(Foto Sam Wermut)

Umbral de ingreso a los mundos de Curtoni

Uno de los nombres representativos de la ciencia ficción italiana es Vittorio Curtoni (1949-2011). Además de escritor se destacó como traductor y editor; especialmente meritoria fue su función como director de la revista mensual Robot (1976), en la cual abrió espacios a polémicas feministas, antifascistas, anticlericales. Paralelamente, Curtoni se dedicó a la creación de una prosa inspirada en las ideas más avanzadas de la ciencia ficción del momento. Estaba al corriente de los grandes cultivadores del género a escala internacional (Brian W. Aldiss, Thomas Disch, James G. Ballard).

Del año 1971 es su más joven relato, titulado “La explosión del Minotauro”, muy a tono con los presupuestos de los autores de la new wave que, inspirados en los avances científicos (la conquista del espacio por el hombre en el año 1961 con el viaje de Yuri Gagarin, la puesta en órbita de los satélites de comunicación, etc.), buscaban la representación, más bien, de un espacio interior, ya que el exterior estaba siendo explorado.

“La explosión del Minotauro”, si bien hace gala de los principales temas de la new wave (la consciencia, los mundos interiores, la relativización de los valores morales) mediante la influencia del autor inglés James G. Ballard, puede inscribirse en el subgénero conocido como retrofuturismo, que asume un entusiasmo por el futuro partiendo de un pasado cercano. En el relato se da constantemente la alternancia entre la psiquis del protagonista James, quien padece de una locura provocada por un conflicto con su padre, y los sucesos del espacio exterior, consistentes, por un lado, en el vínculo con sus amigos (Robert, Julie y Suzanne) y, por otro, en la realización de dos viajes espaciales: en el presente, por la astronave Minotauro, y en el pasado, por la Apolo 21, ambas misiones totalmente ficcionales. Estas dos líneas temáticas permiten básicamente la recreación del texto, sobre el cual comentara el propio Curtoni:

“La explosión del Minotauro”, utilizando un estilo mimético, tiene por objetivo presentar una mitología del vuelo espacial (en el año 1969, ocurrió el aterrizaje humano sobre la luna) a las angustias psicoanalíticas, en clave jungiana, de un personaje que vive la conquista del espacio como posibilidad para vindicarse de la imagen paterna. Y yo pienso que esta oscilación entre el imaginario colectivo y el imaginario individual es propiamente una de las cosas que en la época estaban a tono con Ballard.[1]

La traducción que proponemos parte del volumen Retrofuturo, publicado por Shake Edizioni Underground, en 1999, y no quiere ser más que el umbral para ingresar a los complejos mundos de ciencia ficción construidos por Vittorio Curtoni.

Iledys González

La explosión del Minotauro

En las primeras horas de la tarde, rápidamente después del almuerzo, James decide sumergir la nave. Había observado el lago durante toda la mañana con los anteojos, y le parecía que observaba ondas superficiales, no regulares. No estaba completamente seguro, pero había registrado el fenómeno en el diagrama global. La línea recta que nacía del cruce de los ases cartesianos se había alargado más de un milímetro, sin las desviaciones de la trayectoria prevista. Y el asunto era terrible.

Recogió la dinamita y el detonador en el almacén oeste y se dirigió con grandes pasos hacia el dique. La tarde era oscura, nublada, podía preverse un temporal en un par de horas.

La nave, de un modelo largo, medía alrededor de sesenta centímetros, se balanceaba sobre el agua tranquila. James se arrodilló sobre el muelle y la recogió. El capitán, al cual había dado el rostro de su padre, estaba retenido en su eterno saludo.

—Adiós −le dijo−. Haz lo mejor que puedas.

Colocó delicadamente la dinamita sobre el puente y después devolvió al agua la nave. Se aseguró de que el peso no la hundiera, lanzó una mirada en dirección al sol pálido, se retiró algunos metros atrás. Con el control remoto dirigió la nave hacia el centro del lago y la mantuvo suspendida por un par de minutos. Después apretó el botón del detonador.

La explosión fue un pequeño resplandor amarillento sobre el agua verde y el sonido como de un diminuto trueno. Los pedazos de plástico volaron a lo alto y recayeron en el lago, flotaron por un tiempo y se sumergieron. Él se quedó para fijar el punto en el cual el grueso de la nave se había hundido, preguntándose inconscientemente si su padre habría sufrido.

—Hola, James −dijo alguien atrás−. ¿Qué cosa estás haciendo?

Sin preocuparse por mirar hacia atrás, porque sabía ya que la cara puntiaguda de Robert estaba doblada en una mueca de disgusto, James sacudió los hombros.

—Intento matar a mi padre −respondió− pero es imposible, resulta evidente.

—Ya.

Robert se apoyó a su hombro y se sentó a su lado.

—¿Quieres fumar?

—No.

—Como prefieras. ¿Era esa la nave?

James movió la cabeza concienzudamente, pero no abrió la boca.

—¿Era la nave? −repitió Robert.

—Te he dicho que sí.

