Cioran

En “El estilo como aventura”, uno de los ensayos incluidos en La tentación de existir (1956), Cioran discurre con su habitual agudeza sobre lo que percibe como “limitaciones” de la lengua francesa: se trata, según su radical perspectiva, de “una lengua especializada en los suspiros del intelecto, para la cual lo que no es cerebral es sospechoso o nulo. Condenada a la sequedad por su perfección misma, impropia para asimilar y traducir La Ilíada y la Biblia, Shakespeare y Don Quijote, vacía de toda carga afectiva y algo así como exenta de su origen, está cerrada a lo primordial y a lo cósmico, a todo lo que precede o supera al hombre.” De acuerdo, pero, curiosamente, fue este idioma, supuestamente refractario a la intensidad de la tragedia, el escogido por Cioran para escribir la mayor parte de sus libros y, si hay una obsesión ostensible en estos textos, es, precisamente, el deseo de no escamotear el costado trágico de la existencia, aquello que casi toda la filosofía occidental se ha empeñado en ignorar.

La respuesta a esta aparente contradicción se encuentra en un libro anterior, acaso la clave imprescindible para comprender la larga y compleja trayectoria intelectual de Cioran: Sobre Francia (1941).

Se trata, por así decirlo, del eslabón perdido que conecta la etapa rumana de su obra (prosa más o menos poética, de desbordamiento emocional) con la escrita en francés, donde aborda los mismos temas con la glacial elegancia de un estilo forjado en la escuela de los moralistas del siglo XVIII, esa prosa refinada hasta el agotamiento que lo convertiría eventualmente en” el más ilustre de los metecos de la literatura francesa”: la pasión por lo insoluble no ha disminuido, pero se expresa ahora con sequedad y precisión admirables.

Ahora bien, Sobre Francia está escrito en rumano pero prefigura la metamorfosis futura de la obra de Cioran, como si antes de comenzar a escribir en francés necesitara ajustar cuentas con esa cultura, exponer las razones de su admiración, pero también ciertas dudas corrosivas sobre su futuro y la casi insoportable intuición de haber llegado a ella demasiado tarde.

En efecto, a lo largo de todo el libro, junto a frecuentes manifestaciones de su admiración por Francia, insiste en la inevitable decadencia de una cultura enferma de lucidez. Claro, estas consideraciones sobre el supuesto fin de la grandeza de una civilización antaño incomparable se han convertido casi en un subgénero aparte del pensamiento occidental: Gibbon y Spengler han prodigado voluminosos tratados histórico-filosóficos; Baudelaire, Gautier, Verlaine y Huysmans, los textos literarios fundamentales de la decadencia decimonónica (incluyendo algunos de los mejores análisis jamás escritos sobre este elusivo concepto, como el famoso ensayo de Gautier sobre Las flores del mal).

Lo que resulta notable en Cioran es la persistente ambivalencia emocional que atraviesa su libro: si lo que define a Gibbon es el lamento por el desaparecido esplendor del Imperio Romano (y la devastadora ironía sobre la civilización cristiana que vino a sustituirlo), a Spengler el delirio epistemológico (lo que Borges ha llamado su “concepto biológico de la Historia”) y a los escritores franceses ya mencionados el gusto desmesurado por la supuesta degradación de su cultura,[1] Cioran oscila entre la severa crítica de una civilización que ha llegado al borde mismo de la delicuescencia (por lo menos en su desaforada imaginación) y cierto regodeo perverso que define como “piedad por la espléndida decadencia francesa”. Esta dualidad, jamás resuelta, le confiere una rara densidad a la escritura.

Así, los brillantes análisis de prácticamente todas las manifestaciones de la cultura francesa (de la literatura a la música, pasando por la filosofía, la pintura, la conversación, el diseño de interiores y… la cocina)[2] articulan un contrapunto incesante con sus invectivas contra la falta de vitalidad y el hiperracionalismo de los franceses, su “escepticismo cerebral” y su lucidez hipertrofiada. Y es precisamente aquí que Cioran escribe una frase decisiva que anuncia su obra en francés y explica las razones del cambio de idioma: “Francia espera a un Paul Valéry patético y cínico, a un artista absoluto del vacío y la lucidez”.

Es decir, Francia esperaba a Cioran: un pensador que llenase un vacío en la cultura, un escritor que combinara “el sentimiento trágico de la vida” (Dostoievski, Kierkegaard, Job) con la sutileza de los mayores estilistas franceses. Se comprende entonces la singular importancia de un libro como este, asombrosa prefiguración del sofisticado nihilismo y “la amargura elegante” que definen a Cioran después de 1948.


Notas:

[1] En Al revés (1884) de Huysmans se alcanza probablemente la apoteosis de esta complacencia al borde del abismo.

[2] En todo esto Cioran establece la oposición Francia-Rusia. Para él, los franceses se distinguen por su apego a un racionalismo extremo (incluso cuando se trata de cuestiones religiosas: ver los interesantes comentarios a los Pensamientos de Pascal) y su rechazo de todo lo difuso o sospechoso de “misticismo”. Según él, esto conduce a la idolatría del estilo, en la que no importa tanto el concepto o las emociones como su expresión elegante (“La preocupación por formular bien, no desgraciar la palabra y su melodía y concatenar armoniosamente las ideas: ésa es una obsesión francesa.”)

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