Kay Sage, ‘The Instant’ (detalle), 1949

“A excepción de Kafka, no se me ocurre ningún otro escritor que haya expresado la desesperación tan intensa y constantemente como Dickinson. Todos percibimos que la desesperación de Kafka es primordialmente espiritual; la de Dickinson parece esencialmente cognitiva” (Harold Bloom). Al menos en este caso Bloom no exagera: lo que percibimos en muchos de los textos de la solitaria habitante de Amherst es la angustia de una inteligencia superior que se debate contra los límites del conocimiento, la persistente, fútil y admirable tentativa por derribar la muralla del lenguaje y ver lo que, acaso, se encuentra más allá. Esta pasión por acceder a un conocimiento absoluto puede observarse en decenas de poemas de escritores norteamericanos: uno de los más logrados es, probablemente, “Más allá del campo”, de Denise Levertov, que establece un sutil diálogo con el poema 280 de Emily Dickinson.

Más allá del campo

La luz se deshace en corpúsculos
que tocan la tensión en la superficie del océano,
deslizándose antes de sumergirse para siempre.
Placas tectónicas que chirrían en silencio
desplazando inquietudes monumentales.
Los límites más extremos de la mente tiemblan,
sintiendo afinidades más allá de su alcance.
Demasiadas cosas invisibles, desconocidas,
inaccesibles al conocimiento y que se dan por perdidas:
matices, claves, las transiciones que marcan el fluir de
los eventos, representados o no, una avalancha que avanza
hacia nosotros, a través de nosotros, más allá de nosotros,
antes que nos acerquemos para ver lo que parece
el rastro de un pasaje, con las ondas que ya se aquietan
en la alta hierba, junto a la cerca del campo de la mente.

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