Alba de Céspedes

Preámbulo

Una de las obsesiones literarias de la escritora italiana Alba de Céspedes era la tierra de sus orígenes, Cuba, país donde con frecuencia ha sido evocada como la nieta del hacendado independentista Carlos Manuel de Céspedes y del Castillo, pero también esporádicamente citada como autora de novelas, relatos y textos periodísticos.[1]

La novelista que naciera en Roma (1909) y falleciera en París (1997) visitó por vez primera la isla en 1939 con motivo de la agónica enfermedad de su padre, el diplomático Carlos Manuel de Céspedes y de Quesada. En tal ocasión, en la que se combinaban tristeza, nostalgia, curiosidad y hallazgos, la escritora realizó varias colaboraciones periodísticas para el boletín romano Il Messaggero.[2] Se trataba entonces de textos más o menos cercanos a la crónica en los que se conjugaban un yo reflexivo y la mirada de la viajera europea a propósito de ciertos tópicos de la realidad y la cultura cubanas que comenzaba a descubrir.

Entre ellos, “Discorsi con una palma” destaca por su desmarque respecto de la prosa cronística al asumir claros elementos narrativos: la delimitación de personajes, el desarrollo de una trama y la presencia de algunas notas descriptivas que ondulan entre la ficción y la realidad. La majestuosa residencia de los padres, ubicada entonces en el cruce de las calles 23 y M del Vedado, es el escenario primero que se expande a otros espacios como el malecón o la localidad de Cojímar donde transcurre la segunda parte de la acción. La palma, elemento enigmático del texto, alter ego o misterioso amante con el cual la autora (narrador autodiegético) se confronta y discurre, se torna metafóricamente en la trasfiguración de Cuba. Por momentos emana la sospecha de un estrato mitológico reelaborado y semioculto en el esbozo animista de la palma, uno que podría reconocerse como ese mito procedente de las zonas orientales de la isla denominado “la luz de Yara”.[3] La idea de que la palma encierra una figura ancestral, un indio, el personaje nativo por excelencia, constituye el primer hallazgo para una relectura a la luz del mito local. La búsqueda del relato es aquella reflexión de la viajera sobre la identidad insular y, al mismo tiempo, sobre su propia identidad. La oscilación entre el afuera y el adentro, lo otro y el yo, ofrece las coordenadas en las que se instala el texto que traducimos acá.

Durante las siguientes dos décadas Alba de Céspedes se mantuvo visitando con cierta frecuencia La Habana para asistir a su madre Laura Bertini quien, tras la pérdida de su esposo, había sufrido serios trastornos nerviosos, padecimientos que durarían hasta su muerte en 1957. Determinadas vivencias familiares como el abandono de la confortable residencia paterna para la construcción del hotel Habana Hilton, la distribución del patrimonio familiar y la fatal enfermedad de la madre serán los temas de las colaboraciones de aquellos años para el periódico La Stampa de Turín.

Es precisamente allí donde el 21 de agosto de 1955 se difunde el cuento titulado “Benigno”, dedicado al personaje homónimo que aparece en distintos pasajes de su obra autobiográfica Con grande amore, último proyecto narrativo que quedara inconcluso. La situación central que se plantea en el relato –también recreada con notable similitud en la obra mencionada– es el trágico hallazgo de documentos y retratos de familia deteriorados dentro de un baúl que un fiel mayordomo custodiaba con recelo. Autobiografía y ficción se funden por lo general en toda la obra de Alba, acaso como mecanismo o estrategia contra el olvido. “Es un mundo que desaparece, tal vez yo lo haga vivir para siempre en un relato”,[4] había escrito a su esposo, Franco Bounous, el 3 de abril de 1956. Interesante aquí también toda la recreación de la gran mansión del Vedado, así como las costumbres domésticas de sus padres, propias de la alta burguesía habanera de la época.

En 1956 La Stampa publicaría otro de sus cuentos, “Fine di giornata”, ambientado en Cuba y muy probablemente inspirado en el viaje que realizara a la isla ese mismo año. La circunstancia narrativa, el encuentro de dos amigas (Hortensia y Gloria) que conversan en la quietud de la tarde, evidencia en algunos parlamentos un sentido de pérdida y de transformación de la ciudad habanera motivado quizás por el episodio autobiográfico del desalojo de la casa de 23 y M. La complicidad de las amigas manifiesta además una pincelada de sutil erotismo al imbricarse la sensualidad de la naturaleza tropical con la belleza del cuerpo femenino ‒quizás en velada insinuación lésbica por otros guiños que sugiere el propio texto‒: “Miraba el seno florido de la amiga y le parecía que todo a su alrededor fuera carne: la pulpa roja de los frutos, la piel lisa y tierna de las gardenias desmesuradas”. Además de esto, otros aspectos relevantes encontrará el lector en el relato, como el debate sobre la insularidad o el de la emancipación de la mujer.

El 12 de diciembre del mismo año es publicado igualmente por La Stampa “I complici della pazzia”, una crónica de aquella estancia habanera. El texto se centra esta vez en un nuevo episodio autobiográfico, la locura de la madre Laura Bertini. Aparece aquí un personaje singular, un médico judío que había escapado de Alemania durante el Holocausto y que se encontraba de paso en Cuba a la espera de un visado para ingresar a los Estados Unidos. Precisamente, la profundización en dicho personaje, a todas luces misterioso, y en los conflictos asociados a la demencia y la locura, estigmatizados por la sociedad de la época, articulan la trama narrativa. Años después, para cuando Alba de Céspedes se dedique a la escritura de Con grande amore recurrirá a esta especie de crónica como una de las fuentes de consulta en su proyecto de integrar la memoria individual con el pasado de la nación cubana.

Los cuatro textos que hemos comentado de Alba de Céspedes publicados en Italia en la primera mitad del siglo XX esbozan un primer cuadro biográfico de la autora en vínculo con su país de origen. Un cuadro que no es precisamente idolatría de sus antepasados heroicos, como se manifestará en cambio en su prosa posterior, sino personal y sutil descubrimiento de una tierra lejana en medio de la agonía y la pérdida familiar. Presentarlos hoy en traducción al español abre el camino de retorno a su Isla en pos de una meritoria y apremiante difusión.

