Emplazamiento de planchas bañadas en oro en la cúpula del Capitolio habanero

Desde la ventana de mi cuarto se ve la mitad de La Habana. Si es de día, el Capitolio se puede distinguir antes que cualquier otra cosa, brilla con una impertinencia que, vista en la distancia –me queda a unos ocho kilómetros–, no luce tan desagradable.

Ahora bien, viéndolo de cerca, o visualizándolo en su magnificencia, es un escándalo. Pero un escándalo de matrimonio pésimamente llevado discutiendo en un mezanine de falansterio (en una barbacoa de solar, dirán algunos).

Resulta curioso cómo el acontecimiento más ¿espectacular? relativo a la celebración de los 500 años de La Habana ha venido a ser, justamente, el disfrazamiento del Capitolio en Iglesia ortodoxa rusa. No sé para ustedes, pero para mí tiene una carga simbólica muy grande ese gesto de transformar un edificio civil (nada menos que la sede del Parlamento) en templo de culto religioso. Ello viene a confirmar, una vez más, ese delirio mesiánico tan padecido por los líderes totalitarios. Donde comen tres, comen cuatro, y donde se adora a un santo, se venera a un político. La monumentalidad arquitectónica sirviendo la mesa.

Y sucede que el Capitolio es un ícono. O más bien: el ícono. Es el souvenir por antonomasia de La Habana, luego, de Cuba. Un souvenir es, by default, una cosa chea. Algunos menos que otros, definitivamente, pero cheos al fin y al cabo. Esa es su naturaleza. Pues bien, ahora me refiero a los souvenirs cubanos. Ubíquense en la tosquedad del papier mâché, en la inelegancia de los cuadros de la feria de San José. ¿Me siguen? Bueno, pues a eso súmenle ahora el enchapado en oro… Vaya, que tenemos la portada perfecta para el próximo disco de Alfredito Rodríguez; no todo es tan horrible.

Usted puede llevarse ahora una hermosa instantánea de La Habana y recordar su visita a la ciudad con una imagen del magnífico domo dorado iluminado por el delicioso sol tropical. Pero, demonios, por qué tanto énfasis. Eso es una brillantez redundante, muy ordinaria. Como un traje de lentejuelas. Puro kitsch. Claro, los rusos han sido unos kitschones de toda la vida, amantes de la exuberancia esperpéntica (si bien a ellos cualquier desliz estético se les perdona, con lo que han dado en cine y literatura, pueden dormir tranquilos). Es la falsa –ridícula– elegancia de esa ornamentación típica de nuevo rico, que lo mismo pone una hilera de Tutankamones-cariátides en un balcón de Marianao que dos leones de yeso a la entrada de una casa en El Vedado.

Sobre el eclecticismo, ya lo dijo Carpentier, es “el estilo sin estilo”, como también dijo, por cierto, que el Capitolio, no la cúpula sino el edificio en su totalidad, era un despropósito, un horror, ¿pueden creerlo?

Y a mí, en este punto, se me antoja como una especie de Brad Pitt con muelas de oro (aunque ahora que lo pienso, quizás deba tomar de ejemplo a otro sujeto, Brad Pitt probablemente hasta con muelas de oro se siga viendo bien, yo creo que hasta sin dientes se vería bien… pero ya, que me distraigo). Y aclaro, no tengo nada en contra de las muelas de oro, simplemente me parecen vulgares en extremo. Peor aun cuando recuerdo que dicha práctica, a menudo, era realizada para disimular unas piezas dentales en muy mal estado. Como en el siglo XVIII, que la gente se colocaba en el rostro pequeños parches de tafetán o de cuero (con diseños que reproducían lunares, medialunas, estrellas, y hasta calesas con sus caballos) para disimular arrugas, manchas, lesiones en la piel, provocadas tanto por los cosméticos como por la falta de higiene y, muy frecuentemente, por la viruela. Y es que en este laminado capitolino también subyacen numerosas oscuridades.

Vista de la cúpula dorada del Capitolio habanero

La Habana, hace mucho tiempo, luce como una ciudad de posguerra. De hecho, ¿alguien puede decir, con toda certeza, en qué momento exacto terminó el “Periodo Especial”, ese que, se supone, estuvo concebido para “tiempos de paz”? Su momento inicial todo el mundo lo conoce, hay un comunicado (un discurso, digamos) oficial que lo define, pero ¿su final? En todo caso, la ciudad se sigue cayendo a pedazos y el precio que se paga es el más caro y terrible: la vida humana. Por eso se me hace tan chocante la imagen, el contraste es demasiado alto. Un domo dorado en una ciudad en ruinas encandila la vista, y el espíritu, para mal. Es casi obsceno el modo en que se erige.

No profundizaré en el hecho de que “con tantas cosas en las que hace falta invertir se vienen a gastar el dinero en bla-bla-bla…”. No. Pero no porque eso me parezca menos importante, sino porque, además de obvio –desde luego, hace falta poner dinero en mil otras cosas–, me parece que ese pensamiento encierra también un paternalismo del que no soy amiga: Las muelas de oro fueron donadas, nadie las trabajó, ni se las ganó con esfuerzo. Y aquí hay dos cuestiones:

1) Cada cual regala lo que considera pertinente, usted tiene la opción de aceptar o no el regalo (si bien ya sabemos que los regalos siempre, o casi siempre, implican un sentimiento de deuda, etc., pero eso es harina de otro costal).

2) Nadie tiene que estar regalando nada, la vida hay que buscársela. Los rusos no serían más buenos si en lugar de donar el oro hubieran donado su valor en dólares. Ese dinero se tiene que generar desde dentro, fluidamente, con posibilidad de multiplicación… Usted es adulto ya, su padre no le debe mesada alguna. Trabaje. Y ojo. No estoy diciendo que los cubanos tienen que trabajar y buscarse la vida. Estoy diciendo que el Gobierno debe permitir a los cubanos trabajar y buscarse la vida, legalmente.

Ahora podrá venir algún experto y contarme (léase el entrecomillado con voz de Eusebio Leal como locutor radial, muy emocionado): “oh, pero el capitolio fue originalmente concebido así, en sus inicios las láminas de oro de 22 quilates relucían y…”. Pues… hombre, con más razón, peor todavía. Ello implicaría entonces la reinstalación/reivindicación de un pasado dictatorial –recuérdese que el Capitolio fue un encargo de Gerardo Machado–, y volvemos al primer punto: la megalomanía proyectada a nivel urbanístico.

A propósito, el vocablo cúpula (nunca confundir con cópula), en una de sus acepciones, según el DRAE, significa: ‘Conjunto de los máximos dirigentes de un partido, Administración, organismo o empresa’. ¿Infeliz coincidencia? ¿Presagio transicional?

El Capitolio es un edificio imponente, señorial por sí solo. No necesita un sombrero de oro (si ha sido su sombrero, la cúpula pagará, para que otro día sepa su Gobierno adónde va). En el Salón de los Pasos Perdidos hace tiempo se están dando pasos en falso. Yo paso de todo ello.

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