Hace un tiempo, con motivo de la edición en Rialta de la novela St. Louis Blues, de la argentina Laura Demaría, comenté las cualidades de esta, su primera novela, para hablar en voz baja sobre las tribulaciones de un grupo de estudiantes latinoamericanos en los campos universitarios de los Estados Unidos. La presentación de la novela en la División Hispánica de la Biblioteca del Congreso fue oportunidad para volver sobre ella hace unos días y pretextar, con el libro ya en mano, una continuidad necesaria al comentario anterior: la continuidad de Laura Demaría en esa “prosa chica” que la narradora, Chesa, dice practicar como parte de la extranjería que es propiamente el clima interno de la novela.

Si algo vinimos a buscar, algo nos falta para quedarnos, escribí entonces, pensando en las reflexiones de Chesa, cuando declara: “Siento que escribo en miniatura”, y nos sumerge en las circunstancias pequeñas y también heroicas de Ana Luisa, Cecilia, Manel, Javier, Juan Ramón, y Rodríguez Mora, que es “como una ruina que camina por el campus para hacer su rutina”, y quien de inmediato se hace llamar Pancho en el relato. “Saint Louis es una mierda”, dice Manel. “Una gran putada.” Y claro, cómo no: si se trata de un lugar en ninguna parte, de un lugar que sólo existe en la conjetura de una ficción que despliega sus inviernos en el medio oeste norteamericano durante los estudios de doctorado de Chesa y sus amigos.

El campus universitario de Saint Louis no es más que eso, un entre medio, una suspensión, lugar que no existiría sin esas vidas migrantes que, como la memoria que le da forma, se saben irremediablemente condenadas al olvido.

Y, sin embargo, esa es la dirección que habría que tomar, la única aconsejable: el olvido. El simple y difícil olvido. Es lo que dice Sylvia Molloy cuando, en su texto Vivir entre lenguas, nos relata su experiencia de trilingüismo, con una madre que pierde su francés y un padre que nunca deja de lado su inglés. La conclusión, escribe Molloy en español, es que para sentirse cómodo en otro idioma, incluso para ser locuaz en la nueva casa del habla, “se necesita la inmersión total en lo extranjero y el olvido: que no queden rastros del home que se ha dejado atrás”. ¿Pero qué ocurre, se pregunta Molloy, cuando ese home se lleva en la piel y no es posible desagregarlo de los modos familiares que se abandonan? ¿Qué pasa cuando esa extranjería es parte de uno mismo?

St. Louis Blues

Me parece ver ahí, en ese dilema extraterritorial, uno de los encuadres más agudos de St. Louis Blues. Avanzaría incluso un poco más y diría que esa es la pregunta que alimenta al lector de la novela de Demaría: ¿en qué idioma se nombra la extranjería que somos, la extranjería que son sus personajes? ¿La extranjería en que se ha convertido el mundo de hoy incluso para quienes no dan un paso fuera de su barrio? La pregunta atraviesa la novela y sus personajes tanto como a cada uno de nosotros en las vidas que vivimos. Voy a poner un ejemplo casero, doméstico: hace cosa de unos meses incorporamos a la familia a una perrita, mezcla de labrador con terrier, lo cual ya dice algo de su discutible origen. Le pusimos como nombre Lulú, en español. Pero mi hija es más anglo que hispanoparlante, y le llama Lúlu, acentuando la primera sílaba. La consecuencia de este doble llamado, Lulú en español y Lúlu en inglés, es que ahora la perrita es bilingüe. Mi hija le dice: “Do you want to walk, Lúlu?” Y ella para las orejas y mueve la cola con la misma expectativa que cuando me oye decirlo en castellano. Hasta donde he podido observar, Lulú o Lúlu no se plantea problemas de identidad al respecto, y sólo noto una cierta desorientación cuando intercambiamos roles y yo le hablo en mi inglés imperfecto y mi hija lo hace en su debilitado español.