Iledys González

Conversaciones con una palma

(“Discorsi con una palma”, Il Messaggero, Roma, 22 de junio de 1939, p. 3)

No me di cuenta al inicio. Me pareció una palma como las demás. Pensé que aquel aire de nobleza por el cual se distinguía le venía por encontrarse apartada en el jardín de la casa. Otras, en cambio, desdeñaban la soledad y pretendían, más bien, arrimarse a las compañeras. Los troncos, raíces, incluso los penachos se mezclaban como las melenas de los caballos jóvenes cuando juegan y frotan el hocico el uno con el otro. Ella no. Ni siquiera una buganvilia se enredaba por el tronco que estaba desnudo y liso. Mirándola desde el jardín me parecía enorme y aunque subiera al primer piso no veía disminuir su majestuosidad. A la terraza no iba para no sentirme humillada, encogida frente a ella que, tranquila, iba a despeinarse entre las estrellas.

Fue una noche, estábamos solas, yo en el pórtico, ella en el jardín y había luna. Miraba el mar, el puerto vigilado por el Castillo del Morro. Pensaba con cierto pesar en un vapor que había zarpado al crepúsculo cándido y ligero como una paloma. Afortunada por la hora y la belleza de las cosas, en cambio, me hallaba incómoda, mi pensamiento era distraído, sentía a alguien espiarme a mis espaldas. Me volteé y la vi desnuda y blanca a la clara luz de la luna. La descubrí entonces diferente de las palmas mediterráneas, sólidas y escamosas: blanca, libre de la corteza, parecía, como todas estas de aquí, ser solamente el alma de la palma. Así comenzamos a hablar. Tenía una voz cálida y melancólica y se expresaba con gestos o frases breves y sentenciosas, a la manera de un viejo indio. Me hablaba en tono altivo y al mismo tiempo primitivo y confidente, como si todo lo que había crecido a su alrededor, casas, jardineras, ni siquiera existiera y, por primera vez, al verme conociera las apariencias de las criaturas humanas. Descubrimos de inmediato entre nosotros una íntima afinidad por ese gusto a la soledad y al hablar evasivo. Permanecimos largo tiempo conversando. Me daba cuenta de que hablaba con ella como si hablara con una persona, dócil y acogedora al mismo tiempo en sus defensas. Desde entonces toda la jornada me parecía larga a la espera de las horas de la noche.

De noche aquí, ahora que hace calor, todos andan buscando amigos que tengan una casa con jardín. Entran inesperados y es como si hubieran sido esperados. Toman bebidas heladas y hablan de política, o tal vez cuentan una cosa cualquiera y la adornan con gestos y palabras; adjetivos hinchados y jugosos como racimos de uvas rápidamente caen del discurso. Poco a poco las voces se van animando, se alzan.

En aquel momento yo me marchaba sin que los demás lo notaran. Salía en la maravillosa noche, iba a la más alejada esquina del portal, ponía la mano sobre la balaustrada presentándome. Al verme, la palma agitaba una hoja para demostrar alegría.

Existía en verdad entre nosotros una especial comprensión amorosa, de hombre a mujer. Quizás dentro de ella estaba encerrado un hombre que, en los tiempos fantasiosos de la mitología, Júpiter se habría divertido en transformar en árbol. Era abstracta y lejana, casi absorta en pensamientos teosóficos y, tal vez por su altura, juzgaba las cosas con mayor lucidez que nosotros.

Me llamaba a veces con la sombra. A cierta hora y por la posición de la luna su sombra se extendía sobre la pared de la casa, entraba por las ventanas abiertas, se reclinaba en la tierra o se posaba incluso sobre mi rostro como una mano fría. Quería decir ‒se entendía‒: “sal”. Y era un reclamo insistente aquella sombra negra sobre el mármol blanco del pavimento. “Sal, sal”. Comprendí que al igual que muchos personajes solitarios había en el fondo de su carácter algo de prepotencia. Una noche salí por la ciudad para pasear, la encontré al regreso toda oscura y apagada. Entendí que no era solamente por las nubes que cubrían la luna. Me asomé a la ventana, pero no distinguía el follaje que se perdía en la oscuridad de la noche. Alrededor el aire era caluroso y al alba llovió, lluvia tropical, densa y abundante, como si todas las bocas del cielo se abrieran derramando chorros de agua. Lluvia breve que cesa de golpe. Al despertar encontré el cielo sereno, pero las hojas de la palma dejaban caer gotas dispersas, lágrimas.

Ya era una obligación sentarme junto a ella en la noche. Por la calle pasaban los vendedores de frutas modulando su canto. Mangos, un motivo; plátanos, otro motivo. Y los negros al cantar se tapaban las orejas con las manos para no perder el tono. Cantaban como los primeros negros, aquellos que vinieron de África, decía la palma. Sabía muchas cosas, hechos, cuentos de cuando existía la esclavitud. Hablaba con un tono suave, lentamente, como una persona distante de su juventud. Jamás un poco de locura, parecía que hasta el viento la respetara. En fin, aquella sensación de estar unida a ella comenzaba a pesarme un poco.

Por eso decidí salir más a menudo y una noche fui a Cojímar. “¿A dónde vas?”, me preguntó al verme salir, pero yo fingí no haberla escuchado. Cerré el portón, reí fuerte y subí al carro. Existe cierto gusto alguna vez en ser malvado. Además, ¿qué importa?, siempre en casa, de vez en cuando es necesario respirar al aire libre.

Cojímar: treinta kilómetros de La Habana, junto al mar. Se accedía lentamente por un campo desordenado y selvático, todavía improvisado. Los pueblitos parecían haber sido puestos allí desde hacía pocos días para luego hacerse la ciudad verdadera. Y, en cambio, se quedaron así, planos y bajos, con las casitas de madera y los negocios iluminados como en fiesta, con su aspecto provisional de carpas de feria sin puertas, como después de una inundación o de un terremoto. Había en mí una sensación de euforia, quizás por la evasión, o quizás porque me parecía que la campiña adormentada debía despertarse de un golpe a nuestro paso y mirarnos con los ojos bien abiertos. Me sentía libre del maléfico contagio de la palma, de su sabiduría antigua y melancólica, fuera de lugar en un país joven. “¿A dónde vas? ¿Qué haces?”. Me parecía que no era libre de moverme, me parecía que tenía también yo una edad vegetal.

