Philip Larkin

“La penuria es para mí lo que los narcisos para Wordsworth” (“deprivation is to me what daffodils are to Wordsworth”) es una agudeza –de las tantas que prodigó en entrevistas y ensayos– que puede considerarse como una buena cifra de la poesía del inglés Philip Larkin (1922-1985), quien fuera, junto con Kingsley Amis y Thom Gunn, una de las voces más sobresalientes de The Movement (grupo de jóvenes escritores que reaccionaron, a mediados de siglo, contra el neorromanticismo predominante en el panorama poético británico de los años cuarenta). Bibliotecario de profesión, y puesto que declaraba desconocer a Borges, no reconoció otro precursor en este oficio que no fuera el poeta norteamericano Archibald MacLeish, director de la Biblioteca del Congreso. Sin embargo, podemos sospechar que no le hubiera ofendido el que en The New Pelican Guide to English Literature (1986) se le califique –tal vez no sin razón– como “a minor poet”. Publicó cuatro poemarios, aproximadamente a razón de uno por década, una colección de sus artículos de crítica musical titulada All what Jazz (1970), dos novelas breves, escritas entre los 23 y los 24 años, un volumen de ensayos, Required Writings (1983), y un polémico The Oxford Book of Twentieth-Century English Verse (1973), en el que, desde luego, privilegió la obra de poetas poco favorecidos por el canon académico, y en este sentido consideró que el mayor logro de su antología había sido conseguir que la poesía del siglo xx sonara bien, lo cual, opinaba, “is quiet an achievement in itself”. Muy controvertida ha sido su posición francamente antimodernista, expresada en el anatema contra la trinidad conformada por Picasso, Pound y Charlie Parker (sucesivos perversores del arte, la poesía y el jazz, en el criterio de Larkin), y profusamente citada una frase en que declaraba su descreimiento de cualquier tradición y atacaba el uso de los mitos clásicos o bíblicos en la poesía. Cultivó, igualmente, lo políticamente incorrecto.

Vivió, desde 1955, y hasta su muerte, en la remota ciudad de Hull, como director de la biblioteca de la universidad local, circunstancia que le mantuvo a salvo de la vida pública y del acoso de los turistas yankees. He seleccionado, de los Collected Poems (Londres, 2003), un poema de cada libro, de modo que el lector pueda apreciar los diversos registros alcanzados en su obra, desde el hermetismo casi místico del breve poema de The North Ship (1945), prueba elocuente de la precocidad del poeta, hasta el amargo coloquialismo de “The Old Fools”, perteneciente al cuaderno High Windows (1974), pasando por el patetismo contenido de “Deceptions” (The Less Deceived, 1955) y por la aspereza satírica de “A Study of Reading Habits” (The Whitsun Weddings, 1964). Ríos de tinta han corrido a propósito de este último poema (¿es irónica la declaración final?, ¿no hay acaso una paradoja en el hecho de que la literatura sea deslegitimada desde una obra literaria?, ¿habla en ella directamente el poeta o más bien una persona?). Cualquier lectura que suscite, además de precaverse de la ingenua tendencia a confundir la voz que enuncia el poema con el autor empírico, debe tener en cuenta esa desconfianza, presente en muchos poetas del siglo veinte –sobre todo después de Auschwitz y Siberia– hacia la propia poesía, actitud que desemboca en lo que Michael Hamburger ha denominado “la nueva austeridad”, y que se manifiesta de manera sensiblemente distinta en Larkin que, digamos, en Paul Celan. Derek Walcott opinó que el efecto que produce la poesía de Larkin es el de una charla mantenida con un profesor que conversa mientras bebe una cerveza. Estas traducciones aspiran a reproducir ese tono, aun si renuncian –por incompetencia del traductor, y por su pavor a imitar las atrocidades de cierta versión de Valéry que rinde nature por natura– a esa tension tan característica de Larkin entre la rigidez clásica del verso y la levedad coloquial del discurso.

Cuatro poemas

XXVI

This is the first thing
I have understood:
Time is the echo of an axe
Within a wood.

XXVI

Esto es lo primero
que yo aprendí:
el tiempo es el eco de un hacha
adentro de un bosque.

