Fotografía Leandro Feal, 2016

Estas líneas acoplan un reto que he querido aceptar por motivos personales e intelectuales. Nacido en Cuba, emigrado a Estados Unidos en los sesenta, académico de profesión, soy un lector atento a los asuntos cubanos pero no subsumido por ellos. Desde los setenta guardo una relación con mi país natal demarcada por viajes de vuelta recurrentes, una especie de peregrinaje que ya no busca nostalgia ni verdades, pero que siempre intuye un “derroche ontológico que excede la piedad de los recuerdos”, como diría Giorgio Agamben sobre el enigma de las memorias (Profanaciones). Con ese espíritu me propongo presentar estos debates sobre la realidad social cubana en un momento acechante de compleja e ineludible inmanencia neoliberal.

El volumen aquí recogido contiene 18 encuentros que se celebraron entre los años 2010 y 2015. Los temas son múltiples y a menudo entrelazados. Muchos han sido deliberados en otros debates auspiciados por Temas, si bien desde distintos ángulos, en correspondencia a otro momento, o quizá como testimonio de la persistencia de los problemas sociales que ventilan. La repetición siempre se torna reveladora. Se aborda la universidad, los premios, la medicina, el debate público, la emigración, el patrimonio, los gustos, el delito, el mercado del arte, la demografía, los textos escolares y los regionalismos, entre otros temas. Cada uno aparece con un subtítulo más específico que anuncia actualidad social, cultural o política. Dos de ellos, uno sobre la formación de dirigentes del Estado (“El educador educado”) y otro sobre el estado de la medicina en Cuba (“El brujo de la tribu”) fueron también publicados en la revista Temas, sin duda un indicio de la urgencia que ambos temas advierten.

Muchos lectores quizá no precisen una introducción, pero importa ensayar una breve descripción. Último Jueves concierta un evento reconocido en el marco nacional cubano como espacio de diálogos y debates públicos. Convocados mensualmente desde el año 2002, por regla general, estos encuentros procuran siempre dar la palabra a una variedad de voces en torno al devenir social de la nación, esgrimiendo la relación inquieta entre el saber profesionalizado de diferentes grupos de académicos, políticos y algunos artistas, muchos de ellos figuras distinguidas en sus respectivas disciplinas, y los sectores del público presente en cada evento que son invitados a ofrecer su pensar y sentir. Se hace palpable de tal modo el vínculo orgánico pero desafiante entre Último Jueves y la revista Temas, en sí inaugurada en 1995, una publicación muy reconocida internacionalmente en el mundo de la investigación, sobre todo en el ámbito de las ciencias sociales. Los debates de Último Jueves, podría decirse, configuran un experimento de intelectualidad pública que anhela poner a prueba el pensamiento especializado, encauzándolo más allá de su propio enclaustro. Además de estas publicaciones, se observa que el rótulo Temas hoy ya configura toda una empresa virtual que enlaza múltiples páginas y noticias sobre la producción y difusión académica cubana.

Quisiera añadir que durante uno de mis peregrinajes tuve ocasión de participar en uno de estos eventos, celebrado el 28 de junio del 2012 en el salón de conferencias de la Asociación Cultural Yoruba de Cuba. El tema anunciado era “Cultura cívica, diálogo, reconciliación, discrepancia”. Anteriormente sólo conocía la revista, al igual que a su director Rafael Hernández, con quien había coincidido en varios congresos internacionales sobre estudios cubanos. El encuentro prometía algo distinto para mí, digamos, un matiz más vivencial de voces cubanas en la actualidad.

