Navegué como un cisne
Me hundí como una roca
Pero mi sentido del ridículo
Quedó atrás hace tiempo

 Leonard Cohen, Libro del anhelo

Hay algo dolorosamente obsceno en la posibilidad de ver lo que el tiempo le hizo a Mariska Veres, a Mick Jagger… a Juan Gabriel. Y una obscura satisfacción al ver a un Federico Moura todavía bello en su último concierto, en saber que Gustavo Cerati desapareció todavía en plena gloria, que el Tiempo “no tuvo tiempo” de operar sus horrendas metamorfosis en ellos. Pero hay algo todavía más indefinible en la aproximación, vía YouTube, a los íconos musicales del pasado, la idea de que a veces es preferible que ciertas cosas mueran a tiempo o, dicho de otro modo, que las cosas deben dejarse en aquella intangible dimensión en la que efectivamente fueron o, al menos, tratar de comprenderlas en ese contexto. Cuando me entero de que la gente agotó las entradas para ver y “escuchar” un concierto de los nuevos Guns and Roses, es decir, para asistir a las payasadas de unos viejos que en otra vida fueron rock stars, no puedo sino entender que el patetismo es también una estética. Y no se trata evidentemente de un privilegio por lo juvenil, se trata más bien de entender que acaso en la juventud la estupidez puede incluso ser bella o, mejor aún, que en un joven es difícil saber si algo es estúpido o genial o ambas cosas a la vez, pero la repetición, la entonación, la invocación más allá de aquella zona sagrada deviene basura, pura y genuina retórica. El autoplagio en que consiste buena parte de la “industria” a la que se dedican las estrellas de un firmamento antediluviano, apela, tal vez, a varias motivaciones, pero con toda seguridad a la más asquerosa de todas: la cochina nostalgia. Vale decir aquel erróneo sentimiento que nos impulsa a idealizar el pasado.

Cualquiera que lo piense –desapasionadamente– podrá concluir que lo más probable es que el pasado no haya sido mejor que el presente. La única posibilidad de que objetivamente lo contrario sea cierto es que en la actualidad afrontemos una catástrofe. Una catástrofe diferente a las muchas del pasado. Sin embargo, me concederán que es irrisorio ver a tantos viejecillos premunidos de flamantes guitarras (y una tecnología que en su momento no existía) intentar vanamente recrear su adolescente imagen desde la decadencia. A mí al menos me ocurre lo mismo que a Enrique Santos Discépolo en el tango “Esta noche me emborracho”. But, don’t get me wrong –como dijo Obama–, ya enuncié que no se trata de una preferencia por lo joven en cuanto tal, sino de aquella alocada deidad que toca a los de espíritu joven obligándoles a realizar estupideces que a veces son geniales. Y todos sabemos que a algunos individuos tal deidad los acompaña hasta la tumba. Es raro, pero es como si la viveza del espíritu creativo preservara algo de la belleza juvenil en tales individuos. ¿Quién ve como viejos a músicos como Carlos Santana, Charlie García, Leonard Cohen, B. B. King, Chuck Berry, Erick Clapton, etc.? Creativos mucho más allá de la treintena.

Por otra parte, nadie puede negar que esa ventana al pasado que puede llegar a ser YouTube provoca otro extraño fenómeno: la constatación de que la banda sonora de nuestra infancia y juventud no fueron más que chorradas y, que, aún después de esta penosa constatación, todavía nos gustan. ¿Por qué nos gustan? Tal vez porque el pasado esta edificado sobre puras y genuinas chorradas o, tal vez –y me inclino por esta hipótesis– porque en el espacio de la inocencia no existe la dicotomía chorrada/importante. Todo es importante cuando todavía no hemos entrado de lleno en el orden represivo que en definitiva es una “cultura”. Todavía hará falta que aparezca algún Franco o algún Stalin, algún Hitler o Pinochet que nos aplique la mano dura y nos señale el camino recto. Después de tal ablandamiento podremos distinguir lo genuino de lo falso, lo malo de lo bueno, la hinchazón de la gordura. En fin, aquellas rolas nos gustaban por la misma razón que creíamos que una dieta perfecta tenía que ser a base de M&M.

He de decir que mi camino ha transcurrido en la compañía de varios Stalin y no pocos Hitler. De hecho, pasé una corta época de mi vida escuchando clandestinamente a Quilapayún e Inti Illimani, prohibidos por la dictadura militar chilena, creo que más por espíritu de contradicción que por genuino gusto. A Víctor Jara lo escuchaba de tanto en tanto; su música doliente todavía activa en mí un jodido trauma. Por una parte, porque no puedo dejar de asociarla con algunos amigos mayores que cantaban en la Peña de La Universidad Técnica antes del Golpe y que luego desaparecieron. Por otra, por su propia muerte, mejor dicho, su asesinato. Así se aprende que el canto puede ser pagado con la tortura y con el homicidio. Algunos bárbaros no saben expresar de otra manera su disgusto con la música que odian. Asimismo, mis Stalin criticaban mi fascinación con bandas como Grand Funk y Led Zeppelin. No hablaban en ruso ni eran capaces de habérselas con el cirílico, pero ello no les impedía descalificar mi amor por el rock en un vibrante dialecto mapochino: “¡Cómo chuchas pueden gustarte esas huevadas imperialistas!”, me espetaban. No entendiendo el ruso ni menos aún el inglés, su mundo estaba limitado a un gusto disque proletario, el cual, sin embargo, excluía escrupulosamente lo que más le gustaba al pueblo: la cumbia y la ranchera. Expresiones foráneas que calaron hondo en la chusma bullanguera que ellos creían representar.

