¿De dónde salió esta niña?: una noche con la cantautora Wendy Martínez

Wendy Martínez y David Peñarredonda

El viernes 13 de septiembre se inundó la Casa de la Bombilla Verde de la extraña paz que dimana de las canciones de Wendy Martínez (Sancti Spíritus, 1996), esa joven muchacha que no pocos se preguntan de qué vida anterior trae la nostalgia con que interpreta y compone. Sin embargo, la calidez de su voz despierta más que melancolías amatorias. Sus letras se pasean también entre las laberínticas quimeras de la rebeldía, la muerte, la naturaleza, el tiempo.

Situado en la calle 11 #905, este bar de tapas de El Vedado acogió, como de costumbre, a los asiduos de la trova que se llegaron a escuchar a Wendy, mientras en algún barrio intrincado de la capital Silvio Rodríguez ofrecía un concierto al que fue invitado, entre otros, el holguinero Oscar Sánchez. Entre quienes gustan de repetir en la Bombilla, estuvieron los trovadores Fernando Bécquer, Frank Mitchel, Abel González Lescay e Inti Santana, y el narrador y cineasta Eduardo del Llano.

Wendy, cuya –dizque– timidez le impide contarme casi cualquier cosa sobre su vida, es una cantautora de formación autodidacta, excepto por unas pocas clases que recibió de algún maestro en la primaria, allá por Fomento. Después, con los amigos y su hormigueo entre libros, con esa mezcla de dulce y fiera tozudez que la acompaña, aprendió a tocar la guitarra sin saber de solfeo. Tampoco lee ni transcribe música. Tuvo en el Centro Dulce María Loynaz una peña tan efímera como una “Nota al pie” –que era por cierto el nombre de aquel espacio suyo que duró, lastimosamente, lo que un merengue en la puerta de un colegio.

Cuando lucía su cabeza rapada la escuché cantar, y me bastó para querer volver a oírla. La acompañó el pasado viernes, en voz y teclado, David Peñaherrera (Quito, 1994), un ecuatoriano rockero al que desde hace un año Wendy ha sumado como compañero de viaje del retintín de sus días. David estudia contrabajo en el ISA, adonde llegó hace unos tres años con su bajo eléctrico y con intenciones de formarse en Cuba. Con el bajo, e influido por músicos como ese Dios que es Charly García, atacaba en su país las notas de lo que componía para grupos suyos como la banda Para perros y gatos –con la que se propuso hacer un “rock que no hace ruido”–. En la Isla, tuvo que echar a un lado el bajo eléctrico –que no se estudia– y ha ido adentrándose, contrabajo mediante, en la música de concierto, que se imbrica ya en sus nuevas creaciones.

A solas o en compañía, Wendy Martínez interpretó, entre otras suyas, “Simulacro”, “Luz” y “Mañana no hay que ir a la escuela”, nana dedicada a su hermana María Fernanda –quien nos regala, gustosa, par de fotos del concierto–. Fueron cantados igualmente “Me negarás”: ese “bolero horrendo” –según lo bautizó para mí la autora– que a la gente le encanta pedirle; su composición más compleja, acaso su preferida, “Madera”; y “Verde añoranza” –este un tema compuesto a cuatro manos con David Peñaherrera.

Wendy –cual interpelación que huye de que la encasillen– se me escamotea en el túnel de su teléfono roto, sin que pueda más que escucharla en los videos que capturé la noche del concierto. Mas, aunque se negó a establecer las coordenadas de su inspiración tanto como de sus influencias, sí que hay una delicadeza, un banderilleo ahí reconocible. Como de Silvia Pérez Cruz –me digo–, como de Lila Down –me dice, pícaro, David–. Es un caracoleo de Violeta(s), una sonoridad “latinoamericana” –aventura Eduardo del Llano, deslizando su elogio algo abismado, como esa/os otra/os que se quedan hasta el final para preguntarle algo a Wendy, como quien no quiere la cosa, por si la pueden abrazar.

Otras de las que interpretaron obtuvieron no pocos vítores del público. Se trató de piezas que –según me susurró la pareja– suelen improvisar en medio de los quehaceres domésticos. Versionadas por Wendy y David, cuyas voces o notas no siempre empastaron este viernes, las canciones combinaban, eso sí, una expresividad: esa suave violencia de las pasiones que contrastó y vino a combinarse, no sin gracia, con el don apacible de las compuestas por la cantautora. Entre las que recuerdo: “La llorona”, de Chavela Vargas; “Eiti Leda”, de Charly; “Mariposita de primavera”, de Matamoros (Miguel) y “Los libros de la buena memoria”, de Spinetta (Luis Alberto).

Ella, a quien le hubiera encantado estudiar Filosofía, recientemente sueña con vencer las pruebas de la Universidad de las Artes (ISA), para hacerse dramaturga. De sus escarceos con la escritura nos da cuentas su página de Facebook, donde además conozco de su asiduidad por el juego ciencia, ese reloj de arena con el que comparte lo pausado, la estación del silencio.

Wendy y el ajedrez. Wendy: soldada de sí, cantándole a la “yerba mala”. Tenue como excitación capilar, que se da sin armas. Vibrante “mar que crece”… sin tocar madera. Este es el retrato suyo que logré avistar desde la tierra, ahora que se me antoja una constelación, la estela de un cometa de paso… A ver qué nuevo pelado tiene cuando la vuelva a escuchar, a ver qué otro perfil le da por regalar(nos) en las fotos. Wendy: titilar de voz.

JMR
Jamila Medina Ríos en poesía: Huecos de araña (Premio David, 2008), Primaveras cortadas (México D. F., 2011), Del corazón de la col y otras mentiras (La Habana, 2013), Anémona (Santa Clara, 2013; Madrid, 2016), País de la Siguaraya (Premio Nicolás Guillén, 2017), y las antologías Traffic Jam (San Juan, 2015), Para empinar un papalote (San José, 2015) y JamSession (Querétaro, 2017). Jamila Medina en narrativa: Ratas en la alta noche (México D.F., 2011) y Escritos en servilletas de papel (Holguín, 2011). Jamila M. Ríos (Holguín, 1981) en ensayo: Diseminaciones de Calvert Casey (Premio Alejo Carpentier, 2012), cuyos títulos ha reditado, compilado y prologado para Cuba y Argentina. J. Medina Ríos como editora y JMR para Rialta Magazine. Máster en Lingüística Aplicada con un estudio sobre la retórica revolucionaria en la obra de Nara Mansur; proyecta su doctorado sobre el ideario mambí en las artes y las letras cubanas. Nadadora, filóloga, ciclista, cometa viajera; aunque se preferiría paracaidista o espeleóloga. Integra el staff del proyecto Rialta.
avatar