¡Donde pones el ojo pones la bala, Jenny Sánchez!

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‘Leche y harina’, Jenny Sánchez

Hace meses que estoy yendo y viendo por el Instagram de Jenny Sánchez (Ciego de Ávila, 1989), en busca de un buen motivo para entrar en su fotografía, como en la de Silvia Corbelle y algunos otros a quienes llegará su turno. El pasado jueves 16 a las 7:30 p.m., al fin se inauguró la noche en que podré visitar públicamente el perfil de esta artista que ha incursionado también en el cine independiente y que como integrante de RZK Producciones ha dirigido la filmación de videoclips como los de Kausa Justa y los del propio grupo Rezak.

La primera exposición personal de Jenny, a la vera del río Almendares y en las inmediaciones de la antigua fábrica de aceite El cocinero, tuvo lugar en La pared negra de la Fábrica de Arte Cubano (FAC). El regalo es bien merecido, puesto que una serie suya alcanzó el premio principal en la edición príncipe del concurso de fotografía convocado por la FAC, en febrero del año pasado. Hilo + Hilo, la “longaniza” que hurga en “la herida” y desnuda “la austeridad de la intimidad” –según palabras de Legna Rodríguez Iglesias— fue soñada en pareja para el poemario homónimo de esta escritora camagüeyana, e identifica una muestra que se me antoja caja de resonancias –una cámara de las maravillas (que puede ser por igual del horror) que trae a la memoria (amplificados): sensaciones y olores, r/goces y saboreos.

El solo nombre, Hilo + Hilo, nos recuerda que el conjunto implicó y retrata lazos, vínculos en “la hora de los vasos fuertes”, por “las montañas de la locura”. Por demás, nos habla de que es parte de una tela más amplia, la corriente donde se miraron los poemas que Bokeh publicó en 2015, aunque sin rostro, escamoteándoles el cuerpo (del deleite, ¿del delito?). De ahí que la fotógrafa me confiese enseguida que la expo ha sido el trance necesario para desear con una fuerza imparable ver exhibida la serie en pleno, y que ande ya buscando ideas y estableciendo colaboraciones con artistas del lente que viven aquí o allá, en pos de este sueño. No en vano, porque el ojo que pronto veremos dispararse en la antología bilingüe “Título/Title” (Kenning Editions) y que no sólo conocíamos de alguna cubierta de Legna Rodríguez Iglesias —La gran arquitecta (Colección Sureditores, 2013), Dame Spray (2016) o Mayonesa bien brillante (2015), estos de Editorial Hypermedia–, sino del propio Instagram de Jenny o Legna, está pidiendo a gritos que impriman sus piezas en fila y en un formato mayor. Más cuanto las fotografías de Hilo + Hilo –de las que por suerte nos quedan más de la mitad bajo el misterio– son del tipo de obras fragmentarias que ganan exhibiendo sus texturas, sus honduras, la colorida estridencia de sus deseos y sus miedos, el viaje por esas dulces ciénagas.

Las diez fotos de la exposición delatan una narrativa amorosa/doméstica, y nos invitan a seguirles la pista en el poemario, entre las cuatros paredes de Centro Habana que las inspiraron y le pusieron nombre a lo que tantas veces se evita, se rechaza, se hace tabú. Apartamento 45, Leer y escribir, Está en todas partes, Leche y harina, Autostop, Los juguetes, Para tener lo que me fue dado, Para perder lo que no toqué, El hilo, La sed crean en su contorsionismo el ambiente de un toma-y-daca, dibujan los rejuegos de la entrega y la caz/sa –¿otra vez?–. Mas, las jerarquías se asumen y se abaten de un plumazo, tal como se asalta y se muestra el espacio de la domesticidad, no como el iceberg del secreto (el punto en boca), ni tampoco como el reino del “bello sexo”, sino como el imperio donde los sentidos expanden sus tentáculos, donde los anhelos se agigantan, no ya en fotos sino bajo la lengua, bajo el beso.

Porque estoy hablando de amor, sí, y estoy hablando de sexo, por supuesto. Sexo entre dos, tensionadas, por el mínimo acezo de la respiración. Bocabajo en la cama, bocarriba en el sofá, boca a boca siempre y a ratos desbocadas, por ese salto en la boca del estómago que no deja dormir cuando una ha halado y se ha aliado a los hilos de la pasión, la que revive y mata.

