literatura, se despliega en unas pocas líneas que corren sin aspavientos ni golpes de efecto por las páginas de Donoso. Ha valido la pena esperar. Pero sobre todo ha valido la pena la distancia revelada que permite medir la propia trangresión y consiguiente interdicción, de las que el texto es testigo y prueba a la vez. En los pasajes más intensos del libro, Lihn seduce a su interlocutora y hace de la literatura oral un acto de prestidigitación galante. Habla de Nueva York, del deseo de la ciudad vertical y del erotismo de la escritura como de búsqueda y apropiación del otro. “Lo que se entiende por belleza tiene que ver con la funcionalidad impuesta al material irradiante que se tiene entre manos”, dice Lihn, y esto después de haber declarado que el acto de escribir es “el deseo opuesto a la necesidad; el deseo cuyo objeto es siempre evasivo porque es lo contrario a la satisfacción de una necesidad”.

El temblor, la atmósfera de delito, ya estaba instalada en la conversación de los amantes, y es un mérito de En la cornisa haberlo revisitado con la misma serenidad con que fue editado originalmente, para luego archivarlo. Al libro se suman las fotos y risas que capturó Inés Paulino como testigo imprudente del encuentro, y que eventualmente servirían para ilustrar la entrevista. Hoy son objetos autónomos que irradian su propia belleza. Todo llega, escribió alguien. Y con mayor gusto cuando los corazones todavía arden en la pradera.

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