De un lado y de otro de la calle provinciana por la cual el carro pasaba había, sin embargo, tantas palmas jóvenes, en grupo, alineadas en firme, que en el aliento de la brisa movían las hojas lentamente con gracia de bailarinas. Por un cierto modo de perseguirse entre sí se comprendía que no eran más que adolescentes. Descendían en hordas hacia los arroyuelos que brincaban en las grietas de la llanura. Algunas a la claridad de la luna se reflejaban en el agua. Mis dos compañeros callaban, quizás porque estaban enamorados. La mujer había puesto una mano sobre la del hombre apretada al volante. Yo al lado de ella me sentía aglomerada aunque muy alejada, lanzada sola en la calle solitaria. Subía, bajaba la calle. Alrededor había completa soledad. Los bohíos, las casitas, callaban a ojos cerrados debajo de los techos de paja como debajo de pestañas entornadas. Los troncos blancos de las palmas semejaban velados fantasmas. Me parecía culpable de penetrar a viva fuerza en aquella vida secreta de la noche, en el misterio de aquella campiña todavía intacta, no sufrida, sobre la que los pueblitos habían crecido con demasiada prisa como niños gigantes.

Se entró en Cojímar de sorpresa. “Aquí estamos”, uno dijo. Eran apenas las diez de la noche y todo era ya silencioso. Solamente una tenue luz rojiza salía de un establo junto a un áspero olor a estiércol y al rumor de los cascos batidos sobre la paja. Lo demás era silencio. Un pueblito diferente a los demás. Cojímar, sin música, sin gente por la calle, casi los habitantes la habían abandonado, o quizás estaban todos muertos y dormían en las casas de las ventanas oscuras y cerradas. Sobre el pequeño puerto se asomaba una antigua fortaleza medio derruida y en la plazuela, entre columnas rotas y asientos de piedra, la yerba crecía libremente. Bajo la fría luz de la luna, parecía un paisaje de fábula, un pueblo adormecido por magia o devastado por maldición; quizás ahora habrían aparecido enanos, gnomos o esqueletos de cristal. Me senté en el parapeto. Debajo el agua era inmóvil. Si lanzara una piedra se agrietaría como un espejo. El cielo estaba hinchado de aire limpio, iluminado por una luna gigantesca. Nadie. Una espantosa soledad. Nadie. Incluso mis dos amigos se habían alejado cogidos del brazo, ni siquiera se sentía la voz de ella, que era bella y joven. Más abajo, lejos, las palmas estaban detenidas y pálidas, un coro de ninfas con cabellos sueltos sobre los hombros. Me di cuenta inmediatamente, ahora que me había adentrado en el secreto de la noche tropical, que hasta estas palmas jóvenes y esbeltas llevan, como todas las palmas de Cuba en la desolada campiña, el signo de una tristeza resignada y apacible. Sentía que una melancolía nativa me apretaba ahora también a mí. Quizás poco a poco mi alma se transformaría como aquella de la palma del jardín de casa, descubierta pero sin el peligro de ser herida, distante y serena. O quizás mis juegos serían ilusorios como la alegría de estas palmas más jóvenes que corrían blancas y transparentes como almas en un limbo. Huir, marcharme, saltar el muro, sumergirme, nadar bajo la gran luz lunar hacia el horizonte indefinido. Tiburones, tiburones. Estaba lleno de ellos el puerto, se decía, y codiciosos llegaban hasta el agua baja. Entonces grité fuerte a mis amigos: “¡Vengan! ¡No me dejen sola!”. Y sentía impaciencia en mis piernas por los pasos de ellos lentos, vacilantes, con los cuales me alcanzaban. “Tengo miedo…”, murmuré apenas estuvieron cerca. Y ellos que estaban enamorados y felices me miraron estupefactos. De repente desembocó en la estrecha bahía y venía hacia nosotros una lancha que rebuscaba en la costa con un gran ojo inquieto. Lo lanzó sobre nosotros, se detuvo un instante y luego se alejó. “Buscan…”, dijeron, “buscan contrabandistas que desembarcan en la noche para estafar a la aduana”.

“Da miedo aquí”, hice luego un silencio. “¿Dónde están los habitantes del pueblo? ¿Han muerto todos?” Pero mis compañeros se rieron y dijeron que era de noche y la gente dormía. De día… y es que yo ni siquiera podía imaginar el nacimiento de un día vivo y activo en aquel gran abandono de las cosas. Me acomodé en el carro y permanecí en silencio. También mi amiga callaba. Luego el hombre tarareó entre dientes una canción y eso pareció de gran osadía. Pero pronto ella se le arrimó, sentí que se despegaba de mí, me dejaba sola con mi miedo.

En mí se había hecho un gran silencio, callaba sofocada por las estrellas que estaban fijas y bajas, mirando la tierra. Las jóvenes palmas, cansadas, dormían en pie como bellas estatuas. Un árbol estaba a brazos abiertos al cielo en medio de la extensión de yerba alta y suave, susurrante; tierra nueva llena de promesas. Las flores derivaban de los arbustos como agua de un pozo. Prados de tierra intacta, adormecida en la gran luz lunar, pero debajo dispuesta e hirviente; tierra joven. Junto a mí, los amigos estaban en armonía con la naturaleza; gente de aquí, serena, con frescura y levedad de niños, almas jóvenes y aún resonantes de primitivas armonías.

Cerré el portón despacio, permanecí escuchando cómo se alejaban, luego me metí en el jardín. Sentía haber nacido con un alma ya apasionada, llena de pensamientos adultos y quizás inútiles. Empujada al límite de cuanto había en aquella isla de joven y vigorosa, me inclinaba por instinto a todo lo que era grave en ella, melancólico. A aquello que quizás los europeos habían traído de España en sus inflados veleros, o lo que era patrimonio y privilegio de aquellos indios siboneyes que eran antiguos como la madera y la piedra. Apretada por las estrellas que se asomaban a su cabeza, la gran palma me vio llegar.

No entré en casa, no encendí la lámpara. Me senté a mirarla desde la transparente sombra del pórtico y retomé la conversación, la única conversación que sólo yo podía hacer.

—Regresaste ‒dijo‒. Y no era una pregunta.

La tierra palidecía. Dormían las flores a boca abierta como los niños. Pero la palma que era muy vieja y tenía profundos pensamientos estaba despierta junto a mí. Tranquila. No había necesidad de hablar. Altiva, solitaria, con la cabeza entre las estrellas.

—Hay mucha luz, aquí arriba.

