Cubierta de la revista ʻCasa de las Américasʼ, año XI, n. 65-66, marzo-junio, 1971

El desarrollo de las actividades artísticas y literarias de nues­tro país debe fundarse en la consolidación e impulso del movi­miento de aficionados, con un criterio de amplio desarrollo cultural en las masas, contrario a las tendencias de élite.

El socialismo crea las condiciones objetivas y subjetivas que hacen factible la auténtica libertad de creación y, por ende, resultan condenables e inadmisibles aquellas tendencias que se basan en un criterio de libertinaje con la finalidad de enmas­carar el veneno contrarrevolucionario de obras que conspiran contra la ideología revolucionaria en que se fundamenta la construcción del socialismo y el comunismo, en que está hoy irrevocablemente comprometido nuestro pueblo y en cuyo es­píritu se educan las nuevas generaciones.

El Congreso estima que en la selección de los trabajadores de las instituciones supraestructurales, tales como universida­des, medios masivos de comunicación, instituciones literarias y artísticas, etc., se tomen en cuenta sus condiciones políticas e ideológicas, ya que su labor influye directamente en la aplica­ción de la política cultural de la Revolución.

Es insoslayable la revisión de las bases de los concursos lite­rarios nacionales e internacionales que nuestras instituciones culturales promueven, así como el análisis de las condiciones revolucionarias de los integrantes de esos jurados y el criterio mediante el cual se otorgan los premios.

Al mismo tiempo, se precisa establecer un sistema riguroso para la invitación a los escritores e intelectuales extranjeros, que evite la presencia de personas cuya obra e ideología están en pugna con los intereses de la Revolución, específicamente con los de la formación de las nuevas generaciones, y que han desarrollado actividades de franco diversionismo ideológico alen­tando a sus amanuenses del patio.

Los medios culturales no pueden servir de marco a la proli­feración de falsos intelectuales que pretenden convertir el esno­bismo, la extravagancia, el homosexualismo y demás aberra­ciones sociales, en expresiones del arte revolucionario, alejados de las masas y del espíritu de nuestra Revolución.

El Congreso considera que, tanto en la música como en las demás manifestaciones del arte y la literatura, se concentre el esfuerzo en:

  1. Trabajar en el desarrollo de nuestras propias formas y valores culturales revolucionarios.
  2. Desarrollar el conocimiento de los valores culturales de los pueblos hermanos latinoamericanos.
  3. Asimilar lo mejor de la cultura universal, sin que nos lo impongan desde afuera.
  4. Desarrollar programas con fines didácticos en los que se estudie el carácter y origen de la música cubana.

La cultura actúa sobre la realidad que la origina y toma partido en las luchas de los pueblos que han sido víctimas de la opresión a lo largo de siglos de colonialismo y de explotación capitalista. La cultura, como la educación, no es ni puede ser apolítica ni imparcial, en tanto que es un fenómeno social e histórico condicionado por las necesidades de las clases sociales y sus luchas e intereses a lo largo de la historia. El apoliticismo no es más que un punto de vista vergonzante y reaccionario en la concepción y expresión culturales.

Para la burguesía, la eliminación de los elementos cultura­les propios de su clase y de su régimen se identifica con la desa­parición de la cultura como tal.

Para la clase obrera y el pueblo trabajador, la cultura, na­cida de la lucha revolucionaria, es la conquista y desarrollo de lo más valioso del acervo cultural humano cuyo acceso le fue impedido durante siglos por los explotadores.

El intelectual revolucionario ha de dirigir su obra a la erra­dicación de los vestigios de la vieja sociedad que subsisten en el período de transición del capitalismo al socialismo.

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La formación plena del hombre exige el desarrollo de todas las capacidades que la sociedad pueda promover en él. En la sociedad comunista no existen trabas para este desarrollo in­tegral.

La educación también se lleva a cabo a través de la parti­cipación en todas las manifestaciones del arte y la literatura.

La escuela socialista, junto a las demás fuerzas organizadas de la sociedad, es el principal factor para la formación multi­lateral del hombre. La actividad artística constituye uno de sus elementos esenciales desde los primeros grados escolares.

La educación científico-técnica, político-ideológica, física, mo­ral y estética, constituye nuestro concepto de la formación in­tegral del hombre.

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Durante la etapa colonial, lo africano, a pesar de la brutal opresión, se funde con lo español formando las bases de lo que será la cultura cubana.

En las primeras décadas del siglo pasado se conforman los rasgos iniciales de nuestra nacionalidad, la cual se va refle­jando en el arte y la literatura.

Las luchas independentistas de nuestro pueblo afianzan la cultura nacional portadora de características propias y, a la vez, capaz de asimilar los elementos culturales universales.

