Imagen de cubierta de ʻBajo este sol tremendoʼ, de Carlos Busqued (Anagrama, 2013)
Imagen de cubierta de ʻBajo este sol tremendoʼ, de Carlos Busqued (Anagrama, 2013)

Javier Cetarti, adicto a la marihuana y a los documentales del Animal Planet, recibe un día la noticia del asesinato de su hermano y su madre a manos del amante de esta última en un remoto pueblo del interior. Quien lo llama para informarle el incidente es Duarte, secuestrador profesional y antiguo compañero del asesino en la Fuerza Aérea Argentina. Cetarti, sumido en una especie de sopor mórbido desde el inicio del relato, no experimenta ningún sentimiento en particular ante la noticia y sólo se anima cuando Duarte le propone llevar a cabo una estafa para cobrar el seguro de vida de su madre. A partir de esta premisa efectista, probablemente utilizada con alguna que otra variante en decenas de novelas policiales, Carlos Busqued construye una narración implacable que documenta el viaje de sus personajes hacia la destrucción total de los otros y de sí mismos. Se trata de Bajo este sol tremendo, uno de los poquísimos libros auténticamente nihilistas de la literatura latinoamericana.

Quizás lo más notable del relato es la atmósfera de putrefacción que parece invadirlo todo, la abyecta viscosidad del paisaje, los animales y los hombres. Así, cuando Cetarti llega por fin a Lapachito (nombre improbable donde se aúnan el kitsch y lo siniestro) lo que contempla es la desolación en estado puro: casas rajadas, pozos negros desbordados que cubren de mierda las calles, árboles muertos, barro venenoso y “la iluminación malignamente potente del sol” que castiga por igual a todo lo que existe. A los animales no les va mucho mejor: pescados semipodridos e incomibles, escarabajos venenosos y otros insectos profundamente repulsivos son todo lo que este poblacho infernal puede ofrecer a la asqueada curiosidad del lector. Pero lo peor, como suele suceder, son los así llamados seres humanos: Duarte, el nihilista total, secuestrador profesional y asesino ocasional, “el hombretón de dientes podridos que sonreía como en una propaganda de dentífrico del infierno”; Danielito, hijo del asesino de la familia de Cetarti y colaborador de Duarte en los secuestros, otro adicto a las drogas y a la televisión por cable hundido en una apatía insuperable; su madre, antigua mujer del asesino, obsesionada por la limpieza, el pecado y la autodestrucción. En semejante compañía, incluso Cetarti, cuyo único deseo es no hacer nada, llega a resultar un tipo casi simpático, más parecido a una versión argentina de Oblómov que a cualquier otra cosa. Pero a diferencia del soñoliento terrateniente ruso, Cetarti necesita hacer algo para financiar su peculiar estilo de vida y, guiado por Duarte, lleva a cabo las gestiones necesarias para cobrar el seguro de vida de su madre, tras lo cual regresa a Córdoba. A partir de este momento la novela se bifurca y narra dos historias paralelas que en ocasiones se entrecruzan: por un lado, tenemos a Cetarti, que languidece en su apartamento consumiendo dosis masivas de marihuana y televisión por cable; por el otro, a Duarte y Danielito, que llevan a cabo sus crímenes con total impunidad y manifiestan también una curiosa obsesión por los documentales bélicos y del Animal Planet. Se trata, por así decirlo, de las Vidas paralelas de los nihilistas: hombres sin fe para quienes la noción de alma resulta risible y la dignidad humana un eslogan nebuloso y vagamente divertido. Por supuesto, estos son argentinos de la provincia profunda, no anarquistas rusos expertos en Bakunin y Schopenhauer: su idea de sofisticación cultural consiste en las Selecciones del Readerʼs Digest y los libros son para ellos algo tan extravagante como la piedad. En este universo profundamente antilibresco es natural que la televisión se convierta en un referente fundamental, como única fuente de información y entretenimiento. Como habíamos observado, estos personajes ven constantemente dos tipos de programas: documentales del canal Animal Planet y documentales bélicos transmitidos por el History Channel. Evidentemente no se trata de un dato gratuito, sino de elementos que revisten cierta densidad simbólica. En los materiales del Animal Planet, por ejemplo, sólo se muestran criaturas monstruosas y enigmáticas: calamares gigantes extremadamente voraces y elefantes asesinos con estrés postraumático que, tras una vida de maltratos, tocan a la puerta con sus trompas y aplastan sin piedad al que sea tan imbécil como para abrirles. Es como si todos los seres se dividiesen en dos categorías fundamentales: de un lado están los depredadores, máquinas de destrucción que hacen lo que hacen y son lo que son (una perspectiva que anula cualquier noción de libre albedrío); del otro las presas, víctimas azarosas de la violencia indiscriminada cuyo único cometido es satisfacer la desenfrenada voracidad de los monstruos, que pueden ser Duarte o el calamar gigante Humboldt: this is no country for the weak, parece decirnos el autor: aquí no hay lugar para los débiles. Y los documentales bélicos, con su minuciosa descripción de armas y estrategias de combate sólo reafirman esta visión de la existencia como guerra eterna de todos contra todos que parece extraída directamente de aquellas célebres y feroces páginas de Las veladas de San Petersburgo en las que el teócrata Joseph de Maistre escribía sobre “la incurable condición salvaje y perversa del hombre, la inevitabilidad de las matanzas perpetuas y el origen divino de las guerras”[1]. Claro, esto es sólo una coincidencia, un eco: nadie está más lejos de la teología decimonónica que estos sudamericanos apáticos y crueles: ellos simplemente van a lo suyo (televisión, drogas y hastío para Cetarti; crímenes, drogas y pornografía para Danielito y su repulsivo mentor), y lo único vagamente parecido a una concepción del mundo es el fascismo (con eugenesia incluida) inmanente a ciertas inquietantes declaraciones de principios de Duarte. Es evidente que este último, a pesar de su abrumadora ignorancia en cuestiones filosóficas (o quizás, a causa de esta), es el nihilista por excelencia, el hombre que realmente ha alcanzado el punto “más allá del Bien y del Mal” desde el cual ningún retorno es ya posible. Se trata de un sujeto cuya voluntad de destrucción sólo admite comparación con algunos personajes dostoievskianos (Svidrigáilov, Stavroguin, Smerdiakov), pero que, a diferencia de los atormentados antihéroes rusos, no experimenta angustia, remordimiento o pasión alguna más allá de su retorcido sadismo y la maligna alegría que siente ante el sufrimiento ajeno. En realidad, puede afirmarse que la única sensación intensa experimentada por Duarte es el hastío, un tedio absoluto que lo impulsa siempre a lo más extremo, intentando alcanzar siquiera por un instante ese “oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento” que Baudelaire recomendaba como último recurso contra el ennui.