The Old Fools

What do they think had happened, the old fools,
To make them like this? Do they somehow suppose
It’s more grown-up when your mouth hangs open and drools,
And you keep on pissing yourself, and can’t remember
Who called this morning? Or that, if they only chose,
They could alter things back to when they danced all night,
Or went to their wedding, or sloped arms on September?
Or do they fancy there’s really been no change,
And they’ve always behaved as if they were crippled or tight,
Or sat through days of thin continuous dreaming
Watching light move? If they don’t (and they can’t), it’s strange:
Why aren’t they screaming?
At death, you break up: the bits that were you
Start speeding away from each other for ever
With no one to see. It’s only oblivion, true:
We had it before, but then it was going to end,
And was all the time merging with a unique endeavour
To bring to bloom the million-petalled flower
Of being here. Next time you can’t pretend
There’ll be anything else. And these are the first signs:
Not knowing how, not hearing who, the power
of choosing gone. Their looks show that they’re for it:
Ash hair, toad hands, prune face dried into lines –
How can they ignore it?
Perhaps being old is having lighted rooms
Inside your head, and people in them, acting.
People you know, yet can’t quite name; each looms
Like a deep loss restores, from known doors turning,
Setting down a lamp, smiling from a stair, extracting
A known book from the shelves; or sometimes only
The rooms themselves, chairs and a fire burning,
The blown bush at the window, or the sun’s
Faint friendliness on the wall some lonely
Rain-ceased midsummer evening. That is where they live:
Not here and now, but where all happened once.
This is why they give
An air of baffled absence, trying to be there
Yet being here. For the rooms grow farther, leaving
Incompetent cold, the constant wear and tear
Of taken breath, and them crouching below
Extinction’s alp, the old fools, never perceiving
How near it is. This must be what keeps them quiet:
The peak that stays in view wherever we go
For them is rising ground. Can they never tell
What is dragging them back, and how it will end? Not at night?
Not when the strangers come? Never, throughout
The whole hideous inverted childhood? Well,
We shall find out.

Los viejos tontos

¿Qué creen que ha pasado, los viejos tontos,
que los ha dejado como están? ¿Supondrán acaso
que se es más adulto cuando tu boca permanece abierta y babea,
y te meas continuamente, y no puedes recordar
quién llamó esta mañana? ¿O que, con solo quererlo,
pudieran cambiar las cosas y regresar a aquella vez en que bailaron toda la noche,
o fueron a su boda, o llevaron las armas al hombro algún septiembre?
¿O se imaginan que en realidad no ha habido ningún cambio,
y que siempre se han comportado como si fueran inválidos o tiesos,
o han tenido que soportar días de leve, continuo ensueño,
viendo cómo se mueve la luz? Si no es así (y no puede ser así), es extraño:
¿por qué no gritan?
Con la muerte, te disuelves: los pedazos que eran tú
comienzan a alejarse uno del otro, para siempre,
sin que nadie los vea. Es solo olvido; cierto:
lo tuvimos antes, pero entonces iba a acabar,
y todo el tiempo se confundía con el exclusivo empeño
de hacer crecer la flor de un millón de pétalos
de estar aquí. La próxima vez no puedes hacer
como que habrá algo más. Y estos son los primeros síntomas:
no saber nada, no oír a nadie, haber perdido
el poder de la elección. Sus caras muestran que están listos:
pelo ceniciento, manos de sapo, el rostro, como pasa, seco…
¿Cómo pueden ignorarlo?
Acaso ser viejo sea tener habitaciones alumbradas
dentro de tu cabeza, con gente que en ellas actúa.
Gente que conoces, pero a la que no puedes nombrar; cada cual surge
como una profunda pérdida recuperada, volviendo de una puerta conocida,
colocando una lámpara, sonriendo desde una escalera, sacando
un libro conocido de los estantes. O a veces simplemente
las habitaciones solas, con sillas y un fuego encendido,
el arbusto que el viento sacude a través de la ventana,
o la tenue simpatía del sol sobre la pared de una solitaria
tarde de verano en que la lluvia se ha interrumpido. Es ahí donde viven:
no aquí y ahora, sino donde todo ya ha sucedido.
Es por eso por lo que tienen
un aire de perpleja ausencia, como si intentaran estar allá
mientras están aquí, pues las habitaciones se vuelven más lejanas, y dejan
tras de sí un frío incompetente, el desgaste constante
del aliento que han respirado, y a ellos de cuclillas,
ante la cordillera de la extinción, los viejos tontos, que nunca perciben
cuán cerca está. Debe ser esto lo que los mantiene tranquilos:
la cima que se mantiene visible adondequiera que vayamos
para ellos crece del suelo. ¿Podrán nunca darse cuenta
de qué los arrastra, de cómo acabará? ¿Tal vez de noche?
¿Tal vez cuando los extraños vengan? ¿O acaso nunca,
durante toda esa espantosa niñez invertida? Bueno,
hemos de averiguarlo.

