Fachada del teatro Alhambra en La Habana

Nuevamente se acercan las Cubañejerías al ámbito teatral. Esta vez tras la estela dejada por Regino López Falcó en la memoria escénica cubana de raigambre popular, en ocasión del septuagésimo quinto aniversario de su desaparición física. De origen asturiano, Regino López Falcó (1861-1945) condensa en su quehacer la época de mayor esplendor del teatro popular cubano: la que se extiende del renacer y consolidación de los bufos, tras la terminación de la Guerra de los Diez Años, hasta el derrumbe del paradigmático, a la vez que denostado, teatro Alhambra en febrero de 1935, cuando la Revolución del 30 se iba a bolina. La desaparición de Alhambra es, sin duda, un símbolo del cambio de época. Un año después, según opinión unánime de críticos e investigadores de la cultura cubana, entraba definitivamente la escena nacional en una modernidad que desde la década anterior intentaba mostrarse, no sólo en proyectos sino también en realizaciones, pero sin lograrlo.

En la terminología de la época, Regino López fue un carismático actor genérico cuya extrema ductilidad interpretativa le permitió brillar en caracterizaciones de disímiles personajes, con excepción de la del negrito. Destacó asimismo como cantante por una aceptable voz de barítono conservada en añejas grabaciones, a la vez que como diestro bailarín de diversos géneros de la música popular nacional como el danzón y la rumba. Parejamente, devino exitoso empresario de la Compañía que encumbró a la fama al coliseo de Consulado y Virtudes, en las cercanías del prostibulario barrio habanero de Colón.

De los bufos y del género alhambresco mucho se ha escrito, tanto a favor como en contra de sus respectivas estéticas; pero no se ha logrado un consenso mayoritario ni en una dirección ni en la otra, ni por quienes fueron parte de su público habitual, ni por quienes se han acercado a él, contemporáneamente y con posterioridad, para analizarlo como fenómeno cultural. Las posiciones han sido, por lo general, totalmente antagónicas, sin justo medio posible. Lo indudable parece ser, sin embargo, que para gran parte del público de entonces, y no solamente de las capas sociales menos favorecidas, ambos eran EL teatro, es más, eran SU teatro: aquel que mejor reflejaba sus carencias y aspiraciones en el complejo y contradictorio entramado histórico-social coetáneo; aquel que contribuía a hacerle comprender, desde una óptica humorística y satírica, en medio de agradables y pegajosas melodías, y a través de ingeniosos cambios escenográficos y coreografías, realidades de diverso cariz requeridas de cambios radicales o moderados, permanentes o temporales, los cuales, sin embargo, no se insinuaban más que a medias. Lo cierto es, también, que en no pocas ocasiones se tocaban temas y asuntos de la mayor actualidad y urgencia de solución, con lo que se contribuía, si no a la toma de decisiones al respecto, al menos al llamado de alerta. En los inicios de la década de 1960, ante la reposición de una emblemática pieza estrenada en los momentos de mayor esplendor del Alhambra, a la vez que de la primera gran crisis superestructural de la República de “generales y doctores” (La isla de las cotorras), algún crítico revolucionario la emprendió con aquella vertiente del teatro popular cubano y recibió contundente respuesta pública en una prolongada serie de comentarios espontáneos de lectores, aparecida en el mismo diario donde escribía, el cual no era otro que el prohijador del suplemento cultural más importante de ese crucial momento de la historia contemporánea de Cuba. Tal vez algún día una selección de esos comentarios motiven una Cubañejerías.

En aquel ambiente convulso y polémico de la República Neocolonial, enrarecido por la corrupta política al uso, brilló Regino López con luz propia durante décadas. Para Rine Leal, posiblemente haya sido “el actor más popular de nuestra historia”, “inteligente, variado e incansable [con] un olfato infalible para saber cómo conquistar al «respetable» [público]”.[1] Su arte histriónico quedó recogido por las cámaras cinematográficas al menos en tres largometrajes silentes del prolífico director cubano Enrique Díaz Quesada: El tabaquero de Cuba o El Capital y el Trabajo (1918), La zafra o Sangre y azúcar (1919) y La brujería en acción (1920), según refieren Arturo Agramonte y Luciano Castillo en el primer tomo de su exhaustiva Cronología del cine cubano (1897-1930).[2]