—En realidad no habías dicho nada. Solamente moviste la cabeza y…

—No te hagas el idiota. Si moví la cabeza quiere decir que sí.

—Está bien, te lo admito. ¿Damos una vuelta?

—No.

Robert dobló la cabeza en un ángulo agudo, apoyándola en un lado de su hombro y próxima a tocar la nariz de James. El cigarro que había encendido estaba olvidado entre los labios, y subía una estría azulosa de humo.

—¿Por qué estás tan amargado hoy? −preguntó.

—Las ondas superficiales escapaban a mi teoría de las oscilaciones generales.

—Tus teorías son altamente criticables, James. Y de cualquier modo esto no significa nada.

—Sí que significa. La línea recta del diagrama se alarga.

Robert estalló en una carcajada. Viró la cabeza hacia atrás y hundió el cigarro en el agua.

—También las ondas, Cristo −dijo−. Dentro de poco también meterás las menstruaciones en el diagrama.

—Ya las he metido −rebatió secamente James.

—Lo que me gustaría saber…

Robert se interrumpió, buscó las palabras apropiadas.

—Lo que me gustaría saber es qué diablos de línea vertical y de horizontal usas.

—En verdad no te interesa, así que no te lo diré.

Robert se alzó, se sacudió un poco la tierra de los pantalones, dio dos pasos atrás mirando el cráneo de James.

—Está bien, me voy. Hoy estás insoportable.

—Adiós.

Un poco después, cuando ya James se había olvidado de Robert, lo escuchó vociferar: “Ya casi lo había logrado, James. ¡Vete al diablo!”

Durante una media hora permaneció parado a la orilla del lago, tensando el oído a los ligeros sonidos secretos de la tierra y del agua. En el bolsillo le pesaba el radio portátil, pero no se decidía a escuchar las noticias. Tenía miedo de que estuvieran a punto de aterrizar, aunque sabía muy bien que todavía faltaban dos días, pero el tiempo era extraño −pensaba− y marcha en muchas direcciones. Adelante, atrás, de un lado, arriba, abajo; depende de cómo gira el proyector.

Cuando levantó la cabeza, las nubes agrisadas se aproximaban la una a la otra como una suave y enorme alfombra. En el aire se sentía ya la humedad del temporal y los ecos de los truenos que estallarían en cualquier momento.

El lago comenzaba a agitarse. Al oeste se había levantado un poco la brisa y oscilaban también las tres grandes puntas de los pinos. Si hubieran vuelto las glaciaciones, si el frío hubiera vuelto nuevamente a apoderarse del planeta, si las aguas de todos los lagos, ríos y mares se hubieran solidificado, así también este arquetipo se tornaría impenetrable y extraño. Sería necesario romper con un pico la superficie helada para darse cuenta de esta realidad.

Finalmente sacó la radio y jugueteó por un rato con la espina de los auriculares. Después se decidió, apretó los labios y la encendió. A la cuarta estación, después de un desorden de música ensordecedora, encontró un boletín informativo en la radio.

Y la dirección prevista estuvo estimada al milímetro. La tripulación del Minotauro comunicó hace una hora que ejerció un control sobre el contingente marciano y encontró todo en perfecto orden.  Este es el penúltimo control antes del aterrizaje. También las cámaras funcionan a la perfección y por consiguiente es cierto que será posible seguir este extraordinario evento en las pantallas de todo el mundo. Y quizás sea la primera vez en la historia que la humanidad entera se encuentre tan unida para rendir homenaje al coraje de nuestros astronautas que por pri…

Irritado consigo mismo y con la retórica de aquella voz anónima, James apagó la radio. Deseaba arrojarla al lago, pero sabía que pronto deliberaría encenderla para escuchar la noticia del desastre que debía acaecer. Optó por abandonarla allí, al pie de un pino, con la vaga esperanza de que el temporal se la llevara.

Mientras alcanzaba el pabellón fotográfico comenzaron a caer las primeras gotas. Todavía se encontraba a mitad de camino y le fastidiaba la idea de mojarse. Se echó a correr, dejando balancearse los dos brazos y con la cabeza baja. El pabellón distaba trescientos metros del lago, sus piernas estaban cansadas y el cerebro fatigado. Cuando llegó tuvo que cambiarse la ropa porque estaba empapado de agua.

Suzanne cogió el receptor del teléfono y se abandonó en el sillón. Afuera de los ventanales de su gran apartamento comenzaba a llover.

—Oigo, −dijo.

—¿Suzanne? Soy Robert. ¿Estás sola?

—Sí. ¿Qué pasa?

—Nada. ¿James no ha aparecido, verdad?

—No sé nada de él desde ayer por la noche.

Robert hizo una pausa y la lluvia llegó a los oídos de Suzanne. La tormenta estaba aumentando de intensidad, podía escucharla desde la casa, sobre los muros y las ventanas. Por un momento probó un impulso de irritación por Robert, porque no deseaba pensar en James ni preocuparse por él: deseaba verlo en la tarde y habría sido suficiente.

