Delfín Prats

Para Yoandy, lector agudo, otra vez

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En menos de doscientas páginas cabe la obra completa de Delfín Prats. Apretada como una colección de poemas que también cede sitio a los textos en prosa del autor, puede ser recorrida con rapidez por el lector que quiera adentrarse en ella. Si a esto se añade la brevedad de la mayor parte de sus creaciones, el recorrido podría parecer aún más veloz. Sin embargo, pocos son los autores cubanos que reclaman más detenimiento, que invitan a un repaso mucho más pausado de sus entregas, y que consiguen que ese lector interesado regrese con gusto a esas pocas páginas. Todo ello tiene que ver con la transparencia e intensidad de lo creado por este holguinero, nacido en 1945, que parece obsesionado con la reconstrucción, una y otra vez, de esa obra sólo en apariencia tan humilde.

Añádase a ello que la obra de Delfín Prats parece recomenzar una y otra vez. Amenazada por diversos pasajes de la vida de su autor, esos libros que ha escrito no para saberse poeta, sino para dar fe de su relación y compromiso con la poesía (que es otra cosa), acogen una obra en movimiento, que se piensa y se recompone una y otra vez, sobreviviendo a cierta clase de destrucciones y replanteos que le hacen siempre retornar a los mismos puntos de partida. El punto cero es Lenguaje de mudos, su poemario de 1968, con el cual ganara el Premio David. Un libro que ha ido reconstruyéndose, desde esa época, vislumbrándose como fragmento entre los demás que Prats ha ido publicando, hasta que, finalmente, en el reciente 2011, se distribuyó en la isla una edición que recupera el concepto original de ese cuaderno. Leerlo ahora, íntegramente, a tantos años de aquel instante en que se le proclamó ganador del concurso, nos impulsa a otras zonas de la poesía cubana. Y de los conflictos que dicha poesía ha debido sobrevivir para que, como pasa ahora con Lenguaje de mudos, pueda esplender ante los ojos de otras generaciones.

Veintitrés años tenía Delfín Prats cuando envía el libro a la sede la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, patrocinadora del Premio David en aquella segunda edición. En 1967, habían compartido el premio Lina de Feria y Luis Rogelio Nogueras. Delfín iba a compartir con esos autores varios años de incomprensiones, pero ellos, al menos, pudieron ver distribuidos los ejemplares de sus cuadernos galardonados. Lenguaje de mudos, en un casi irónico cumplimiento de lo que profetizaba su título, quedaría en silencio: la casi totalidad de la tirada se destruyó, se redujo a pulpa. El recelo que uno de los miembros del jurado, Ángel Augier, había ya hecho público sobre aquel volumen y su novel autor, se materializó cenizando los ejemplares de aquel libro. Poeta y poemas compartirían idéntico mutismo. En el caso de Prats, el premio vino a ser el umbral no de un ascenso, sino de una caída.

Antes de ser el autor laureado, Delfín había acumulado experiencias diversas. De La Cuaba, en el campo natal, había saltado a Holguín, a La Habana y luego a Moscú. Como en el caso de su amigo y compinche Reinaldo Arenas, la literatura parece ser un destino, una marca irrevocable, que iba a revelarse durante el encuentro con las capitales, con la vida urbana, aunque aún en esos espacios el autor siga evocando el paisaje de la infancia. Leer la obra de Arenas y Prats en paralelo ayuda a comprender la tensión de ese destino: iluminan uno sobre otro la historia subterránea del tiempo que les tocó como juventud, compartiendo experiencias que van desde el frenesí de los primeros años revolucionarios, hasta la amargura de la sospecha que los señalaría como elementos peligrosos, reprobables en el nuevo contexto. Arenas dibujó un retrato desgarrado de Delfín Prats, o Hiram Prats: su doble, su nombre de guerra nocturna, en Antes que anochezca y en El color del verano. Como las páginas de Lenguaje de mudos, esa imagen ha perseguido desde entonces a Delfín Prats, tal y como demuestra la escalofriante secuencia del válido documental Seres extravagantes, de Manuel Zayas, en la que un policía irrumpe en cámara y corta los recuerdos que el poeta hilvanaba sobre su amistad con el autor de El mundo alucinante. Conocerlo a través de su poesía ayuda a derribar algunas de esas máscaras.