No se pretende con estas líneas hacer un comentario apologético exhaustivo de Regino López o del Alhambra y sus avatares, sino sólo hacer referencias contextualizadoras someras sobre el homenajeado antes de presentar, como de costumbre, aquellas novedades sacadas de los archivos del redactor, de manera que los lectores de la columna puedan tener algunos elementos para aquilatar la importancia de los documentos epocales presentados, ante todo, siempre, con el objetivo de que cada cual llegue a sus propias conclusiones al respecto. En primer término se ofrece una promoción, aparecida en la sección “Espectáculos” del Diario de la Marina, previa al inicio de una de las habituales temporadas que –para un público más amplio y variado, en lo económico, lo social y lo cultural, que el únicamente masculino asiduo a las habituales funciones en Alhambra– desarrollaba la Compañía bajo la dirección de Regino en el más aristocrático, “decente” y céntrico Payret. Aquí, la alcurnia de damas y damiselas de la más alta sociedad podía emparejarse, en tanto público, con el diverso tipo de espectadores que repletaba la sala de Consulado y Virtudes en sus tres funciones diarias. Aquí, podían ellas satisfacer parcialmente su curiosidad por aquellos espectáculos del teatro Alhambra a los que se les prohibía el acceso. Se supone, aunque no hay pruebas fehacientes de ello, que los textos de las obras sufrían modificaciones, que los vestuarios se ajustaban a otras normas más cercanas a la moral al uso, que en los bailes menguaban un tanto los movimientos lúbricos y sicalípticos, que los énfasis en ciertos dobles sentidos (en palabras, movimientos y gestualidad) eran atenuados. De este modo, se satisfacían mejor las expectativas del público y, lo mejor, se aseguraban mayores asistencias y dividendos.[3]

Del día siguiente, 19, pero en la sección de crónica social “Habaneras” del mismo periódico, se ha seleccionado una promoción más breve y claramente orientada hacia lectores de la alta sociedad, preferentemente a las mujeres a quienes se negaba la posibilidad de acudir al Alhambra. La recogemos como simpática muestra epocal del lenguaje y la sintaxis de los periodistas encargados de la crónica social en la que el maestro mayor fue durante muchos años Enrique Fontanills. Ambas promociones, por supuesto, pagadas por Regino López en su condición de empresario de la Compañía.

Por último, también del Diario de la Marina, incluimos una entrevista realizada por el conocido Rafael Suárez Solís –autor dramático amén de periodista de luenga trayectoria en la prensa cubana hasta bien entrada la década de 1960– a Regino López, la cual podría estimarse resumen conclusivo sobre la exitosa temporada de las huestes alhambrescas fuera de su marco habitual de presentaciones o como promoción para continuar incentivando al público a asistir a las funciones en Payret, si es que estas aún continuarían –algo que no ha sido posible verificar para esta ocasión.

Como en anteriores Cubañejerías, aunque sin pretenderlo como objetivo principal, esta puede estimarse merecido recuerdo al Diario de la Marina en los sesenta años de la abrupta terminación de su prolongada, prolífica y controvertida trayectoria. No se va a resucitar a un órgano de opinión pública que murió cuando tenía que morir. Tampoco a negar que, junto a una praxis periodística lesiva a los verdaderos intereses de la nación, de la Colonia a 1960, el Diario de la Marina debe ser tenido en cuenta en cualquier aproximación a la historia de la prensa y la cultura en Cuba, por aportes tales, por citar un ejemplo incuestionable, como su Suplemento Literario entre 1927 y 1930, que valoro personalmente como la más renovadora de las publicaciones de las vanguardias artístico-literarias cubanas, sólo comparable en su categoría con su homólogo Lunes de Revolución.

Va bajando el telón del otrora elegante Payret (y desde esta ínsula me vienen a la mente los famosos versos de Rodrigo Caro: “Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora/ campos de soledad, mustio collado,/ fueron un tiempo Itálica famosa”), de seguro a los acordes de una sonada rumba o una contagiosa conga por toda la Compañía, como era habitual entonces. Con nuestros aplausos a la troupe de Regino y, más que a ninguno de sus aclamados miembros, a él mismo, actor, director o empresario, a setenta y cinco años de su declive final (en sentido recto y figurado: no es alguien a quien se venere hoy como merecería), vamos haciendo mutis por el foro por esta vez. Queden con lo ofrecido y disfrútenlo.