Esto me recuerda el correo que Saúl Sosnowski, profesor de la Universidad de Maryland donde trabaja también Demaría, me hizo llegar hace unos días con las traducciones que le solicitó el Washington Post sobre las declamaciones amorosas en Argentina, a propósito del Día de San Valentín, y donde el periódico consignó las traducciones al inglés que realizó Sosnowski sobre las expresiones porteñas recabadas por el Post. Y cito el correo de Sosnowski:

Me re copás (loosely, escribe el traductor, “you absolutely fill me / take me over”); Me va [or] me re cabe tu forma de ser (to varying degrees: “the way you are is my way”). More action oriented, dice Sosnowski: Me movió la estantería (“s/he shook my rack/bookshelf”); Me flechó (“her/his arrow hit the mark”); Cada vez que la/o veo me mata (“every time I see her/him s/he kills me”). For a soft landing, se utiliza Me encantás (“you enchant / charm me”). Though boring, Estamos en sintonía (“we are in sync”) may still work. And in a country where what used to be an insult, boludo has become a sign of affection among friends, and to say Es un caño (“s/he is a water/sewer pipe”) means exactly the opposite: “s/he is beautiful”. A word of caution: if/when you get to Alta onda pegamos (“we’ve hit a high vibe / wave”), chocolate and flowers may be in order.

Pongo estos ejemplos a la vista porque sabemos en qué idioma está escrita la novela de Laura Demaría, pero eso no significa necesariamente que su idioma de lectura sea el español. O al menos no de manera estricta. Puede que exagere, pero mi impresión es que para una parte relevante de la novelística contemporánea hay otro idioma, menor, que puja y busca crecer desde el texto para interponerse ante el lector. Spencer Holst, un cuentista judío en el Nueva York de los años setenta, tituló “El idioma de los gatos”, The Language of Cats, a su libro de relatos breves más famoso, queriendo referir con ello a ese modelo de expresión torcida que utilizan sus personajes, fueran estos animales o seres humanos. Me imagino al lector de St. Louis Blues en un trance parecido, suspendido en busca de ese idioma otro, como si se hubiese extraviado en el bosque del multilingüismo y la novela lo buscara por aquí y por allá, en español y en inglés, consciente de que ya se ha ido del lugar de origen pero aún no ha llegado a destino. Como si el horizonte imaginario de una cierta novela latinoamericana inscribiera sus signos en un tercer idioma, hecho de intermedios domésticos y experiencias minúsculas, y este fuera el idioma que busca encontrar a su lector extraviado en el bosque.

La digresión viene a cuento porque, ¿qué tipo de relato es el de Laura Demaría, al fin y al cabo? ¿Qué hay detrás de la forma novela que utiliza este tapiz para desplegarse? “La realidad es que ya nos vamos, Chesa. Nos vamos pronto, o no tanto, pero de seguro nos vamos a ir todos, me dice Juan Ramón. Así que no te preocupes, no hay traición por quedarse. Manel sería el primero en decírtelo. Acá en St. Louis, me dice, nadie se establece, nadie dura, ni siquiera Pancho. Estamos de paso, Chesa, de paso, me dice luego María.”

Que el relato comience con la interrupción del habitus a propósito de la muerte de la madre, y adopte enseguida la forma de un diario, y luego transcurra bajo la forma de una carta de relación, de una bitácora de días y noches provisionales que se van desgajando en su caminata, dice mucho sobre la disposición a no narrar que mantiene St. Louis Blues a lo largo de sus páginas. ¿Qué ha pasado, en efecto; qué ha podido pasar en el entorno de Chesa y sus amigos? No se sabe, pero en la novela misma, en su lectura, no pasa nada de nada. Y lo que pasa entonces es lo que ya pasó. En Mil mesetas, ese texto crítico casi abusivo de Deleuze-Guattari, los autores se hacen más o menos las mismas preguntas, teniendo como modelo el Crack-up de Scott Fitzgerald. Y se responden diciendo que, a diferencia de lo que ocurre en el cuento, donde se trata siempre de un descubrimiento, en la novela, y más aún en la novela breve, “nadie espera que pase algo, sino que ese algo ya haya pasado. La novela corta –se lee en Mil mesetas— es la última noticia, mientras que el cuento es un primer relato”.

De allí también que la novela breve adopte de manera regular la forma de un secreto, ya que en ella se trata siempre de un deseo que no se cumple, que no podría cumplirse porque ya sucedió como deseo, aunque no como realidad. Por eso nadie espera que pase nada, ni corriente ni excepcional, y este quizá sea el idioma propio y singular que estas novelas, y entre ellas St. Louis Blues, le proponen al lector. Si fuera el caso, me parece que también allí sería posible encontrar algunos motivos por los cuales Demaría decidió narrar su historia en voz baja y en tiempo presente, ya que si de algo podemos estar seguros en medio de nuestras catástrofes cotidianas, es que sólo el presente es capaz de conservar un secreto digno de ser escuchado.

 

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