Afortunadamente cometí todos los pecados consignados en las listas y mandamientos de aquellas desaforadas iglesias. No de otra manera se libra uno de las famosas “identidades” que los diversos grupos de una cultura intentan insuflarte en el occipucio.

Y nada peor que las identidades musicales. Peores aún que las filiaciones partidarias o las adherencias confesionales. Casi tan mortales como las mafias futboleras o las pandillas nacionalistas. Por ello, nada tan efectivo para diagnosticar tempranamente la oligofrenia como saber que estás frente a un fanático. Pero si te ocurre estar frente a un fanático de algún tipo de música, el mejor consejo será siempre uno solo: huir. Nada expresa tan bien el carácter “morón” de algunos individuos como su fanatismo por un sólo tipo de música. El grado extremo de esta falta de intelecto se expresa en aquellos que elaboran su “identidad” en relación con los cánones de tales tendencias musicales. Tu vida puede tornarse miserable si tienes la mala suerte de que te enredes con un fanático musical del tipo idiot-savant. Su erudición monotemática cayendo sobre ti como una densa caca verdosa es un tipo de muerte muy poco agradable, créeme. Huye mientras te sea posible. Posiblemente la única cura para esta exposición tóxica sea alternar sesiones de Erick Satie con otras de La Arrolladora Banda El Limón. Media hora de Satie y cinco minutos de La Arrolladora suelen dar buenos resultados.

Lo cierto es que la buena música no sabe de fronteras. El talento acontece a pesar del género, la latitud y la longitud. El tiempo y el espacio no limitan la belleza sonora surgida de una mente creadora. Así es que hay joyas doquiera uno sea capaz de abrir las orejas y sacarse los corsés mentales. Lo cual se dice rápido, pero vaya que se tarda en su realización. Algunos opinan que ello se debe a que la oreja debe ser educada y eso, como es lógico, es tardado. Aunque siempre hay que tener presente que una oreja educada no es lo mismo que una oreja domesticada. Una oreja domesticada es, por ejemplo, aquella que discrimina entre música culta y música vulgar, otorgando una pretendida superioridad a la primera. El hecho es que la llamada música vulgar puede ser endemoniadamente compleja y la música culta, a veces, muy simple. Con esto ocurre lo mismo que con cualquier otro bien cultural, si lo usa o lo aplaude una élite social se legitima, se canoniza y se reviste de cualidades externas que posiblemente nada tienen que ver con la música en sí. Pero esta no es la única oreja domesticada, también lo es la oreja chovinista que sólo es capaz de oír los sones de su tierra a los que juzga superiores a cualquiera otros, sólo por el hecho de haber surgido en el terreno incestuoso de su nacionalismo. Estas orejas pueden ser educadas, es cierto, sin embargo, el gran inconveniente es que, a diferencia de la domesticación, la educación demanda un bien harto escaso: la inteligencia. Y cuando escribo inteligencia corro el riesgo de ser poco claro. Sobre todo porque a esta palabra ya la han magreado demasiado. Primero, y antes que nada, la inteligencia se dice en singular, pero ocurre que es una facultad plural. Y segundo, lo que se deja entender por dicha palabra es lo que una forma de cultura ha establecido y privilegiado como tal. Y como los saben los viejos músicos cubanos a propósito del son, se puede aprender a ejecutar una pieza perfectamente, pero si no se tiene “el sabor” no estarás haciendo nada. “¡Si no tiene sabor, no tiene nada, caballero!” En la música se necesita algo más que aquella habilidad cartesiana que nuestra cultura ha determinado como la inteligencia, se necesita “el sabor” o, como también lo saben el cantaor y el bailaor de flamenco, se necesita “el duende”. Y semejantes cosas ya no hay cómo demonios explicarlas porque se escapan de todo formato elaborado por nuestra ciencia carapálida. Sin embargo, tal es la inteligencia fundamental para adentrarse en los territorios genuinos de la música. Esto implicaría que la verdadera educación de la oreja es un proceso que comienza con su apertura al exterior, pero terminar abriéndose al interior. Tal vez la oreja inmadura sea sorda a los compases y sonoridades ajenos a su estadio de desarrollo y en ese proceso deba primero abrirse al mundo, pero también es importante y decisivo que aprenda a escuchar los demonios que toman posesión del sujeto.

DAVID MIRALLES
David Miralles (Valdivia, Chile). Escritor, profesor e investigador. Doctor en Lenguas y Literaturas Románicas por la Universidad de Oregon, EE.UU., actualmente enseña Literatura Hispanoamericana y Teoría Literaria en la Universidad Autónoma de Querétaro en México. Su trabajo de investigación ha estado enfocado al estudio de las literaturas surgidas durante las dictaduras militares de los países del Cono Sur latinoamericano. Es autor, entre otros, de los libros Los malos pasos (poesía), La vida después de Neruda (poesía), Lord Banana y otros cuentos (narrativa), así como de la antología Poetas actuales del Sur de Chile (Paginadura, 1994).
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