José Martí, en su vida y su obra, es el más alto exponente de esa cultura cubana y de la identificación del intelectual hasta la muerte misma con la causa de su patria y de su pue­blo. En las filas de los mambises, junto a los campesinos, a los antiguos negros esclavos liberados por la Revolución, a los artesanos y otros trabajadores de la ciudad, combatieron y murieron profesionales, universitarios, artistas y escritores.

A las corrientes intelectuales revolucionarias que crearon una cultura nacional, se opuso una corriente entreguista que fue la expresión de las tendencias políticas reaccionarias de su época: los anexionistas, los reformistas y los autonomistas, plattistas de 1901 que luego medraron en la seudorrepública.

La Revolución patriótica, antimperialista y popular preconi­zada y dirigida por Martí, quedó trunca por la intervención yanqui en 1898. A partir de ese momento, el imperialismo nor­teamericano, arrogante y brutal, llevó a cabo su programa de neocolonización económica, política y cultural.

La neocolonia instaurada en Cuba supuso que las riquezas básicas pasaran a manos de los monopolios yanquis, que se ejerciera la política que más convenía a los designios de la nueva metrópoli, que se reprimiera al pueblo y que se pusiera en marcha todo un plan de aplastamiento de la cultura nacional.

Despreciaron y pretendieron destruir nuestras manifestacio­nes culturales, para imponemos el criterio de que carecíamos de una tradición propia. Introdujeron sus ideas en los textos escolares para tergiversar nuestra historia. Mediante el control de los medios de comuni­cación masiva, ridiculizaron a nuestro pueblo, impusieron los esquemas del llamado “modo de vida americano” y desataron una campaña de embrutecimiento colectivo, a través de la colo­nización del gusto estético.

Bajo el dominio imperialista, se perpetuaron las lacras colo­niales que, al frenar el desarrollo, dejaron como secuela una educación minimizada, un millón de analfabetos adultos y la comercialización de la enseñanza bajo todas las formas de dis­criminación.

La clase obrera, los campesinos, los estudiantes y los intelec­tuales honestos, fieles a nuestra tradición patriótica, se enfren­taron combativamente a esta situación.

Lo mejor de la intelectualidad cubana, rompiendo el cerco imperialista, fue heredera intransigente del legítimo pasado cul­tural en las nuevas condiciones históricas.

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La toma revolucionaria del poder posibilitó que los escritores y artistas pudieran canalizar su obra con facilidades nunca vistas, sin el acoso de la sociedad capitalista.

La Campaña de Alfabetización, la nacionalización de la ense­ñanza y de los medios de comunicación masivos, los planes de becas y la creación de los organismos culturales fueron premi­sas esenciales de esta transformación. Surgía en el pueblo la avidez por los libros, las obras teatrales, las películas, el arte.

La Revolución cubana contó desde el primer momento con la solidaridad de todos los pueblos y de la parte más valiosa de la intelectualidad internacional. Pero junto a quienes se unían honestamente a la causa revolucionaria, entendían su justeza y la defendían, se insertaron intelectuales pequeñoburgueses seudoizquierdistas del mundo capitalista que utilizaron la Revolución como trampolín para ganar prestigio ante los pueblos subdesarrollados. Estos oportunistas intentaron pene­tramos con sus ideas reblandecientes, imponer sus modas y sus gustos e incluso, actuar como jueces de la Revolución.

Son portadores de una nueva colonización. Son los que pre­tenden dictarnos normas en política y en cultura, desde las capitales del mundo occidental. Estos personajes han encon­trado en nuestro país un grupito de colonizados mentales que han servido como caja de resonancia a sus ideas.

Estos, que recogen del suelo los yugos rotos por nuestro pueblo en más de cien años de lucha, son acreedores de nues­tro más profundo desprecio, manifestado en el proceso de for­talecimiento de nuestras organizaciones de masas y particular­mente del movimiento obrero, en las asambleas de los trabaja­dores de la educación, de todas las ramas de la actividad social. Son los trabajadores quienes han denunciado sus ideas reblan­decientes que intentan denigrar a nuestro pueblo y deformar a nuestros jóvenes.

Es el pueblo quien en todo momento ha sabido salvar y de­fender la cultura. Junto a él está la mayor parte de nuestros artistas y escritores, todos nuestros verdaderos valores, cuya actividad se ha visto en cierto modo estorbada durante los últimos años por esta corriente obstruccionista y colonizante.

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Somos un país bloqueado.

Construimos el socialismo a sólo unos pasos del centro del imperialismo mundial, en medio de un continente que hasta hace muy poco tiempo fue el traspatio donde aquel ejerció su poder más absoluto.

La amenaza de agresión militar del imperialismo yanqui con­tra Cuba no es una especulación; ha estado presente a todo lo largo de nuestro proceso revolucionario.

Nuestro pueblo lucha contra el imperialismo y construye el socialismo en todos los frentes.