Regino López Falcó

La temporada de Regino López en Payret

(Tomado de Diario de la Marina, 18 de enero, 1923, p. 8.)

El sábado próximo se inaugurará en Payret una nueva temporada por la Compañía de Regino López, para dar a conocer a la totalidad del público habanero la última obra del célebre sainetero criollo don Federico Villoch, titulada El Empréstito.

Esa obra figurará con preferencia en el cartel de las funciones que hayan de ser celebradas. Se pondrá en escena La mina errante, en la que Regino López hará el importante papel del viejo filósofo, creado por Villoch para que lo encarnara el gran actor.

Regino López ha obtenido en ese papel un triunfo definitivo como artista de una ductilidad extraordinaria que, si lo hizo famoso como cómico de incomparable gracejo, lo revela, en La mina errante, como actor dramático capaz de despertar en el público las más hondas emociones.

Lo complejo del personaje y las dificultades de ese papel, que viene a ser en la citada obra como el comentario, rudo y digno a todas las tribulaciones creadas por el crack bancario, la dramaticidad de las escenas en que interviene y su extensión, hubieran sido, seguramente, un invencible obstáculo para quien no tuviese los altos méritos y las notables cualidades artísticas de Regino López.

El gran actor ha triunfado en esa obra como en todas las que fueron confiadas a su ingenio.

Además se darán a conocer en la temporada otras obras igualmente interesantes, bellas y de palpitante actualidad, como las tituladas El impuesto y El balance del año, las dos del mismo género y tendencias que La mina errante, es decir, de carácter plenamente patriótico, nacionalista, de gran aparato, de gracia y de visualidad.

Estas obras tienen, dentro del teatro cubano, una gran significación porque son exponentes de los nuevos rumbos, más perfectos y extensos, por los que ha dirigido su fecunda producción, en estos últimos tiempos, el aplaudido autor Federico Villoch.

La temporada que se inaugurará el sábado próximo en Payret es seguro que obtenga del público y de la sociedad habanera el mismo interés que en las anteriores temporadas.

Máxime, cuando ya está plenamente demostrado el completo acuerdo del público en juzgar como nacional el teatro representado por las obras de Villoch, Robreño, Anckermann y otros autores de Alhambra, cuyo ingenio y fecundidad han hecho posible el milagro de crear un teatro que sea fiel reflejo de nuestras costumbres y de nuestras tradiciones líricas.

Regino en Payret

(Tomado de Diario de la Marina, 19 de enero, 1923, p. 7.)

En Payret.

Tras la Ópera, Regino.

De nuevo va al rojo Coliseo, con sus nutridas huestes, desde el viejo baluarte de la calle de Consulado.

Empieza mañana en una temporada que promete ser pródiga en novedades.

Habrá tres estrenos.

Obras todas de Villoch.

Son sus últimas producciones, con los títulos El empréstito, El balance del año y El impuesto, basadas las tres en asuntos de palpitante actualidad.

Regino López actuará personalmente en la interpretación de todas las obras que suban al cartel.

Dirigirá, además, la temporada.

¿Qué garantía mejor?

Los antecedentes del grandioso éxito de la temporada de Regino López en el teatro Payret

(Tomado de Diario de la Marina, 26 de enero, 1923, p. 8.)

Pocos han sido en Cuba los artistas que hayan alcanzado mayor popularidad y fama y que, sin embargo, de su envidiable situación ante el público, se hayan dado menos a la vanidad y al egoísmo, que Regino López, la figura teatral del día, como consecuencia del grandioso éxito alcanzado en las funciones que van dadas de la actual temporada en Payret.

Regino López, que lo puede todo en su Compañía de zarzuela, dado que, al propio tiempo que director es empresario y primer actor, ha sido lo suficientemente hábil, sencillo y noble para sustraerse a las pasiones, no prevaleciendo sobre los demás artistas de la Compañía de Alhambra.

Quizás este gran mérito del actor sea el que más popular y admirada haga la personalidad del gran artista criollo, y lo que atraiga la curiosidad de todos hacia él.