En la Unión Soviética, Delfín estudia ruso, se hace traductor, descubre a una edad temprana la dimensión de otros mundos. La poesía cubana se le revela lentamente como una tradición de la que se hará un lector insaciable. El regreso a La Habana lo enfrenta a la nocturnidad de esa urbe. Aún están abiertos muchos de sus bares y night clubs. La Rampa, apenas atardece, se va poblando de seres y personajes insólitos. El propio Delfín Prats terminará siendo uno de ellos, y establece pacto con algunos, como los miembros del grupo El Puente. El diálogo con José Mario, Reinaldo Felipe, Lina de Feria, lo animará a escribir poemas que no sobrevivirán. Tras una lectura en una casa de Boca Ciega, desaparecen esos primeros versos. Nacen los que estarán en Lenguaje de mudos, y que sorprenden a Nicolás Guillén. Quién es este joven soldado, traductor de ruso, que escribe así. Algunos de esos versos llegarán a ver la luz en La Gaceta de Cuba. Pero cuando el volumen de sus poemas gana el David, el poeta está en La Cuaba. Regresa a la capital cuando ha pasado ya la ceremonia de los galardones. La Habana de 1968 ya es otro paisaje. Y es el mismo año en que la UNEAC también censura libros triunfantes en sus concursos: Los siete contra Tebas, de Arrufat, y Fuera del juego, de Padilla: drama y poemario que también pagarán con silencio sus “osadías”. Virgilio Piñera había ganado, por esos mismos días, el Premio Casa de las Américas con su pieza teatral Dos viejos pánicos. Demoraría casi veinte años en estrenarse en Cuba esa comedia negra de ancianos que juegan a la muerte para combatir los miedos que los acosan. Piñera no lograría acudir a esa premier.

Tardaría diecinueve años Delfín Prats para, finalmente, saberse dueño de un volumen que pudiera adquirirse en las librerías cubanas. Con la aparición, en 1987, de Para festejar el ascenso de Ícaro, comenzaban a airearse las sombras de esa confusión, de esa suerte de largo malentendido que cayó sobre su nombre tras la desaparición de Lenguaje de mudos. Durante ese tiempo, fue camarero de un restaurante habanero, estuvo preso en el Combinado del Este, volvió a Holguín, vio desaparecer a figuras promisorias de su generación, a la muerte o al exilio, y volvió a la poesía cuando la oportunidad lo quiso. Reapareció con ese breve cuaderno de sólo veintiocho poemas, y el efecto fue sorprendente. Los escritores que en ese momento trataban de dar a conocer sus primeras páginas, lo descubrieron como a un contemporáneo. El impacto de ese libro, en el que se filtraban varios poemas del cuaderno perdido, le dio un rostro y una voz que, desde ese entonces, no hemos logrado olvidar. Repetíamos algunas de sus líneas como contraseñas. Hablábamos, por su culpa, en perfecto lenguaje de mudos.