El arte es un arma de la Revolución.

Un producto de la moral combativa de nuestro pueblo.

Un instrumento contra la penetración del enemigo. La revolución socialista en sí es el más alto logro de la cultura cubana y, partiendo de esta verdad insoslayable, estamos dispuestos a continuar la batalla por su más alto desarrollo.

Nuestro arte y nuestra literatura serán valiosos medios para la formación de la juventud dentro de la moral revolucionaria, que excluye el egoísmo y las aberraciones típicas de la cultura burguesa.

La cultura de una sociedad colectivista es una actividad de las masas, no el monopolio de una élite, el adorno de irnos pocos escogidos o la patente de corso de los desarraigados.

En el seno de las masas se halla el verdadero genio y no en cenáculos o en individuos aislados. El usufructo clasista de la cultura ha determinado que hasta el momento sólo algunos in­dividuos excepcionales descuellen. Pero es sólo síntoma de la prehistoria de la sociedad, no el rasgo definitivo de la cultura.

La verdadera historia de la humanidad, la que se inicia en la lucha revolucionaria y en la consecuente toma del poder, está protagonizada por las masas. Es entonces que importa irrever­siblemente la condición humana, política e ideológica de cada hombre.

El hombre liberado, desalienado, dueño de su destino, no estará sujeto al aprisionamiento de su ser en una determinada práctica excluyente.

La inteligencia de las masas ejercerá la cultura en todas sus potencialidades creadoras, abriendo la posibilidad del pleno desarrollo del individuo.

Los maestros, técnicos, científicos, estudiantes, todos los tra­bajadores pueden, en el terreno de la literatura, como en otros, transmitir muchas de sus ricas vivencias y desarrollar aptitudes artísticas y literarias.

La formación ideológica de los jóvenes escritores y artistas es una tarea de máxima importancia para la Revolución. Edu­carlos en el marxismo-leninismo, pertrecharlos de las ideas de la Revolución y capacitarlos técnicamente es nuestro deber.

La Revolución libera el arte y la literatura de los férreos mecanismos de la oferta y la demanda imperantes en la socie­dad burguesa. El arte y la literatura dejan de ser mercancías y se crean todas las posibilidades para la expresión y experi­mentación estética en sus más diversas manifestaciones sobre la base del rigor ideológico y la alta calificación técnica.

El arte de la Revolución, al mismo tiempo que estará vin­culado estrechamente a las raíces de nuestra nacionalidad, será internacionalista. Alentaremos las expresiones culturales legí­timas y combativas de la América Latina, Asia y África, que el imperialismo trata de aplastar. Nuestros organismos cultu­rales serán vehículos de los verdaderos artistas de estos con­tinentes, de los ignorados, de los perseguidos, de los que no se dejan domesticar por el colonialismo cultural y que militan junto a sus pueblos en la lucha antimperialista.

Condenamos a los falsos escritores latinoamericanos que des­pués de los primeros éxitos logrados con obras en que todavía expresaban el drama de estos pueblos, rompieron sus vínculos con los países de origen y se refugiaron en las capitales de las podridas y decadentes sociedades de la Europa Occidental y los Estados Unidos para convertirse en agentes de la cultura metropolitana imperialista. En París, Londres, Roma, Berlín Occidental, Nueva York, estos fariseos encuentran el mejor campo para sus ambigüedades, vacilaciones y miserias genera­das por el colonialismo cultural que han aceptado y profesan. Sólo encontrarán de los pueblos revolucionarios el desprecio que merecen los traidores y los tránsfugas.

En este sentido, sería oportuno recordarles lo planteado por un delegado en el Congreso Cultural de La Habana:

“Los occidentales estamos ya tan contaminados, que el intelectual responsable debería, en primer lugar, decir a todo hombre de un país menos preso en las redes: descon­fía de mí. Desconfía de mis palabras. De todo lo que tengo. Estoy enfermo y contagioso. Mi única salud es saberme enfermo. Aquel que no se sienta enfermo es quien lo está más hondamente.”

Nuestra enfermedad es la colonización de las concien­cias. Nos fue inoculada durante una larga guerra sicoló­gica sostenida por el capitalismo contra los pueblos que gobierna.

Los pueblos de los países colonizados y explotados del mundo actual no vacilarán a la hora de elegir el camino. No sólo tienen que luchar contra la opresión económica de los mono­polios, sino también oponerse y rechazar las ideas y los mode­los culturales neocolonizantes. El imperialismo ha practicado contra estos pueblos el genocidio cultural, ha intentado subvertir sus valores nacionales y su lengua. Este proceso de aniqui­lamiento ha sido una constante en nuestros tres continentes, y se ha manifestado con brutal magnitud en Vietnam, Laos y Cambodia.

Es decir, la batalla de vida o muerte hay que darla en todos los frentes: en el económico, en el político y en el ideológico.