Benigno

(“Benigno”, La Stampa, Turín, 21 de agosto de 1955, p. 3)

Desde que mi padre murió no había jamás osado sentarme en su escritorio. Incluso el día en que decidí anunciar a Benigno mi resolución entré en el estudio casi sin desearlo y, mientras me preguntaba si debía ser convincente o perentoria, me senté, puse la mano sobre la campanita y escuché el sonido resonar entre las paredes de la casa. Imaginaba a Benigno mirar asombrado el cuadro de las campanas donde había aparecido el número uno y pensaba que quizás ‒para investirme de una autoridad que temía no poseer‒ había sido cruel, cuando él se presentó al umbral. Alto, delgado, ajustado en su blanco uniforme que en Cuba es llamado filipina, parecía resumir en su comportamiento todas las costumbres que en aquella vieja casa eran juntas imborrables y olvidadas. Cuando había entrado a nuestro servicio, veinticinco años antes, Jesús, el mayordomo, viéndolo vestido con la filipina, había tenido un gesto de satisfacción. Ambos eran españoles. Jesús tenía el perfil pomposo que Felipe IV ostentaba en los retratos de Velázquez, la misma barbilla hinchada y presuntuosa. Benigno, en cambio, producto de sus flancos exiguos, secos y de las largas patillas negras parecía un joven “espada”. Los recordaba firmes en el comedor mientras, como a menudo sucedía al final de la cena, alguien alzaba la copa para celebrar que Cuba se había liberado de la dominación española. En esos momentos, si bien ambos permanecían imperturbables con la cabeza en alto, yo sentía cierta incomodidad.

Entonces viendo a Benigno frente a mí esperando mis órdenes volví a probarlo. Dije simplemente: “Benigno, es necesario abrir aquella caja”. Él palideció, pero respondió sin perturbarse: “usted es la patrona en su casa”. “Es necesario abrirla”, insistí, aún teniendo la impresión de cometer una imposición. “Además, ya sabemos que dentro de pocos meses la casa será demolida”.

Benigno me miró y yo me sentía envuelta en el odio que él nutría por quien había aprobado el nuevo plan urbanístico. Habría deseado decirle que, imaginando el bello pórtico neoclásico demolido, las altas columnas quebradas, un cúmulo de escombros encima de la leve colina que alzaba nuestra vieja casa sobre las casas nuevas de La Habana, me iba sintiendo helada pues en lo adelante ya no sabría dónde refugiarme para sentirme protegida. Pero él, después de haber asentido, preguntó lacónicamente: “¿cuándo?”. Y yo respondí: “mañana”.

Benigno se inclinó y desapareció. Habría preferido que se hubiera rebelado para convencerlo y así exonerarme, pues sentía que desconfiaba de mí y justo a causa de la humildad con que cumplía mi tarea de patrona. Él tenía, en cambio, como todos los españoles, un irrefrenable orgullo y lo expresaba en el esfuerzo por servir perfectamente, con absoluta devoción. Nunca había aprovechado su libertad semanal, nunca habíamos sabido que tuviera una mujer. Se levantaba al amanecer, reorganizaba el estudio de mi padre y luego comenzaba a girar atento y silencioso en torno a él, listo para encenderle el cigarro, para alcanzarle algún objeto, prevenir cada deseo suyo en el intento por ahorarrle hasta la molestia de mandar. En la noche lo esperaba hasta tarde para abrirle el portón. Tantas veces, después de la muerte de mi padre, había intentado yo eliminar ciertos hábitos inadecuados en los tiempos de hoy. Benigno se adecuaba a mis órdenes, pero yo sentía que hería su orgullo obligándolo a admitir que casi no podía soportar la responsabilidad y el cansancio que sus deberes imponían. Me miraba asustado como había mirado a mi padre cuando este ‒antes de partir para una larga misión en Europa‒ le había anunciado que solamente Jesús lo habría seguido. “No es posible −Benigno había respondido− voy de igual modo, incluso sin salario”. Entonces mi padre le había dicho que contaba con él para vigilar la villa, donde todo debía permanecer intacto, y para vigilar una gran caja que estaba cerrada durante años en el almacén en el fondo del patio y que contenía cosas preciosas. Benigno había escuchado aquellas palabras con la fiereza de un militar a quien se le confiaba una acción arriesgada y sus ojos brillaban como los botones de la filipina.

Once años después, volviendo, lo habíamos encontrado en el portón para acogernos con su impecable reverencia de siempre, pero parecía que, identificándose totalmente con el cargo que había recibido, se hubiera separado de todo, incluso de nosotros. Llevaba en el cinturón el maso de llaves que manoseaba a ratos y sus largas patillas cerraban en un lúgubre marco su rostro demacrado de mirada alucinada. Era cada vez más taciturno y había sonreído solamente al comprender que Jesús se había quedado en Europa.

La casa me había parecido, a la par de él, consumida y, en cierto modo, transfigurada. Nuestros muebles europeos que no resisten el trópico parecían intactos y, más bien, habían adquirido la misma apariencia del bronce de aquellas estatuas sagradas que innumerables fieles besan con devoción. De las viejas platas, frotadas cuidadosamente durante años, emanaban intensos destellos y, debajo de los cristales de los marcos pulidos con la respiración, los familiares difuntos nos miraban con ojos penetrantes como los ancestros conspiradores desde lo alto de las pinturas del siglo XIX. El sol, pasando entre las buganvilias de la ventana, se coloreaba de verde y de violeta y suavizaba los mármoles de las estatuas. No había visto jamás la casa tan bella y comprendía que al valor real de los muebles y de los objetos se había añadido el de la vida que Benigno había pasado, hora por hora, en la obra de conservación. Los vecinos nos habían dicho que de noche se veía su uniforme blanquear en el jardín y el aro de luz de su lámpara brillar en la oscuridad y que, cuando en otoño los ciclones asaltaban la ciudad amenzando los edificios, Benigno no había dejado entrar a nadie. En lugar de pedir ayuda, como todos hacen, en aquella ocasión había defendido la casa por sí solo, bajando los cuadros de las paredes, las estatuas de los pedestales, atando las plantas para que no fueran arrancadas, clavando maderas contra las ventanas y acumulando incansablemente el agua que entraba por debajo de las puertas para lamer las viejas alfombras. A menudo, en la noche, los sirvientes del vecindario iban a verlo para que les contara la historia de aquella solitaria defensa que se estaba convirtiendo en legendaria. Se sentaban en el patio alrededor de él que, acompañando con gestos amplios su dramático lenguaje, describía el furor del viento, la violencia de las grandes lluvias contras las que había debido luchar y mostraba los brazos como habría mostrado los estigmas. Luego, al marcharse, pasaban en punta de pie frente a la puerta del almacén. Imaginaban la caja llena de lingotes de oro, de piedras preciosas como los cofres de los bucaneros que muchos todavía esperan encontrar excavando la tierra en los lugares donde ellos solían desembarcar. Y Benigno disfrutaba al ver incrementado por mérito suyo el prestigio del patrón.