En camino por las calles de La Habana Vieja no pude dejar de recordar otro diálogo que me había tocado presenciar muchos años antes, en este caso el primer encuentro oficial entre exiliados y el Gobierno cubano que se produjo después del triunfo revolucionario. Aconteció en noviembre del 78, una época todavía nutrida por la oposición casi siempre binaria y triunfalista entre imaginarios republicanos y socialistas. Pensaba, no obstante, que había sido un paso fértil en la larga y triste historia del diferendo Cuba / Estados Unidos. De cualquier forma, era obvio que ya para el 2012 los contactos entre ambas orillas se habían vuelto más dinámicos. No sabía cuánto, pero esperaba presenciar nuevas inquietudes y quizá aportar algo al respecto. A fin de cuentas, pude comprobar que el público presente ya no se interesaba tanto por el diferendo, el exilio o la diáspora, ni remitía automáticamente al discurso de los viejos triunfalismos. Las preocupaciones eran otras. Ceñían, más bien, un cuestionamiento interno, una indagación del trato comunicativo entre cubanos durante el Período Especial. Era una realidad que yo desconocía en detalle.

La brevedad define al prólogo, sólo busco hilos conductores que trasluzcan el conjunto de encuentros. Más allá de reflexionar sobre la cotidianidad, Temas sondea la esperanza que de ahí salgan salidas o soluciones a los problemas recurrentes de Cuba, muchos de ellos emblemáticos del Período Especial que surgió hace casi treinta años. Habrá preguntas, no cabe duda. ¿Cuán efectiva es la zona de contacto entre intelectuales, funcionarios y público que allí se reúne? ¿Rebasa el enlace hegemónico que tiende a localizar la magnitud de los problemas? ¿Se ensaya una reflexión en torno a la difícil coyuntura de la inmanencia neoliberal?

El Período Especial configura un plazo precario en muchos sentidos, periodiza la historia cubana contemporánea como un evento cuya demarcación permite precisar el inicio pero no el fin, con todas las contradicciones y pautas que se puedan trazar desde el comienzo de los noventa cuando se produjo el desplome del proyecto soviético. Temas nace en este momento, en un cruce indeterminado de tiempo que condiciona sus proyectos y debates, de ahí surgen sus posibilidades de articular discursos de la diferencia, de encadenar voces opuestas o resentidas, o de ensartar equivalencias disímiles más allá de toda dialéctica imaginada por la política oficialista.

Los términos que definen globalmente la coyuntura neoliberal son bastante conocidos. Entre ellos se encuentra la tercerización de mercados laborales exportados generalmente al sur global; la emigración interna y externa de la población que en muchos casos desdobla el concepto tradicional de la nación; la producción inmaterial que fusiona las ramas del conocimiento, tecnología y creatividad, creando una nueva rama incalculable de valores; la economía informal, cuyo dinamismo se expande mientras se generaliza la ilegalidad; y la automatización que redefine radicalmente la relación entre trabajo y remuneración establecida durante la época fordista. Esta parece ser la estructura general del entorno neoliberal, al menos en términos económicos. Confirma en muchos sentidos una condición de inmanencia definible, un sentido de crisis endémica que condiciona y subsume al ciudadano, quien, de pronto, se ve ante la necesidad de modelarse como un “ser vuelto empresa” cuya soberanía ahora proviene de su capacidad de individualizarse como sujeto capaz de riesgo, según explica el filósofo Maurizio Lazzarato en La fábrica del hombre endeudado. En esta lógica, a veces llamada biopolítica, el ciudadano ya no se ve abrigado por el bienestar de pactos sociales sostenidos por el Estado en otras épocas; su relación con el mundo circundante ahora le exige inmunizarse ante el riesgo neoliberal. Desconfía de los lazos que cohesionan la nación, que de pronto se traslucen como estrategias de élites gobernantes aferradas a órdenes gastados. Surgen de ahí conductas políticas altamente difíciles de acoplar desde discursos conocidos, entre ellas populismos y nacionalismos de todo tipo que entrelazan lineamientos de derecha e izquierda, en muchos casos amparados por maniobras y rejuegos electorales cada vez más turbios.

