‘La idea del sol del hombre ciego’, Francisco de la Cal (Neus Pechero-El Estornudo)

Cuenta la historia que:

Diógenes de Sínope fue desterrado de esta ciudad del Asia Menor (ahora Turquía) por reacuñar monedas falsas (423-327 A. C.), acontecimiento reeditado en el gesto artístico del brasileño Cildo Meireles. En el año 1970 el gurú del minimalismo latinoamericano realizó una obra titulada Inserciones en circuitos ideológicos: Proyecto Billete. El gesto consistió en hacer circular billetes apócrifos de cero cruceiro y cero dólar al tiempo que tomaba billetes “reales” extraídos de la circulación, los cuales intervino acuñándoles cáusticas preguntas referidas a la situación de Brasil por esos años. Evidentemente se trata de un remake, homenaje, reedición, de un gesto acontecido antes de nuestra era. El padre de Diógenes, que era banquero, falsificó monedas, hecho del que participó el adolescente. De ahí que fuera expulsado de la ciudad.[1]

Es así que la falsía y el hurto simbólico (o el pastiche) se encuentran en la base de esta corriente filosófica que hoy conocemos como cinismo (quinismo prefieren llamarlo algunos teóricos) con Diógenes, el crack, a la cabeza. Por ello toda exposición que vaya de simulacro o falsificación cultural y de vocación crítica a las estructuras de la sociedad civil, en este caso, del arte, es por fuerza una exposición diogenista. Es como si Elvia hubiera mezclado sus lucubraciones sobre el engaño del objeto (léase también representación), el diogenismo, más sus ráfagas en La hora del cuero,[2] y se las llevara a un entorno periférico, al Novo Estudio Párraga, lejos del centro, donde todo está permitido; donde no entra la policía. De ahí que se quede pensando medio envidiosa incluso por qué El octavo círculo fue curado por Magela Garcés y no por ella.

Magela diseñó esta muestra a base de cocción lenta, de mucho estudio e investigación para llegar a la figura del apócrifo como eje modulador y aterrizado del simulacro cultural; y a partir de ahí pasar la cuenta a las nociones tradicionales de autoría e identidad, creando una ficta de tercer grado.

A unas cuadras de la iglesia de Santa Bárbara Magela da asilo a aquellos poetas y artistas falsificadores, primero desterrados por Platón de la República ideal y luego arrojados a un foso del octavo círculo por Dante, el hombre-cloro de la medievalidad: “Rufiandad / hipocresía, adulación, quien hace / falsedad, latrocinio y simonía, / rufianes, barateros y otros tales”.

El apócrifo, como una de las manifestaciones del engaño, es un recurso inoculado en la espiral del ADN del ser humano y se da esencialmente donde rige un ambiente de extrema censura. Eso, hasta que el posmodernismo lo patentizó como un fichaje estrella de su lógica cultural y casi le secuestra su filo desobediente y excéntrico. Sin embargo, más que un recurso lingüístico (que ojo, lo es) sugiero mirarlo como gesto de resistencia contextual: siempre que hay un otro, no sólo hay representación, sino también un instinto de autoprotección. Por eso tal vez aprecio en la expo de Magela, más que una broma contracultural dentro del mundo del arte, más que un ejercicio de autoconciencia crítica del arte, el haber podido compilar una condición cultural que no posee data.[3]

No hay obra de más en El octavo círculo, al menos no me quejo de alguna. Disfruté cada objeto, cada lectura, cada obra en sí sin sufrir las tensiones de lo verificable ni poniendo a prueba mi supuesta ilustración. Quise que la ficta me ganara, sin encender las alarmas ni ponerme en postura defensiva aunque advierto, se disfruta más si se conocen los referentes. No es una expo que sobreviva en el mundo de las imágenes, es fotogénica, pero ello no basta para llevarse una idea pues hay que leer (se dice conceptual) bastante, sobre todo en la pieza del hackeo de Lil Puñeta, quien hace público varios mensajes por Messenger y WhatsApp entre agentes locales del mundo del arte. Una suerte de retrato psico-escritural de todos los involucrados en clave de postcrítica chota.

Hay obras que faltan (no crean que verán a Diógenes y a Meireles, eso es cosa mía), pero muchas están previstas para algo más grande, una saga tal vez. Vaya, que la curaduría no sólo es edición y es exclusión, sino que se acomoda al espacio físico disponible. Y Magela gastó cuatro años tratando de emplazar su idea en un espacio.

Se trata de una expo que constantemente te marea si andas correteando entre lo que puede ser cierto y el mentís. Entre el relato y el correlato. El octavo círculo necesita de tu foco y de tus espejuelos. Es una expo que va de historias pero no es solemne, al contrario, es generosa en garantizarte una carcajada, así como el deleite visual. (La escultura de José Manuel Mesías es simplemente bella, tanto así que merecería una sala para ella sola, no la esquina que impide rodearla; la pieza a cuatro manos de Ranfis Suárez y Reynier Leyva Novo es un ejemplo de cómo puede llevarse con eficiencia la historia a la simpleza visual del minimalismo usando materiales ajenos a la aristocracia del arte).

Les digo, es tal el engaño, y con él la sospecha, que mi sujeto recobrado de los noventa nunca llega a serlo. Casi, casi pero no. Ahí reside su gran mérito: dejarnos en stand by.

Si por casualidad queda alguna duda, todo está debidamente explicado en la entrevista que le realiza la curadora a Boris Groys, con mucho, la joya de la corona de la exposición.


Notas:

[1] Elvia Rosa Castro: Aterrizaje. Después de la crítica de la razón cínica, Ediciones Luminaria, Sancti Spíritus, 2012, p. 12.

[2] La hora del cuero fue una muestra que curé en 2015 para Espacio Aglutinador dentro de la serie Curadores come home.

[3] Existe un precedente teórico a mano de Tamara Díaz Bringas con su tesis de licenciatura de Historia del Arte, medular en el tema del el apócrifo o el “yo es otro”.

ELVIA ROSA CASTRO
Elvia Rosa Castro Martín (Sancti Spíritus, 1968). Licenciada en Filosofía y Máster en Historia del Arte por la Universidad de La Habana. Fan del Borussia Dortmund. Actualmente es curadora, crítica de arte, profesora y editora independiente.  Es CEO y editora del blog de arte El Señor Corchea. Posee varios libros publicados: La conjura de los fieles (Ediciones Abril, 1998), El mundo como ilusión y apariencia (Ediciones Abril, 1998), Erizando las crines (Ediciones Matanzas y Aldabón, 2001), El observatorio de LíneaRepasos al arte cubano (Ediciones Unión, 1998), Aterrizaje. Después de la crítica de la razón cínica (Editorial Luminaria, 2011) y Los colores del ánimo (Detrás del Muro Ediciones, 2015). Ha obtenido dos premios Calendario en Ensayo (ambos en 1997); la Beca de Creación Juan Francisco Elso (2000); el Premio Nacional de Curaduría (2005); el Grant de IFA-RAVE Foundation, (2007), en Alemania; el Premio de Ensayo Enrique Sosa (2007), de la revista Videncia, Ciego de Ávila; y el Premio Nacional de la Crítica, Guy Pérez Cisneros, 2011. Fue seleccionada Fan of the Week por la cuenta oficial en inglés del club de football Borussia Dortmund en Twitter.
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