Postal del filme ‘Wonderwall’ (1968), dirigido por Joe Massot, con música de George Harrison y guion de Guillermo Cabrera Infante

En el parque de las calles 17 entre 6 y 8, en el barrio del Vedado, en La Habana, hay una estatua de John Lennon, sentado en un banco. La pieza fue esculpida por el artista José Villa, escultor de José Martí y el Che Guevara, e instalada en el año 2000, en medio de la movilización de la llamada “batalla de ideas”, en acto al que asistió Fidel Castro. Se trataba, como tantas otras operaciones simbólicas similares de las dos últimas décadas, de un intento de corrección retórica e inconfesa de la política de persecución y estigmatización de la beatlemanía en Cuba, durante los años sesenta y setenta.

En aquellos años, en los que Lennon vivía, escribía, componía y cantaba, al músico británico, que alguna vez cuestionó el culto a la personalidad de Fidel Castro, se le rechazaba oficialmente en La Habana. Veinte años después de su asesinato en Manhattan, se le erigía una estatua en un parque, por cierto, que los jóvenes del Vedado comenzaron a llamar, espontáneamente, “John Lennon”, luego de un concierto en su memoria organizado por el grupo Síntesis y los músicos, a principios de los años noventa.

Estatua de John Lennon en La Habana

A pesar de la beatlefobia consistente de la burocracia cultural cubana en los sesenta y setenta, que asociaba el rock and roll con el “diversionismo ideológico”, y que el fotógrafo José Figueroa captó en su serie sobre los “enfermitos”, siempre hubo en Cuba seguidores de Lennon, McCartney y los Beatles. Es sabido que Jesús Ortega, un guitarrista mitómano, profesor por muchos años del Instituto Superior de Arte, se jactaba de ser amigo personal de los Beatles y hacía historias a sus alumnos de que Lennon y McCartney se levantaban de sus asientos para saludarlo y tomarse una foto con él, cuando lo reconocían en aviones y aeropuertos.

Otro Beatle cubano, más real, fue el enorme guitarrista Leo Brouwer, autor del maravilloso álbum De Bach a los Beatles (1981), editado al año siguiente de la muerte de Lennon. Allí Brouwer no sólo mezcló a los Beatles con Bach sino con músicos españoles y americanos –de toda América quiero decir–, como Scott Joplin, Manuel de Falla, Joao Pernambuco, Miguel Llobet y Eliseo Grenet. El resultado contempló, entre otras piezas espléndidas, una versión panamericanizada de “The Fool on the Hill”, que se sigue escuchando con gran placer.

Los trasiegos simbólicos de una cultura tan larga y arbitrariamente intervenida por el Estado, como la cubana, han hecho que en La Habana exista una estatua a John Lennon y no una de Guillermo Cabrera Infante, uno de los fundadores literarios de la modernidad habanera y, también, uno de los mayores melómanos de la literatura cubana. Cabrera Infante admiraba a los soneros y boleristas cubanos de todos los tiempos, como se lee en su libro Mi música extremada (1996), y a grandes compositores de música clásica y sinfónica como Bach, Vivaldi, Wagner, Debussy y Ravel y, por supuesto, a los jazzistas norteamericanos.

No encuentro –aunque puede haber– alusiones a los Beatles o a Lennon en aquel libro editado por Rosa Pereda y el único apunte en el más reciente Mea Cuba antes y después (2015) es el dato irrefutable de que en Cuba, en 1959, Nicolás Guillén era “más popular que el Che Guevara”, aunque “no tan popular como John Lennon cuando se declaró más popular que Cristo”. Pero Guillermo Cabrera Infante debe haber sido uno de los cubanos más cercanos física y culturalmente a los Beatles, aunque no gustara demasiado de la música de Lennon y McCartney. En su libro Two Islands, Many Worlds (2010), Raymond de Souza asegura que visitó los estudios Apple Corps, en Baker Street, y conoció al cuarteto y que le desagradó Lennon y simpatizó con McCartney.

Desde 1967, ya instalado en su apartamento de Gloucester Road en Londres, el escritor se movió en los círculos del swinging London, que narró para la revista Mundo Nuevo. Su amigo, el cineasta Joe Massot, le propuso escribir el guión de la película Wonderwall (1968), con Jane Birkin y Jack MacGowran, cuya música fue compuesta por George Harrison. El escritor argentino Tomás Eloy Martínez alguna vez contó que conoció a Cabrera Infante y a su esposa Miriam Gómez en aquellos años y que una noche el escritor cubano lo llevó a una fiesta en casa de la actriz Birkin y que otro día lo invitó a ver la premier de 2001, odisea del espacio de Kubrick y se sentaron al lado de George Harrison y Ringo Starr.

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