2
A través de la secuencia que forman sus libros de poesía, Delfín Prats regresa al paisaje personal que ha ido salvaguardando con sus textos. “Humanidad”, el mismo poema que abría Lenguaje de mudos, sirve de umbral a Para festejar el ascenso de Ícaro y Abrirse las constelaciones, la primera antología que el autor prepara y que ve la luz, poblada de erratas, en 1994 bajo el sello de Unión. Aguas, la segunda de esas compilaciones, impresa en Holguín en el 2010, trata de reparar aquella defectuosa edición, y permite a Delfín Prats revisar nuevamente lo escrito, escoger entre su parca obra lo que considera mejor, y devolver a ciertos versos una tensión y una claridad que otros problemas y errores pudieron haberles arrebatado. También Aguas incluye, como primer poema, “Humanidad”. Esa persistencia no es casual ni maniática. Se trata de un texto que define la mirada del poeta, que lo ubica como parte de un ámbito donde la mirada de sosiego que lo caracteriza le deja saber que todo puede ser trascendido. Que aún existe un sitio con ese nombre, “sereno”, “recobrado y dulce”. Algo que caracteriza a toda la poética de este autor es esa calidad en la mirada. Algo que sus lecturas posteriores, provenientes de la sabiduría oriental, han hecho más firme y sostenida, y que le permite sobrepasar lo hermoso y lo terrible sin estridencias innecesarias.

Una línea cronológica insistiría en ubicar a Prats dentro del coloquialismo que se dejaría sentir con fuerza casi asfixiante en la poesía cubana de fines de los sesenta y hasta la década del ochenta. Su desempeño, sin embargo, lo aleja de los extremos de esa fórmula, lo aísla, lo caracteriza como el caso aparte que en verdad es. Distante de la pose del poeta, llega al verso y a la página porque tal revelación le resulta inevitable e impostergable, y una vez terminada la epifanía, no emplea sus hallazgos como máscara. De ahí la autonomía de la obra, y tal vez su intensidad. La imagen que persiguen sus poemas es siempre una visión prístina, que encuentra en el lenguaje un espejo casi nunca turbio, aunque lo que se nos diga no carezca de tonos y referentes sombríos. La noche nacional puede contener a Lovecraft, como nos recuerda alguna de sus páginas, localizable en El esplendor y el caos (Unión, 2002). Su voz puede acercarse a la de un poeta florentino o revelarse como “la sombra de la mujer que amó”. Un dejo existencial y una resonancia casi surrealista aprietan las líneas de varias páginas en su primer cuaderno, en el que los amigos y los muertos podrían compartir una fotografía imaginada por Antonia Eiriz. Los límites del discurso que el coloquialismo impuso entre nosotros no colindan con los de sus versos. La patria que él avizora en “Mañana en la Demajagua” no es la de tanto libro ni canto vacío. Qué obra extraña esta, y al mismo tiempo, cuánto tiene de sosiego. Y que siempre reclama al poeta como un solitario, y persiste en que la música de la naturaleza no le niegue su dosis de silencio.

Las señales homoeróticas de algunos poemas de Lenguaje de mudos ya alzaron la ceja de los censores en su primer momento. Un poema esencial de ese libro, “Litografía”, revelaba una carga sexual en la que el enlace ese entre “animal extraño” que visita al poeta podía inducir lecturas no precisamente lineales. Cuando se edita Para festejar el ascenso de Ícaro, fue ese uno de los poemas que apareció en una revisión que eludía ciertas claves más explícitas a ese respecto. Otros poemas, en aquella edición, perdieron líneas y vocales suspicaces. Reinaldo Arenas, que conocía bien el original, escribió una nota amarga sobre esas alteraciones, allá en el exilio. Tendrían que pasar más años para que, finalmente, leyéramos “Litografía” como podemos entenderlo hoy, sin el contrapeso de circunloquios innecesarios. La presencia de lo amado, en sus versos, está siempre enlazada a un espacio donde la naturaleza es incontenible, como el mar que deja sentir su eco en el poema “Pero en el viento su rumor llegaba”, doble del mar de arenas negras que reluce en “No vuelvas a los lugares donde fuiste feliz”, al que también regresaron, con las nuevas ediciones, los nombres de Adriano y la silueta de Antínoo. La ambigüedad es también un arma progresiva en sus escritos, de ahí que al recorrer esas antologías el ya citado poema “Pero en el viento su rumor llegaba”, o también “Muerte qué endeble es tu poder”, puedan aparecer como evocación de un sujeto femenino y luego, en otra, como declaración de amor hacia un amante masculino. Otras variantes he escuchado a partir de sus “Variaciones sobre el tema del pez”, interpretada como celebración del falo. Lo pictórico, que es una influencia crucial en la obra de Prats, nos devuelve al Bosco, al jardín de las delicias, con su contraparte siniestra, para recordarnos que tampoco deberíamos leerlo desde una ingenuidad insulsa. Delfín Prats es uno de los poetas cubanos que devora la obra de sus maestros para luego filtrarla sin arrogancia entre sus páginas. Y ello incluye también a la música (de ahí la serie de rocks que imagina, la canción georgiana), la plástica y aun lo cinematográfico. Todo para advertirnos que él sabe que el mismo cuerpo deseado puede engendrar y contener el caos y el esplendor.