Nosotros sentimos por Regino López un acendrado cariño; y lo admiramos y nos es interesante todo lo que se refiera al notable cómico. Así, no tiene nada de extraño que, alguna que otra noche, nos demos a gozar del placer de su charla, en los pasillos del escenario.

Noches pasadas, quisimos oír de sus labios las razones que justifican, en el curso de los años, el triunfo de su Compañía y del género teatral que cultiva.

Regino López: Sería loco achacar el éxito de nuestra empresa a la suerte, a determinada fase de nuestro teatro o a la disposición del público hacia la obra que la leyenda ha escandalizado en Alhambra.

El triunfo de la Compañía y del género es consecuencia, más que todo, del empeño de Villoch y otros autores de la casa de hacer teatro que contenga los suficientes elementos de espectacularidad para alegrar al público y que esté de acuerdo con sus gustos y penetre en su espiritualidad.

Cada día que ha pasado, en una brega de muchos años, los autores han dado un paso de avance en el arduo empeño de crear obras con más y más bellezas; y los artistas que hemos seguido esa afanosa labor de mejoramiento nos hemos hecho el propósito de llegar a más en nuestra labor interpretativa. Como no hubo desmayo por parte de nadie, como todo lo hemos subordinado noblemente a la institución de un teatro que digna y fielmente pudiera llamarse cubano, cada uno desechando la natural disposición hacia el halago de su vanidad para que la obra de mejoramiento fuese seguida y cierta, hemos triunfado.

Y hemos triunfado ruidosa, apoteósicamente, que eso significa, ni más ni menos, que ver cómo la sociedad habanera acoge, con entusiasmo, nuestras campañas teatrales.

Últimamente, en estos días, ya ha visto usted lo que ha pasado con el estreno de El empréstito.

Villoch ha compuesto una de sus mejores producciones; el personal de la Compañía se ha esforzado en la interpretación; Anckermann ha escrito números musicales primorosos y Nono Noriega ha pintado telones que firmarían los mejores escenógrafos de fuera.

Por cierto –interrumpimos nosotros– que la actuación suya en esa obra ha sido superlativa. Se ha destacado usted como nunca.

Otero, Arnaldo Sevilla, Pancho Bas, lo hubieran hecho lo mismo. Ellos, en los mismos tipos que yo interpreto con frecuencia, lo hacen tan bien como yo; es más, llegan a identificarse con el público tan enteramente como yo me he identificado en largos años de labor.

¿Y no teme a la popularidad que ellos han conquistado? (Regino se asombró de nuestra pregunta; pareció no comprenderla. Se sonrió piadosamente de nosotros, y contestó despaciosamente, como silabeando):

No. La popularidad mía, la de mi Compañía, la del género Alhambra, la del teatro de la calle Consulado, no es más que producto de una suma de popularidades que yo soy el primero en estimular y en ayudar a crearlas.

Todos mis artistas son populares y en mi dirección, en mi conducta particular y en mis esfuerzos han visto siempre facilidades para el desarrollo de su arte y para la conquista de su público.

Prueba de ello es que la celebridad no ha sido solo para Villoch y para mí: en Alhambra se hicieron famosos muchísimos artistas, unos desaparecidos ya, desgraciadamente, y otros, que ahora son favoritos del público: Robreño, la Becerra, la Trías, la Sorg, la Rodríguez, Bas, Mariano Fernández, Otero, Julito Díaz, Acebal, Pepe del Campo…

Cada uno tiene su propia personalidad, y cada uno goza la celebridad que yo soy el primero en reconocer, en ayudar a que no se extinga y a hacerla más y más extensa.

No soy egoísta. El que sirve para triunfar, que triunfe, aunque sea por encima de mi propio triunfo.

Sé que esa es la única manera de hacer que persista en el público el prestigio de mi Compañía y del teatro cubano.

En toda la historia nuestra resplandece siempre esa práctica de nobilísima tendencia a ayudarnos unos a los otros en bien de nuestra empresa.

Los resultados los estamos viendo todos en los triunfos constantes que alcanzamos del público.

Nuestro ideal sería llegar al arraigo del teatro cubano, como espectáculo atrayente y bello, en nuestro público.

Y lo conseguiremos, estoy seguro…

El gran artista tuvo que salir a escena.