Desde las metrópolis, los aliados conscientes del imperialismo tratan de influir en los pueblos subdesarrollados y someterlos al neocolonialismo cultural. Es la realidad que han tenido que sufrir los países explotados.

Combatimos todo intento de coloniaje en el orden de las ideas y de la estética. No rendimos cultos a esos falsos valores que reflejan las estructuras de las sociedades que desprecian a nuestros pueblos. Rechazamos las pretensiones de la mafia de intelectuales burgueses seudoizquierdistas de convertirse en la contienda crítica de la sociedad. La conciencia crítica de la sociedad es el pueblo mismo y, en primer término, la clase obrera, preparada por su experiencia histórica y por la ideolo­gía revolucionaria, para comprender y juzgar con más lucidez que ningún otro sector social los actos de la Revolución.

La condición de intelectual no otorga privilegio alguno. Su responsabilidad es coadyuvar a esa crítica con el pueblo y dentro del pueblo. Pero para ello es necesario compartir los afanes, los sacrificios, los peligros de este pueblo. Quienes, con la vieja “arrogancia señorial” a que aludía Lenin, se atribuyen el papel de críticos exclusivos, mientras abandonan el escenario de las luchas y utilizan a nuestros pueblos latinoamericanos como tema para creaciones literarias que los convierten en favoritos de los salones burgueses y las editoriales del imperia­lismo, no pueden erigirse en jueces de las revoluciones. Por el contrario, sus pueblos, de los que desertan, sabrán juzgarlos. Y los distinguen ya de los intelectuales verdaderamente revo­lucionarios, aquellos que han quedado con el pueblo y en el pueblo, participando en la difícil tarea cotidiana de crear y combatir, compartiendo con esos pueblos todos los riesgos y, lo mismo que Martí y el Che, cambiando la “trinchera de ideas” por la “trinchera de piedras” cuando a ello los ha lla­mado imperativamente su deber.

Nuestras expresiones culturales contribuirán a la lucha de los pueblos por la liberación nacional y el socialismo.

No transigiremos con lo que el imperialismo difunde como sus expresiones artísticas más logradas, entre las que resalta la pornografía, que constituye la manifestación inequívoca de su propia decadencia.

Una sociedad nueva no puede rendir culto a la inmundicia del capitalismo. El socialismo no puede comenzar por donde finalizó Roma. Nuestras obras artísticas elevarán la sensibi­lidad y la cultura del hombre, crearán en él una conciencia colectivista, no dejarán terreno alguno para el diversionismo enemigo en cualesquiera de sus formas.

Mientras el imperialismo utiliza todos sus medios para sem­brar el reblandecimiento, la corrupción y el vicio, nosotros pro­fundizamos el trabajo en nuestra radio, televisión, cine, libros y publicaciones que circulan en el país, de modo que se consti­tuyan, cada vez más, en barreras infranqueables que enfrenten resueltamente la penetración ideológica de los imperialistas.

Los farsantes estarán contra Cuba. Los intelectuales verda­deramente honestos y revolucionarios comprenderán la justeza de nuestra posición. Este es el pueblo de Girón y de la Crisis de Octubre. El pueblo que ha mantenido, mantiene y manten­drá su Revolución a sólo noventa millas del imperialismo.

Muchos escritores seudorrevolucionarios que en la Europa Occidental se han enmascarado de izquierdistas, en realidad tienen posiciones contrarias al socialismo; los que juegan al marxismo pero están contra los países socialistas; quienes se dicen solidarios con las luchas de liberación, pero apoyan la agresión israelí y la conquista de territorios auspiciada por el imperialismo norteamericano contra los pueblos árabes; los que en definitiva han convertido el izquierdismo en mercancía, per­derán la careta.

Cese ya para siempre el juego con el destino de los pueblos. Nosotros, desde esta plaza sitiada, proclamamos que nuestros pueblos tienen que dar un grito de independencia bien alto contra el coloniaje cultural.

Este Congreso hace suyas por su actualidad y vigencia plena aquellas formidables palabras de José Martí:

“Lloren los trovadores de las monarquías sobre las esta­tuas de sus reyes, rotas a los pies de los caballos de las revoluciones; lloren los trovadores republicanos sobre la cuna apuntalada de sus repúblicas de gérmenes podridos; lloren los bardos de los pueblos viejos sobre los cetros des­pedazados, los monumentos derruidos, la perdida virtud, el desaliento aterrador; el delito de haber sabido ser esclavo se paga siéndolo mucho tiempo todavía. Nosotros tenemos héroes que eternizar, heroínas que enaltecer, admirables pujanzas que encomiar; tenemos agraviada la legión glo­riosa de nuestros mártires que nos pide, quejosa de noso­tros, sus trenos y sus himnos.”