Pero mi padre había regresado a La Habana para morir. Benigno había estado en guardia junto a su cama, al lado de su féretro y, después del funeral, se había presentado trayéndome las llaves con el gesto de uno que ha sido derrotado y cede las armas. Yo le había dicho que debía seguir teniéndolas, y en aquel momento la desconfianza que sentía por mí pareció atenuada.

No obstante, la mañana siguiente a mi decisión, cuando lo alcancé en el almacén vi que me examinaba preguntándose qué bajo sentimiento me impulsaba a acometer semejante sacrilegio. Obedecía, pero en signo de protesta, y, a pesar del calor, llevaba puesto, en lugar del uniforme de fatiga, la filipina planchada a cilindro y, junto a los botones, el escudo de la República que antes usaba para los recibimientos oficiales. Las manos que sostenían el martillo y el cincel estaban enguantadas de blanco. Abrió la puerta y, sin mirarme, se hizo a un lado para dejarme pasar. El almacén estaba en penumbra, así que no vi de inmediato la caja oculta bajo una tela de saco. Benigno me lo señaló y luego la descubrió lentamente. Era una caja cualquiera de madera gris pero él la contemplaba como si hubiese traído a la luz una obra de arte y murmuraba extasiado: “¡Intacta!”. Me palpitaba el corazón al hacerle el gesto de abrirla, así que luego me alejé con discreción fingiendo observar alrededor los artículos del hogar en desuso: lámparas estilo Liberty, sillones dorados, horribles retratos de mi padre en uniforme, pinturas de aficionados. Después empecé a escuchar golpes sordos dados lentamente y, al fin, un choque de hachas dentadas seguidas de silencio. Entonces me volteé y vi a Benigno inmóvil que miraba la caja. Las manos que sostenían los utensilios estaban abandonadas a los costados, los ojos llenos de horror. “¿Qué pasa?”, le pregunté y él no dijo nada, siguió observando.

La caja estaba llena de papeles, de fotografías descoloridas que las ratas habían roído reduciéndolas a tiras, a polvo. Reconocía, entre el polvo, la tinta violeta y la alta escritura de mi madre mezclada con aquella diminuta de mi padre en sus cartas de amor. Sobre el lúcido cartón de los retratos dulces ojos brillaban, se veía una espalda suave, una mano que apretaba una rosa, una boca gentil bajo bigotes arrogantes. Despuntaba entre aquellos tristes confetis la cinta rosa de un carné de baile, un mazo de violetas, la seda de un vestido que elevé y se deshizo mientras dos oscuras cucarachas huían. Yo retrocedí en un estremecimiento, Benigno posó los utensilios, dijo: “Perdone, señora”, y se alejó como una sombra contra la luz enceguecedora que venía de la puerta.

Permanecí perdida y poco después tuve la necesidad de alcanzarlo. Pero en el patio blanco bajo el sol a pico la silla donde él solía descansar para fumar un tabaco era un esqueleto desolado. Lo busqué en el jardín, en la sombra de las grandes ceibas, árboles sagrados que nadie osa talar. Por las rejillas de hierro forjado miré dentro de la casa. “Benigno…”, llamaba y nadie respondía desde las habitaciones vacías. En la brisa que en la mañana sube del mar veía los desgastados damascos moverse lentamente, y los lienzos de los retratos, que el comején había roído en los marcos, parecían desprenderse. El mismo comején −yo sabía bien− había vaciado los muebles y algunos eran ya frágiles como hojaldre. Luego, presa de un repentino temor, me fui hacia el portal temiendo que Benigno hubiera bajado las escaleras, hubiera salido a la calle y ya no pudiera encontrarlo entre la apresurada multitud de vendedores de mangos y de piñas, los chinos que pasaban indolentes ofreciendo boletos de la lotería.

Benigno estaba sentado en el portal sobre el escalón que daba acceso a la casa. Tenía su cabeza entre sus manos y su cráneo brillaba bajo los cabellos pegados. No se levantó ni se movió cuando escuchó que me acercaba, y yo fui a sentarme a su lado juntando mis rodillas en mi vestidito de algodón. Había una gran calma entre el blanco de los mármoles y de las estatuas. “Benigno…”, murmuré. Él levantó la cabeza y vi que tenía la rígida filipina desabotonada. El cuello abierto mostraba una garganta de cera bajo el rostro bronceado. “Polvo”, dijo. Luego repitió: “Polvo… diez, veinte años, toda la vida, vigilando una caja llena de polvo, estos muros que serán polvo. Polvo, insectos, gusanos…” Miraba frente a sí las grandes casas modernas que habían surgido rápidamente quitándonos la vista de la bahía donde, sobre el mar azul y compacto, pasaban las naves blancas, los veleros. Era como si el bello pórtico estuviera ya derrumbado, las delgadas columnas quebradas e, incluso, nosotros fuéramos polvo entre el polvo de los escombros.

Fin de jornada

(“Fine di giornata”, La Stampa, Turín, 12 de agosto de 1956, p. 3)

Las dos amigas se veían a distancia de años y Gloria no anunciaba jamás su llegada. Era una corresponsal perezosa. En Navidad sólo una postal que reproducía un cuadro de la colección del Louvre, del British Museum o del Prado hacía saber dónde pasaba la estación invernal. Hortensia, en cambio, no se movía jamás de La Habana. Apenas llegaba, Gloria la llamaba y, escuchando la exclamación alegre de la amiga, la imaginaba como siempre en la antigua casa de suelo a cuadros blancos y negros entre los bellos muebles de época colonial. Hortensia era la primera persona que Gloria quería reencontrar. Luego juntas cumplirían una visita obligada a la tumba del marido que murió joven y le ofreció galantemente la libertad de vivir como deseaba. En el cementerio hablaban con voz turbada, con la misma que Gloria le preguntaba a la amiga si el marido, mucho mayor que ella, de quien se había divorciado, estaría aún con vida, y, después de la respuesta afirmativa, resumía el tono tintineante que le era habitual. Tenía una voz bellísima. Hortensia la reconocía de inmediato en el teléfono, siempre la misma, ni siquiera un poco rasgada por los años. Y en sus oídos permanecía por largo rato el acento encendido con el que prometía: “Hasta mañana”.

