Al invitar el Ministro de Educación del Gobierno Revolucionario a un grupo de escritores y artistas para que expresaran su opinión sobre el desenvolvimiento del Instituto Nacional de Cultura, se produjeron las siguientes manifestaciones, que han pasado a formar parte del texto de la “Declaración de los intelectuales y artistas”:

No podíamos negarnos a prestar una colaboración de este género, en el instante más hermoso de nuestra historia republicana, cuando parece que todos los sueños de regeneración patria van a cumplirse, porque ha sido siempre el más vivo anhelo de los hombres creadores en nuestro país la vinculación entrañable de la historia y el espí­ritu. En el creciente divorcio de ambas instancias ha radicado una de las causas decisivas de nuestras repetidas frustraciones.

Y más adelante:

Si no se aprovecha el momento de mayor pureza y entusiasmo para realizar una efectiva renovación de las proyecciones culturales del Estado y llevar el tesoro de la belleza y la imaginación a todas las capas sociales del pueblo cubano, sin duda uno de los objetivos de la Liberación habrá fallado. Tenemos una inmensa esperanza en que esto no sucederá, porque todos los signos que nos rodean son positivos y porque entendemos que el sentido de esta Revolución no se limita, por doloroso que haya sido su precio, al derrocamiento de una tiranía, sino que viene también a recoger el legado espiritual de José Martí, en quien patria, pueblo y espíritu llegaron a fundirse en un solo cuerpo y un solo destino.

Dentro del Plan propuesto en dicha “Declaración”, a cuyas vastas proporciones corresponden los conceptos transcritos, se consigna la necesidad de continuar publicando la Revista Cubana (originalmente fundada por Enrique José Varona en 1885, reanudada por la Dirección de Cultura en 1935) en forma regular y sometida a una completa renovación. Es esta la tarea que nos ha encomendado la Dra. Vicentina Antuña, actual directora −entendiendo ella y nosotros que la Revista no ha de considerarse un órgano oficial del Estado, sino una publicación al servicio de nuestra cultura, que el Estado edita y distribuye.

Damos inicio, pues, a esta Nueva Revista Cubana −nueva en el fervor y en el impulso− guiados por un propósito fundamental: servir de vehículo a las fuerzas expresivas de la Nación, cualesquiera que sean sus credos y sus orientaciones, siempre que, a nuestro falible pero honesto juicio, alcancen un grado de calidad suficiente. No puede ser de otro modo tratándose de un órgano de concurrencia nacional, ante cuya función es forzoso deponer los criterios estrictamente personales. Pero esta aparente falta de criterio en el fondo esconde un punto de vista muy definido, en consonancia con los rasgos de la nueva época cubana. Este punto de vista puede resumirse así: más allá de las diferencias generacionales e ideológicas, estamos urgidos de una profunda integración espiritual. Integración no significa anulación de aquellas diferencias, que en su espontánea pugna mantienen la vitalidad expresiva. Significa, eso sí, planteamiento en grande, perspectivas generosas, apertura hacia una futuridad que es de todos y de nadie y que constituye la inspiración más entrañable y fecunda del presente.

Sin perjuicio de las específicas manifestaciones de grupo, ideología o generación, creemos que debe existir un sitio donde las más valiosas puedan reunirse y mostrar un panorama comprensivo de nuestra cultura; mejor: un espejo fiel de nuestras inquietudes y esperanzas. Aspiramos a que esta publicación −completamente ajena al absurdo concepto de cultura “oficial”− sea ese sitio. Para hundir aún más la raíz, presentamos una sección técnica de informes o discusiones sobre problemas cubanos (que ocasionalmente pueden ser también de América). Para ampliar aún más los horizontes, traduciremos textos esenciales y procuraremos obtener las mejores colaboraciones extranjeras que nos sea posible, enriqueciendo en cada número la
capacidad de incitación y diálogo de la Revista.

Traiga, pues, cada uno lo suyo, lo más activo de su esfuerzo intelectual, de su ingenio y de su alma, a la mayor gloria de la obra común. No queremos hacer una revista antológica, pero tampoco un insulso catálogo de autores y trabajos: quisiéramos captar, en su hervor y su ímpetu, la corriente viva de nuestro devenir creador. Una tarea semejante no admite rumbos preconcebidos ni planificaciones estériles. Entre todos iremos haciendo el camino. La realidad, contradictoria e imprevisible, la iremos descubriendo y ganando entre todos, en la contrastación libre de las ideas, actitudes e intuiciones. Será, a largo plazo, si logramos nuestro fin, un testimonio impresionante. Porque el verdadero signo de la hora, coincidiendo con la vocación más profunda de nuestra historia y nuestro ser, es el de la libertad. Y tal es el signo eterno, invencible, del espíritu.