Lisyanet Rodríguez, ‘Do not make me blue’ (detalle), 2017

Bristol, mayo de 1851

Querida hermana:

¡Cuánta alegría he sentido al recibir tu última carta! Saber que tu embarazo marcha bien y que tu familia ginebrina tiene los mejores cuidados para contigo me tranquiliza sobremanera. Al parecer la tierra helvética sí propicia la paz que tanta fama le da; ya lo comprobaré cuando por fin te visite. Por mi parte las novedades son pocas. Sólo un evento me ha conmovido notablemente en los últimos días: la Gran Exposición. El viaje a Londres fue tortuoso, pero el espectáculo apreciado valía esa pena y aun otras. ¡Qué increíbles inventos! ¡Qué extraordinaria la capacidad de la mente humana! Innumerables líneas se le pueden dedicar a cada una de las maravillas vistas, pero he de referirme a lo que mayor impresión me causó: un grupo de lienzos en el pabellón de bellas artes. Unas telas muy extrañas, ciertamente, que produjeron en mí un estremecimiento muy fuerte. Quien los creó firmaba como “Lis” (¿acaso alude a la flor?). Apenas pude enterarme luego de que se trata de una joven nacida en una de las dependencias españolas en América, eso fue todo lo que pude saber de su autora. Pero, hermana, ante esos cuadros he sentido que fui yo quien los creó, en ellos está representado mi universo, con todas sus líneas.

Mis dolores, mis miedos, mis tormentos, mis ansiedades… Lis los refleja y, mejor todavía, los reivindica. Sus pinturas me identifican como nada lo había hecho. Percibo una sinceridad aplastante en esas imágenes, acaso porque las veo como una extensión de mi ser, y las he vivido como mi mejor manera de expresión, de evasión, de conexión conmigo misma. Luego de mi encuentro con estas piezas, hermana, me siento más segura, me siento más en paz.

Tú mejor que nadie conoces mi historia. El haber sido víctima de la epidemia de tifus en mi niñez, la pierna lisiada, la temprana pérdida de nuestros padres, el temor al acecho constante de la muerte y, ante ello, la incertidumbre, las expectativas, la idea de vejez… Reconozco en mí un trauma que trasciende lo psicológico y se manifiesta en el aspecto físico. Pero frente a los cuadros de Lis mi condición ya no me aterra. Por el contrario, me veo como una criatura sobreviviente y me maravillo de nuestro cuerpo, de lo vulnerable que puede ser pero a la vez tan fuerte y resistente. Lis lo ha sabido ilustrar con crudeza, con esa línea, ese dibujo predominante, casi tiránico frente al color.

Sólo un grupo menor de piezas se muestran coloridas, Blooming, cartulinas de pequeño formato donde se representan unos embriones amorfos (¿como acaso pudo ser el mío?) de pájaros. Pájaros que luego aparecen de nuevo, pero en blanco y negro, y ya muertos (The dancer I, II, y III). Hablando de difuntos, la tía Claire me hizo acompañarla a una sesión espiritista hace algunos días, a ella le agradan mucho esos espectáculos, que últimamente están muy de moda. A mí me pareció una grandísima farsa, si bien he de admitirlo, la experiencia fue un tanto espeluznante. Por cierto, ¿supiste del fallecimiento de Mary Shelley en febrero? Ha sido una lamentable pérdida, una personalidad tan inspiradora…

Oh, Bethy, disculpa si por momentos mis palabras te parecen lóbregas, pero es este el modo más efectivo que hallo para expresarte mis ideas. Y es que en estas piezas que te comento una noción destaca sobre lo demás: el silencio. Sí, el silencio en toda su profundidad de sentido. Como afonía, como mutismo, pero también como reserva, como cautela, como reticencia; e incluso como calma, como sosiego, como pausa. Respecto a la pregunta sobre mi cabello que hacías en tu carta previa: no, no lo he modificado, sigue siendo largo y dorado pálido ¿Recuerdas cuánto gustabas de peinarlo, hermana? Lis parece saberlo, y ha pintado Do not make me blue, como para recordarme lo doloroso de nuestra separación, la impertinencia de la vida a solas con uno mismo.

Y en casi todas estas imágenes los personajes coexisten junto a determinados ropajes, luchan con ellos. Se ven faldas, vestidos, enaguas, cofias, trozos de tela de encaje… Como los que usamos tú y yo. Como los que me tienen atada desde mi nacimiento, porque no sólo el corsé dificulta la respiración, hermanita querida. La rigidez del mundo que me rodea es su aberración, y la deformación que me lacera a mí no es sólo física, es también espiritual. Mi lucha por zafarme las amarras es casi constante, tal y como lo muestra Lis en Hunting butterflies I y II, en Sprout, en Stumble, en Holding on, en Elastic III, en Fallen princess, en Shiny vision… Con tanta emoción que me embarga atrapada en mi pecho, en ocasiones creo mejor rendirme y resignarme, pero ya lo dijo Balzac: la resignación es un suicidio cotidiano; así que no, no me conformo. Aunque a veces sienta que cualquier lugar menos el aquí, y cualquier momento menos el ahora, sería mucho mejor.

Observando estos cuadros he llegado a cuestionarme el sentido de eso que llaman “belleza”, concepto antes tan monolítico en mi mente. Estas son imágenes de una languidez pasmosa, pero están hechas tan minuciosamente, con una exquisitez técnica, con un cuidado extremo en el detalle y una delicadeza que las dota de un encanto superior a la inquietud que puedan infundir. Lis logra hacer hermoso lo grotesco, lo desviado, lo anormal, pero no edulcorándolo con maquillaje, sino presentando la deformidad en toda su magnificencia (sí, Beth, porque además el impacto visual es inevitable debido a las dimensiones, casi monumentales). Y subvierte nuestro canon…

Adjunta a estas líneas encontrarás otra hoja con una descripción exhaustiva de cada pieza, con lo cual tendrás una idea más clara de lo que te he comentado. Escribe pronto, Bethy, mi querida, que tus letras me son siempre un soplo de calma. Da saludos míos a Victor, ese tu adorable esposo.

Tu hermana que te adora,

Louise

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