Sergio Pitol y Felipe Ríos Baeza en el Aeropuerto de Barajas
Sergio Pitol y Felipe Ríos Baeza en el Aeropuerto de Barajas

Conocí una vez a un profesor que se esmeraba en narrar con saña y sorna cierta anécdota negra del pasado de Sergio Pitol, algo que involucraba un hecho de sangre provocado por su orientación sexual, su alcoholismo y el sistema soviético, que sofocaba a Varsovia.

Había otro profesor que, afecto a esas mismas desavenencias achacadas a Pitol por el otro coleguita, contaba el modo en que el escritor había ayudado a ciertos autores muy jóvenes a publicar en Era o Anagrama, a cambio de favores que involucraban una especie de servicio de escort para ferias del libro, conferencias en el extranjero y distintos viajes a propósito de premios y distinciones.

Tuve un alumno que decidió hacer su tesis de posgrado sobre la obra de Pitol y acabó descubriendo un mecanismo singularísimo de citación entre sus libros.

Conocí, en un cóctel marciano donde vi puros funcionarios y ningún escritor, a una de sus parientes lejanas, que quería parecerse en todo al tío menos en la finura de su prosa.

Le escuché a Juan Villoro hablar de sus libros con sincera admiración.

Le escuché a Enrique Vila-Matas hablar de sus libros con sincera admiración.

Le escuché a una periodista alegar que por qué Villoro y Vila-Matas lo admiraban tanto, y su conclusión fue que porque los tres eran unos pesados, que sólo mareaban a sus lectores.

En la mañana de ayer se fue Pitol, en la nebulosa de siempre. Nunca supe la veracidad de esas anécdotas y todo lo que fue pasando con su nombre a mi alrededor tiene, en esta hora postrera, esa misma característica de difuminación, como si su vida y su obra fueran una pintura de Monet, un boceteado de colores con más dinamismo que figurabilidad. Es una de sus características: su óptica, en donde se mixturan en un mismo lienzo la apreciación de la obra de Chéjov y Jerzy Andrzejewski, el estupor que le provocó traducir a Gombrowicz y sus correrías cultas por Europa y México DF, como si mirara el paisaje cultural borroso y maravilloso a la vez. No por nada, lo primero que Pitol cuenta en El arte de la fuga es que cree haber perdido sus lentes en un tren, y debe adentrarse así, con una miopía que será a la fin beneficiosa, en una Venecia mágica, que mira y no mira al mismo tiempo, que ve como una acuarela ante la falta de anteojos y que compara y superpone con sus recuerdos y los referentes cultos que le van brotando como burbujas en la cabeza.

Ese ensayo-cuento-texto-autoficcional se llama “Todo está en todas las cosas” y es la declaración de principios de su ars literaria. Pero me gusta más otro, tímido, reservadísimo, que habla sólo cuando hay que hablar, así como era Pitol, hundido en la selva de textos de El arte de la fuga: “Con Monsiváis, el joven”. Allí Sergio Pitol cuenta cómo se convirtieron José Emilio Pacheco, el aludido Carlos Monsiváis y él mismo en detectives salvajes, visitando librerías y lustrando con sus codos las barras de bares y cafés; y me gusta porque se trata de la visión de una cultura mexicana que ya no está, la ponderada desde Revueltas hasta Arreola, pasando por los contemporáneos y los estridentistas: “En la planta baja del edificio inmediatamente contiguo al Kikos se encuentra la librería Zaplana, la más grande de México; no resistimos la tentación de echar un vistazo a las mesas y estanterías de aquel inmenso recinto. Cada uno sale con un imponente bulto bajo el brazo. Nos enorgullece el rápido crecimiento de nuestras bibliotecas.” Me gusta porque, incluso en esa puerilidad de amigos-cultos-que-nos-desmarcamos-del-rebaño, fueron capaces de hacer cultura con sus propias experiencias debido a que ya tenían el espacio ganado tras sus escritos. Híbridos, desafiantes, eruditos, eso que uno echa de menos en la novísima narrativa mexicana.

Por eso, aunque sabía la respuesta, pregunté a cada uno de esos profesores y esos alumnos y esos periodistas si habían prestado suficiente atención a libros como El mago de Viena, El viaje o El arte de la fuga que es, creo, donde se cifra su aporte y posteridad más que en su obra de ficción. Les pregunté si habían leído lo que Pitol había leído, si habían traducido lo que Pitol había traducido. Y la respuesta fue el silencio. Claro: siempre es fácil desarmar a un bocón.

Vi a Pitol dos veces, primero en un homenaje mal hecho y para el olvido por parte del Ayuntamiento de Puebla. En esa ocasión, Pitol parecía un Messi en conferencia de prensa: perdido en sí mismo, mirando apenas a la gente y los fotógrafos; un rain-man que, al mirarlo, no te quedaba claro si estaba abstraído por tarado o por genio. Lo más singular de ese encuentro fue que, al estampar la dedicatoria en mi pequeño ejemplar de El arte de la fuga, se tardó horas y me preguntó el nombre unas tres veces. Bien, pensé: la mayoría de los escritores se creen Miró al dedicar las primeras páginas de sus libros y Pitol, consciente o no, se está dando el tiempo.

La segunda vez fue en el Aeropuerto de Barajas, y es la imagen que me ha rondado estas horas cuando me enteré de su muerte. En ese viaje había conseguido nuevita, brillosita, la edición de Ferdydurke de Seix Barral, traducida por el mismo Witold Gombrowicz y prologada por Ernesto Sabato. De pronto sentí que un señor me rondaba, que se acercaba y alejaba proyectando su sombra sobre las páginas. Al alzar la vista, lo vi. Era Pitol.
El diálogo fue como sigue:

—¿Leyendo al maestro? –preguntó, en un susurro apenas audible.

—Pero no en la traducción del maestro –respondí.

—Entonces, mejor –dijo, tartamudeando–. La traducción imperfecta siempre es la mejor…

Alguien lo llamó. “Sergio, Sergio”, le dijo. Un agente, un amante, un gestor cultural, esa gente que pudre el universo literario. El tipo alegó que perderían la conexión, que debían reclamar un vuelo, algo así. Quiso llevárselo, pero aún tuvo tiempo de hacerse una foto que inmortalizaría el encuentro.

Dejó dicho Vila-Matas: “Quien ahora se pregunte por su estilo, le diré que consiste en huir de esas personas tan terribles que están llenas de certezas. Su estilo es contarlo todo, pero no resolver el misterio. Su estilo es distorsionar lo que mira.” Viva, entonces, la lección que nos enseñara, al margen de las habladurías: todo escritor tiene la obligación de distorsionar la realidad, partiendo, pues, por la suya.

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