—Debemos tomar una decisión, Suzanne −anunció él de repente−. Inventar una historia, cualquier cosa. Decirle que sí o que no.

—¿Y por qué?

—Dios mío, se está volviendo loco. Deberías ser la primera persona en darte cuenta. No me digas que no comprendes nada, o que está todo como antes, o que…

—En la cama todavía va muy bien, −lo interrumpió ella.

—¡Púdrete! −gritó Robert−. Creía que al menos lo querías de verdad. Después de lo que hizo por ti.

—Tesoro −susurró ella−, recuerda que con el asunto del divorcio el placer más grande te lo dio a ti. Y además, sí lo quiero.

—Entonces ayúdalo. Permitirle que siga así significa dejarlo suicidarse. ¿Te das cuenta?

—Robert, estás dramatizando la situación. James está solamente un poco atontado.

—¡Ah, yo dramatizo! ¿Y la historia de su padre y las fotografías y el diagrama y la nave?

—¿La nave?

Un pequeño escalofrío de temor atravesó la espina dorsal de Suzanne. El teléfono se convertía en un objeto horrible, un medio apropiado por aquella voz odiosa. Habría deseado terminar la comunicación y no escucharlo más.

—Hizo explotar el modelo −dijo Robert−. Deseaba matar a su padre.

—Déjame en paz por un rato. Lo veré esta tarde y averiguaré algo. ¿Está bien?

—Suzanne −gritó Robert−, no seas una maldita hija de…

Ella colgó el teléfono. Después alzó el receptor y lo apoyó en la mesa, estaba segura de que Robert probaría a llamarla nuevamente. El aguacero se transformaba en un violento temporal, el agua batía contra los cristales, y creaba un sonido similar a las campanas distantes. Aburrida y distraída, Suzanne encendió el televisor y miró con buena dosis de complacencia el vuelo del Minotauro hacia Marte. Todavía faltaban dos días para realizarlo.

A las ocho de la tarde James corrió a la casa. Tomó el pan, la cerveza, las cajas de carne y volvió al pabellón fotográfico. Había llovido durante todo el mediodía, el terreno estaba blando y fangoso. Sus zapatos blancos se ensuciaron de manera indecente y él los observó mientras se acomodaba sobre el pavimento del pabellón. Después, delicadamente, soltó los cordones y se quitó los zapatos.

Comió de prisa, sin sentir el más mínimo gusto. Sus ojos estaban fijos en la estructura fotográfica que había comenzado a confeccionar en la tarde. Al centro, formada de la unión de cuarenta y nueve fotografías de un centímetro de largo, estaba una imagen de la Tierra como la habían visto los astronautas del Apolo 15. En el fondo a la izquierda, más pequeña, la fachada de un burdel de Lausana, a la derecha un automóvil aplastado, con los cristales esparcidos bajo la delantera, y sobre la Tierra descansaba la cara de un inmenso androide que había ocupado el puesto de su padre en el Apolo 21.

La estructura estaba incompleta. Los dos metros de muro todavía libres en lo alto estaban cubiertos con el Cristo de Mantegna que había traído el día anterior. Dividió en veintiocho partes la fotografía. A la derecha del Cristo deseaba poner el pubis de Suzanne en veinticuatro fotos.

El resultado total, como lo imaginaba, estaría más cercano a la realidad de lo que nunca antes habría sido logrado, pero todavía era insatisfactorio. Por eso había decidido, pocos instantes antes, dividir en tres mil partes la fotografía. La dispuso en pequeños grupos de seis y la distribuyó según las indicaciones de un dado. Por cada número que saliera armaría una foto de los quinientos pedazos, después la pegaría al muro, una al lado de la otra.

Cuando terminó de comer, reanudó el trabajo. Derramó sobre el pavimento las veintiocho fotos del Cristo y las tomó una a una para juntarlas y estudiarlas de cerca. Era su intención poner los pies en el lugar de la cabeza y alargar el brazo derecho más que el izquierdo, siempre que la cosa no quebrara la simetría del conjunto. En aquel cambio de relaciones fijas veía un modo para llegar directamente al corazón de las cosas, arrastrando el orden natural y mostrándolo tal como era: una sucesión de mentiras convencionales.

A las nueve, cuando los pies de Cristo descansaban inmediatamente bajo la escritura INRI, se acordó de la cita con Suzanne. Probó una oleada de disgusto, pues no deseaba en lo absoluto verla, le bastaba tener su pubis amplificado veinticuatro veces. Podía también hacerles el amor, si lo deseaba.

Después de haber sabido por Suzanne que James había aparecido, Robert decide andar a buscarlo con Julie. Las condiciones mentales del amigo le preocupan muchísimo y, en parte, se sentía culpable. Él le había sugerido ciertas ideas en la época de la muerte de su padre, tres años antes. Le había hecho creer que el mundo mismo se estaba precipitando a una catástrofe total, y que el naufragio de una astronave lunar era un evento del todo lógico en aquel contexto.