 

Deceptions

Of course I was drugged, and so heavily I did not regain my consciousness till the next morning. I was horrified to discover that I had been ruined, and for some days I was inconsolable, and cried like a child to be killed or sent back to my aunt.
Mayhew: London Labor and the London Poor

Even so distant, I can’t taste the grief,
Bitter and sharp with stalks, he made you gulp.
The sun’s occasional print, the risk brief
Worry of wheels along the street outside
Where bridal London bows the other way,
And light, unanswerable and tall and wide,
Forbids the scar to heal, and drives
Shame out of hiding. All the unhurried day
Your mind lay open like a drawer of knives.
Slums, years, have buried you. I would not dare
Console you if I could. What can be said,
Except that suffering is exact, but where
Desire takes charge, readings will grow erratic?
For you would hardly care
That you were less deceived, out on that bed,
Than he was, stumbling up the breathless stair
To burst into fulfilment’s desolate attic.

Engaños

Desde luego que estaba drogada, y tanto que no recuperé el conocimiento hasta la mañana siguiente. Me horroricé al descubrir que había sido deshonrada, y durante algunos días estuve inconsolable, e imploraba como una niña que me mataran o me enviaran de vuelta con mi tía.
Mayhew: London Labour and the London Poor

Aun desde tan lejos, puedo saborear el dolor,
amargo y desgarrante, que él te hizo tragar.
La marca esporádica del sol, el incesante
ajetreo de ruedas de la calle de afuera
donde el Londres nupcial se inclina ante el otro lado
y la luz, alta y vasta e irrefutable,
impide que la herida cicatrice, y consigue
que despierte la vergüenza. Durante el lento día,
tu mente está abierta como un cajón de cuchillos.
Suburbios, años te han enterrado. No osaría
consolarte aunque pudiera. ¿Qué puede decirse
salvo que el sufrimiento es exacto, y que cuando
el deseo se hace cargo, las palabras se extravían?
Pues no podría importarte menos
el que en esa cama fueras menos engañada
que él, al atropellarse por la asfixiante escalera
e irrumpir en el ático desolado de la consumación.

 

A Study of Reading Habits

When getting my nose in a book
Cured most things short of school,
It was worth ruining my eyes
To know I could still keep cool,
And deal out the old right hook
To dirty dogs twice my size.
Later, with inch-thick specs,
Evil was just my lark:
Me and my cloak and fangs
Had ripping times in the dark.
The women I clubbed with sex!
I broke them like meringues.
Don’t read much now: the dude
Who let’s the girl down before
The hero arrives, the chap
Who’s yellow and keeps the store,
Seem far too familiar. Get stewed:
Books are a load of crap.

Un estudio sobre los hábitos de lectura

Cuando meter la nariz en un libro
me libraba de casi todo –menos del colegio–,
valía la pena arruinar mis ojos
para probar que podía estar en onda
y repartir el buen gancho derecho
a matones que doblaban mi talla.
Luego, con lentes de fondo de botella,
la maldad fue lo mío:
yo, con mi capa y con mis colmillos,
tuve momentos de muerte en lo oscuro.
¡La de mujeres que aporreé con sexo!
Las desbarataba como merengues.
No leo demasiado ahora: el tipo
que decepciona a la muchacha antes
de que se aparezca el héroe, o el otro
que lleva el almacén y es un pendejo
me son muy familiares. Emborráchate:
los libros son un gran montón de mierda.

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