‘El triunfo de la muerteʼ, Pieter Brueghel el Viejo, circa 1562

París

París, 11 de enero de 1955

Estimado Señor,

Por muy seductor que pueda parecer, me es difícil compartir su punto de vista sobre La peste. Todos los comentarios son legítimos, por supuesto, en la crítica de buena fe, y es al mismo tiempo posible y significativo aventurarse tan lejos como usted lo ha hecho. Pero me parece que en toda obra existen evidencias que el autor tiene el derecho de reclamar para indicar al menos los límites entre los que el comentario debe moverse. Afirmar, por ejemplo, que La peste funda una moral antihistórica y una política de la soledad, es de inicio confesar, a mi modo de ver, algunas contradicciones, y sobre todo pasar por encima de ciertas evidencias. Trataré de resumir las principales:

1. Aunque pretendí que a La peste se le dieran muchas lecturas, su contenido evidente es la lucha de la resistencia europea contra el nazismo. La prueba está en que ese enemigo que nunca es nombrado, es reconocido por todos y en todos los países de Europa. Agreguemos que un largo fragmento de La peste fue publicado bajo la Ocupación en un libro de combate, y que esta circunstancia por sí sola justificaría el cambio que se produjo en mí. La peste, de cierto modo, es más que una crónica de la resistencia; pero sin duda alguna, no es menos que eso.

2. Comparada con El extranjero, La peste marca sin discusión posible el tránsito de una actitud de rebelión solitaria al reconocimiento de una comunidad cuya lucha hay que compartir. Si existe una evolución de El extranjero a La peste, se ha producido sobre el sentido de la solidaridad y de la participación.

3. El tema de la separación, cuya importancia en el libro usted resalta, es esclarecedor. Rambert, quien encarna este tema, renuncia precisamente a la vida privada para incorporarse al combate colectivo. Entre paréntesis, por sí sólo este personaje muestra lo que de artificial puede haber en la oposición entre el amigo y el militante, pues una virtud es común a ambos, la fraternidad activa, de la que ninguna historia al fin y al cabo ha prescindido.

4. La peste concluye, además, con el anuncio y la aceptación de las luchas venideras. Es un testimonio de aquello que hacía falta llevar a cabo y que sin dudas (los hombres) deberían todavía llevar a cabo contra el terror y su arma incansable, a pesar de sus desgarramientos personales…

Me gustaría desarrollar un poco más mi punto de vista. Pero aún, mientras me parece posible estimar de insuficiente la moraleja que suele deducirse de La peste (habría que reconocer a nombre de qué moraleja más completa), mientras me parece legítimo criticar su punto de vista estético (muchas de sus observaciones son esclarecidas por el simple hecho de que yo no creo en el realismo en el arte), me resulta bien difícil, por el contrario, concluir, como lo hace usted, que el autor rechaza la solidaridad de nuestra historia presente. Difícil y, permítame decírselo con amistad, algo entristecedor.

La pregunta que usted lanza: “¿Qué harían los combatientes de La peste ante el rostro demasiado humano de esta calamidad?” es injusta, pues debía haber sido escrita en pasado, y de hecho ya ha sido respondida de un modo positivo. Lo que aquellos combatientes hicieron –yo sólo intenté traducir sus experiencias–, lo hicieron precisamente contra los hombres, y a un precio que usted conoce. Sin duda alguna lo volverán a hacer ante cualquier terror, no importa el rostro que lleve, pues el terror tiene muchos rostros, lo que justifica aun más que yo no haya nombrado ninguno para poder golpearlos mejor a todos. Esto es sin dudas lo que se me reprocha, que La peste pueda servir a todas las resistencias contra todas las tiranías. Pero esto no pueden reprochármelo, no pueden, sobre todo, acusarme de rechazar la historia, a no ser que declaren que el único modo de entrar en la historia está en legitimar una tiranía. Este no es su caso; bien lo sé. En cuanto a mí, he llevado la perversión hasta pensar que resignarse a tal idea implica en realidad aceptar la soledad humana. Y lejos de sentirme instalado en una carrera de soledad, tengo al contrario la sensación de vivir por y para una comunidad a la que por el momento nada en la historia ha logrado mermar.

Hasta aquí, brevemente, lo que deseaba expresarle. Para concluir, sólo quisiera asegurarme de que esta discusión amistosa no afecte en lo más mínimo la estimación que siento por su talento y por su persona.

Albert Camus


Señor Albert Camus

Librairie Gallimard

Rue Sébastien -Bottin

Paris, VII

 

París, 4 de febrero de 1955

Estimado Señor,

Debo agradecerle por las observaciones que quiso hacerle a mi crítica a La peste. Ellas no me apartan de mi punto de vista, pero al menos me permiten enfocar mejor el debate que nos ha opuesto.

Pienso que para resumir el debate podríamos estar de acuerdo con lo siguiente: ¿tiene el novelista el derecho de alienar los hechos de la historia? ¿Puede una peste equivaler, no digo a una ocupación, sino a la Ocupación?

Todo su libro, el epígrafe que lo encabeza y hasta sus explicaciones van a parar a ese derecho que precisamente se confunde ante sus ojos con el rechazo al realismo en el arte, en el que, bien lo ha precisado, usted no cree.

Ahora, a mi modo de ver, yo sí creo en el realismo en el arte, o al menos (pues esa palabra realismo arrastra con una herencia bien pesada), creo en un arte literal en el que las pestes no sean otra cosa que las pestes, y en el que la Resistencia sea toda la Resistencia.

Encuentro, por mi parte, en ese arte literal, el único recurso posible contra una moraleja formal, apropiado para deducir de la terquedad de los acontecimientos el único respeto posible hacia una Historia cuyos males sólo serán remediables si los observamos en su propiedad absoluta, y no como símbolos o gérmenes posibles de equivalencia.

Usted me pide que diga a nombre de qué he hallado insuficiente la moraleja de La peste. No constituye secreto alguno: es a nombre del materialismo histórico. Considero una moraleja de la explicación más completa que una moraleja de la expresión. Lo hubiera afirmado antes si no hubiera temido ser bien pretencioso al apelar a un método que exige mucho de sus adeptos.

He puesto en duda un sistema, no una persona o un talento. Le ruego no dude de los sentimientos de afecto y de admiración que siento hacia su persona y su obra.

[Roland Barthes]

Nota: Esta traducción apareció originalmente en el número 45 de la revista Unión, publicado en 2002, que incluyó un dosier dedicado a Barthes con cartas, fotos, artículos y ensayos del autor de El grado cero de la escritura.

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