La casa de James, como de costumbre, estaba abierta. Tocaron a la puerta y lo llamaron durante un rato, pero evidentemente él no estaba allí. Probablemente se encontraba en el lago o en el almacén oeste (el otro almacén estaba cerrado en el tiempo del desastre), o en el pabellón fotográfico.

Julie dio algunas vueltas por la casa y él se detuvo a beber un bourbon en la sala. Escuchaba los pasos de ella resonar en el cuarto: la casa era sinuosa e ilógica como los senderos del subconsciente. Robert había pensado siempre que representaba exactamente un útero materno. Los corredores se intersecaban y rozaban en ángulos locos, las perspectivas estaban deformadas, los cuadros pendían todos de un lado. La iluminación era de neón, fría y distante, y cuando caía la tarde los rostros parecían allí dentro solamente memorias profundas.

“Una casa como un paisaje interno”, pensó. Debe ser muy fácil sepultarse aquí dentro y eliminar el exterior, pretender ser la única criatura viviente en el planeta. Pero James se encontraba siempre en una investigación afanosa de un vínculo con el exterior, de una llave para la ecuación universal. Quizás le hubiera hecho bien después de todo dejar aquel lugar, porque era demasiado amplio y tendenciosamente regresivo. Acaso sería mejor para él mudarse con Suzanne, casarse con ella y vender todo: recomenzar nuevamente.

Mientras Robert ponía el vaso vacío sobre la mesa, Julie volvía del cuarto. Estaba pálida y tenía las pupilas dilatadas, o quizás era sólo un efecto de la iluminación. Se le acercó y se paró delante de él sin hablar. Lo miraba y averiguaba una respuesta en sus ojos.

—Adelante, Julie −le dijo él−. No es el momento de poner esa cara. Deberías volver aquí más a menudo.

Y mientras tanto pensaba que tampoco él comprendía a dónde habría llevado todo aquello. El Minotauro volaba hacia Marte y tocaba las estrellas con su punta; y ellos estaban allí para intentar estratificar las cosas, los recuerdos. Su locura lo arrastrará −pensó−, hará saltar por el aire la astronave y a todo el mundo. Él y su maldito diagrama.

—Ven a ver la cocina −murmuró Julie sin hacer mucho ruido−. Encontré una cosa impresionante.

Mientras la seguía por el corredor, arrastrando los pies con enorme obstinación, Robert pensó que aquella era la entrada para el Calvario. Por un lado o por otro habrá una cruz que nos estará esperando, y donde nos clavarán. Y las masas de los soldados se reirán alrededor. Estaba completamente seguro.

En la cocina el neón central se había quemado y había solamente una pequeña pantalla sobre la mesa. La luz desprendía más calor que en cualquier parte, pero su aro de luz era extremadamente estrecho. Las sombras nacían y se agigantaban con los ángulos, se apoyaban una a la otra y parecían vivas.

Había un maniquí en cuclillas sobre el fogón y tenía una flecha que le traspasaba el ojo derecho. Otro estaba de pie al lado de la mesa y la flecha le entraba en la nuca y salía por la frente. Un tercero estaba de espaldas sobre el suelo con las manos alzadas hacia el pene horadado por cinco estiletes. Todos tenían la cara de Seymour, el padre de James.

—Basta ya −dijo Robert−. James está loco, pero nosotros seríamos unos criminales si lo dejásemos seguir así. Debemos curarlo, encerrarlo en una clínica si es necesario.

Tomó la mano de Julie y la arrastró afuera de la habitación. Les parecía que la noche era algo palpable, un objeto capaz de precipitarse sobre la cabeza y aplastarles el cráneo. Debía salvarla y, si fuera posible, a sí mismo y a Suzanne. Pero esto probablemente implicaba la destrucción de James.

Cuando ellos entraron, James estaba dando los últimos retoques al Cristo del Mantegna. Derribado, con la cabeza en el lugar de los pies, parecía una enorme pesadilla solidificada. Pero a James le gustaba, le daba una sensación de omnipotencia: otro punto para añadir a la recta del diagrama.

—Al menos podrías dejar en paz a Cristo −fue la primera cosa que dijo Robert al entrar sin ni siquiera preocuparse por tocar a la puerta−. ¿O él también te dio alguna cosa?

—Cristo es el arquetipo occidental de la santidad y de lo irracional. Es necesario abatirlo para erradicar las memorias de la vida preuterina.

Al girarse James vio que allí también estaba Julie, detenida en la barrera de entrada, miraba la estructura fotográfica con la boca abierta. Le hizo una mueca, una fuerte sonrisa, después se volteó de nuevo hacia la otra parte. Había dejado desde tiempo atrás de interesarse por ella o de preguntarse lo que encontraba en Robert. Ya no le importaba.

—Vimos los maniquís de la cocina −dijo Robert−. ¿Quisieras explicarnos qué cosa significan?

James, sonriendo, apuntó el dedo índice hacia la estructura fotográfica.

—¿Tienes idea de qué significa esto? ¿O mi diagrama global? ¿O el vuelo del Minotauro?

Robert sacudió la cabeza y dio un paso hacia adelante. Se paró más cerca de la estructura.

