Sobre la mesa en que estoy sentado hay un enorme tratado de pintura. Digo, parangonando la frase de un personaje de Cocteau, que los críticos siempre terminan por comunicar un desorden a todo el engranaje social. La cantidad de ismos, de divisiones, es sencillamente aturdidora. A cada momento, por otra parte, el crítico saldrá con su talento de biblioteca a señalar tal o cual tipo de pintura, a qué se debe y cuándo debe ser hecho. Veamos si no el ejemplo de Cuba: triunfa la Revolución, los intelectuales se organizan y en medio del júbilo brota el crítico. Este nuevo personaje, esta nueva impostura de la escena, no viene a hablar, por el contrario de lo que pueda suponerse, acerca de las obras realizadas o de las posibilidades de estas. Viene a marcar pautas. Hablará del arte social si ha leído algunos tratados al respecto, de surrealismo si es un admirador del psicoanálisis −o quizás sólo un paciente−, de pintura abstracta si le interesa entretenerse con el color.

Todo esto, evidentemente, traerá una confusión enorme. El crítico de turno, dadas las circunstancias, aplicará el adjetivo de gracia; si es en Cuba, la palabra de moda: “antirrevolucionario”. ¿Qué tipo de pintura es ahora para los críticos la antirrevolucionaria? ¿La pintura dadaísta o la tachista o la X? O sería mejor, pregunto al crítico de la Revolución, abrir los ojos frente a la realidad de la pintura cubana, hacer un recuento, tener una visión sencilla al respecto y notar la cantidad de pintores que cultivan el estilo que según la moda es antirrevolucionario.

Estoy profundamente interesado en la pintura cubana (no pongáis caras cuando digo esto).

Evitaré −cuento con pocos conocimientos− ser encartonado como crítico. Todo crítico es formulado antes de tiempo y pasa al museo nacional como una pieza interesante. Para evitar la escuela comenzaré por no dar pautas, y si doy alguna será esa: nada de pautas.

El nuevo gobierno debe cuidar, insisto, en que los críticos de segunda mano traten de imponer algún tipo de pintura, porque ya se habla al respecto, y cualquier tipo de arte respaldado sería una medida fatal.

Si, efectivamente, ciertos tipos de pintura pueden en un momento ser mejor recibidas, o si se quiere funcional (no me gusta la palabra funcional aplicada a la pintura) mucho mejor. Pero no ataquemos tal o cual estilo, sino acerquemos al pueblo, al gran pueblo que no sabe de hermetismos ni capillas, ni tesis ni de adjetivos críticos de turno, acerquemos al gran pueblo, repito, a la gran maravilla de América que es nuestra pintura.

SEVERO SARDUY
Severo Sarduy (Camagüey, 1937 - París, 1993). Escritor cubano. Escribió ensayo, crítica, poesía y narrativa. En 1959 se le concedió una beca en Madrid, de donde se trasladaría a París indefinidamente para no volver jamás a Cuba. Allí se involucra con el grupo nucleado alrededor de la revista Tel Quel, lo que marcará el resto de su obra literaria y pensamiento estético. Entre sus ensayos de carácter teórico destacan Escrito sobre un cuerpo (1967), Barroco (1974) y La simulación (1982). Su primera novela fue Gestos (1962) y le siguieron De donde son los cantantes (1967), Cobra (1972), Maitreya (1978), Colibrí (1984), Cocuyo (1990) y Pájaros de la playa (1993), publicada póstumamente. Como editor trabajó para Éditions du Seuil y Gallimard.