Todo entusiasta Hortensia corría hacia el armario y descorría los vestidos ansiosamente. En aquellas ocasiones comprendía que, si bien las crónicas mundanas se extendían sobre su elegancia, no había nada que le gustara usar. Elegía, en fin, el vestido más adherente. Tenía un cuerpo esbelto, firme, y muchas amigas al abrazarla le pasaban una mano sobre la espalda como por afecto pero, en realidad, era para asegurarse que ella también llevara ya el corset. El día siguiente la llamada telefónica de Gloria, Hortensia llevaba la mañana con el peluquero. Después de desayunar se sentaba en el patio, derecha y sonriente, hojeando una revista hasta que escuchaba a la amiga gorjear: “¡Hortensia!…” Entonces se alzaba de repente para introducirse en la fresca penumbra del pasillo con aquel paso esbelto, juvenil, que resonaba alto sobre el piso. Se sentía apretada en un abrazo y un olor familiar la envolvía, pues eran mujeres refinadas, fieles por años al mismo perfume. “¡Siempre la misma!”, exclamaban, soltando un poco el abrazo para mirarse a la cara.

Gloria sonreía al reencontrar los muebles, los objetos, cada cosa a su alrededor intacta hasta en la disposición. “Qué alivio…”, murmuraba abandonándose en un sillón del patio: “Todo está siempre igual”.

El patio estaba lleno de plantas verdes de grandes hojas brillantes e inmóviles entre las paredes azules que el cielo dominaba como un techo de velo. Entre los racimos de colores de las enredaderas alrededor de los hierros de la reja se veía una calle estrecha. “Regreso siempre con un poco de miedo −Gloria confesó en la última visita− los años pasan, me digo. Quizás Hortensia haya engordado”.

Hortensia sonrió satisfecha, enderezándose sobre la cintura sutil que las escuálidas formas de su juventud habían ocultado.

—¿Sabes qué pienso? −dijo−, que, incluso queriendo, es difícil envejecer. Sería necesario hacer un esfuerzo, una fatiga. Yo de jovencita estaba siempre cansada, tenía la cómoda llena de reconstituyentes, de frascos. ¿Recuerdas? Arrastrarse de la mañana hasta la noche era una hazaña. Ahora, en cambio, no me detengo jamás y la jornada me parece siempre corta. El tiempo no me basta ya.

—No hay más tiempo −confirmó Gloria, y aquella frase le procuró una extraña impresión−. Y de inmediato siguió:

—Sin embargo, pensábamos que no encontraríamos nada que hacer en la vejez. Vieja quería decir a los cuarenta años ‒precisó con una sonrisa.

—No imaginaba ‒Hortensia dijo‒ que la juventud fuera tan larga.

—Interminable ‒sentenció Gloria.

Y agregó, suspirando:

—Qué lástima que no haya tiempo para vivirla toda.

Ella, de hecho, encontraba siempre menos tiempo para regresar a la patria, aunque en el pasado desembarcaba del buque de vapor y ahora llegaba en avión con la fecha de regreso ya fija y siempre más próxima a la de su llegada. Hablaba, sonreía, invadida siempre por una leve sacudida de premura. “Esta vez”, dijo, “me quedaré sólo quince días”. Luego, echando la cabeza hacia atrás e imprimiendo un movimiento más amplio al sillón, murmuró: “No me puedo demorar”.

Eran siempre los mismos sillones, habituadas a aquellas confidencias, el mismo aire denso, el mismo monótono rumor de agua en la fuente de azulejos. En aquella isla tórrida Gloria bajaba en un sopor antiguo del cual sentía su cuerpo emerger con una prepotencia nueva, casi desesperada. Miraba el seno florido de la amiga y le parecía que todo a su alrededor fuera carne: la pulpa roja de los frutos, la piel lisa y tierna de las gardenias desmesuradas. El perfume del galán de noche la alcanzaba como aliento cálido.

“Háblame sobre…”, Hortensia le solicitaba impaciente pues luego también ella quería hablar. No había hablado jamás de otra cosa, en fondo, y por eso era fácil continuar. Sentían más bien una secreta satisfacción al darse cuenta de que verdaderamente nada había cambiado. De jovencitas, escondidas en el rincón extremo del patio, hablaban fingiendo bordar. Sus palabras, aunque sumisas, aliviaban en ellas un eco que llenaba todo el futuro hasta el último día de la vida, porque entonces creían que el amor era eterno. Tendían el oído para escuchar un paso inconfundible subir y bajar detrás de la reja, listas para correr a una breve conversación prohibida a través del verde de las hojas. Y hoy, como en aquel entonces, un sentido feliz de culpa las impregnaba. La historia era siempre la misma. Ya no tenía ni siquiera importancia decir un nombre o un lugar. Era como si el mismo amor eterno continuara y esto era quizás el motivo por el que no hablaban ya más del futuro. Hablaban, calmadas, mirando al vacío.

En el silencio los sillones de caoba, pesados, se mecían perezosamente con un rumor regular semejante a aquel del reloj de péndulo. Había calor, el largo día parecía persistir más de lo debido y esperar a que el sol se pusiera era agotador. Hortensia levantó sus bellos cabellos de castaño rojizo que siempre habían sido su mayor encanto.

—Han construido tanto aquí alrededor ‒dijo‒; casas altas, modernas, que quitan la vista al mar. Por eso no se siente más que un hilo de brisa. Todos piensan que, al final, hasta yo tendré que decidirme en vender esta casa a gente que quiere construir.

—No, ¿verdad? ‒Gloria preguntó casi escandalizada.

—Jamás ‒aseguró Hortensia‒. Mientras más se sigue adelante más se comprende cuánto es inútil cualquier afán de novedad o de destrucción.

Miraba a Gloria como a la espera de una confirmación, y esta asintiendo dijo:

—Cierto. No volvería más si la ciudad cambiara su aspecto, si cambiaran las casas o las personas. Pero, por suerte, aún todo está intacto.

La otra permaneció en silencio con la cabeza gacha y Gloria, observándola, por primera vez sospechó que no era ya la misma, que nada a su alrededor era como antes. Algo parecía haberse corroído, vaciado, todo cuanto aparecía inmóvil en el tiempo y siempre igual. Eran ya fantasmas de casa, de calles, de personas. En el viejo patio a la hora del crepúsculo se sofocaba. La vegetación, detenida en el aire húmeda e impuro, parecía más densa y emanaba un olor dulzón de carne en descomposición. “Estas tardes largas… −dijo− estas noches bajas, pesadas… el clima, como de costumbre, me oprime”. Sentía su cuerpo como un peso que se hundía en un mar de sopor y de silencio. No habría tenido deseo de correr con el paso de un tiempo al encunetro del paso esperado, único e inconfundible, que se detenía detrás de la reja. Todos los pasos eran iguales ya, por eso era tan fácil e inútil recomenzar.