—¿Esto qué cosa es? −preguntó.

—Un burdel de Lausana que visité una vez. Yo mismo tomé las fotos.

—¿Qué relación guarda con lo demás?

—Todo se vincula, este es el punto. Ustedes no entienden nada.

—James −intervino Julie−. ¿Por qué deseas matar a tu padre?

Él se sentó en el suelo, al lado de las fotos dispersas de los pubis de Suzanne. Examinó a su exmujer y la expresión de ella era a la vez graciosa y apenada, y le resultaba incomprensible.

—Seymour escapó de alguna parte −respondió−. Se hizo sustituir por aquel androide sobre el Apolo 21, después provocó una catástrofe. ¿Desean que les diga por qué la astronave se precipitó sobre la luna? Aquel hijo de mierda dejó inhabilitados los cohetes rumbo al descenso. En Cabo Cañaveral lo saben todo.

—Una idea simplemente estúpida −dijo Robert−. ¿Y dónde estaría ahora tu padre?

—¿En realidad no lo sabes? ¿O buscas solamente que te diga cosas bastantes obvias para enfatizar la idiotez?

—No lo sé.

—Mentiroso. De cualquier modo… Está en el Minotauro.

—¡James! −exclamó Julie, tapándose la boca con la mano.

—Y también aquella jodida nave explotará −continuó James−. Lo sé.

Robert había encendido un cigarro y continuaba mirando el burdel de Lausana. Estaba hipnotizado.

—Lo sé −dijo James−. Yo veo el futuro.

—Haznos cualquier predicción −dijo Robert, irónico.

—Si quieres −James hizo una pausa−. En el 2018 estallará un conflicto mundial. En el 2030 el Pentágono dará una orden errónea. En el 2031 estaremos todos de vuelta en las cavernas para cazar ratones. Nos quedan una veintena de años de vida decente. Si desean un consejo, no traigan hijos al mundo. No les conviene.

—Robert −dijo Julie con la voz temblorosa−. Vámonos ya, no consigo soportarlo más.

—Un momento, deseo pedirle otra cosa.

Robert se inclinó cerca de James, tomó en su mano una foto del pubis de Suzanne, la observó sin llegar a entender qué cosa era.

—¿Cómo haces para saber estas cosas?

—¿Desean una explicación? De acuerdo, al menos podré contárselo a alguien. Quizás sea un alivio.

James escupió en el suelo.

—Consideramos el tiempo como una película ya grabada. Si tienes el proyector y la pantalla adecuados puedes ver todo aquello que sucederá. Lo importante es tenerlos.

—¿Y tú los tienes?

—Todos los tenemos, pero la gente es estúpida y no entiende. Es necesario saber manejar el inconsciente y el subconsciente. Yo sueño lo que sucederá.

—¿Y estás seguro de soñar siempre las cosas correctas?

—Todo aquello que preví de la tonta muerte de Seymour hasta hoy se ha verificado. Mi diagrama…

Robert se alzó con impulso, apretando en la mano tres de aquellas fotografías e hizo un gesto decidido con el brazo. James dejó de hablar.

—¡Tu diagrama! Eres misericordioso, James. Eres solamente un pobre idiota que no entiende nada más del mundo y pretende resolver todo con los sueños. ¿Te das cuenta de lo que estás haciendo?

—No eres diferente de los demás −dijo James−. Refutas la verdad.

—¡Y no me interrumpas! ¡Cristo! Es más cómodo considerar que el tiempo es una película ya grabada, porque así pierdes cada responsabilidad y haces sólo aquello que los sueños te dicen que hagas. Todo prefijado, todo ya hecho. No hay necesidad de luchar.

—Olvidas un punto −rebatió suavemente James−. La película está ya grabada, de acuerdo, pero contiene ciertas imágenes, porque tú las habrías creado. El hecho de ver el futuro no te reduce a un instrumento pasivo. Sabes aquello que harás, nada más. Cuando debes pasar a la acción, eres tú quien actúa.

—Deja ya la dialéctica sofista. La verdad es que eres sólo un irresponsable. Es muy sencillo.

—Como quieras.

James sacudió los hombros, arrancó de la mano de Robert las tres fotografías, después le pidió un cigarro e hizo que se lo encendiera.

—De cualquier modo −dijo− yo tengo en mi mano la verdad y ustedes no. Insultarme no sirve de nada.

Antes de salir, Robert se giró en la puerta y preguntó qué cosa representaban las fotografías que estaban en el suelo.

—El pubis de Suzanne −repuso James−. Aumentado veinticuatro veces.

—¡Cristo! ¿Y dónde lo pondrás?

—A la derecha del Cristo precisamente.

—¿Suzanne lo sabe?

—Pero, claro. Lo encuentra sumamente gratificante.

—Nos vamos −gritó Julie−. Vámonos, por favor. Me siento mal.

James se despertó bruscamente a las ocho de la mañana. Caminó un poco por la casa, inquieto y nervioso. Clavó el sexto estilete en el pene de su padre, pero la cosa no le daba ningún alivio. Robert era un imbécil y había olvidado todo de su pasada amistad, pero no podía permitir que lo mataran sin haberle avisado. Al final se sintió obligado a llamarlo por teléfono en tanto la idea lo repugnaba.