Pero en el centro de su obra sigue iluminando “Aguas”, uno de los grandes poemas de la tradición lírica cubana. No en balde es el título de esa selección, hasta ahora, definitiva que hace Delfín Prats de toda su poesía. El texto, uno de los más extensos de cuantos ha escrito, define y sintetiza esa relación del poeta con un paisaje al que intenta dar sentido desde su misión de quien observa y encuentra enlaces secretos en esa realidad, para otros tan ordinaria. Fechado en 1974, tras su regreso a Holguín, tiene como protagonistas a esos pescadores y soldados entre los cuales circula, como agua misma, una complicidad que lo trastoca todo. La pérdida de ese instante en que hubo juventud, amor y sencillez se escurre como el líquido primordial, el elemento que nombra al poema, y trata de ofrecer al lector esa misma transparencia, hacia el mar en que se diluye todo. Desde la disposición tipográfica del texto, que en varios momentos se escalona para dar esa imagen de lo que corre hacia otro punto, el autor ha cuidado la representación del entorno, induce otras voces junto a la suya, alterna la descripción de gestos cotidianos con la evocación de una belleza y una sensualidad que probablemente ya no estará más. “Aguas” es un poema que en sí mismo contiene un pequeño mundo, quizá inédito hasta ese entonces para el lector cubano, del cual Delfín Prats es todavía dueño.

Añádase a ello la inocultable conciencia crítica que el autor manifiesta hacia su propia obra, gesto raro entre nosotros. Las antologías le han servido para organizarla, jerarquizarla, establecer cardinales acerca de qué cree él que es lo más perdurable, ahorrando al lector textos que, según su criterio, no han sobrevivido lo bastante bien. Falta en las estanterías cubanas una edición de la obra poética íntegra de Delfín Prats. En España, donde José Mario persistió tras su exilio hasta editar Lenguaje de mudos en 1970, se ha reeditado ese cuaderno y ahora circula un volumen con toda su poesía, bajo el sello de la Editorial Hypermedia. Me gustaría creer que no falte tiempo para hacer lo mismo en Cuba.

Acaso por lo mismo resulte difícil segmentar su escritura en los títulos que forman su bibliografía. Delfín Prats ha persistido en escribir tal vez una obra que se cierra y abre sobre sí misma, continuidad como una progresión, sumando o restando fragmentos a ese pequeño ámbito en el cual él se ha sentido más cómodo. Las grandes tragedias de su vida se unen al recuerdo de amigos y parientes, muchos de ellos ya únicamente evocables, en un tono que nos dice que él ha regresado de todas esas pérdidas. Quien le conozca, sabrá que eso es proyección exacta de su vida despojada de lujos. Traductor de poesía, también se habrá sorprendido al ver sus poemas en otras lenguas, como el portugués o el italiano. Con los últimos años, le han llegado ediciones en México, y otros países. Premios y reconocimientos que tal vez no esperó. Abandonó la casa que le cedió el Gobierno de su ciudad para no tener que soportar el ruido circundante, para huir de alcoholes y fantasmas que lo acosaban. Y regresar al campo, como quien vuelve al “Jardín” que también es el paisaje de otro de sus raros poemas extensos.