A modo de cierre, sería conducente entrever, al menos implícitamente, la incidencia de la lógica neoliberal en las páginas de este volumen. Cuba quizá todavía preserve parte del valor simbólico que una vez tuvo como espacio primordial de resistencia anticapitalista para la izquierda universal, pero no está fuera del mundo ni del tiempo. Estimo que los debates de Temas enarbolan esta difícil coyuntura, a veces de forma implícita, a veces directamente, si bien casi siempre cotejando el deseo de resistencias deseables.

Varias instancias me parecen particularmente ilustrativas, algunas vivamente descritas a partir de expresiones populares. Es interesante comprobar, por ejemplo, que el fenómeno de la austeridad se haya hecho patente debido a la contracción de las funciones del estado durante las últimas décadas. Uno de los participantes lo llama “destete de la ciudadanía” (p. 149) otro lo percibe como un daño afectivo causado por la cultura “timbiriche” de pequeños negocios informales dispersos como estrategia de sobrevivencia (p. 340). Por otra parte, se difunde la desigualdad debido a la ambigüedad inherente al mercado “cuentrapropista”, que, si bien sugiere cierto grado de privatización, permanece en propiedad del Estado, en cuyo caso la “cuenta propia” de algún modo le cuesta a todos (p. 136). El arte de la calle es otra instancia de gran importancia, en cierto modo dialéctica. Se enuncia desde una marginalidad que atrae al turismo y otros artistas pero que no deja de formular “una respuesta cimarrona a situaciones de desventaja y de dominación”, que no deja de ser “hija de la dominación” (p. 302). Importa ver también que la migración interna hurga tanta o más atención que la emigración externa, que el encuentro imprevisto de culturas disímiles, sobre todo en La Habana, ahora define un problema referido como crisis estética, afectiva o de racionalidades alternas (p. 58). La emigración externa, por su parte, de pronto refleja un orden de atención que responde a otro cálculo. El déficit de mercado de trabajo para el personal calificado siempre ha presentado un dilema. ¿Cómo acoplar ese capital humano a una política migratoria flexible, sin perder todo el valor que representa? Se contempla ahora, sin embargo, que tales sujetos pudieran nutrir las necesidades del mercado exterior y, al mismo tiempo, sostener una relación más bilateral con la nación, en cuyo caso, lejos de limitar sus posibilidades de emigrar, pudieran sentirse instado a ello (p. 459).

Finalmente, un comentario sobre el debate dedicado a la universidad, el cual remite directamente a mi profesión. Se tratan allí varios aspectos interesantes, entre ellos si la extraordinaria expansión de universidades municipales en Cuba era costeable. Pero me interesa más la crisis epistémica que se manifiesta. Alude específicamente a la historiografía nacional, la cual no ha logrado abrirse a nuevas corrientes disciplinarias porque mantiene un alto grado de afinidad al positivismo decimonónico encauzado por la sovietización de la universidad (p. 499). Importa notar, sin embargo, que la duda epistémica y la educación universitaria constituyen un problema universal que trasciende la obsolescencia positivista. Muchos pensaron que la verdad se había relativizado con el discurso de la posmodernidad durante los ochenta, en cuyo caso el positivismo quizá no parecía tan descartable, pero era sólo una antesala. Se avecinaba prontamente el exceso de documentación y la saturación virtual que fundamentalmente desborda cualquier evento o fenómeno.

Relatar un hecho, articular un evento, definirlo y representarlo objetivamente, escribirlo o llevarlo a una imagen, todo ello se vuelve cada vez más múltiple. Un ejemplo medular, y un gran reto para la universidad del futuro, quizá se encuentre en los “discursos de la memoria colectiva” que piensan el pasado más como devenir afectivo que como hechos históricos y que de pronto inspiran multitudes y aglutinan manifestaciones políticas populares. En tal caso, el quehacer intelectual, al igual que su encuentro con el público, quizá se hayan tornado más inseparables e indeterminados que nunca. Mi impresión es que Temas, y Último Jueves en particular, se vienen percatando de ello.

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