—¿Robert? Soy yo, James. Escúchame bien. Deben escapar, irse. ¿Está claro?

Robert se había volteado en la cama al sonido del teléfono, esperando que se interrumpiese o que lo dejara dormir. Pero el teléfono había insistido y él simplemente no podía dejar de responder. Levantó el auricular y se lo llevó a la oreja. La voz de James le había dicho alguna cosa que el velo, residuo del sueño, no le había permitido entender.

A su lado, Julie abrió los ojos.

—¿Qué cosa dijiste? −preguntó Robert, tratando de despertarse completamente.

—Dije que deben irse hoy mismo, si no los matarán.

—¿Qué?

—¡Los matarán!

Julie se inclinó hacia adelante e hizo por preguntarle algo. Él le puso un dedo en los labios.

—¿James, puedes explicarte, por favor?

—Me parece bastante claro. Posiblemente mañana estarán muertos y sepultados si no se alejan de la ciudad.

—¿Por qué?

—¡Pues no lo sé! Lo soñé.

—Oh, ya, soñado.

Robert, dando un bostezo, intentó concentrarse en la conversación. Aunque, después de la tarde anterior, estaba convencido de que James era esquizofrénico.

—¿Y qué nos sucederá? ¿Tú?

—No lo sé. No recuerdo exactamente el sueño: censura onírica. Pero tengo la clara sensación del peligro que corren ustedes dos. Y también Suzanne debe estar atenta.

—¿Entonces según tú qué debemos hacer?

—Toma a Julie y a Suzanne y salgan de la ciudad. No hay más alternativas, el peligro está solamente aquí.

—Está bien, lo pensaremos.

—Robert, no te hagas el imbécil, yo no me equivoco nunca. Aunque quedan siete condenados.

—De acuerdo, de acuerdo. Te haré una visita en la tarde para hablar, te llamaré luego.

James colgó. Robert, perplejo, dejó el auricular y salió de la cama. Julie estaba apoyada de espalda a las almohadas y lo miraba.

—¿Qué pasa? −preguntó.

—Dice que nos matarán y que debemos dejar la ciudad hoy mismo.

Julie se estremeció.

—Robert, tengo miedo. James está loco, pero… ¿Y si por una vez tiene razón? ¿Y si después pudiera ser él quien nos matara? ¿Si la astronave aterriza…?

Ella se interrumpió. Robert se volteó para mirarla con una pantufla en la mano.

—¿Si la astronave aterriza?

—¿Pero no entiendes? Está convencido de que es infalible y su cerebro está enfermo. Sus reacciones son imprevisibles.

—No comiences a decir idioteces también tú. James es del todo inofensivo. Quizás le ponga a los maniquís flechas y puñales, pero todo queda allí.

—Te digo que tengo miedo. Me voy.

—Tú no vas a ninguna parte −rebatió él duramente−. Si hacemos algo de esa naturaleza creerá que se ha convertido en el todopoderoso. No podríamos movernos más de un milímetro de sus posiciones.

—¡A mí no me importa James! No me importan él, ni tú, ni Suzanne, ni todos los demás. No quiero morir.

Robert odiaba las situaciones de tensión. Endureció la mano, acarició los cabellos de Julie e intentó calmarla.

—Y dale −le dijo−. Es absurdo. No quieras decirme que comienzas a creer en sus sueños. Porque él no se acuerda ni siquiera bien, tiene sólo una sensación. ¿Me preparas el café?

Ella no respondió. Robert fue a la cocina y metió la cafetera sobre el fogón. Encendió el televisor, aguantó pacientemente cinco minutos de publicidad. Después, mientras bebía el café, aparecieron las imágenes del Minotauro que viajaba en el espacio. La astronave andaba magníficamente y luego, a las diez de la mañana, hora de Nueva York, el módulo aterrizaría sobre Marte.

En la tarde, a las cuatro, Robert encontró a James en el almacén oeste. Entró con la punta de los pies. El lugar estaba inmenso en la oscuridad. Sobre una pequeña pantalla colgada en la pared pasaban las imágenes del naufragio del Apolo 21, concedidas a James por la NASA después de algunos meses de insistencias y presiones. En aquel momento la nave estaba a punto de tocar el suelo y Seymour y el otro astronauta, Glarrold, se comunicaban por la radio con el centro de control. La cara de Seymour estaba cubierta por gruesas gotas de sudor. Diez minutos más tarde la astronave explotaría.

—Mira −le dijo James−. Se ve bien que es un androide.

Sobre la pantalla, Seymour había apretado un botón con el cuerpo hacia adelante. No había nada de mecánico en sus gestos ni en las expresiones. “Eres tú quien confundes los papeles” −pensó Robert−, “o quizás es sólo que tu cerebro no distingue más entre realidad e imaginación. ¿Pero por qué pretender que tu padre sea un androide?”