Era en La mina errante, en cuya obra el popular actor encarnaba al viejo y generoso filósofo que es como el portavoz de las nobles tendencias nacionalistas con que Villoch quiso informar su última producción.

Los aplausos sonaron por largo rato. Regino, como actor dramático, se había adueñado del público.

Otero, que lo sustituía en el papel del “Gallego”, triunfaba también, discutiéndole el favor del respetable.

¡Es que hace —nos decía— el gallego muchísimo mejor que yo!


Notas:

[1] Rine Leal: Breve historia del teatro cubano, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1980, p. 116.

[2] Cfr. Arturo Agramonte y Luciano Castillo: Cronología del cine cubano (1897-1930), Ediciones ICAIC, La Habana, 2011, pp. 174, 188 y 191.

[3] Para una mejor comprensión del nivel de la competencia, acotamos que, según el mismo Diario de la Marina, el día en que se publicó la promoción (jueves) el público habanero tenía a su alcance variadas y atractivas ofertas de espectáculos teatrales y cinematográficos para entretener culta y sanamente su ocio. Así, se pondrían en Alhambra La loca enamorada, Balance de año y El empréstito. En el Teatro Nacional actuaría la Compañía de Alta Comedia de Don Jacinto Benavente (2 funciones extraordinarias): a las 5 p.m. Los intereses creados, por la primera actriz Lola Membrives; por la noche: El chiquilllo (diálogo de los Hermanos Quintero) y Más allá de la muerte (drama en tres actos). A las 9 p.m., el Teatro Principal de la Comedia llevaba a la escena la comedia satírica en tres actos Una americana en París, de Decourcelle (no he podido definir si se trata del padre o del hijo, ambos dramaturgos), traducida expresamente para esta compañía e interpretada por Mimí Aguglia. En el cine-teatro Capitolio, de 1 a 5 de la tarde, películas por los empresarios Santos y Artigas, y en la noche se presentaría la gran danzarina y violinista suiza Norka Rouskaya, acompañada por orquesta y con bailables. El teatro Campoamor, por su parte, devenido sala cinematográfica, tendría tandas elegantes (a las 5:15 p.m. y a las 9:30 p.m.), en su “Día de moda”, con película de estreno, y funciones continuas de 11:00 a.m. a 5:15 p.m. y de 6:30 p.m. a 8:30 p.m., con varias películas. En cuanto al teatro Martí, se representarían El barbero de Sevilla, El barquillero y La alegría de la huerta. Los cines Fausto, Verdún, Neptuno, Trianón, Cervantes, Olympic, Imperio, Maxim y Lara, exhibirían filmes diferentes en sus distintas tandas, a diversos horarios. Acotamos que el Diario de la Marina mantenía otras secciones fijas que trataban tales asuntos, como “Teatros y artistas” y “Farandulerías” (esta en la edición de la tarde). Había también, por supuesto, proposiciones para especialidades “artísticas” más “morbosas”, como las funciones del teatro Shanghai en el Barrio Chino, por ejemplo, así como otras posibilidades como las sesiones fílmicas en los cines de los barrios periféricos de la ciudad y las numerosas actividades culturales en sociedades de diverso carácter, por lo general con amplio registro de asistentes. Para gustos especiales se ofrecían otras opciones menos “culturales” y más clandestinas, pero no por ello menos concurridas.

RICARDO HERNÁNDEZ OTERO
Ricardo Luis Hernández Otero (La Habana, 1946) es investigador y profesor universitario. Por cuatro décadas laboró en el Departamento de Literatura del Instituto de Literatura y Lingüística de Cuba. Sus campos de especialización comprenden aspectos como la prensa cubana, el vanguardismo y la obra de José Martí, entre otros. Es coautor, con J. Domingo Cuadriello, de Nuevo diccionario cubano de seudónimos y autor de las compilaciones Escritos de José Antonio Foncueva, Revista Nuestro Tiempo, Crónicas [de Excelsior] de Alejo Carpentier, Sociedad Cultural Nuestro Tiempo: resistencia y acción, Mirta Aguirre: España en la sangre; España en el corazón. Actualmente integra el Comité gestor que prepara la reaparición de la Revista de Literatura Cubana.
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