Habían abierto los abanicos para buscar un poco de fresco y el movimiento de sus manos acompañaba aquel otro, lento y fastidioso, de los sillones. Hortensia sabía que Gloria vendría otra vez y de nuevo hablarían de las mismas cosas, como si ni siquiera un día hubiera transcurrido. Nada había cambiado en el fondo y, sin embargo, un sentido fervoroso de premura había sustituido las vagas esperanzas del pasado. Entonces, Gloria no habría de volver más, pensó Hortensia. Murmuró: “dejarse engordar…”, y el silencio cayó entre las azules paredes transformadas en gris al crepúsculo.

Entonces Gloria cerró el abanico con un golpe seco. “¿Engordar? ¿Estás loca?”, dijo, y su carcajada recorrió como un temblor la casa adormecida. Se alzó observando que era tarde. Hortensia miró el reloj y de inmediato se levantó también ella. Dijo que debía ir a vestirse pues tenía una invitación para comer. “¡Ah! −exclamó Gloria agitándola por el brazo maliciosamente− no hemos cambiado”. Desde la reja se veía el cielo encenderse consumiendo los últimos preciosos instantes de la jornada tropical. “Hasta mañana, como de costumbre”, Gloria dijo abrazando a la amiga y luego le rozó los bellos cabellos abundantes que, en el último rayo de sol, eran de un rojo denso opaco, demasiado cargado de alheña.

Los cómplices de la locura

(“I complici della pazzia”, La Stampa, Turín, 12 de diciembre de 1956, p. 3)

El médico alemán volvía a mi mente cada vez que abriendo un periódico leía de los hechos de los asesinatos de un loco, algo bastante frecuente en estos últimos tiempos. He olvidado su nombre. Meses atrás, encontrándome en La Habana, le pregunté a mis familiares, a los sirvientes, pero nadie lo recordaba ya. Si hubiera sabido de tal olvido él, que apreciaba a Freud, sonreiría en aquel modo ambiguo que daba siempre un poco de incomodidad.

Tenía una voz discreta, como su paso. Vestía de blanco, pero no podía ponerse la bata de mangas cortas que llevan todos los médicos cubanos porque había escapado de Alemania a causa de las leyes raciales y, pese a su celebridad, le era vedado ejercer su oficio. Bajo, delgado, rubio, tenía en los ojos claros la misma crueldad expresada por sus connacionales en la aplicación de aquellas leyes. Por esto ‒la guerra, entonces, había terminado hacía poco‒ la primera vez que vino suscitó en mí una evidente desconfianza por él atribuida, sin embargo, a otros motivos. De hecho, cuando terminada la larga y exquisita consulta a mi madre, después de haber establecido el confortante diagnóstico y el método de cura, lo invité a tomar algo en el jardín, me preguntó si no prefería que se fuera. Lo creí herido por mi instintiva reacción a su acento y a su aspecto, y, para reparar, expliqué que era el primer alemán que encontraba después de la guerra. “Aunque ‒agregué sonriendo‒ usted no es un alemán”. Había subrayado con la voz aquella palabra para aclararle el significado, pero él replicó: “Soy un alemán”, aceptando cada responsabilidad de su pueblo antes que ser excluido. “Además ‒siguió‒ de un psiquiatra todos tienen prisa de liberarse. Mi suerte aquí es debida sobre todo a mi clandestinidad. Nadie me conoce, no llevo la bata, a los ojos de los vecinos, de los sirvientes, puedo pasar por un amigo extranjero y por aquello que realmente soy, un hebreo refugiado que espera la visa para los Estados Unidos, que pronto se marchará y que no será jamás encontrado por nadie.”

Dije que, al contrario, debía ser doloroso, pero él sacudía la cabeza:

—No podré jamás recordarle a alguien la abuela que sufre por melancolía senil, el tío muerto demente… ¿Sabe que cuando entra gente, un abogado a cuya hermana atiendo me llama “primo”? La madre de una muchacha que sufre de manía depresiva prefiere que la sirvienta, dadas mis últimas visitas cotidianas, sospeche quién sabe qué cosa antes que revelar mi profesión. “Ven a saludar a mi pequeña. ¡Es una amargada!”, me dice de forma voluble. Luego, apenas entrados en la habitación, cambia su rostro, cierra la puerta, espía mientras saco la jeringa de mis bolsillos, los viales…

—Como traficante de cocaína… −observé sonriendo.

—Justo −él aprobó−. Y en el restaurante, en la calle, los cómplices me miran como si yo fuera aire. ¿Quién saluda al aire?

Ignoraba aún lo que quería decir con esa palabra y le pregunté:

—¿Los cómplices de quién?

—No míos, naturalmente −respondió−. De la enfermedad. La enfermedad contra el secretismo de ciertos familiares para proceder. El enfermo termina creyendo razonables sus manías si los otros, en lugar de curarlas, las esconden, y el temor que suscita se vuelve un arma en sus manos. Un grito, él lo sabe, es un medio de chantaje. ¿Ve aquella casa? −dijo, indicando con sus dedos largos y huesudos un gran edificio detrás del jardín−. Allí, como en todas las casas, habrá quizás algunos enfermos de la mente, de los nervios: formas ligeras tal vez fácilmente curables. Pero los vecinos no lo sabrán jamás, el médico no será llamado. Los cómplices prefieren renunciar a la cura antes que declarar la enfermedad. Cubren ventanas y puertas para que nada asome, se someten día y noche a una dura asistencia por no confesar, no admitir, aunque pudieran pagar una clínica o una enfermera. En cambio, pagan el secreto… Los pobres no pueden permitírselo, su vida está abierta a todos. Si callan es por ignorancia. Luego sucede algo y vienen las guardias con la ambulancia a liberarlos. Los otros, en cambio, no desean conocer el diagnóstico, lo consideran un deshonor para la familia aunque a menudo esta no estaría en lo absoluto amenazada. Rezan, hacen triduos, novenas, acuden quizás a algún curandero de confianza. Sobre todo los latinos que se convencen de actuar así por amor. Nosotros somos más crueles −agregó mirándome−. Antes de venir para acá me moví por Europa. En Francia una rica familia provinciana para esconder la locura de un familiar manifestó que este había fallecido en el extranjero durante un viaje. Hicieron el luto, no recibieron a más nadie. El loco era visible, sin embargo…

—¿Sin embargo? −pregunté.

—Bueno, no todos los locos son tranquilos. Aquel un día evadió la vigilancia, salió de casa y estranguló al portero.

Me parecía que una malévola satisfacción agrietaba su voz cuando, en las pocas veces que nos encontramos, hablaba de los cómplices.