Carlos Busqued
Carlos Busqued

Sin embargo, a medida que avanza el relato Cetarti llega a ser incluso más desconcertante que el posnihilista Duarte, y por momentos parece incluso acceder a una especie de quietismo ateo donde pasiones, deseos y cualquier otra manifestación de una individualidad han desaparecido irremediablemente. Durante algún tiempo consigue interesarse (término probablemente excesivo) por un curioso animalejo que encuentra en la antigua casa de su hermano (una variedad mexicana de salamandra llamada ajolote),[2] pero pronto ni siquiera eso lo emociona: en la última página de la novela, tras haber sobrevivido a un accidente que ha aniquilado a Danielito y Duarte, Cetarti piensa en el ajolote muriendo de hambre en su pecera y avanza por la carretera sumido en una soledad absoluta: un hombre sin fe siguiendo rumbos desconocidos.

Inútil preguntarse en un libro así por los motivos profundos del comportamiento de los personajes: el psicoanálisis nunca ha servido de mucho en cuestiones literarias y uno sospecha que Busqued está mucho más interesado en la etología que en cualquier improbable explicación psicológica: en este universo despiadado, red in tooth and claw,[3] la conducta de los hombres es tan inescrutable como la de las bestias.

Notas

[1] Y aunque De Maistre percibía “el matadero universal” (Unamuno) en todos los niveles de la vida orgánica, siempre consideró al hombre como la más destructiva de las criaturas.

[2] Y algunos han visto aquí una alusión al sobrevalorado cuento de Cortázar. Si existe, sólo puede ser irónica: en este relato el ajolote es un bicho estúpido, sin ninguna de las cualidades más o menos místicas que Cortázar le atribuía en su narración.

[3] Con garras y dientes ensangrentados. Este cliché, frecuentemente utilizado en los documentales del Animal Planet, alude a la implacabilidad y amoralidad esenciales de la naturaleza, donde sólo impera la necesidad.

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