‘Vitral’, Luis Enrique López-Chávez, 2012

Cada año la nieve es más intensa.
Blanca pradera de sal.
Mañana las pisadas de todos,
las huellas, los engranajes de la naturaleza,
se grabarán como algo común.
Mi ventana es larga,
tres ventanas en una pared.
La madera las separa.
En invierno hay que sellarlas,
excepto una, desde donde miro
el blanco saturado de hielo.
Los pájaros buscan semillas escondidas.
Con los años mi casa
se ha convertido en una cueva,
rincón,
prisión,
otro mundo.
Con el tiempo,
animales extraños
amenazan entrar con sus saltos,
quieren traspasar las rejas.
Los troncos de árboles secos
han rodeado la ventana
de blanco papel, la nieve,
qué pureza.
Mi descuido ha sido no ver
las letras desbordándose en el ventanal.
Hay sol a veces.
Los días grises con nieve
o con lluvia me opacan.
Algo así como en los campos
donde han lanzado a todos
los muertos de la historia.
Los veo a todos,
me miran
pidiéndome algo
que no puedo dar.
No tengo pan.
Se apresuran
con tanta desolación
a la nieve tan blanca,
tan falta de todo para ellos.
Así te siento mundo.

Crecí creyendo en el paraíso.
Y más tarde, el sueño mesiánico.
Una revolución reciclada
de sermones y consignas,
procesiones en plazas
y corales entonando
el mismo himno.
Crisis,
despertar,
olvidar.
Qué más da.
Una deshecha la palabra patria,
compañeros,
camaradas,
los cansados discursos de seres exhaustos.
El único deseo es que no interfieran,
que no entren en tu guarida,
que dejen un pedazo de ti intacto.
El dogma sigue su ruta arrasando
con gritos falsos de libertad.
Revolución acá,
revolución allá.
revolución de hace un siglo.
Un club con un abecedario
de cultos delirantes
donde la libertad
y la verdad se confunden.
Oigo el clamor
y temo.
Ahí llegan.
Amenazas,
tonos de voz,
la conveniencia,
el zorro eslabón del oportunismo.
Hachas cortando árboles
que luego queman.
Revoluciones y mataderos.
Las calles revueltas y sucias,
ruinas de países
que fueron enteros.
Todas las épocas
han sido derrumbadas
por los arquitectos.
Solo la nieve
mantiene la memoria.
Percheros sin ropa,
casas sin techos.
Me hablan de Cuba
y yo hablo del universo.

MAGALI ALABAU
Magali Alabau nació en Cuba y reside en Woodstock, Nueva York, desde 1968. Hasta mediados de los años ochenta desarrolló una amplia carrera teatral como actriz. Tras retirarse del teatro, comenzó a escribir poesía. Ha publicado nueve poemarios entre 1986 y 2016. Sus poemas han aparecido en prestigiosas antologías. Obtuvo el Premio de Poesía de la revista Lyra (Nueva York, 1988), la beca de creación literaria Oscar B. Cintas (1990-1991), así como el Premio de Poesía Latina por el libro Hermana, otorgado por el Instituto de Escritores Latinoamericanos de Nueva York en 1992. El cuaderno Ir y venir (Bokeh, Leiden, 2017) reúne su poesía escrita entre 1986 y 2016.
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