—En verdad lo que los cómplices esconden es su sentimiento de culpa −dijo una tarde. Había obtenido la visa, finalmente, y aquella sería su última visita. Ya había venido para conversar conmigo, no por mi madre.

—A menudo cuando ocurre un delito es a los cómplices a quienes habría que encerrar −en prisión, precisó− por el crimen de la falta de piedad. El enfermo es siempre un incapaz, un débil que quisiera ser amado, estimado y, en cambio, por algún motivo, se siente en estado de acusación ante los familiares. Hoy es necesario hacer todo de prisa, madurar pronto, tener un veloz éxito, y el enfermo termina entrando en el complicado mecanismo del miedo simplemente porque no consigue en la vida lo que los otros quisieran. La desocupación, por ejemplo, es una herida en el orgullo, una abierta declaración de derrota. La familia representa un juicio, un reproche, tal vez mudo pero constante. Entonces… −concluyó e hizo un gesto como para indicar algo que rueda− se pierde.

Nos callamos. El jardín era alto sobre la gran calle donde corría un río de gente, de autobuses llenos, de carros. Pensaba que es mucho más fácil enfermarnos que tener coraje, refugiarse en la enfermedad que aceptar los propios límites, las propias debilidades.

—La falta de piedad −él continuó− despierta en ellos la sospecha de ser anómalos y, poco a poco, lo llegan a ser. Comienzan a incubar rencores. Vi, en la riqueza, en la fama, hasta en la belleza, ostentar nuestra natural agresividad que, en cambio, en el fracaso se dirige contra la familia, es decir, contra la más próxima expresión de la sociedad. Así se establece con los parientes una relación de agresividad recíproca, ya que los cómplices a menudo ‒dijo con su fría sonrisa‒ reconocen en el enfermo una exasperada extensión de cualquier aspecto de su personalidad. El erotismo de un loco revela a veces el rigor al que fueron obligados aquellos que lo circundaron. En cada caso esos ven en su debilidad la medida de los esfuerzos, de los sacrificios cumplidos por ellos. Deberían entender que es difícil ser fuerte. No todos lo son. Y quien atraviesa un momento de crisis necesita estar, sobre todo, alejado de una cruel confrontación. Los locos en realidad son personas débiles, cobardes. Es por miedo que agreden, que matan (lo vemos cada día), por tener finalmente la posibilidad de dominar a los otros, quizás con terror, con sus locas acusaciones y que, en algún modo, dan en el punto.

Lo miraba asintiendo. Pero él, que conocía todo de aquellas sutiles relaciones, habría debido comprender que los cómplices callan, cumpliendo errores a menudo fatales, porque desde el principio no saben si el pariente es en verdad loco o si solamente tiene el coraje para decir algunas verdades, de declarar la propia desesperación, de rebelarse al cansancio siempre más grande de ser hombre. Sabía que ninguna verdad permanece inmóvil y absoluta en las casas donde merodea quien está levantándose con el peso de la razón. No ignoraba la fascinación tremenda ejercitada por aquellos obsesivos monólogos, oscilantes entre la sabiduría y la locura, poseedores casi del germen de una epidemia que es necesario segregar, destruir, para que no se expanda. Y ni siquiera ignoraba cuánta fuerza era necesaria para soportar la mirada que nos acusa de haber traicionado un inocente, de quererlo alejar como un peligroso testigo. Él continuaba:

—Al inicio creía que también usted… −y de inmediato le pregunté qué le había hecho cambiar de idea−. Su madre –explicó− no está enferma verdaderamente, vive en el pasado con la fantasía, se cree todavía joven, amada, y es feliz. De aquel pasado ella se siente excluida, pero es, sobre todo, la felicidad en la que vive la que la excluye.

—Quizás −dije poco convencida.

¿Aquel modo de escapar, buscando la felicidad en el pasado, en el sueño, no declaraba la falta de cualquier felicidad del presente, el deseo de liberarse de una insatisfactoria realidad? Tantas veces, me refería a su estado, veía amigos y parientes alzar los ojos al cielo, manifestando tener también ellos una amarga experiencia. Me susurraban un nombre al oído como haciéndome resbalar en la mano un documento comprometedor: “tía Angelina… abuela Ginebra… Ernesto …la pobre Teresa”. Secretos que ignoraba y sobre los cuales se puso la piedra de la tumba. “En todas las casas”, el médico había dicho. Intuía por qué mis abiertas declaraciones, que él alababa, juzgándolas al responder con un sentido de obligada responsabilidad, serían por los demás desaprobadas.

—Lamento tener que marcharme −confesó levantándose−. No viviré jamás en un país bello como este, entre gente amable y afectuosa. Aquí todos están al seguro cualquiera que sea el color de la piel, el origen.

—La raza… −pronuncié y sonrió.

—¡Qué pena…! −murmuró mirando las hojas de las palmas a las que la brisa imprimía un movimiento dulce, condescendiente−. Aunque país supersticioso… −agregó−, si bien no como España o la Italia meridional. ¿Sabe que allá, a mi paso, a menudo sentía rumor de llaves? Y cuando salía de una casa, veía siempre a alguien ir con la escoba, barrer, barrer pacientemente. Parece que sirviera para alejar el mal augurio.

—¿En verdad? −pregunté asombrada.

Estábamos frente a la puerta que daba al salón y yo, al hablar, la cerré con indiferencia. No entendía por qué a las once de la noche los domésticos se afanaban todavía en la limpieza.

Compilación y traducción de Iledys González


Notas:

[1] Quienes mejor se han ocupado de Alba de Céspedes en este sentido han sido las estudiosas Luisa Campuzano y Mayerín Bello.

[2] “Della nostalgia” (15 de marzo), “Inverno a Cuba” (7 de abril), “Carnevale” (13 de abril) y “Discorsi con una palma” (22 de junio).

[3] Cfr. Samuel Feijóo: Mitología cubana, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2007.

[4] Cfr. Carta de Alba de Céspedes a Franco Bounous, 3 de abril de 1956, busta 25, fascicolo 12, Fondazione Mondadori. La traducción de este y el resto de los pasajes citados es mía.

[5] “Discorsi con una palma”, Il Messaggero, Roma, 22 de junio de 1939, p. 3.

[6] “Benigno”, La Stampa, Turín, 21 de agosto de 1955, p. 3.

[7] “Fine di giornata”, La Stampa, Turín, 12 de agosto de 1956, p. 3.

[8] “I complici della pazzia”, La Stampa, Turín, 12 de diciembre de 1956, p. 3.

avatar