3
En la primavera de 1996, a solicitud de Norberto Codina, visité a Delfín Prats en la que era en ese momento su casa holguinera. La Gaceta de Cuba preparaba un dossier de poetas de esa ciudad y quería conseguir un inédito. La tarea era ardua, porque Delfín nunca ha hecho alarde de una abundante obra sin publicar, y ni siquiera sabía si estaría dispuesto a entresacar algo de sus pocos papeles. Lo hizo, como prueba de amistad. El texto en cuestión se llama “Alegato de amor”, y se le puede leer en la Gaceta de julio-agosto de ese año. No es uno de sus textos más reveladores, pero resulta doblemente útil porque en él, como en el delicioso “Erinnias”: retrato de las locas citadinas y playeras que fueron sus secuaces en La Habana de los setenta, Delfín echa mano a una ironía muy sutil para declarar sus posicionamientos. Es una pieza que hace nítido su rechazo al poema como himno pautado desde el seguimiento dócil a una doctrina, y lo revela desde “una sinceridad llanamente suicida”, desde la cual nos exige que lo leamos y lo divisemos.

Tiempo vendrá en que leerlo será un modo mejor de entender no sólo lo que él ubica ante nosotros como un paisaje verbal que se reorganiza desde el fragmento, para ser un espacio de la memoria. Su obra, golpeada tantas veces, es un gesto que él ha reconstruido una y otra vez, tal vez desde la obsesión de mostrarnos en ese espejo tantas veces roto su verdadera faz. En la primera imagen que tengo de Delfín Prats, todos éramos más esperanzados o felices. Era una noche del Primer Festival de El Caimán Barbudo, en 1988, y en la sede hoy perdida de esa publicación no menos perdida ya, él decía los fabulosos trabalenguas que Reinaldo Arenas estamparía luego entre los capítulos de El color del verano. En el público de esa noche, apretados en la oficina de Bladimir Zamora, estaban, entre otros, Ramón Fernández-Larrea, Teresa Melo, no recuerdo ya si también Agustín Labrada. La risa de Delfín acompañaba aquellas palabras que Arenas imaginó como venganzas. Esa noche también es un paisaje irrepetible, al que me devuelven sus versos, los mismos que me sorprendieron tanto cuando leí Para festejar el ascenso de Ícaro, en una Santa Clara no menos irrecuperable.

Aprendimos de memoria algunos de sus versos. En cierta medida, él es un mito de Holguín, esa ciudad discreta que nos ha deparado algunas sorpresas interesantes. Su credo, su poesía, han sobrevivido épocas y tendencias. Repite esos poemas una y otra vez en nuevos libros, y logra que siempre los leamos como si se editaran por primera vez. Aun las lenguas más feroces de nuestra pequeña literatura actual lo mencionan con cierta dosis de respeto. Se lo ha ganado como sobreviviente y como poeta. Como quien regresa “desasido del valor real de las cosas”. Lo describo con sus palabras porque nadie podrá, mejor que él, imaginar su retrato. Su rostro en ese paisaje que la memoria dibuja una y otra vez.  La memoria “está llena de pájaros”, dice en “Lentes”, de Lenguaje de mudos. Manera de hacernos saber que la memoria está llena de poemas.

NORGE ESPINOSA
Norge Espinosa Mendoza (Santa Clara, Cuba, 1971). Dramaturgo, poeta y ensayista. Licenciado en Teatrología por el Instituto Superior de Arte de La Habana. Sus obras teatrales han sido puestas en escena por grupos como Pálpito, Teatro El Público o Teatro de las Estaciones, en Cuba, Puerto Rico, Francia o Estados Unidos. Entre sus textos destacan: Las breves tribulaciones (poesía), Ícaros y otras piezas míticas (teatro) o Cuerpos de un deseo diferente. Notas sobre homoerotismo, espacio social y cultura en Cuba (ensayo). Es un reconocido activista y estudioso de la comunidad LGBTQ cubana. Su poema “Vestido de Novia” se ha convertido en himno de las reivindicaciones de este grupo.
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