Pasaron unos minutos y el momento de la explosión comenzó a aproximarse. Robert advertía que se formaba una opresión en su espina dorsal y sobresalía por las conexiones neurálgicas hasta paralizar el cerebro. Pensaba que era inmoral volver a ver una cosa como aquella a distancia de años, que la muerte de los dos hombres debía ser respetada.

James se alzó, se puso detrás del proyector. Cuando la astronave estalló en pedazos se detuvo el fotograma. Sobre la pantalla permaneció la imagen, nítidamente desgarradora de las partes, los comandos y los asientos de la nave, dispersos en el espacio, tres años antes. En una esquina, la cabeza de Seymour, desatada del cuello, flotaba sobre una luz verde. De Glarrold no había huella, pero su cuerpo torturado permanecía a los márgenes de la memoria, y Robert lo podía imaginar y sentirlo.

—Este fotograma −dijo James, con gran cinismo− encarna la esencia del problema cotidiano de todos nosotros. ¿Es real o no? ¿Pasaron tres años, pero no es verdad que tú tienes todavía miedo?

Robert no encontraba la fuerza para responder. Sentía que se sofocaba, habría deseado salir a respirar un poco de aire, pero la imagen lo tenía retenido allí.

—Entonces es verdad. ¿Nunca pensaste que muchas de las estrellas que veíamos en el cielo podrían ser explosiones en siglos? Nosotros lo sabríamos con gran retraso. Lo que demuestra cuán insegura e inestable es nuestra posición.

James apagó el proyector. La habitación quedó inmersa en la oscuridad absoluta.

—¿Y ahora? −preguntó Robert.

—Y ahora no me vengas a hablar de responsabilidad y de locura. No podemos estar seguros de nada, ni del espacio, ni del tiempo. Esto implica una falta total de responsabilidad y la imposibilidad fisiológica de la locura.

—Tus usuales discursos. Si todos pensáramos como tú, el mundo se convertiría en una caja de personas apáticas.

Robert sentía que James se movía, pero no llegaba a verlo. El eco de sus pasos rebotaba contra los objetos agrupados allí dentro y parecía venir de un pasado abismalmente remoto.

—En efecto sería la mejor solución. Si aceptaras la idea de que no existe la posibilidad de acciones responsables o de contactos objetivos con la realidad, no quedaría en realidad nada más que hacer. ¿No estás de acuerdo? Enciendo la luz.

Otra de las usuales lámparas de neón frío. Robert pestañó y sintió nuevamente que se sofocaba. Aquella habitación estaba llena de tiempo y de muerte, una atmósfera irrespirable.

—Mira aquí.

James estaba de pie delante de la pared y atravesaba con el índice su diagrama. Una enorme hoja de cara milimetrada ocupaba el muro interno, la línea recta casi había llegado al borde derecho de la hoja.

—Pongo todo adentro, como dices tú, todas las cosas que me hacen dudar de la existencia de un presunto orden general. Por ahora deseo simplemente demostrar que el Minotauro explotará, pero en el futuro esta línea trazará el destino de la Tierra. El trabajo serio comenzará después del naufragio marciano.

También Robert se aproximó al diagrama, intentó entender qué cosa significaba. Las líneas verticales y horizontales no tenían ninguna indicación y era imposible leer el diagrama.

—No comprendo −dijo un poco después−. En realidad no entiendo.

—La línea vertical es el tiempo, la abscisa, el Minotauro. Cuando la recta esté completa, antes de las diez de mañana, la astronave explotará. Esta noche esperaré despierto y mañana todos verán mi triunfo en la televisión. Tendré el mundo a mis pies.

—No puedes trazar un diagrama de esa especie. No tiene sentido.

—Lo dices tú. De cualquier manera, ya lo veremos.

—Veremos, de acuerdo. Estoy harto de discutir estas cosas.

James bajó la cabeza, subió el pie izquierdo, hizo una pirueta.

—Como desee el señor. ¿Por qué no te has ido, Robert?

—Vine a hablarte de esto. ¿Qué cosa debe suceder, según tú?

James sonrió.

—Ya no tiene más importancia. Sucederá. Debes escapar. Estás perdido, viejo.

—¿Quién me matará?

—Te lo dije, no lo sé. A veces el futuro no es claro y por momentos pienso que existe una sucesión infinita de posibilidades para lo que ocurrirá en el futuro, aunque los resultados finales sean los mismos. Por tanto, de un modo o de otro los matarían a los tres.

—No puedo marcharme hoy −insinuó Robert.

—No, esto no es posible. Deben escapar cuanto antes. Ya tu tiempo se acabó.

Cansado hasta la náusea de aquellos diálogos delirantes, Robert se deslizó hacia la puerta y apoyó la mano sobre la madera.

—Sólo algo más −añadió−. ¿Qué cosa harías si la astronave no explotara?

—Me dispararé.

—Adiós, entonces. Nos vemos en tus funerales.

