Largas semanas de experimentos con el vacío.

Luego de mitigar presencias, de raspar toda abundancia propia –sin dudas el milagro más eficiente–, una delgada infinitud ensartada en un émbolo, junto a los pensamientos arrugados, de oscura caligrafía.

Semanas de ansiedad científica e intolerancia al agua (que aspira a su centro, huye así de la restricción: de este punto imperceptible depende todo su estado, su inaccesible solemnidad).

Las viandas, el vino claro esperan en el refectorio.

Un recuerdo cordial de la pena y la gloria de cada nutrición, la carne de cordero, las hojas de lechuga. En cumplimiento con lo prefigurado, lo dulce con lo amargo se mezclan en una dieta piadosa.

También, el pan común de mala teología.

Es posible levantarse con el alba, aquí, asumir el reposo con la temeridad de las bestias sobre las que pende una sentencia no por clausurada menos vinculante, se adivina por la humedad de la celda, poco confortable al alba como oro turbio que crece del suelo.

No suelen quedar secuelas, parece asegurar. Apenas una intermitente sensación de vértigo y un vago horror por los cuerpos fluidos, dignidad líquida de Dios, de los gusanos que derivan a su afán.