‘Dali Atomicus’, Philippe Halsman, 1948

Qué gripón. Anoche me metí a la cama con 38.6 de fiebre, angustiadísimo. Cuando me duermo en tal estado de calentura, siempre acabo delirando. Soñé que debía defender mi casa del inminente acoso de los indios –pieles rojas, como en las películas del Far West–, mientras los invitados que tenía en casa no se enteraban de nada. Soñé, también, que volvía a las modestas casas de algunos chilenos que hoy penan en el desván del olvido. Me vi a mí mismo dando clases en medio de un estruendo de alumnos maleducados. En fin, Josefina Aldecoa dijo alguna vez que “la imaginación se aviva durante las convalecencias. Hay una cierta melancolía, un ensimismamiento casi total”, y en este estado le creo a todo mundo.

Escribo esto mientras averiguo si la fiebre ha regresado o si me abrigué de más, y pienso que la literatura está llena de enfermos, desde los hipocondríacos hasta los terminales. Recuerdo la escena hilarante de París era una fiesta en la que Scott Fitzgerald confunde un resfriado, como el que ahora yo tengo, con el posible fin de sus días, mientras Hemingway, quien lee el periódico a los pies de la cama, acaba por recetarle media botella de whisky con limón. Al final, Fitzgerald necesitaba de su consentimiento para sanarse, pero le estaba pidiendo cariño al más rudo de los enfermeros, el mismo que le enseñó a Ezra Pound a boxear.

Si no recuerdo mal, en el Diario de un genio de Salvador Dalí aparecen páginas soberbias sobre la fiebre. El artista la acepta como una bendición, hace bitácora de cada uno de sus síntomas y bendice su cuerpo en ese estado alternativo. No podía ser menos de quien dijera alguna vez: “¿Cómo puede vivir la gente sin ser Salvador Dalí?” Corolario: a Dalí hay que admirarlo con las manos en alto, y no creerle ni lo que pinta ni lo que reza: es un escritor metido a artista plástico.

Recordé algo menos alegre (la clorfenamina deprime). La mejor conferencia de Roberto Bolaño al respecto se llama “Literatura + enfermedad = enfermedad”. Fue redactada cuando ya estaba muy decaído por la insuficiencia hepática y leerla es una experiencia dolorosa. Allí, Bolaño comenta el verso de Baudelaire que después, parafraseado, abrirá 2666: “¡En desiertos de tedio un oasis de horror!” La reflexión es muy buena y nos lleva a pensar en otros enfermos que hablaron de enfermedades, como Huxley y Orwell: “No hay diagnóstico más lúcido para expresar la enfermedad del hombre moderno. Para salir del aburrimiento, para escapar del punto muerto, lo único que tenemos a mano, y no tan a mano, también en esto hay que esforzarse, es el horror, es decir el mal. O vivimos como zombis, como esclavos alimentados con soma, o nos convertimos en esclavizadores, en seres malignos.”

Sucede que la enfermedad prolongada –la enfermedad sin medicamentos o con medicamentos que actúan mal porque quienes se los toman no confían en ellos– lleva a la desesperación. Me han dicho que leer Al otro lado del río y entre los árboles de Hemingway es desesperante si se tiene de antecedente todos los problemas de salud que padeció mientras la escribía. Igual que Diario de muerte, de Enrique Lihn, repleto de espacios en blanco, pues el poeta estaba tan debilitado por el cáncer que se le caía el lápiz de los dedos. Lihn me recuerda mucho a Pezoa Véliz en esas circunstancias: “Y pues solo en amplia pieza,/ yazgo en cama, yazgo enfermo,/ para espantar la tristeza,/ duermo.”

Supongo que hay otras novelas ejemplares sobre el tema (pienso en Ocio, de Fabián Casas, que es la historia de un convaleciente), pero dejémoslo hasta aquí. Mejor acabar riéndose de aquello que podría matarnos. Cuando leí por primera y única vez El amor en los tiempos del cólera, lo que más me impresionó fue que Florentino Ariza se bajaba la calentura con mucho café, dos aspirinas y envolviéndose desnudo en una frazada, para sudar hasta que el cuerpo aguantase. Una vez hice eso en Santiago y acabaron regañándome. Ayer lo conté como humorada, aquí en México, y me regañaron de nuevo.

Lección aprendida: no a la clorfenamina, sí a la desesperación lectora. Y mejor no mencionaré los experimentos que he hecho basándome en discos y películas.

FELIPE RÍOS BAEZA
Felipe Ríos Baeza nació en Santiago de Chile, en 1981. Es escritor, periodista y doctor en Literatura. Se ha desempeñado como profesor e investigador en varias instituciones de educación superior, en materias de literatura, cine, filosofía y estética y arte, y es colaborador habitual de Rialta Magazine, entre otras publicaciones. Es autor de la novela Clowns (2016), del volumen de ensayos El desvarío ilustrado. Ensayos de narrativa hispanoamericana contemporánea (2014) y de una decena de libros críticos dedicados a escritores recientes, como Roberto Bolaño, Enrique Vila-Matas, César Aira, Juan Villoro, entre otros.
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