Recorriendo el parque, a la orilla del lago, Robert pensó que podía existir un solo motivo para aquellas fijaciones: el deseo de destruir definitivamente a Seymour. O a la imagen paterna, bastante deformada que Seymour representaba. Porque si James pensaba de verdad que su padre estaba en el viaje hacia Marte, debía saber que en la explosión moriría también él.

Durante la noche, mientras las horas corrían con el cuentagotas, la recta del diagrama se completó. James encendió la radio y permaneció hasta las seis de la mañana. El Minotauro continuaba su viaje.

Cuando el diagrama estuvo completo, se detuvo a admirar la estupenda simetría, después lo quemó. Lo extendió sobre el suelo y acercó el fósforo. Antes de que la llama la alcanzase, la carta se incendió. La llama llegó hasta el techo y dejó una huella negra.

Mirando el diagrama, James pensó en Robert. ¡Qué estúpido! En la tarde le había mentido diciéndole que existían diversas posibilidades para el futuro, y también él hubiera debido entenderlo, pero fue demasiado grosero, demasiado ilógico y descreído.

Si la película ya está grabada, entonces los fotogramas se encuentran en una permanencia inmóvil de la que nadie puede hacerlos salir. Yo veo el futuro y lo siento, y debo obedecerlo. Es inútil intentar oponerse o agitarse y gritar: aquello que se hará está ya hecho. Yo ya hice todo. Una apoteosis de irresponsabilidad preestablecida.

A las seis y treinta salió del almacén oeste y dispersó las cenizas del diagrama sobre el lago. Adiós, Seymour −pensó− adiós, Minotauro. Es la noche de mi pasión. El viento ligero le acariciaba la cara, le entraba por debajo de los vestidos.

Detenido sobre la orilla del agua, mientras arrojaba las cenizas sobre la corriente de aire y se posaban sobre el lago, le venían grandes impulsos, se sintió cansado e inútil. Huir de todos por huir de Seymour, por alejarse de aquella horrible imagen paterna: todo es así de duro, así de inhumano.

A las siete regresó al almacén. Sacó de una caja la pistola, la olió con cuidado y la cargó. Quizás habría sido mejor dormir por algunas horas, levantarse tarde, afeitarse y vestirse como convenía a la situación.

La astronave habría entrado en órbita, sin explotar. El módulo marciano descendería, sin explotar. Los astronautas habrían huido y habrían paseado sobre el planeta, y Crimson habría sido Seymour. Después habrían regresado al módulo por una hora de reposo y a la una y treinta sólo habrían quedado los restos como huella. Todo el mundo habría llorado su inexplicable muerte.

Una explosión ilógica, pensó. Soy yo quien los mata, yo, quien hace estallar el módulo. Yo y Seymour, porque también Seymour no tendrá más una explosión, él no resiste más. Siente mi odio en el espacio y lo sentirá sobre el planeta y decidirá que llegó el momento.

De cualquier modo, él no habría visto la explosión. A la una lo habrían esperado todos frente a la casa donde vive Suzanne. Veía ya sus caras sonrojadas por la sangre.

Los astronautas pasaban sobre Marte. La recuperación a color era magnífica: las savias rojas del planeta giraban en torno a sus cascos. El módulo estaba detenido en una esquina, los límites de la visión en poco terminarían del todo en el alargamiento del rayo de exploración de los tres hombres. Un espectáculo divertido.

—¿Viste? −dijo Suzanne−. Teníamos razón nosotros. Ahora llamo a James.

Robert volteó la cabeza del televisor. Ella se estaba ya alejando.

—Mantente atenta a lo que le dices. Ayer amenazaba con dispararse si sus previsiones fracasaban.

—No lo hará −aseguró Julie−. Probablemente el suceso del Minotauro le devolverá el cerebro a su lugar. Dale, llámalo. Invítalo al almuerzo. Debemos festejar.

Suzanne apresuró su paso y ellos dos volvieron a mirar la televisión. Cuando había llegado al apartamento, algunas horas antes, había tenido miedo. No sabían nada más sobre el suceso. Pero ahora había pasado todo. El módulo había aterrizado sin incidentes, el Minotauro orbitaba en torno a Marte, tampoco James tenía razón para sentirse asustado.

Suzanne volvió poco después. Sonreía.

—Fue muy reconciliador. Pidió perdón por todo y prometió quemar aquella absurda estructura fotográfica. Si bajamos a la una nos esperará en la calle.

—Perfecto −comentó Robert−. Tenemos todavía un par de horas para gozar del espectáculo.

Sobre la pantalla, uno de los astronautas giró la cabeza hacia ellos.

—Cristo −susurró Robert−. ¡Es Seymour!


Notas:

[1] Vittorio Curtoni: Retrofuturo, Shake Edizioni Underground, Milán, 1999, p. 40.

ILEDYS GONZÁLEZ
Iledys González (Cuba, 1989). Investigadora y traductora. Licenciada en Letras por la Universidad de La Habana y doctora por la Università degli Studi di Roma “La Sapienza”. Se ha desempeñado como profesora de Literatura Española en la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana. Varios de sus ensayos y traducciones literarias han sido publicados en revistas académicas cubanas y extranjeras.
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