Antonio José Correia, poeta memorable
desciende con ensoñado paso por la Calle del Obispo.
La despejada frente absorbe el rocío como la hoja pulposa del Hemerodáctylus.
El sol no existe todavía: lo que deslumbra es su ausencia.
Su inminencia que flota entre el vapor como una cabeza dormida.
Pero el pulpo sobredorado no tardará en aparecer, pues el sol es inevitable.
Es esto lo que el ausente ve: la inevitabilidad del futuro.
La calle es un largo brazo del mar que tampoco existe todavía.
En este minuto de gloria sólo existe la transfiguración del oleaje.
No se hallará este minuto en ninguno de los ángulos de la noche o el día.
La desrealización sólo existe en este minuto.
Hay una crepitación mozartiana en el lomo del pez que entra al crepúsculo matutino.
Turbios reflejos sobresaltados por el azul inauguran fuentes de Roma.
Nace otro pez en el pez que desgarra su boca en el ojo del alba.
Otra aleta multiplicada en la aleta febril que dibuja un silencio de burbujas de sangre.
No es el puerto de Ostia con los picos de encaje de su catedrales imaginarias.
Mientras Antonio José Correia entra por una puerta invisible en el laberinto de la ciudad,
Álvaro de Campos entra por un pasadizo de mejillones en la Tabaquería
(esa serpiente cuyos anillos de piedra son los espejos sonoros del laberinto).
El azur y la sangre en la valva púrpura son el telón de fondo adecuado para esta ópera marítima.
“El Tajo es más bello que el río que corre por mi pueblo.
Pero el Tajo no es más bello que el río que corre por mi pueblo.
Porque el Tajo no es el río que corre por mi pueblo” –escribe Fernando Pessoa,
Un oscuro empleado de oficina inglés que traduce imposibles telegrafías.
El barco que es todos los barcos no ha salido de su puerto para llegar a este puerto
De vendedores y prostitutas asomados,
Este puerto que es todos los puertos, todos los cadáveres del pez que sólo existe en el alba.
Antonio José Correia no está alegre ni triste. No está enfermo ni solo.
Su boca modula en silencio las frases asombrosas que ya no ha de escribir.
Sus manos ejecutan invisiblemente los gestos decisivos que no ha de consumar.
Valva y verso son, que se pierden con el humo de la Tabaquería
Como las canciones de los vendedores y de las prostitutas.
Gordas mujeres de Portugal apoyadas en las jambas carcomidas.
Sombríos hombres de Portugal jugando al dominó bajo los estiletes de las agujas.
Todos sonríen, con sus treinta y dos corales que no tienen precio y que no se venden,
Sino que se regalan con gesto negligente bajo la consigna del alba.
Los brazos extendidos de Álvaro de Campos,
Soñoliento en las fotografías como un lejanísimo descendiente.
El sombrero de compadre echado hacia atrás y la incalificable mirada de principios de siglo.
¿Sorpresa, ingenuidad, jovialidad, sabiduría?
Un bailador de tangos bailando entre los mejillones,
La expresionista aleta dorsal parafraseando una sonrisa,
Ondulando y sonriendo en el túnel como un chiaroscuro de Miguel Ángel.
El barco de Portugal, gran sepulcro blanco que viene a buscar a los poetas.
Un agua hay sin duda más antigua: esa máquina que ha combinado la ligereza del puerto con la pesantez de la tortuga.
Qué digo, qué digo –canta el borracho abrazado a la farola, antes de metamorfosearse en una bailarina de fado con una cola de Ictiomedonte.
Sireneida que entre las llamas del alba también es Antonio José Correia,
Volando entre los transeúntes despreocupados que su vertiginoso paso desdibuja.
El ensoñado paso que coloca una máscara desdeñosa y desvaída
Donde había una mejilla gordezuela que servía de estuche momentáneo a un caramelo.
Las sienes grises y pálidas de Antonio José Correia,
Esa eterna pregunta en sus ojos petrificados por el negror del zafiro.
Qué final para el ciclista descamisado que maniobra sonriendo por entre los adoquines.
El momento en que se abrazan Antonio José Correia y Álvaro de Campos.
Dos marineros perdidos, dos moluscos empurpurados
devorándose con asombro insustituible.
El coito formidable del puerto y de la tortuga.
Y todo: hasta la última ruina rescatada del desastre,
Hasta el último sonajero que asciende como una voluta de humo por entre los laureles,
no era más que el sueño espaciado y átono del telegrafista,
Adormecido por el zumbido de las moscas entre los barrotes.
Plancton para el andrógino que tira con una sola mano del animal del Tiempo
Como Gulliver de las cómicas sogas de los secuestradores enanos,
La inmensa cola fulgiendo como un vaso labrado con pinceles.
Y va arrastrando el crepúsculo con poderosas espirales de laberinto.
Una sonrisa de piedra en el gran rostro cubierto de ámbar helado,
Compacto y transparente como un glaciar del Holoceno.
El minuto antes del acontecimiento definitivo,
Antes del salto mortal del delfín que abre de un solo golpe la Puerta del Mediodía.

La Habana, 25 de febrero de 1992