Superficies y habitaciones. Humectación y fuego. Almuerzo y desayuno entre “los placeres y los días”. De la mesa al baño, del fuego que hace cantar la cafetera al agua que relumbra en los platos. Del vello púbico a dos yemas juntadas alrededor de un brote (de calidez). Y de sumergirse perdidas por el olfato a recrear la vista en la catarata de colores del día: verde-vitamina, anaranjado-zanahoria, azul-piso, amarillo-huevo, rojo-sangre… Si la escritu/ora que espesa en estos retratos sabe poner la olla y cocinar sus vegetales con primor, hay que decir que el ojo de Jenny Sánchez sabe muy bien colarse y decantar, quedarse como al borde de las cosas y saltar sobre ellas con el flash como un zarpazo, para tomar el “instante decisivo”. Detrás de la piel de las cosas, uno presiente los segundos, su latido.

Algunas de las caras que se reconocían entre los visitantes de la exposición este 16 de enero (como los fotógrafos René Peña y Alejandro González) dicen que Jenny no es ya aquella muchacha desconocida que conocí paseándose por La Habana con la que fue quizás su primera cámara. Sus horas de RZK y sus ojeras, sus colaboraciones como camarógrafa y fotógrafa no me dejarán mentir… Ni las historias de su Instagram, donde continuamente la vemos desplazarse de una locación a otra y desplazar su ojo por retratos donde captura con elegancia el mundo de nuestra música (con la paleta de colores prendida o a puro blanco y negro), o bojea por los parajes nacionales, o se detiene en los jugueteos de sus animales favoritos, esos perros que pareciera que posan exclusivamente para ella porque saben que ella lo sabe hacer.

Desde que la conocemos tras su flequillo tímido, todas queremos que Jenny se suelte y se suelte más: lance su risa, abra el lente y expanda su mirada. Yo creo que recorriendo a dedo su Instagram es palpable que ese viraje ya se dio. Que su ojo ha trabajado muchísimo y que sabe moverse entre el fragmento y el retrato (no sólo de estrellas musicales, también en la captura de árboles, estructuras, briznas, ruinas). Su ir y venir de la panorámica de un paisaje a la luz de un espectáculo, del gesto de un niño callejero a la gravitación temblorosa de un deseo nos hacen lamentar que no haya organizado su trabajo en otras series ni se atreva a exponer más a menudo, a exponerse.

Solo espero que la sed que se le despertó con su primera muestra en los ámbitos de FAC haga más por su visibilización como fotógrafa. Creo que Jenny Sánchez, como tantos de nosotros, es un botón de muestra que nos alerta de la escisión de muchos creadores entre lo que hacen como “obra personal” y lo que hacen abismados de producción en locación, de proyecto en encargo, de pendiente en pendiente; dispersos entre la obra de otros que ya engordaron sus arcas.

Ojalá Hilo + Hilo tire de su arte con fuerza y la coloque un poco, otra vez, en San Miguel entre Espada y San Francisco, para que, despierta ante la disyuntiva de “los trabajos y los días”, se decida a dedicarse horas de desvelo a sí misma “como signo detonante” –según expresaba ella sobre la mujer como inspiración, en el statement de la expo–. Que esta caja de resonancias la devuelva siempre al arrojo de aquellas intensas jornadas del apartamento 45, porque darle rienda suelta a la voz propia no sobra nunca, y porque su ojo también merece seguir viendo lo que le fue dado.

JMR
Jamila Medina Ríos en poesía: Huecos de araña (Premio David, 2008), Primaveras cortadas (México D. F., 2011), Del corazón de la col y otras mentiras (La Habana, 2013), Anémona (Santa Clara, 2013; Madrid, 2016), País de la Siguaraya (Premio Nicolás Guillén, 2017), y las antologías Traffic Jam (San Juan, 2015), Para empinar un papalote (San José, 2015) y JamSession (Querétaro, 2017). Jamila Medina en narrativa: Ratas en la alta noche (México D.F., 2011) y Escritos en servilletas de papel (Holguín, 2011). Jamila M. Ríos (Holguín, 1981) en ensayo: Diseminaciones de Calvert Casey (Premio Alejo Carpentier, 2012), cuyos títulos ha reditado, compilado y prologado para Cuba y Argentina. J. Medina Ríos como editora y JMR para Rialta Magazine. Máster en Lingüística Aplicada con un estudio sobre la retórica revolucionaria en la obra de Nara Mansur; proyecta su doctorado sobre el ideario mambí en las artes y las letras cubanas. Nadadora, filóloga, ciclista, cometa viajera; aunque se preferiría paracaidista o espeleóloga. Integra el staff del proyecto Rialta.
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